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las esculturas de los griegos, y encontrar espíritus bastante sólidos y firmes para dejar á un lado lo proclamado inmutable, seguir estudjando las demostraciones de Enelnides y de Apolonius, é inventando nuevos métodos ensanchando el campo matemático, base de todo conocimiento positivo.

Se ha dicho y repetido que los hombres son más hijos de las circunstancias que de su propio padre, y esto se ve diariamente comprobado, lo mismo en grande que en pequeño, lo mismo en los que ocupan los primeros puestos, que en los que la fortuna les tiene en otros más humildes. De esto vemos pruebas diariamente en todas las personas a quienes tratamos, y áun en nosotros mismos. Y una de las más salientes, que con más frecuencia se presenta á nuestra vista, es el carácter y tendencias dominantes en toda clase ó corporación fuertemente organizada dentro de la sociedad, por más que los indivíduos que la compongan sean reclutados indistintamente en todas las clases sociales, estén dotados de distintos temperamentos, hayan recibido sus primeras nociones de educacion bajo diversos criterios; en una palabra, su diferente manera de ser. Pero decimos más; todos los dias nos encontramos con un antiguo condiscípulo ó compañero de nuestra infancia que ha cambiado tan por completo, que exclamamos con frecuencia: «No es el mismo;> y, sin embargo, la evidencia física nos demuestra nuestro error. Y provienen estas, al parecer anomamalías, de que, además del poder que tiene el hábito, el famoso Yo, tan decantado por los filósofos, deja de ser en el hombre único como hasta no há mucho tiempo se afirmaba, y aún sigue afirmándose, y es múltiple en cada indivíduo; y diremos más, tan poco definido, que en más de un hombre, ó tal vez en todos, hay gran dificultad para determinar cuál de los caractéres salientes en él es el que realmente domina. Seguir probando esta asercion y discutiéndola con el detenimiento que el caso requiere, nos llevaria muy lejos de nuestro propósito, y nos obligaria a entrar en otra clase de consideraciones un tanto agenas al epígrafe que encabeza estos estudios. Así, nos contentaremos con apuntar que, no sólo los distintos estados patológicos indican que en el hombre no hay más que un Yo, sino que, aun en el estado normal, los sueños son una prueba de lo que afirmamos, y lo que es más aún, las acciones de los hombres segun las posiciones que ocupan, segun la alegría ó el pesar que los domine en cada momento, segun el trato en el interior de la familia ó en la sociedad, segun

sus relaciones en el terreno del amor, de la amistad, de la política, del contrato, de los intereses, etc., obran de tan distinto y áun opuesto modo, que no sólo no podemos figurarnos que es el mismo hombre, sino que nos vemos muy perplejos para decidir si los afectos que dominan en él son los del altruismo y la generosidad, ó los del egoismo más refinado; si es un hombre respetuoso y digno, ó es un servil y un déspota, segun las circunstancias; si es un hombre valeroso hasta la temeridad, ó un sér débil y cobarde, que sólo puede inspirar el desprecio y conmiseracion; si es una persona paciente, de carácter tranquilo y áun amable, ó uraño y difícil, poco menos que imposible de tratar; si es un ser de tal suerte sério, incapaz de ocuparse de nada que no sea grave é importante, ó es una persona sujeta á los caprichos más ridículos y de que el mismo se avergonzaria si supiera que eran conocidos de los demás. Todas estas contradicciones y otras en número infinito, que pudiéramos citar, no sólo las vemos patentizadas en las personas á quienes tratamos, sino que podemos notarlas como ] ropias, si nos tomamos el trabajo de observarnos á nosotros mismos en todas las situaciones, en todas las épocas y en todos los momentos de la vida.

Resulta de todo lo sumariamente expuesto que, aun los hombres que más parecen influir en el destino de las sociedades, y sin negar por esto la responsabilidad ó gloria que les cabe en los acontecimientos que forman parte, son más que todo los agentes de las tendencias que en su época dominan, y si sirven para apresurar ó detener los acontecimientos, y áun perturbar evoluciones determinadas, son punto menos que impotentes para alterar su encadenamiento y sucesion. Los acontecimientos sociales de gran trascendencia tienen, como las leyes naturales, la curva que les representa, cuya ecuacion es ó no conocida del hombre ó de las generaciones que sirven en cada época. .

