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Alfonso X, el rabino «no pretendió avezar a los cristianos, á los giros y maneras orientales.» Volviendo los ojos ahora á tiempos que quedan muy atrás, reconozcamos que el semitismo que latía bajo la armadura de oro y hierro romano-gótica, favoreció la propagacion de la lengua arábiga, la cual encontró dos obstáculos:–el cristiano sometido, y el que afilaba sus espadas, en las peñas de las cumbres septentrionales. Por espacio de algun tiempo, el erudito cordobés y el que moraba en la benigna ribera de Sevilla, consagráronse al estudio de los idiomas del Oriente; pero álzase el calvario, que el mozárabe tiñó de color rojo con su sangre y «se apaga aquella artificial cultura.» Esto de un lado y de otro, el odio mutuo entre el astur y el sarraceno y los elementos indígenas, depositados en las cuevas de Asturias, hacen que en las letras latino-eclesiásticas, que en la que entonces era capullo de la castellana ó castellana en la niñez, existan muy contadas señales del influjo oriental.

Sí, porque el soldado de la Cruz, en los albores de la Reconquista, aborrecía la civilizacion infiel, solo por serlo, pues ni la conocía, ni lo deseaba. Empezaron á verla los cautivos y rehenes, llevados á la corte de los Califas; y ocasiones de que aconteciese lo mismo á otros cristianos presentáronse, cuando D. Sancho de Leon, en 960, fué á Córdoba, en busca de médicos, ó cuando Alfonso el Grande de Asturias, llamó á su corte, á dos sábios muslines y les encomendó la educacion de su hijo; todo lo cual no fué bastante, á llevar el polen de la ciencia del Mediodía al Norte, pues lo sucedido con Gobmar(1) fué una excepcion.

A partir de la centuria undécima, debieron estrecharse las relaciones entre la España del Evangelio y la España del Coran, pues el conquistador , al convertir en templos de su fé las mezquitas, trasplantaba, sin darse de ello cuenta, á su campo, raices de la cultura arábigo-española. Los musulmanes que no huían de las ciudades desalojadas por las huestes de Santiago, y el muzárabe, doctísimo en letras orientales, que la Cruz en

(1) Este Obispo de Gerona, escrbió en árabe, una historia de los francos, que dedicó á Haken II, cuando era príncipe.

contraba en los baluartes enemigos que hacía suyos, contribuyeron á extender la cultura meridional por las fajas fronterizas, teatro de las más encarnizadas luchas que sostuvieron los soldados de Cristo y los soldados de Mahoma, y en la indicada tarea tomaron no escasa parte, los judíos, de las tierras de la media luna... los judíos! de rica vida intelectual, que poseían tan á maravilla la lengua del Yemen, como los retores más célebres del Asia; que en sus escritos la preferían á su idioma; y que conocían á la perfeccion, el latin y el romance. Sin embargo, en general, eran guerreras en el siglo xii, las relaciones entre el fiel al Gólgota y su enemigo. Lo dicen, los vocablos árabes que se leen en el Poema del Cid, y en las más venerables y viejas páginas de la literatura española ; expresivos todos ellos, de armas y costumbres militares.

Es indiscutible; la influencia oriental fué siempre cortesana: brilló en el reducido cenáculo de los sabios y eruditos. Y el mostrarlo no es difícil. En Toledo, en la inmortal Toledo, el Asia y el Occidente diéronse la mano con cariño, por vez primera, poco despues de aquel día, en que clavó la cruz, en los adarves de la ciudad de la ciencia y el arte arábigos, el muy glorioso Alfonso VI. Mientras el monasterio miraba con terror, desde el Norte, la que juzgaba capital de la nigromancia, los seres ávidos de conocer los secretos de la sabiduría, encerrada dentro de los toledanos muros, sin acordarse de que pudiera ser pecaminoso el ver la cara de los doctores en mágica negra, dirigiéronse hacia la márgen del Tajo; unos, como Gerardo de Cremona y Miguel Scotto á estudiar á Averroes, á Avicena y á Aristóteles arabizado, otros á aprender en la escuela de traductores, en la que sobresalían los judíos.

