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entendimiento y no á vuestro romance aragonés retórico y grosero.» En nuestros días ha publicado el erudito Sr. Gayangos las Consolaciones del Antipapa Luna, traducidas (dice) por él 6 algún aragonés, «como lo muestran claramente el giro de la frase y el estilo, »cuya obra dá al público para ejemplo del estilo y lenguaje castellano usado en Aragón en el siglo xv; pero ese estilo y lenguaje discrepan tan poco de lo que se usaba en Castilla, que no sabemos como citar alguna cosa que se parezca á aragonesa, á no ser que se tengan por tales «aquel muy tierno llorante en tiempo de frio;» «en Dios haberas consolacion;» «oye á San Gregorio á ti consejante; » «Job derechero, é teniente á Dios, é partiente del mal, en el cielo lo cobraras perpetual; » «muchas de veces;» «porque non hayades fatigacion en nuestros corazones;» «non será dada corona de gloria sinon al peleante lejitimamente;» «á las ánimas espinan;» «non han menester mucha sabiduria de cocineros nin de arle de cocinar.»

En el Museo Universal se publicó una poesía caballeresca que decía ser imitacion de la poesia y lenguaje aragones de principio del siglo xiii, y no hay nada de tal cosa, por más que su autor (D. Rafael Boira) hubiese nacido en Aragón y áun, según hemos oído, tuviese inédito un pequeño diccionario aragonés y por consiguiente debiese saber lo que decía en este punto; pero nosotros no acertamos á encontrar más aragʻonesismos que los del verso: «El laud mosen Luesias apresta et adova.» Y, para concluir esto, en el Siglo de oro de la poesía aragonesa hacían tanto alarde de españolismo nuestros poetas, y sobre todo nuestros críticos, que a uno de aquellos se privó de premio en un certámen, porque en vez de haz había escrito fajo.

Sobre el fingido Avellaneda, á quien hemos citado no ha mucho, y cuyo lenguaje se ha examinado muy poco, nos permitiremos una ligera digresión, por lo que tiene de interesante á nuestro objeto y por la celebridad que alcanza todo lo que se roza con el Príncipe de nuestros ingenios.

Cervantes publicó en 1605 y después en 1608, las cuatro Partes de D. Quijote, que después quiso que se llamaran una sola y primera Parte, á la cual dió cima con el encantamiento del héroe manchego, razonablemente maltratado por el cabrero y los disciplinantes y restituido con aquella industria á su aldea, en donde el autor le dejó tan finado, como que habló de lo poco que la tradición conservaba acerca de sus posteriores aventuras en Zaragoza y concluyó con los versos que a su muerte se escribieron, pero dejando, no obstante, al lector con esperanza de la tercera salida de D. Quijote. Al cabo de algunos años, y cuando ya Cervantes tenía adelantada la nueva parte de su inmortal novela hasta el capítulo LIX, que es donde empieza á ocuparse de Avellaneda, publicó éste en Tarragona el año 1614 una continuación, que Lesage tradujo al cabo de un siglo, en 1704, y que después se ha reimpreso en 1732, en 1805 y por Rivadeneira en nuestros días, habiendo merecido á todos en general fuertes dicterios, pero habiendo sido calificada por Montiano y Blas Nasarre como superior a la del mismo Cervantes Saavedra.

Bueno es que éste contestara, en el suyo delicadisimo, al torpe próiogo de Avellaneda; bueno es que continuara su Quijote con la decencia y el donaire que tantas veces hubieron de faltar á su competidor; bueno es que pusiera la inimitable segunda parte suya muy por encima (que lo está mucho en efecto) de la del atrevido ingenio tordesillesco; bueno es que le hiciera las repetidas y chispeantes alusiones que se leen en varios lugares, que le motejara por haber abandonado como ingrata á Dulcinea del Toboso, que lo deseara quemado y hecho polvos por impertinente, y aunque trajera hacia el fin de la historia á D. Alonso Tarfe, grandísimo amigo del otro Don Quijote, para que se sacara testimonio por ante un Alcalde y un Escribano sobre la autenticidad del verdadero hidalgo de la Mancha; pero no anduvo tan cuerdo el gran Cervantes en aquel juego de pelotear los diablos ante Altisidora con el libro de Avellaneda, ni en inquietarse porque éste llamara comilon á Sancho, ni en privar á Zaragoza del honor que en recibir á Don Quijote le había dado ya la tradición (en el último capítulo de la primera parte); ni en tener por cosas dignas de reprehension... que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin articulos... y que yerra y se desvia de la verdad en la mas principal de la historia, porque aqui dice que la mujer de s. Panza mi escudero se llama Mari-Gutierrez y no se llama tal sino l'eresa Panza (cap. 59).

