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MARTINA

(ESTUDIO DEL NATURAL)

I

Razon tenía doña Cándida para disparatar horriblemente delante de su vecina, dando libertad á la lengua, que sin tregua ni descanso movia entre dos pequeñas filas de negros y menguados dientecillos.

-¿Sería posible, vecina-exclamaba la referida señora-que ese mamarracho, pela fustan, viniese con sus manos limpias como una patena á llevarse de mi casa el tesoro que guardo tantos años? Pues qué, ila chiquilla se merece semejante trasto? ¡Demonio de Cerote!.... ¡Más le valiera remendarse las pernetas y el faldellin! Vamos, ¡si en su vida ha visto el pobrecillo dos pesetas juntas!.... Creerá el muy tunante que mi sobrina ha sido educada para su merced. ¡No lo será, señora Angustias, no lo será, mientras yo viva! No se hicieron las flores para regalo de puercos. ¡Válgame Dios y qué cosas pasan en el mundo! ¡Pobre Martinilla! Con aquella cara de manteca, aquellos ojazos de gloria, y aquel ángel que tiene para tratarse con las gentes de buen tono..... ¡Calle usted, por Dios, vecina! si la chica parece una marquesa. ¡Criaturilla!... ¡Qué guapa es!.... Si no puedo creer que venga ese holgazan con sus malicias de Iscariote, y ponga á la pobrecita de mi alma más blanda que la cera, con cuatro suspirillos de esos que parten los corazones. Ya se ve, el angelito tiene el pecho tan..... en fin..... y luego..... el bribonazo de D. Lorenzo sabe decir tantas cosazas dulces..... ¡Bah! Ya veremos cuándo paran estas simplezas. ¡Ay, vecina de mi alma! que si usted hubiera visto á la chica en el concierto los otros dias, se muere de gusto, oyéndola tocar el piano con la misma gracia de los ángeles. Y vengan palmas y más palmas despues, y mi Martinilla, tiesa como un cabo de gastadores. Yo estaba loca de contenta, y gritaba, alargando el cuello por encima de todo el mundo: «¡Martinilla..... bien..... así, hija.... ¡qué hermosa estás!....

¡bendita seas!.... ¡Si tu madre levantara la cabeza!.... ¡No te rias mucho!.....

espera..... espera..... muy bien..... muy bien! ¡Ay, señora Angustias!.... ¡Qué subir y bajar las manos por aquellos puntos blancos y negros! Cuando lloraba el piano, Martinilla lloraba tambien, y yo lloraba de gusto con las dos á un mismo tiempo. Despues, la muchacha saludaba a la gente con la majestad de una reina, echando hácia atrás la cola del vestido y sonriendo como si reventara de alegria. Ahora, que venga Cerote por ella, que se la vamos á dar, porque el muy tunanton se la merece. Mi sobrina se ha criado. en muy buenos pañales, y tiene empaque de duquesa. ¡Ya quisiera yo conocer todos esos nombres enrevesados y difíciles que casi siempre concluyen en ini ó cosa así! Mi sobrina los conoce todos y siempre está con ellos en los lábios. Martina no nació para arrastrarse como una cursi aburrida por esos mundos de Dios. ¡Ah, señora Angustias! ¡jamás consentiré que Cerote ni sus amigos pongan un pié en esta casa!

Era doña Cándida Pinillos y Zambrana la vieja más ladina, tiesa y acartonada que se pudiera imaginar. Conservaba, a pesar de sus muchos años, casi toda la dentadura, que mostraba frecuentemente entre sus lábios secos y delgados, durante aquel charlar precipitado, continuo y sin fatiga. Los músculos de su rostro se movian de una manera expresiva, demostrando con esto la viveza de ardilla que conservaba aquella mujer, á pesar de su edad, bastante avanzada.

La piel pergaminosa, charolada por el continuo fregoteo de agua fria que se daba todas las mañanas, formaba un conjunto de arrugas alrededor de sus delgados brazos; y sus manos de esqueleto, con las falanges tan ágiles. que parecian sueltas, movíanse con tal apresuramiento, como si hubiera querido expresar con ellas, antes que con la palabra, los pocos coordinados pensamientos que sin cesar bullian en los menguados aposentillos de su cerebro.

Vestía con exagerado esmero, y en los momentos en que acabamos de escuchar uno de sus más elocuentes discursos, hállase cejijunta y sombría, para no dar muestras, ante su comadre y vecina, doña Angustias, de debilidad ó decadencia, puesto que todas sus amigas del barrio la admiraban por su rectitud, y, sobre todo, por sus pujos aristocráticos.

