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co, fuera de la mejor impresion, son: 1.", algunos pasajes importantes y documentos inéditos, para enriquecer más la Introduccion; 2.". colocacion dentro del texto, de lo que por ocurrirme á última hora, hube de poner en el Apéndice; 3.", más de ochenta ampliaciones a las palabras, ya incluidas en la primera edicion; y 4o, bastante más de ochocientas voces, absolutamente nuevas, que contribuyen á formar un total de cuatro mil, superando abora en tres mil á la Academia y al Ensayo de Peralta.

Expuestos los datos materiales que abonan esta edicion, yo no sé continuar el panegirico y me entrego con ánimo igual á la proteccion ó á la frialdad de mis paisanos.

Pocos años despues de 1873, en que escribiéronse estas palabras, salió por la Puerta del Duque para el Cementerio, su esclarecido autor, acompañado del claustro universitario y de todo lo notable que Zaragoza encierra.

Con llanto en los ojos vieron las letras cerrarse el sepulcro de Borao; honores tributáronse á la memoria del escritor insigne; la Diputacion reservó para este instante el rendirle él homenaje debido, á los que triunfan y ensanchan los dominios de la cultura general.

Y ninguno le ha parecido mejor, que el de entregar á las prensas este libro.

Flores á su tumba!; įá qué arrojarlas, si en ella crecen tantas, espontáneamente?

S. y G.

Panticosa 29 de Agosto de 1884.

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INTRODUCCIÓN.

1.

EXTENDIDA la dominación romana por toda la península española, muy pronto se difundió entre nosotros su cultura, entonces poderosa, é inevitablemente hubimos de recibir los vencidos el idioma del Lacio; que siempre fué la lengua el vehículo y el símbolo de la civilización. Mas cuando ya era usual hasta en el pueblo el latín de aquellos tiempos, sobrevino una irrupción no menos enérgica, que, si no pudo desarraigar de pronto ni las costumbres ni el habla romana, todavía imprimió un semblante nuevo al idioma, hibrido conjunto de voces latinas y maneras godas, que por ventura ha prevalecido hasta el presente, puesto que modificado por las muchas avenidas extranjeras que sucesivamente contribuyeron á enriquecer á aquel sin par idioma, en que habían de causar admiración á la Europa los Cervantes, Calderones y Quevedos.

Nuevas zozobras, nuevo espanto, nueva y más fundamental reforma que otra alguna vino á amenazarnos con la invasión árabe, á la cual justo es decir que debemos la mayor parte de nuestra adelantada ilustración en los siglos medios, así como el desarrollo de todas las cualidades caballerescas que constituyeron un día nuestro carácter, y que todavía se conservan, aunque muy atenuadas, entre nosotros, como se conserva el aire de familia, como se distingue el tipo especial en el rostro de cada nación y áun de cada territorio.

De la misma manera que el idioma latino, el cual por su difusión vino á llamarse, á poco de la invasión árabe, la lengua de los cristianos, esto es, la lengua nacional, la lengua en que estaba escrita la legislación ó el Forum Judicum, de la misma manera, decimos se generalizó entre nosotros el árabe, al cual (como dice el sabio Marina) hubieron de trasladarse hasta los libros santos, que ni áun los sacerdotes entendían, siendo cierto que en el siglo IX no había sino uno para cada mil que comprendiese el idioma latino, cuando el caldeo era en muchos puntos de España del todo familiar. (1)

(1) Alvaro, amigo y biógrafo de S. Eulogio, se lamenta en su Indiculo luminoso de que los latinos dejasen por el árabe su propia lengua. Ese irrebatible texto, aducido por Aldrete en el cap. 3. P. I. de su Origen y principio de la lengua castellana (Roma 1606) y apoyado después (P. 11, cap. 14 con muchos autores de gran nota, demuestra que ambos idiomas, el latin y el árabe nos fueron del todo vulgares y principalmente el primero. Citando el erudito arabista Sr. Gayangos al morisco aragonés Mohamad Rabadán, natural de Rueda de Jalón y autor de un poema aljamiado en honor del anavi Muhamad, el cual se incluye por primera vez en los apéndices á la Historia de la Literatura española del sabio anglo-americano Ticknor, dice de su cuenta que «en Aragón, sobre todo, donde por causas locales comenzó antes la amalgama y fusión de las dos lenguas (española y árabe), hubo pueblos en que se hablaba y escribía una jerga casi ininteligible rara los no versados en la lengua arábiga.»

No en todos sin embargo. Los alentados españoles que, lejos de someter su cerviz al yugo musulmán, fueron á refugiarse en lo más arriscado de las montañas para preparar desde allí la más obstinada y vencedora defensa que han presenciado los tiempos, salvaron con nuestra nacionalidad nuestro lenguaje. Y no fueron sólo las invencibles huestes de Pelayo las que conservaron el depósito del idioma: también los aragoneses, reunidos en las asperezas pirenaicas bajo la conducta de Garci-Giménez, (1)

preservaron el latín gótico de la destrucción completa que le hubiera cabido si como en las ciudades florecientes y áun en comarcas enteras de España, llegára á hacerse general el idioma de los árabes.

Cuál fuera aquel tosco lenguaje, ó qué grado de perfección alcanzara, no es fácil decidirlo; pero convienen los doctos en algunos puntos que nosotros agruparemos brevemente. Parece que los godos no fueron poderosos á imponer ni áun á conservar su idioma pro- . pio, y tomaron por el contrario la lengua latina, aunque en el estado mísero en que ya se hallaba, como que ya venía decayendo desde su mismo Siglo de oro. (2) Las

(1) Recordamos haber visto indicada esta idea, por lo demás muy obvia en el famoso y muy apreciable Diálogo de las Lenguas, obra del Siglo de oro que se atribuye al protestante Juan de Valdés y que fué publicada por Mayans en unión de sus Origenes de la lengua española.

(2) Había, en efecto, un lenguaje que llamaban los romanos militar y que ya prescindía algo de la declinación: Cornelio Tácito se conduele de las pérdidas que había sufrido la buena latinidad, S. Jerónimo alude alguna vez el decaimiento de la lengua latina, y S. Isidoro llama latín misto al idioma corrupto originado por las conquistas: en cuanto a la universalidad de este latín en España, la demuestra Berganza de acuerdo (como ya lo hemos dicho) con Aldrete, aducjendo algunas razones y documentos atendibles, y probando que hasta las mujeres, y por consiguiente el pueblo, oían y entendían las escrituras latinas,

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