De todo lo cual resulta que, ni los emperadores de Bizancio poniéndose á disposicion de las intransigencias de una teocracia más llena de celo que de ciencia, desterrando todos los ramos del saber y esclavizando la parte más noble del hombre, ni los kalifas protegiendo las ciencias y la industria, no reparando en sacrificios á fin de atraerse los hombres de mayor saber, cualquiera que fuera su nacion ó su creencia, ni economizando gastos de ninguna especie para hacerse con los libros y obras de arte que salian á luz, eran los unos en

absoluto responsables de sus faltas, ni los otros de todos los elogios que con justo titulo la posteridad les tributa. Pertenecian los unos á una sociedad vieja, gastada por los vicios, el lujo y el desenfreno de las pasiones; la generalidad tenía por dote la esclavitud, la miseria y la ignorancia, una religion que proclamaba la solidaridad entre los hombres, que declaraba á todos iguales ante Dios, que no se contentaba con esto, sino con llevar a la práctica, hasta proclamar la comunidad de bienes, una religion que presentaba ante la inmensa multitud que sufria la perspectiva de que las miserias pasajeras de esta vida habian de ser recompensadas en la otra, mientras que los ricos y poderosos era extremadamente difícil que se salvaran; una religion que tan alto levantaba el sentimiento de caridad hacia el prójimo, habia de propagarse con rapidez y ganar pronto las multitudes. El apoyo decisivo del sexo femenino, siempre más dispuesto á oir el lenguaje del corazon que el de la inteligencia, la fé, el valor y los actos de abnegacion de los mártires, produjeron, como no podia menos, que aquel movimiento, como todos los democráticos, partiendo en general de las clases inferiores, habia de ganar todas las alturas de la sociedad, hasta ejercer en ella una influencia decisiva.

No es nuestro objeto en este momento hacer una reseña, siquiera fuera muy somera, de las divisiones y disidencias por que ha pasado la nueva idea. Naciendo directamente del judaismo, habia de participar en gran manera de los efectos del estado intelectual del pueblo judáico, y no podia ser extraño á las creencias, sistemas filosóficos y preocupaciones de los pueblos del Oriente, al contacto de los cuales habian vivido los judíos. Desde muy temprano nació, por lo tanto, entre los fieles de la nueva creencia, la necesidad de someter sus contiendas internas á la autoridad de una Asamblea ó Concilio, cuyas decisiones habian de marcar lo que habia de ser declarado de dogma ó anatematizado. Este procedimiento, que sirvió de gran auxilio á la disciplina de los nuevos creyentes, llevaba, como todas las cosas humanas, como pegados á su flanco, inconvenientes de gran monta, que habian de dejar honda huella a través de las edades.

Además del no pequeño de aprobar en un Concilio lo que el otro reprobaba, ó inversamente, el principal y el más funesto de todos fué que, cuando Constantino le elevó á religion del Estado y señaló puestos oficiales de gran importancia y no menor provecho, los indivíduos de las corporaciones eclesiásticas no ingresaron en ella todos