Así, pues, no era de extrañar que la gente acudiese con frecuencia á la casa de doña Cándida, á fin de hacerla consultas de cierta importancia y de-. licadeza, unas veces de política, otras de medicina casera, siempre de algun asunto que estaba por encima de las inteligencias prosáicas y vulgares.

La buena señora complacía a todo el mundo, merced al libro sagrado á quien debia toda su erudicion y ciencia, que era La Correspondencia de España, cuyas noticias deletreaba todas las noches ante su numerosa reunion de viejas trasnochadoras, caladas las antiparras, con voz hueca y dando á sus ademanes una autoridad a vasalladora.

Doña Cándida charlaba por los codos, como suele decirse, haciéndose respetar del pequeño círculo de admiradores que con su talento suspicaz se habia creado en el barrio.

Sin embargo, la vieja concedia (y esto era mucho conceder, dado su carácter) gran superioridad á su sobrina, á quien pronto tendremos el gusto de conocer, si la marcha progresiva de los acontecimientos no se tuerce, llevándonos por otro camino distinto al que pretendemos seguir durante nuestra delicada mision de narradores.

No nos detendremos á examinar con la atencion debida á la vecina contertuliana de doña Cándida, repasando prolijamente sus facciones y hasta poniendo en conocimiento del lector los lunares que lucia en una de sus rosadas mejillas. Creemos que esta no es la mision del novelista.

Bástenos saber que doña Angustias era una mujer robusta, de fisonomía vulgar y bonachona. Habitaba en un piso principal, enfrente del que ocupaba doña Cándida, y era la patrona más bien educada y comedida que jamás se conoció en las casas de huéspedes de la villa.

Asombrada escuchó las acaloradas frases de su vecina, y despues exclamó tímidamente, abriendo la boca para aspirar el oxígeno que necesitaban sus pulmones:

-¡Ay, señora Cándida! que si Martinilla se merece un emperador para esposo, ó por lo menos un título de relumbron y dinero, ese pícaro de don Lorenzo..... ó Cerote, como Vd. le llama, es digno de la marquesa más orgullosa de la tierra. Y digo esto, no porque ese caballero sea mi huésped, con lo cual me honro, sino porque, aparte de las muchas locuras que comete todos los dias, sabe más que Lepe y toda su familia; y al decir de sus padres, el muchacho estudia para diputado, ministro ó cosa que lo valga. ¡Es mucho hombre D. Lorenzo, vecinal Tiene sus rarezas como todos los jóvenes de su edad; pero da gusto de oirle todas las palabrotas enrevesadas que aprende en los libros de pergamino que guarda en casa. Si se empeña en contarle todos los cuernos á la luna, se los cuenta; ¡vaya si se los cuenta! 'Y si él no fuera tan mujeriego y antojadizo, sería obispo, ó general..... en fio..... qué sé yo..... condiciones tiene para ello. Nada, vecina, deje usted que los muchachos vayan poniéndose en inteligencia. Se quieren? ¡Pues que el cura les eche las bendiciones! De lo contrario, tirarán de la manta, y el mejor dia nos encontramos á la Martinilla perdida por esos mundos de Dios, y expuesta, como quien dice, en féria. Mientras, el bribonazo de Cerote se reirá en las barbas de los bobalicones, despues de haber dado un puntapié á la Martina y á su tia. ¡Ay, vecina, créame Vd.; está el mundo. muy perdido, y no se encuentra un buen marido por un ojo de la cara!

-Señá Angustias, justed me insulta!—exclamó toda sofocada doña Cándida.

-Usted perdone, vecina, yo.....
-No me convence nadie; ya lo he dicho.
-Sin embargo.....
-¡Retorno! ¡que sé lo que me digo!
-Muy bien, muy bien; pero.....

-No hay peros, vecina; Martinilla es una duquesa y Cerote es un perdido.

-Reflexione Vd. un poco.
-Nada, nada; si Vd. defiende al muchacho, será mucho peor.

-¡Doña Cándida!.....
-Me ofende Vd. con ciertas palabras.
-¡Qué sangre!
-¡Me vuelo!
-Paciencia, vecina.
--Me ahogo..... jagua, agua!
-¡Ay, Dios mio! quién se habia de figurar......
-Agua, agua!

Los gritos de doña Cándida fueron acallados al fin, gracias a los esfuerzos de su sobrina, que en aquellos momentos apareció en la estancia donde se hallaban reunidas las dos señoras. Martina corrió presurosa al lado de su tia, y asiéndole con ambas manos la cabeza, comenzó á prodigarle las palabras más dulces y consoladoras, con el acento de una niña mimada que siempre ha visto satisfechos sus más pequeños caprichos.

