La alegoría del amor: un estudio sobre tradición medieval

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Editorial Universitaria, 2000 - 302 páginas
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uuuu que tal esto no dice nada uuufffff

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Este viernes que acaba de pasar –el anterior, por supuesto, no mañana: aunque el tiempo va tan rápido que ya no está uno seguro de nada– se cumplieron 50 años de su muerte. Y esta vez, como entonces, como ese 22 de noviembre de 1963 que también era viernes, todas las miradas del mundo se ocuparon del otro muerto y no de él. Todos los tambores redoblaron por un alma que no era la suya; todo el ruido y todos los recuerdos se extraviaron y no llegaron a su puerta.
Alguna vez, en una de sus maravillosas notas de prensa de principios de los años ochenta del siglo pasado, García Márquez contó la historia y la puso como ejemplo perfecto de lo injusta y olvidadiza que suele ser la gloria, sobre todo con muchos escritores que en vida parecían inmortales, y luego resultó que no lo eran. El 22 de noviembre de 1963, en efecto, murió el novelista y ensayista inglés Aldous Huxley, uno de los mejores de todos los tiempos. Pero nadie se dio cuenta porque fue el mismo día del asesinato de Kennedy.
Y eran tales la algarabía y el estupor por ese asesinato en Dallas, estaba tan ocupado el mundo llorando a Kennedy y recogiendo los jirones de su cuerpo, que nadie pensó en el pobre Huxley, acostado en su cama sin poder hablar, pidiéndole por escrito a su esposa que le inyectara LSD para mitigar el dolor, o acaso para meterse en el famoso túnel con un buen “auxilio de marcha”, como diría Klim. Lo cierto es que cuando todos se dieron cuenta de que Huxley ya no estaba, ya era demasiado tarde.
Y ese mismo día y casi a la misma hora de lo de Kennedy –de hecho un poco antes, pero igual a nadie le importó, nadie se dio cuenta–, al otro lado del mar, en Oxford, murió también un grandísimo escritor, para mi gusto uno de los más profundos y brillantes de la historia: C. S. Lewis, el autor de las Crónicas de Narnia. El autor de ese tratado prodigioso sobre la poesía y la Edad Media y el amor que se llama justo así, La alegoría del amor: un libro tan bueno y tan bello que podría ser el único que uno se leyera en la vida, y no haría falta más.
Pues C. S. Lewis también se murió ese viernes de noviembre hace 50 años, y entonces como ahora casi nadie se acordó de él. En cambio, las televisiones del mundo repetían todo el día –y repitieron hoy, ayer– la misma escena macabra de ese carro abierto y oscuro, esa limusina entrando con su cortejo a la Plaza Dealey, hasta cuando suenan los tiros y después los gritos de la gente, y el cuerpo de Kennedy se ve como adormecido por algo, primero, y luego agitado por un fogonazo que viene de atrás y lo doblega, mientras su esposa trata de atrapar al vuelo su sangre y sus astillas.
Hay una novela sobre esas muertes casi al mismo tiempo: se llama Entre el cielo y el infierno y creo (no la he leído) que es una conversación de los tres difuntos en el purgatorio tratando de imaginarse la existencia de Dios. Parece que es una novela con mensaje cristiano y apologético, creo. A mí me gustaría más que fuera un delirio de verdad, con Huxley fumando mariguana y Lewis rezando en provenzal, y Kennedy cantando el Happy Birthday. Eso es lo mejor de las novelas que no hemos leído: que las podemos escribir como queramos.
Hace 50 años, el viernes pasado, también se murieron Aldous Huxley y C. S. Lewis. Para recordarlo casi nadie se acordó de ellos, como entonces. Solo un artículo de Guido Carelli en Clarín y otro de Simon Usborne en el Independent. Poco más. El mundo estaba muy ocupado viendo otra vez la misma escena macabra de ese carro abierto y oscuro. Entonces suenan los disparos, la esposa corre hacia atrás. El tiempo debe detenerse; la alegoría del amor.
Fue hace 50 años y casi nadie se acuerda. No me extraña: parece que fue ayer y ya es mañana.
 

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