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graciosa de diminutivos, «nezuelo, loquito, angelico, perlica, simplecico, lobitos en tal gestico, llégate acá putico, etc.»! ¡Qué encanto hay en aquellas d leitables fontecicas de filosofia, que nos dice Fernando de Rojas! ¡Qué espontaneidad tan amorosa en Fray Luis de Granada, el pollico que nace luego, se pone debajo de las alas de la gallin?... y lo mismo hace el corderico; en Mendoza, las mañanicas de verano á refrescar y almorzar; en Santa Teresa, al primer airecico de persecucion se pierden estas florecicas; en Guevara, lo demás que callandico me pedistes en la oreia, etc., en Ávila, cuando aconseja conservar esta centellica del celestial fuego; en Lope, para quien la constelación de S. Telmo era una estrellica como un diamante (1)!. ¡Qué dificiles son de mejorar aquellas, tajadicas subtiles de carne de membrillo, con que se atendía á la voracidad plebeya de Sancho el Gobernador, aquellos zapaticos para sus hijos que echaba de menos su mujer, y entre muchos pasajes de la GITANILLA DE MADRID, aquel Preciosica, canta el romance que aqui va porque es muy bueno!; y cuán superior es en la misma novela, aquel cabo de Romance (2), Gitanica, que de hermosa te pueden dar parabienes, sobre el que le sigue, Hermosila, hermosita, la de las manos de plata! ¡Qué tono de familiaridad, en aquella carta del Caballero de la Tenaza, ahora es, y aun no acabo de santiguarme de la nota del billetico de esta mañana (1); en aquello de Rueda, ganosico vienes de burlas; en aquello de Cervantes, haciéndose algún tanto atrás, tomó una corridica!

(1) En un ligero Estudio que el autor de esta Memoria consagró, no ha mucho, a los diminutivos y sobre todo al terminado en ico, citó además de estas autoridades, á Luna, Timoneda, Jáuregui, Quevedo, Calderón, Moreto, Iglesias y Miñano; pudiendo ofrecerse otras muchas, sin más dificultad que la de abrir nuestros clásicos; pero hoy dificilmente se lee y rarísima ó ninguna vez se oye en Madrid, aunque sí en Leon, Zamora, Valladolid y Palencia, pero en ninguna parte, tan de asiento como en Aragón.

2, Romance se llama (y romance debe llamarse) aquella agradable composición de Cervantes, por más que se halle escrita en redondillas. En efecto, además de su ligereza y de su aire cantable y popular, que es lo que constituye su fondo, de donde toma nombre, no hay sino abrir el Romancero español en donde se verán, junto al monorrimo característico del romance, la redondilla, la quintilla, el pié quebrado y otras combinaciones métricas.

Y viniendo todavía más á nuestros tiempos, cuando la lengua y la poesia tocaban el último grado de la perfección, el principio ya de su inminente decadencia, léanse nuestros grandes poetas dramáticos y liricos, y veremos que, cuando el asunto les consiente cierta familiaridad, prefieren el ico, para denotarla más fielmente, como en los versos de Calderón,

La ropilla ancha de espaldas,
derribadica de hombros,
y redondica de falda;

como en Moreto, en quien todavía resulta más terminantemente nuestro aserto, cuando entre sus personajes de TRAMPA ADELANTE pone á Jusepico y Manuelico pages, á la manera de Quevedo que llama Pablicos al héroe de su novela el Buscon (2).

Tan admitido era entre los más serios escritores

(1) En el P. Isla, es muy frecuento ese diminutivo, y pudieran citarse de él muchos pasajes, sin salir de sus famosas Cartas de Juan de la Encini, como el «casico curioso de aquella dama púdica, que no consiente la última edición de la Academia.

(2) Algunos personajes han pasado á la historia con ese diminutivo de su nombre, como Artalico de Alagón, á quien dan á conocer de ese mocio, Zurita, Blancas, Carbonell y otros autores.

