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mente la guerra de sucesion, este reconocimiento no pudo ménos de ser ya la base primordial de las negociaciones. Hallábase de consiguiente dividida la historia por sí misma en dos partes bien diversas, y así es como la presento al público: la primera comprende todo lo que sucedió desde la muerte del Rey D. Fernando, y es la materia del primer tomo; la segunda contiene toda mi negociacion, desde Agosto de 1844 hasta Setiembre de 1847, en que se me separó de Roma. Desde entónces hasta la conclusion definitiva del Concordato en 1851, no soy yo quien deberia escribir la historia, sino los que negociaron en Madrid con el Delegado Apostólico que en Abril de 1847 habia venido á esta Corte con tal objeto, en fuerza de mis gestiones; sin embargo, es posible, aunque á ello no me comprometo desde ahora, que escriba tambien esta última parte, que seria el complemento de mi obra.

Los hechos referidos en esta historia son casi desconocidos, y los que no lo fueron en su tiempo, están completamente olvidados, porque en el torbellino de la revolucion que atravesamos todo se olvida apénas pasa; fuera de que muchísimos de esos mismos hechos pasan por delante de nuestros ojos, tan desfigurados y encubiertos, que no pueden conocerse bien à su veloz y tumultuario pasaje. Si abrimos hoy los libros, ó examinamos los documentos públicos donde se hallan consignados, con tal que los examinemos con alguna calma, quedarémos sin duda maravillados, y muchos de ellos nos parecerán mentira ó ilusion: esto proviene de que estábamos aturdidos y ciegos cuando pasaron,

pues los ánimos apasionados, por más ojos que tengan, no ven: Oculos habent et non videbunt. En las revoluciones no hay sino pasion y ceguedad.

Para llamar fuertemente la atencion sobre estos hechos, era menester no limitarse á referirlos, sino someterlos á un juicio más ó ménos severo, censurando, disculpando y aplaudiendo lo que mereciese la censura, la disculpa ó el aplauso. De esta consideracion ha nacido que mi obra, segun lo anuncio en el mismo título, tenga esencialmente el carácter de una obra de crítica.

Era ademas esta crítica natural é indispensable. La historia de hechos lejanos, de que no hemos sido testigos, que han perdido para nosotros una gran parte de su interes é importancia, y cuyos pormenores, donde suelen estar las verdaderas causas, ha devorado el tiempo, no necesita, ni es posible que contenga esta crítica; porque en semejante historia, no pudiéndose presentar los hechos sino en gran bulto, al historiador más hábil, y esto basta, no es dado sino sembrar oportunas y juiciosas consideraciones para nuestra enseñanza. Mas en una historia contemporánea, cuyos hechos hemos presenciado, cuyos pormenores ocultos se nos revelan, cuyos actores viven en gran número, en una historia, finalmente, de cuyos hechos no puede decirse que han pasado, sino que están pasando, y que por lo mismo tienen sobre el interes de actualidad, la inmensa ventaja de poder ser corregidos en su curso; ¿quién negará que la crítica,

y

la crítica severa, imparcial, y sin ningun género de mezquinos miramientos no sea conveniente y necesa

ria? ¿ni quién desconocerá que la cuestion de Roma no se ha terminado aún, que está cada dia más viva, y que va adquiriendo mayor importancia, á medida que se descubre más el íntimo enlace de ella con los principios fundamentales tan controvertidos, señaladamente con el de la propiedad, que es el primero y más importante de todos?

En mi obra, tambien por necesidad, la crítica es de dos géneros, segun que con ella se juzgan los hechos en que ninguna parte he tenido, ó aquellos en que he sido principal actor. Á la primera clase de estos hechos pertenecen los de la época anterior á mis negociaciones, en que no tuve participacion ninguna, y de los que puedo decir con verdad, que no los conocí bien en su tiempo, por más que fuesen contrarios á mis opiniones, teniendo entónces mi ánimo, como el de todos, sobrecogido con el impetuoso torrente de los sucesos. Pasada aquella primera avenida, he procurado estudiarlos, y creo juzgarlos ahora con imparcialidad y á y á sangre fria, sin más calor que el que necesariamente produce la consideracion de tantos males, que habrian podido fácilmente evitarse, ó tener muy fácil remedio.