La misma actividad que el Tajo presenció el Turia, donde el rabino ayudó, despues de la reconquista, á llevar tesoros, de la riqueza de los toledanos (no he de decir si á Provenza), á la corte del gran caudillo, historiador y clásico catalan, que represéntanos Muntaner, entrando con Ampurias, por la brecha de Mallorca, para mesar, fiel á su juramento, las luengas barbas al rey moro. No; no fué popular la influencia del Oriente. Al ceñir la corona de S. Fernando su hijo, por las célebres aca

demias de Córdoba y Toledo, por las versiones de Jehuda Mosca, por los libros de Isaaque; ya porque el palacio real convirtiése en centro de los muslines y judíos doctos, que por obedecer al rey tradujeron del hebreo, del caldeoy de la lengua del Yemen, muchas obras de filosofía, medicina y matemáticas; ya porque la avidez del monarca, por aprovecharse de la vida intelectual que circulaba por las arterias de las ciudades predilectas del Omniada y Abbadida, fué insaciable y profundo el amor que le inspirase, el establecer una escuela de árabe en Sevilla; es lo cierto, que en el reinado de D. Alfonso, empiezan en Castilla á influir los idiomas orientales, cual acusan las obras del desventurado autor de las Querellas y las del prócer ilustre, que legase á la novela y al teatro futuros, un manantial purísimo de leche en su Conde Lucanor; libro peregrino, á cuya popularidad han consagrado sus desvelos, entre otros, Argote de Molina, Wolf, Clarus, Puibusque y D. Pascual Gayangos. Que en época que vino en pos, empezó á descender tristemente de su zenith la estrella de los judíos; y que hubo empeño en que desapareciese todo timbre oriental, despues de aquella pascua florida de la historia, que personifica quizás mejor que nadie, el gentil y á la vez cristiano Ariosto, no puede negarse. El caso no es raro, pues estas oposiciones, con idénticos elementos se presentan, de igual manera, en la vida de la humanidad. Díganlo las ruinas de Troya, los versos de Bembo y los cuadros de Rafael, que lo son respecto al Asia y á la Edad Media.

Dedúcese de lo manifestado, que la influencia hebraico-española, no se dejó sentir, hasta la mayor edad de nuestra lengua, declarada en las Partidas. Y nótese que el hebreo, cuya excelsitudintelectual conócese por los eruditos trabajos de Garcia Blanco, Amador de los Ríos y Catalina; y el árabe español, que, poeta lamóse Wallada, médico Avicena, el Hipócrates de los tiempos medios, botánico Ibn-Beithar, matemático y astrónomo Omaiya ben Abd el Aziz ben Abi ‘l Saltz, gramático Abd-Alah ben Malik, filósofo Averroes y Avempace (1), maestro de éste, sabio

(1) Así llaman los escolásticos á Abu beer Mahomed ben Jahya Ibn Bahja.