Dejando esto último como menos importante, si bien prueba una vez más la distracción con que Cervantes escribía, cuando no recordó aquellas sus palabras del cap. VII, aunque lloviese diez reinos sobre la tierra, ninguno asentaria bien sobre la cabeza de MariGutierrez; vengamos á lo del lenguaje aragonés.

Que el autor tuviera esa patria no es para nosotros dudoso desde que Cervantes, que le habría muy bien conocido, nos lo aseguró varias veces, ya no con aire de sospecha, sino con toda la resolución de quien hablaba sobre seguro: que el tal aragonés fuera inquisidor está punto menos que resuelto, si como creemos se ha interpretado bien una frase de Cervantes: que fuera además religioso de la Orden de Predicadores se tiene hoy por muy probable, aunque más lo dudara Clemencín, fundado en los cuadros y expresiones lúbricas é indecentes del segundo D. Quijote, pero olvidando un momento la mayor procacidad con que, respecto á nuestros tiempos, en aquellos dorados se escribía: que fuera, en fin, el inquisidor general Fr. Luis de Aliaga, ó el dominico Joaquín Blanco de Paz con quien se enemistó Cervantes en Argel, ó un autor de comedias criticadas en la primera parte del Quijote, como afirma resueltamente D. Vicente de los Rios, es una cuestión literaria que permanece todavía sub judice. En favor de la primera opinión ha aducido tan buenas conjeturas el laborioso y perspicaz escritor D. Cayetano Rosell que á muchos ya ha rendido á su opinión, no porque el episodio de los Felices Amantes revele un tan gran conocimiento de los conventos de religiosas que no lo pudiera tener quien no los hubiera menudamente visitado, sino por las analogías de estilo entre el Quijote de Avellaneda y la Venganza de la lengua española de Aliaga, y por la coincidencia de haber denostado á Aliaga el Conde de Villamediana, en una décima satirica, con el nombre de Sancho Panza, mientras se de

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signaba con el mismo á Avellaneda en un vejámen de Zaragoza; no siendo por otra parte muy descaminada, aunque desde luego gratuita, la sospecha que ha expuesto Rosell de que, conocido Aliaga en la Corte con el nombre de Sancho Panza, tomara Cervantes ese apodo para popularizarlo en su simple escudero, de que resultara la venganza literaria del supuesto Avellaneda.

Para nosotros es todo ello indiferente sino la patria de este autor, y ese es por otra parte el único dato averiguado; pero lo dificil de concebir es, cómo encontró Cervantes digno de reprehensión el lenguaje aragonés, que sólo conoció porque tal vez escribe sin articulos. Lo ligero y ténue de esta indicación, que luego declararemos ser también poco justa, prueba á lo menos la ninguna diferencia que había entre el lenguaje aragonés y el castellano; y, aunque nuestro Diccionario, en que hemos llegado á reunir un número bastante considerable de voces, parece que está probando lo contrario, convéngase en que el lenguaje no es en sí desemejante y que el de los escritores es absolutamente común cuando no idéntico.

Hemos leido con algún cuidado la obra de Avellaneda, cuyo lenguaje han elogiado aun sus impugnadores; y, deseando que suministrase alguna materia á nuestro Vocabulario, ya que no la hemos obtenido de otros escritores positivamente aragoneses, pero siempre escritores en muy buen castellano, no ha podido logrársenos el deseo sino en un reducidísimo número de voces y locuciones. Las únicas palabras que hemos sorprendido son zorriar, repapo, malvasia, reposto

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