Es claro que la crítica de estos hechos recae sobre sus autores, y no puede dejar de ser así. Yo habria querido no nombrarlos, mas esto habría sido ridícula afectacion, sin otro resultado que el de embarazar al lector, obligándole á averiguar, si no lo recordaba, los nombres de las personas. Si me hubiera sido posible hacer abstraccion de estas personas, la habria hecho seguramente, pues no llevo por mira el ofender

las ni el molestarlas, importándome ademas muy poco los nombres propios. Consideren los que se crean ofendidos que á todos critico de la misma manera, y que censuro y trato más duramente, en diversos lugares de mi historia, á los que de notoriedad fueron siempre mis más íntimos amigos: prueba evidente de que mi crítica, si bien podrá ser errónea, no es sin embargo apasionada.

De otro género ha tenido que ser sin duda la crítica de aquellos hechos en que he intervenido como uno de los actores principales. Impulsado en esta parte de mi historia, no sólo del deseo de ilustrar y desengañar á mis conciudadanos, sino mayormente del de hacer mi defensa, cuyo derecho nadie me negará, ha debido ser mi obra una verdadera y ardiente polémica con los que me han acusado. Mi primero y principal acusador, como de los documentos aparece, fué el mismo Gobierno; y de sus acusaciones debo sobre todo defenderme, porque han sido las que dieron motivo ó pretexto á las demas.

Si mi defensa envolviese á su vez recíprocas acusaciones, más ó ménos graves, ¿cómo remediarlo? Esta es la naturaleza de toda polémica en que se combaten dos máximas contrarias, ó se discuten actos diferentes; no basta probar que lo que sostenemos es lo bueno, sino tambien que no lo es lo que contra nosotros se sostiene. En mi negociacion hubo, como era natural, dos clases de actos: los preparatorios, digámoslo así, de todo género; y el acto de la Convencion firmada en 27 de Abril, resultado de aquellos, y el más culminante. ¿ Preparé bien ó mal este acto? ¿Fué ó no

contrario á mis instrucciones? ¿Era ó no conveniente? ¿Pudo ó no pudo, debió ó no debió admitirse? ¿Se adelantó, ó se atrasó con la repulsa de él? Hé aquí toda la contienda, sobre la que va á dar hoy su fallo el religioso pueblo español: fallo que yo anhelo, no porque ambicione vanamente el triunfo, ni porque en él me consienta, sino más que todo por la importancia de la cosa en sí misma, y por la trascendencia que puede tener en el porvenir este fallo nacional definitivo. Para él se tendrá por necesidad en cuenta, necesidad en cuenta, que desde Abril de 1845 pudimos quedar concordes con toda la Europa; porque el Gobierno Pontificio no sólo nos daba el arreglo de las cosas eclesiásticas, y la sanacion de las ventas, sino que nos procuraría inmediatamente la amistad de las grandes Potencias, de quienes por tantos años nos hallábamos separados.

Si mis conciudadanos, por dicha mia, me favorecen, reconociendo que trabajé, sino con una inteligencia de que deba envanecerme, con la suficiente al ménos para conseguir lo que más que nada les importaba en 1845; si reconocen al mismo tiempo que trabajé con celo, con fe, con segura y escrupulosa conciencia por el bien de mi país, quedaré plenamente satisfecho, y sobradamente compensado. No aspiro á otro premio, y me bastará haberle merecido; sat meruisse: porque mi carrera política, no exenta de fatigas ni de compromisos, está para siempre terminada. Los años llevan ya mis pensamientos hácia otro mundo, en donde no hay ni complicaciones ni miserias.

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