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filiacion de cada uno de nuestros giros, de cada una de nuestras frases y aun de cada una de nuestras palabras.

Antes que las águilas del Tiber anidasen en las Españas, en días cuyo sol anubla el sonrosado celaje de la fábula, gentes diversas arribaron á la Península. Ni la venida de Tubal, en que creen Florian de Ocampo, Mariana, Masdeu y otros; ni la de Tarsis que supone la Biblia; ni el reinado de los Geriones; ni los hechos de Tearcon y Sesac; ni las hazañas de Hércules; ni la expedicion de Nabucodonosor, pregonada, en la Edad Media por árabes y rabinicos, que creyeron bajo la fé de su palabra á Megásthenes, citado por Josefo y Estrabon; tienen los quilates de la verdad incuestionable, en la balanza de la crítica. A pesar de la sabiduría de los Mohedanos, los estudios acerca de las primeras colonias, no corresponden a la nobleza del afan de los filólogos y etnógrafos, que se han fatigado, preguntando á los silenciosos y remotos tiempos por su vida,

Sábese sí, ya por Boscho y Plinio, ya por Avieno y Estrabon; ya por los que, como Velazquez, han arrancado de las antiguas medallas, alfabetos de signos desconocidos; ya por los que como Mendoza, han ilustrado dólmenes preciosos;... sábese síl, que á la Península regada por el aurífero Tajo y el diamantino Ebro, ilegaron, celtas, sármatas, asirios, zacyntios, los de Samos, los messanen ses, los focenses, los rodios, los gálatas, los curutes, los iberos orientales, los persas, los lacedemonios, los tirios y los de Cartago. ignórase en qué comarcas se establecieron; qué ciudades fundaron; qué religion, qué leyes, qué lenguas eran las suyas. Sin duda no llegaron á ser pueblo las tales gentes, pues para constituirlo, necesaria era la unidad en lo que tan diversos aparecían: cada uno trajo sus creencias, sus hábitos y costumbres y el idioma de su pais natal; transparentándose, á través de las sombras de la época en que se enterró la raíz de nuestra civilizacion, dos elementos que predominaban sobre todos:—el oriental, representado por los que hablaban «los elipticos dialectos de la lengua de Moisés y Jeremías >; y el occidental, por los que se expresaban en indo-scita y en el habla fastuosísima del país en que cimbréanse aun, en el Eurotas, las cañas de Eurípides

y arrullan en las adelfas las palomas blancas que tiraban del carro de oro de Vénus y llevaban la ambrosía de Júpiter, al verso de Anacreonte. Sin negar el poder de la doble influencia, bajo la que nace nuestra cultura, en virtud de una ley racional, como la que decretó el duelo á muerte de las dos razas rivales que cruzaron sus aceros en Zama, los españoles que, desde la época más remota, tenían distintos lenguajes y venían mereciendo el título de doctos, «sin abandonar su lengua materna, guardaron las costumbres de sus padres»; y el túrdulo, segun Estrabon refiere, venerando sus ritos, continuó consagrado á la cría de rebaños; el morador de la Tartéside conservó sus sacrificios nocturnos; el lacedemonio y el lusitano perpetuaron sus bárbaras y supersticiosas ceremonias; y el montañés septentrional rechazó todo lo que proceder pudiese de aquellas primitivas colonias, que si proporcionáronnos la simiente que fructificó, en el proceso de los siglos, ni crearon la unidad, ni produjeron más obra que la de modificar y amansar un tantico, las costumbres de los rudos naturales de la Península.

La transformacion fué más trascendental, ya que no completa, cuando desprendióse al abismo en el cielo de Zama, la estrella de color de sangre, del primer genio estratégico que nunca ha peleado; del que abriéndose paso, por entre las nieves, los hielos, los torrentes, los precipicios de los Alpes, envuelto en densísimas nieblas que cegaban á sus ojos el dia, rodeado de privaciones, horrores y muertes, gana la altura, baja al llano, vencedor de peligros tan sin número, que á pico hubo necesidad de abrir veredas para que marchasen los elefantes, siega en Trebia, Trasimeno y Cannas la flor de los patricios, y abandonado, sin otro sostén que su propia alma, rodeado de los enemigos más poderosos de la tierra, vive en Italia diez y seis años derrotando ejércitos, y solo la abandona, cuando por salvar á su patria tiene que trasladarse á Africa, á reñir, en una hábil batalla, de importancia militar, por una causa enterrada ya, en una batalla histórica, en los campos de Metauro, donde en la cabeza de Asdrúbal, quedó decapitada la esperanza del que se suicidó en la Bythinia, por haber sido más grande que Cartago.

La transformacion fué mas trascendental repito, cuando los hijos de Japhet vencieron á los de Sen en las Españas renovando el cuadro, al que sirvieron de fondo los dramáticos muros de Troya.

Si ninguna de las lenguas de los pobladores aludidos, ganó el derecho de conquista en la Península, de todas ellas quedaron palabras, frases y modismos, visibles en nuestros días. Porque las indígenas, es innegable «que superaron á la victoria de las águilas del Tiber y coexistieron siempre con la dominacion derivada de esta victoria». El geógrafo más grande de la antigüedad nos dice, que en su tiempo, tribus enteras de Etruria se expresaban en etrusco y que seis lenguas se hablaban en la Iberia: en osco representáronse las farsas atelanas para divertimiento y solaz de los jóvenes patricios, hasta la época de aquel emperador que saluda Rodrigo Caro con los epítetos de pio, felice y triunfador: bilingüe apellida á un pueblo de la Apulia, el inmortal autor de la Epístola ad Pisones y trilingües á los marselleses S. Jerónimo: y la historia, en muchas de sus páginas, tiene referencias á esos idiomas indígenas ó á • los que resultaron de las naturales alteraciones con que el labio rústico y provincial pronunciaba el latin;... el latin!, con el que tiene aire de familia tan conocido el casteilano, como entre sí, el válaco de la antigua Dacia y el habla en que escribió Bocaccio, el libro tan gracioso como verdadero, segun una frase pontificia, en que dió sepultura á la mitad teocrática de la Edad Media; el habla en que inmortalizó á Laura, aquel solitario de Vallclusa que lo fué todo, amigo de los Collonnas, abad de muchas iglesias, Canónigo de Sta. María de Avignon, y lo que vale más, primer Pontífice de la lírica.