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obedeciendo al celo y fervor religioso, sino muchos á la ambicion personal y deseos concupiscentes. De todo lo cual resultó una mezcla de religion y de política, que reciprocamente habian de influirse; y de aquí que los anatematizados fueran además perseguidos, y, lo que fué más grave aún, que, como todo lo dogmático, era indiscutible, y allí estaban las fuerzas del poder civil para hacerles obedecer. De ahí vino la persecucion, no sólo contra los hombres, sino tambien contra las ideas sospechosas de paganismo. Y para que todo concurriera á producir aquellos desastrosos efectos, resultaban estos dos hechos: la inmensa mayoría de las gentes que componian el antiguo imperio romano eran partidarios con más entusiasmo y fanatismo que discrecion de la nueva idea, mientras que el corto número de pensadores y filósofos de la escuela griega miraban, en su mayoría, con cierto desden las predicaciones de los nuevos adeptos, ya por que así se lo inspirara la manera de exponer la nueva doctrina, ya por amor á las ideas en que habian sido educados, ya, tambien, porque los fundamentos de la nueva idea no satisfacian bastante á las necesi· dades de su inteligencia. Semejante estado de cosas, y los efectos de la vanidad humana, que con frecuencia llevan á la intolerancia, produjo, como ya hemos visto, que á aquella época de disension, observacion y análisis sucediera otra de fé, de dogmatismo y de tinieblas, que apenas podria explicarse el que la humana inteligencia llegara á romper las apretadas mailas de aquella red que las sujetaba por todas partes sin la afortunada intervencion de los árabes. La ciencia de éstos, ó, mejor dicho, su desco de aprender, si importa, en primer término, á la historia de las grandezas y decadencias de la Penin sula, no es menos interesante para la civilizacion europa en general. Seguramente no estaban los árabes exentos de fanatismos y preocupaciones, y nadie podrá suponer que los principios de aquella ciencia, que más tarde cultivaron con tal fruto, estaban exentos de quimeras y extravagancias. Ellos no fueron, en su principio, más que una extraña y grotesca mezcla de las doctrinas del monoteismo indio, del neo-platonismo y del cristianismo, sin excluir el desco vehemente y la esperanza de llegar á encontrar una manera de convertir el plomo en oro, y de prolongar la vida y la juventud indefinidamente. El afan y la constancia con que se dedicaron á buscar la piedra filosofal y el elixir de la vida, fueron los grandes estímulos que los pusieron en camino para encontrar una porcion de verdades útiles á las

generaciones futuras. Sucedió en este particular lo que acostumbra acontecer á los pueblos y á los indivíduos en que, una vez la actividad excitada y los hábitos de trabajo adquiridos, las aplicaciones prácticas no se hacen espèrar mucho tiempo. Así, aquellos alquimistas, persiguiendo clandestinamente allá en oscuros subterraneos súcios y ahumados, en medio de su alambique, de sus retortas, rodeados de pelicanos y misterios, delante de un fuego que tantos años habian hecho arder inútilmente, buscando la tråsmutacion de los metales y soñando en salamandras que salian del mismo fuego, llegaron á encontrar la pólvora de proyeccion y echar las bases de la ciencia experimental.

Esta mezcla de ideas sanas y extravagantes, no eran un simple producto de la imaginacion árabe: ya se ha dicho que tuvieron por maestros los nestorianos y los judíos. El origen de que los primeros pudieran ser con justo título los maestros de aquellos victoriosos conquistadores, fué el de una disputa teológica habida entre Nestorio, obispo de Constantinopla, y Cirilo, que lo era de Alejandría. Dicha cuestion, reducida á sus últimos términos, era la siguiente: ¿Puede ser la Vírgen María mirada como Madre de Dios? Los dos contendientes participaban, tal vez sin saberlo, de las dos civilizaciones de sus respecvos países. Para el egipcio, en cuya mente se conservaban muchas de las antiguas ideas de aquel país, la cosa no presentaba ninguna particularidad; pero no era lo mismo para Grecia, que conservaba Vestigios de su antigua filosofía: el recuerdo de las ideas de Platon no se habia extinguido por completo, y las que tenian curso en Egipto no cran bien recibidas por la raza helénica. Pretendian Nestorio y sus discípulos que, segun los versículos del primer capítulo del Evangelio de San Mateo, así como otros del tercoro del mismo, era imposible reconocer la virginidad perpétua de la Reina de los Cielos. Sostienen los escritores que del asunto se han ocupado, que Nestorio era hombre de mayores conocimientos y de instruccion más esmerada que su contendiente, pero confiesan, al mismo tiempo, que Cirilo entendia mejor la manera de mover y entusiarmar las masas; lo cual formulan diciendo que era más ignorante, pero más demagogo. Fuera de eso lo que quisiera, y dejando aparte el éxito que algunos atribuyen á las dádivas, lo cierto es que, por la influencia de las mujeres de la corte y de los eunucos, Nestorio fué depuesto y desterrado con sus partidarios. No tardaron mucho tiempo los perseguidos en poner

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