- Martina, hija mia-exclamó doña Cándida—desmiente á esta señora; dí que jamás te apartarás de los consejos de tu tia; habla pronto, y deja bien puesto el nombre honrado que heredaste de tus padres. ¿No ves que me estoy muriendo de despecho?... ¿Callas? No, no es posible que despues de tantos años de estudio en el Conservatorio, despues de haber robado su canto divino á los ángeles, cuando has logrado crearte una posicion independiente entre la gente de buen tono, abandones á tu segunda madre, á esta vieja que se muere de gusto oyendo las notas que arrancas del piano, que no tiene más consuelo en su vejez que las palabras dulces que salen de tus lábios, y ese metal de voz con que has sabido igualarte á tus amigas de la aristocracia, esas señoronas que recostadas en su coche voy á ver desde lejos todas las noches en los paseos del Retiro y la Castellana. ¡Ay, sobrina mia! desmiente á esta señora, dile que sus palabras no merecen escucharse, y que están inspiradas por el demonio, que tomando la figura de D. Lorenzo, se nos ha entrado tan de repente por las puertas de nuestra casa para azote y castigo de nuestros pecados.

Jamás, segun cuentan las crónicas del barrio, en que ejercia su monopolio doña Cándida, se habia expresado ésta de una manera tan elocuente y distinguida; bien es verdad que en aquellos momentos se encontraba excitada por la ofensa que acababa de recibir de los lábios de su vecina, quien, con la mayor buena fé, habia puesto el dedo en la llaga, clavando en el sensible corazon de la impaciente señora el dardo punzante de sus acertadas razones, por más que doña Angustias se expresara con el acento tímido у cobarde del sér inferior que se siente dominado por el más fuerte.

Martina escuchó con marcadas muestras de impaciencia las precipitadas esclamaciones de su tia, dejando ver el rubor de su rostro por espacio de algunos segundos. Despues volvió á serenarse, mostrando una picaresca y descarada sonrisa en sus lábios, untados con la leche primera de la vida, como diria el discreto y festivo autor de las Doloras, y dejando escapar al

gunas frases triviales, recorrió toda la estancia haciendo graciosas piruetas, como si el mayor tesoro de su talento dependiese de aquellos divinos piés que calzaban artístico zapato, alto de tarso, bien modelado, como estuche precioso destinado á guardar en su fondo el génio ligero y tentador de Terpsắcore.

-¡Loca, loca!-exclamaba doña Cándida-nunca serás formal ni tendrás calma para ciertas cosas.

—Pero, tia, ¿quiere Vd. que me consuma entre estas cuatro paredes? Me destina Vd. para monja?

-No, señora; pero tampoco para marisabidilla, embustera y charlatana. Usted deberá obedecerme en todo.

-Segun y conforme-contestó de mal talante Martina, haciendo un gesto de burla que concluyó por descomponer á la buena señora.

-Te digo que obedecerás; obedecerás, y ese zascandil de Cerote no volverá á poner su telégrafo en los balcones de enfrente.

Los pondré yo en el mio, sí, señora; ¡vaya si los pondré! D. Lorenzo me quiere, y..... yo..... -Y tú..... ¿qué? vamos á ver....

- Yo tambien le quiero, le quiero, sí, señora; me divierte mucho con sus picardías.

-¡Martina!

-Los dos nos queremos-volvió á exclamar la muchacha; despues, dirigiéndose á doña Angustias, repitió-¡vaya si nos queremos! ¿no es verdad, vecina?

-Yo..... fijamente—contestó ésta—no me atrevo á decir semejante cosa; doña Cándida se pone mala.....

-¡Ya lo creo, pues no faltaba más! ¡Ay, Dios mio! ¡Qué ingratitud! ¡Si sus padres levantaran la cabeza!.....

Estas exclamaciones fueron interrumpidas por algunos golpes dados en la puerta de la calle; despues se escuchó una voz de timbre sonoro que tarareaba la Marcha real, y penetró en la estancia donde se encontraban las tres mujeres un moceton fornido, de tez morena y expresion risueña que, sin quitarse el sombrero y en tono de broma, exclamaba pausadamente:

-Se puede entrar? ¿se puede entrar?
-¡Cerote!-exclamó asombrada de tanta audacia doña Cándida.

-¡Lorenzo!-murmuró alegremente Martina acercándose al recien llegado y dándole algunas palmaditas en los hombros.

-¡Martina, Martinilla, princesa!-exclamó el jóven-ven, acude á recibir á tu señor, que espera conquistar, como Colon, un nuevo mundo para arrojarlo á tus plantas.

-¡No puedo más, esto es escandaloso!—seguia exclamando doña Cándida—¡D. Lorenzo, no quiero en mi casa estorbos de ninguna clase! ¡Plántese Vd. en la calle!

-;Señora, dignísima señora doña Cándida!-contestó reposadamente el jóven-he podido apreciar bien claramente la indirecta que, con la delica

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