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Nieburh. Hé aquí la abuela venerable del habla del Romancero y del Alcalde de Zalamea, toda vez que ésta, segun acreditan todos los léxicos, procede del latin y ellatin del sanscrito. Si, la lengua de Castilla procede de la en que se escribió la Eneida: ved su arbol genealógico. Es innegable la existencia del sermo rusticus y del urbanus y la del provincial y eclesiástico, los cuales, por diverso impulso, modificaron el idioma en que Lucrecio describió la Sicilia, el Herodoto patavino produjo páginas que destilan abundantísima leche pura y candorosa y Horacio, el jovial Horacio, el poeta predilecto de la vejez, rióse de los vicios de los demás, con delicada gracia. Y es que el poderío de Roma, no pudo impedir en sus vastos dominios, los cambios en la pronunciacion y la sintáxis.

Que existían las clases de latin indicadas, ahí están diciéndolo las producciones escénicas de Plauto y las palabras rústicas, citadas por Suetonio: ahí, Ciceron, al quejarse de los muchos que en la Ciudad hablaban tan incorrectamente, que parecía la suya, diversa de la lengua docta. Es por demás sabido: el pueblo no siempre comprendía en Roma el latin literario. El Cardenal Bembo, señala á maravilla, las alteraciones de vocales y consonantes, en la pronunciacion del campesino y provincial de Italia. Solo doce letras conservan el aire original en nuestro alfabeto, segun Lebrija. En las ordenanzas dadas á Coimbra por Alboacem y en las Etimologías, existe la prueba de como el viejo y rudo sermo rusticus, iba absorbiendo al clásico. Mas, no adelantemos ideas.

La latina, primitiva en el ciclo moderno, y sintética, es fastuosa, de una variedad de flexiones inagotable; de una comprension que pasma; de un artificio en su sintaxis, merecedor de estudio. Su declinacion, la más delicada; sus conjugaciones, la envidia de las demás; y su hipérbaton máravilloso, concede al escritor libertad amplia.

A medida que sucédense las edades se trasforma; se introducen cambios en sus letras y la confusion en sus tiempos; se vulgarizan las terminaciones;-en una época, dibujanse en ella, al lado de los propios, los caractéres nacidos de la lucha entre patricios y plebeyos; en otra se la vé vivir, obedeciendo á una

ley suya é influida por el idioma de Demóstenes; en el Siglo de oro adquiere cánon y en el Imperio vé descomponerse los signos representativos de las ideas, cual si fuese una verdad, como Tiraboschi ha dicho, que en el propio ser del habla que tuvo su zenith en las Geórgicas y el último de sus hombres en Rutilio, está el gérmen de su decadencia. Que en Roma, donde la separacion de clases la determinaban distancias tan visibles, como la que media entre la cumbre del Capitolio y la cumbre del Aventino, hubo sermo rusticus es evidente;—y cuando se lee á Plauto y á Terencio; cuando se recuerda el sir número de palabras castrenses que alojáronse en la lengua popular del Tiber, al avecindarse en las orillas de éste los veteranos, que habíanlas traido, cree uno ver idiomas diversos dentro de las sacras murallas romúleas. El vencedor de Actium, en sus aspiraciones a la unidad, á la vez que reune a todos los dioses en el Panteon que Miguel Angel, levantará más tarde á los aires, convirtiéndolo allí, en corona del templo universal y eterno del culto de Cristo, apetece que todos le comprendan; y multiplica el uso de las partículas, convierte en más cla ra y jovial la lengua de los arvales, preparándola á recibir el espíritu analítico de las modernas. Sí, había el latin rudo de la casa del plebeyo, de los campamentos, de la ergástula; en cuyo latin, la pronunciacion, la conjugacion, la declinacion las desinencias estaban atormentadas; sufrían las alteraciones que denuncian, las voces que ha conservado Aulo Gelio.

Vasallo aquel de la ley de la transformacion, modificose por particulares motivos, en cada uno de los paises que conquistó ó colonizó Roma. Esta, al difundir por do quiera su cultura, segun dice muy bien Humbold, impuso lo que siempre fué, «el vehículo y el símbolo de la civilizacion»; y es frase de Borao. Mas la política indicada no se generalizó, hasta los dias del Imperio; y el Senado ni logró siempre romper la tradicion lingüística en los pueblos sojuzgados, ni al apoderarse de un pais le arrebató su indole y aire nativos. «Lo que sí en cambio hizo fué, aumentar con sus legionarios y colonias militares, las causas de corrupcion de la lengua.»

Ahora bien; por irrecusables autoridades sabemos, como recuerda Canalejas, que los hispano-latinos eran objeto de punzantes sátiras por sus voces provinciales; que los barbarismos galos ó célticos movían á hilaridad; que el lenguaje culto hallábase en estado mísero, al otro lado de los Alpes; que á Cumas, tan próxima á la ciudad de los Césares, no se le concedió el latin, hasta tiempos en que ya tiritaba en el éter la amarillenta estrella vespertina del antiguo mundo: y no olvidando que existían el ibero, el púnico, el galo, el celta, en las comarcas aprisionadas por las águilas del Tiber, se creerá con S. Jerónimo, que en las Españas, en las Galias, en Africa, la pronunciacion y la expresion del Lacio recibían el cuño de los hábitos y tradiciones del suelo que hubieron de regar con su sangre los héroes más sublimes; del que sombrearon los druídicos bosques talados por las hachas de César; y del de encendidas arenas sobre el que nació San Agustin y meditó Plotino; se descubrirán, tomando por guía á Ampere y Cantú, galicismos é italianismos en los autores de los días imperiales; se dirá con Castelar que los versos de Lucano huelen á Abril de la sierra de Córdoba y los de Marcial á Calatayud.