aquel diminutivo, que en el testamento (verdadero ó falso) del Brocense, el cual inserta é impugna con su exquisito natural buen juicio el señor Marqués de Morante, en la excelente vida de aquel humanista, publicada como apéndice al tomo V de su Catálogo, hay una cláusula que dice: «Iten, Mando á Antonita mi nieta el mi lignum crucis con su cristalico y las seis esmeraldas de que está cercado»; y, lo que es más reparable, Covarrubias, cuyo lenguaje didáctico parece que había de excluir todo diminutivo, dice, al explicar (bien ridiculamente por cierto) la etimologia del gavilán, cuasi gavilán, por la astucia y sutileza con que hace presa en las avecicas; cuya frase le copia y prohija la Academia en la primera y más completa impresión de su Diccionario (1). Y

para que se vea con otro género de prueba, la importancia que tuvo ese diminutivo, obsérvese que hay palabras, de que'no ha quedado, según la Academia, sino el diminutivo en ico; por ejemplo: bolsico, calecico, doselico, farandulica, sonetico, fuellecico y zamarrico, á las cuales pueden añadirse las locuciones y refranes veranico de San Martin, małanicas de Abril buenas son de dormir, Romero ahito saca zatico, etc.; hay algunas que no admiten otro que él, como Perico, bowrico, gemidicos y lloramicos, y sobre todo abanico, diminutivo de abano (voz anticuada que se lee en el romance 1860 de la Colección Durán) y único usual, por

(1. Todavia en la última (1852) se ve usado, aunque escasamente, el diminutivo de que hablamos; uosotros lo hemos sorprendido en la definición de la palabra poro, que es agujerico ó hueco que deja la naturaleza entre las partes de cualquier cuerpo, etc.,, y en la de pierna que «en el arte de escribir se llama el pal ro que va hacia abajo y compone algunas letras como en la m y la n..

más que en EL Premio DEL BIEN HABLAR (1) de Lope de Vega (acto III, escena, 2.o) se lea abanillo, que según la Academia significa cosa bien distinta; hay otras cuyo diminutivo saca aparte la Academia, como relratico, risica y relojico; y hay otras que han venido á determinar una nueva significación, perdiendo absolutamente la diminutiva, como acerico, pellico, velico, villancico, farolico (en sentido de yerba), frailecico (en el doble de ave y pieza del torno de la seda), besicos de monja (en el de planta), palmadica (en el de baile), y tal vez espacico, sinónimo de aciago en los antiguos escritores.

La segunda ventaja que abona el uso del diminutivo en co, es su particular significación, pues aunque parecen sinónimos los en ico, illo é ito, que la Academia agrupa, concediendo la elección al buen gusto del escritor, es lo cierto que el diminutivo aragonés (permitasenos esta frase) tiene dos diferencias con aquellos otros; una que podemos llamar gramatical y otra moral, una que se resuelve como todas las cuestiones de sinónimos, otra que tiene relación con el carácter del país, en que principalmente se conserva generalizado, aquel diminutivo. La diferencia gramatical, á la verdad no muy marcada, desde que la supresión del diminutivo en ico ha refundido en los otros su verdadero significado, consiste, en que la terminación en illo tiende visiblemente al desprecio, al achicamiento voluntario de un objeto, por ejemplo, chiquillo, capitancillo; la en ito tiene algunas veces carácter depresivo y no pocas denota cierta repugnante hipocresía, como se observa por ejemplo en las frases, tiene unarisita!, ¡la mosquita muerta!; la en ico demuestra cariño 6 predilección, siendo á lo menos un aditamento inofensivo, como nos lo declara prácticamente el ejemplo que llevamos citado de la CELESTINA, en el cual se vé que prepondera aquella expresiva terminación para la alabanza, angelico, perlica, simplecica, gestico, y se reservan otras para lo que puede indicar detracción, como nezuelo, loquito y lobitos. En cuanto a la diferencia moral, estriba en que el diminutivo en ico representa el lenguaje de la familiaridad, de la conversación, de la intimidad, y por decirlo así, de la buena fé, fuera del cual apunta en cierta manera el estudio, el disimulo, la desconfianza, la reserva, la falta de espontaneidad.

(1) á cuyas flores servía

de abanillo, el manso viento.

Hemos expuesto, sucintamente algunas veces, y otras con mayor difusión, los caracteres esenciales del idioma aragonés, mal apreciado en general, tan poco estudiado aún por los mismos aragoneses, pero tan digno de un exámen, todavía más lato, que el que le hemos consagrado. Las fuentes de donde procede, que son las más puras; la respetuosa conservación de voces latinas, y sobre todo de españolas antiguas; la asimilación que se ha procurado, parca y atinadamente, con las arábigas y lemosinas; la suma de las palabras técnicas, compuestas, derivadas y aun onomatópicas, en todo conformes con el carácter de la lengua española; la expresión genial, candorosa y fácil que distingue á muchos de sus vocablos y á no pocos de sus modismos; todo contribuye á darle un conjunto inexplicable de belleza que, si no se ha beneficiado todo lo posible, consiste en que la sumisión aragonesa y la tiranía caste

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