Cuentos

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M. Romero, 1904 - 225 páginas
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Pasajes populares

Página 49 - ... la mamá de Julia. — ¿Qué dice usted, señor don Plácido? Todo eso no me parece que debe hacerlo un hombre viudo. Y dejó caer estas palabras con retintín. — Ya; ¡es que pienso casarme! Y lanzó á Julia una mirada de triunfador, que, de rechazo, se entró en mi pecho como una saeta. Don Plácido era un hombre ya maduro : bajo, muy gordo, coloradísimo, pero no antipático; sus modales eran presuntuosos; en todo él se adivinaba su dinero. Había comido como un elefante. Concluida la...
Página viii - Flórez fué propagador infatigable de los cuentos, viendo en esta graciosa literatura el filón de amenidad más apropiado a la renovación diaria, que es carácter fundamental de la Prensa moderna. Comprendió que el lector miraba ya con hastío y desconfianza el se continuará de los novelones, y quería saborear de una sentada todas las emociones de un asunto. Pero la introducción del cuento en nuestros métodos literarios de trabajo no era empresa fácil, pues los escritores de acá propendíamos...
Página 23 - Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Página vii - ... la permanencia y gravedad del libro. Con igual fortuna cultivó Fernanflor la novela chica y el cuento, que es la máxima condensación de un asunto en forma sugestiva, ingenua, infantil, con la inocente marrullería de los niños terribles, que filosofan sin saberlo y expresan las grandes verdades, candidamente atrevidos á la manera de los locos, que son realmente personas mayores retrollevadas al criterio elemental y embrionario de la infancia.
Página viii - Únicamente Trueba y Fernán-Caballero habían acertado en el género, conteniéndolo sistemáticamente dentro del molde de la ideación y de la chachara pueriles. No colmaba esto las aspiraciones del maestro, que para nutrir el periódico quería más pasión humana y algo menos de candor escolar, forma vigorosa, y argumentos derivados de las costumbres generales. De este modo, el género se engrandecía, aumentaba en valor literario y eficacia moral, sin perder sus cualidades propiamente castizas:...
Página ix - ... afición de los españoles al puro recreo literario. La lectura febril del periódico, en muchos casos con interés ardiente, en otros con el solo fin de saber lo que pasa en el mundo, matando dulcemente las horas, despierta el gusto de otras lecturas. La Prensa buena o mala, que en esto de la maldad o bondad de los periódicos no hay medida para todos los gustos ni puede haberla, es el despertador de los pueblos dormidos y el acicate contra perezosos del entendimiento.. No dudemos de que hoy...
Página 46 - ... gritando: — ¡Eh, Marianito! Pero Marianito no volvió la cabeza. Era una noche de Febrero, clara, pero muy fría; la calle estaba desierta. — ¡Está loco! No es posible dudarlo. ¡Una persona decente por la calle, con una escalera, ni más ni menos que un cartelero! ¿Qué misterio es esteV Pero Marianito no corría, volaba.
Página xii - El sueño nos cautiva la pompa chinesca del llamado Mantón de Manila, bellísima prenda de vestir. .. cuando es bella la mujer que ciñe con ella su cuerpo. El Beso, La Escondida Senda, Sólo por verla son instantáneas en las que el artista sorprende una actitud, y de ella obtiene la idea moral ó el ejemplo parabólico en visión rapidísima.
Página 26 - No tenéis que temer; pues vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo. Y es, que hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador, que es el Cristo o Mesías, el Señor nuestro. Y sírvaos de seña, hallaréis al Niño envuelto en pañales, y reclinado en un pesebre.
Página 49 - ... usted dos palabras. Esperé. Noté que la madre y la tía de Julia hablaron mucho con don Plácido ; la madre expresaba sorpresa y placer á un tiempo. Creí notar que me dirigía miradas de piedad. Me acerqué á la tía y la dije : — Diga usted á Julia que soy yo quien tiene que hablarla ; que venga, ó doy un escándalo. Julia vino, entró conmigo en uno de los gabinetes de la sala, y... ¡oh!... ¡ imposible, imposible que yo te diga lo que me dijo, y sobre todo cómo dijo aquellas satánicas...

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