Si las leyes fonéticas varían del Septentrion al Mediodía, del punto cardinal en que nace el sol, simulando una rosa de luz, al en que se pone, simulando un igneo carbunclo; si el carácter de la raza influye en las creaciones de los pueblos y diganlo sino el Orlando y los Niebelungen, los cuadros de Zurbarán y los de Teniers, el S. Isaac de Moscou y el Campanile filorentino, las puertas de Guiberti, el plato del lagarlo de Palissy ó las estampas de Rembrandt; si la írdole de la inspiracion española es la misma en todas las edades; en la que Lucano desdescribió el bosque marsellés y en la que Góngora produjo la cancion á S. Hermenegildo, en la que Marco Valerio pintó la felicidad de la vida con los iris de una moral consoladora y apacible y en la que Argensola censuró los vicios de la Corte; en la que Columela escribió su Huertecillo y en la que Rioja inmortalizó la rosa y la arrebolera en sus selvas; ¿cómo el latin no había de modificarse," segun los caprichos de la lengua, genio y raza del país, que dió al Imperio, el emperador más grande, el retórico más insigne, el filósofo más profundo, el

vate más verdadero, el más amargo de los satíricos, el epigramático sin par? El grado en que este cambio se verificó, se sabrá, el día en que la crítica gane la confianza de los monumentos arqueológicos; el día en que salgan de su mudez, medallas que son un misterio todavía; y se conviertan en descifrados, indescifrables alfabetos primitivos.

Porque hoy, ignórase qué es, el sello que cierra esos manantiales de la antigua historia; no tienen aun la categoría de doctrina de fé, las investigaciones geográfico-ibéricas de Humbold; los libros de Fauriel están sometidos á un análisis, que ha de decirnos, si lo que supone de los íberos y ligurios es una verdad; el vascuence sigue siendo un enigma; la lengua y la literatura euskaras, aunque con personalidad en el mundo, merced á los lauros conquistados por sus vates y á las tareas de un Moncault, de un Luchaire, de un Hubbard, de un Luciano Bonaparte, de un Larramendi, no han cumplido, no han podido cumplir á esta hora, las promesas que nos hiciese el sabio P. Fita, al disertar sobre el monumento palpitante é indestructible de la raza occidental más perfecta; más allá de la influencia púnica y de la influencia del noble país, en que cantaban con inimitable dulzura los ruiseñores, sobre el sepulcro de Orfeo, no se vé bañada por la luz del mediodía, toda la Peninsula; las frases de los escritores citados no son tan dogmáticas que excluyan la discusion; y los estudios de los celtas, y de nuestros aborígenes, no han granado, en la estacion en que nos encontramos.

Fáltanos, pues, lente seguro para mirar el encarnizado duelo entre la lengua de Roma y las hispánicas, mientras la ciudad de los Scipiones pugnó por domeñar al país de hijos de hierro y entrañas de plata. Y fáltanos medio de saber la pronunciacion, las inflexiones, la sintáxis á que tuvo que someterse y que tuvo que aceptar el Lacio. Lo que sí se reconoce es, la influencia semítica, efecto sin duda de ļa vida que esta lengua alcanzó en las Españas segun Heeren;- influencia que es visible con claridad, en el territorio comprendido entre el Apas y el estrecho de Gades, por los estudios de Bartelemy, Duteus, Gesenio, Hoppe, Renan, Swinton; de españoles como Bayer, Marina y Conde; de portugueses como Sousa; los cuales (y lo mismo puede decirse de los Herder y los Dozy) son los patriarcas de la filología moderna. Lo que sí se reconoce es, la influencia helénica y basta para ello con ir de Marsella á Sagunto. Lo que sí se afirma es, que la estela púnica, no estaba borrada en el tercer siglo, por dos razones que dá un español respetable, y que arrastran el ánimo al convencimiento. Ulpiano (1) enumera varios actos que el hijo de Africa y las Galias podía redactar en galo y en púnico; y que éste existía en la quinta centuria, en el continente de los desiertos, lo prueba un sermon del primer luminar de la Iglesia latina el sublime San Agustin. Si el púnico existía en Africa, en la época del Obispo de Hipona, no es de presumir que estuviesen borradas sus huellas, en las Españas de los siglos I, II y III. (2)

El latin eclesiástico convirtió en analítica, la lengua latina. Él ajo los hechizos de la prosodia y sintáxis de César; él destruyó el arte del Cisne de Mantua; él descastó la frase elíptica y destruyó el hiperbaton maravilloso de las páginas pensadas á la sombra de los limoneros de Túsculo.

La claridad, impuesta como un deber sagrado á los Santos Padres, dice un escritor insigne, trocó en naturalidad la ele. gancia cortesana del periodo construido, al modo predilecto de Quintiliano; y el léxico cristianizóse, por las necesidades de la nueva religion y del nuevo culto.

Y hé aquí, que si á la averiguacion del origen del romance castellano no será fácil llegar, mientras con enojo de la lingüística, de la historia, de la filosofía y del arte, esté caido de la gracia entre nosotros, el estudio del Sanscrit, no sucede lo mismo, respecto á la causa próxima de la formacion de aquél, despues de los trabajos de Sandoval, Aldrete, Sarmiento, Velazquez, Vargas Ponce, Mayans, Pellicer, Nicolás Antonio, Amador de los Rios, Monlau, Villemain, Sismondi, Puibusque, Dozy, Ticknor, Fauriel, Circourt, Puymaigre y cien doctos más, que nos han dado (no juzgaré si con acierto ó sin él) la

(1) Lib. XXXII, Digesto. (2) Canalejas.

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