Si, porque interrogando a la mente, despues de leer á Humbold, el Prólogo al Diccionario de Larramendi, á Erro, los catálogos de Aldrete, lo investigado por Mayans, se deduce, que en nuestra lengua, hay palabras de todos los pueblos, que hospedáronse en la Península, dominando la latina por las causas apuntadas y por la amistad literaria y religiosa que desde el siglo del autor eximio de la ciudad de Dios, unió á los Obispos de la Iglesia española con los de Africa; pues ésta, que era entonces un vergel frondoso de cultura, trasmitía á nuestros padres su amor á los Horacios y Tibulos, y de la eficacia de sus tareas son inmortales testimonios los nombres de los Latronianos, Orosios y Dámasos; el de un Yuvenco, autor del venerable libro Historia evangélica; el de un Osio, el Padre de los Concilios; el de un Prudencio, vate tan sublime, que Villemain le pone por cima de todos líricos que floreciesen, hasta la centuria del Dante. Y como si España se romanizó, por las razones que Borao patrocina, y en el grado dicho, el habla de los pueblos conquistados no se perdió, ni quedó enterrado, cual sucediese al mármol de Laocon; al ver el sermo rusticus, el provincial y el cristiano, descomponiendo el idioma sintético, haciéndolo analítico

у dando márgen á los vulgares; señalando á la románica española decimos, ved una hija del latin y de la lengua natural de los vencidos; del latin y del espíritu de raza. Aquél y ésta lucharon con el encarnizamiento que el numantino y Scipion; en cuya lucha venció el pueblo y fué su idioma el de los grandes libertos del Imperio, un idioma cristiano. Mas no pisemos fuera de la senda por la que el latin llegó á ser romance indeclinable, sin voz pasiva, necesitado del artículo, rudo, tosco, sin armonía.

No ha faltado quien, olvidándose de la ley apuntada, ha supuesto que la razon del fenómeno está, en que las neo-latinas se derivan de la mezcla de la gótica y la romana, pero les desmiente el trozo del Evangelio traducido por Ulfilas que poseemos, pues supera al latin, en hipérbaton y declinaciones. Tampoco ha faltado quien suponga, que es el español rama del tronco provenzal, olvidándose de que hay quien asegura, que la lengua de los trovadores, no se habló hasta el siglo xiv y que Carlo-magno, cuaado necesitó maestros para sus escuelas, tuvo que buscarlos en Italia. Muchos con Muratori han creido, que el cambio fué obra de las irrupciones del Norte; cuya teoría rechazan hoy los críticos, ya porque la lengua de los bárbaros carecía de vigor para troquelar, ya porque la heráldica no vé en los blasones de la civilización moderna que sea la encina de la Germania lo que está en el centro,. .. la encina de la Germania!, que por otra parte ocupa un sítio principal. El bárbaro, no es el fiat lux de la cultura moderna, segun dice un hombre de grande autoridad, en los estudios críticohistóricos. Recorrió las hermosas campiñas de la Italia; penetró en Roma; subió á lo alto del Capitolio á esparcir por el orbe, el resplandor siniestro de su incendiaria tea; más avasallado por la superioridad espiritual y por el saber de los vencidos, abandonó sus dioses y sus costumbres; empezó á hablar el latin y alguno de ellos á escribirlo, como Jornandez; y de la herrumbre de su origen, solo quedaron para memoria, los nombres de los caudillos y los gritos guerreros de la irrupcion, conservados en la lengua vulgar. Donde se despeñaron cien torrentes de sangre huna, todo fué posible á Carlo-magno, menos el formar una gramática teutónica; y en España, el Visigodo no logró siquiera, la unidad nacional.

Si la Iglesia fué un cielo de mil soles, recuérdese que tal aconteció, cuando la mitra y el báculo eran hispano-romanos. En cambio degradóse bajo la direccion visigoda. Hé aquí la historia dando un mentís á Muratori. Y por no ser menos la ciencia, hace lo mismo. Cada pueblo bárbaro tenía su habla, tan peculiar suya, como sus tradiciones:--¿bajo qué cánon, interroga con oportunidad un docto, había de efectuarse la transformacion del latin y qué lengua fué la corruptora?—Es indiscutiblel; el espíritu romano destruyó la influencia germánica, desde el primer instante, como la Iglesia llamó á sí las almas y las almas acudieron; y la raza latina dió vísceras á la civilizacion y á la historia modernas. Hojead y os convencereis, á Idacio, Amiano-Marcelino, Casiodoro, Boecio y Gregorio Turonense. Y por otra parte, dejad á un lado la teoría de los que creen en lenguas europeas intermedias: observad el parecido de familia entre el léxico de las latinas y el léxico de la de Roma; la semejanza de la gramática de España con la del Lacio; y concluireis por decir, que la tradicion lingilística conservada en nuestro suelo y la ley general que le obliga a pasar de sintético á analllico, son los únicos elementos transformadores del idioina, que huele á salvia y á rosal de Pæstum, en las Geórgicas.

He indicado án tes que el Visigodo, casi no dejó huella de

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