comentador del de Alejandro, y autor del Régimen del Solitario, que tan limpios rayos de luz llevó á la escuela de Alberto el Grande; el árabe, que influyó en el escolasticismo de tal suerte, que no es posible escribir la historia de él, sin conocer la filosofía arábiga, á la que Renan ha erigido un monumento imperecedero;.... el hebreo y el arábe, no ofrecen, en su vida literaria, formas ni géneros, que puedan influir permanentemente en nuestro idioma; cuyo caudal léxico engrosaron, en lo que imitóles el mudejar, mas sin convertir en semítico, el genio de aquél. La influencia oriental, escribe un historiador, tiene un periodo marcado y una esfera circunscrita en la historia, pues para que una soberanía política y literaria dure y trascienda, hasta las últimas raicillas del árbol de la nacionalidad, es preciso que aquélla se posesione de la inteligencia ó de las sociedades y ofrezca dechados que enamoren y se hallen siempre presentes, en la memoria del pueblo y de los artistas influidos. Reconozco que las letras arábigas fueron conocidas del cristiano; lo cual debióse en gran parte al muzárabe, que cuando pulsó lira, llamóse Ibul-Margari y al judío quie, familiarizado con todos los idiomas, ya imitaba los primores de Hariri en las macamas, ya mezclaba con sus poesías hebraicas, versos en lengua de Castilla y en siete diversas, alguna vez: reconozco que no vivió en balde un Aurelio, tan docto en literatura muslímica; y que poseemos una aljamiada muy curiosa: mas reconozco tambien con Canalejas, que en nuestro arte popular, rimas, metros, géneros literarios, formas poéticas, todo es latino; en el juglar piadosísimo del monasterio de S. Millan, tan parecido á Fra. Angellico, que diría se sacó del arpa del uno el pincel del otro y en Segura de Astorga; en el Romancero y en D. Santo de Carrion; en el Canciller Ayala, en Alfonso Alvarez de Villasandino ó en el Arcipreste de Hita, que compuso, segun él, cantares de danzas y troteras, para las cantadoras moriscas. Quince siglos, exclama un orador elocuentísimo, han permanecido entre nosotros los judíos y como memoria de ellos solo han quedado, algunas palabras que el odio español al pueblo de que proceden, las ha marcado con estigma de vileza.

No; no tiene el castellano carácter oriental. No creais en él, al observar lo que es necesario para la existencia del hipérbaton, en las lenguas neo-latinas:—acordáos de que tiene explicacion fácil, el fenómeno de que se haya encarnado en ésta el régimen directo, al destruirse la gramática del retórico grecoromano. Encontrareis sí, concordancias, y nada más que concordancias. Ah! es peligroso entrar por las veredas de la indagacion en estos estudios, olvidándose de su cánon científico. La lengua todavía no ha tenido el Tucídides, el Mariana que espera; todavía no ha tenido su historiador. Y así resulta, que si comparais el Libro de Apolonio con la Eneida, la sintáxis de ambos idiomas resultan distintas; con diferencias menos radicales si la comparacion se hace, entre los códigos del Rey Sabio y Paulo Orosio; y sin diferencia alguna, leyendo á los viejos cronistas de la Edad Media, en pos del Lucidario ó del Conde Lucanor. Es innegable: quien compare las obras de la lengua eminentemente literaria y erudita de Marco Tullio, con la prosa admirable de Granada, de Cervantes y de Quevedo; el cuadro de, Germánico a la vista de los cadáveres de las legiones de Varo, que debemos á Tácito y el cuadro que Hurtado Mendoza hace contemplar, allá en Sierra Bermeja, al Duque de Arcos y á los que le seguían al fuerte de Calalin; las descripciones, arengas y retratos de Tito Livio, con la conjuracion de Juan de Prócida, el Alvaro de Luna y el discurso del condestable Dávalos, de Mariana; dirá, que son idénticas las sintáxis de Castilla y del Lacio: como ni rastro árabe alguno encontrará en el habla, si penetra por las grandiosísimas puertas de concha y oro del Renacimiento. Distingue lempora!.... Sí, distinguid siglos, épocas literarias y aun escuelas. Y distinguiendo con escrupulosidad, los caudales legados por el judío del periodo romano y visigodo; contando con el elemento gótico septentrional y idiomas, libres en las asperezas del Norte, durante se escribió con sangre el gran poema, que en la viñeta de su inicial tiene un peñasco y una palma, en la de su letra última; recogiendo con discrecion, los estudios mozárabes y los que á nuestra raza y á nuestro cielo debe la cultura arábigohispana, que si no tuvo los caractéres de indígena y nacional que la desarrollada en Persia, bajo el imperio de la me

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