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con los mercaderes, á fin de asociarlos á la empresa de asegurar á su pátria la posesión del Mediterráneo, apoderándose de Mallorca, ó á la de colocar para siempre la enseña del Gólgota en las torres en que momentáneamente ondearon los pendones del Cid, para reformar é instituir sobre indestructibles bases el Consejo de Ciento, para crear la lengua que usó en sus escritos, en sus tratados; y que, audaz en la pelea, sereno en el peligro, prudente en el triunfo, el mejor soldado y el mejor ginete de su hueste, tan hábil al formar un plan como al eje. cutarlo, justo, galán, dadivoso, es un excelente cronista, un excelente legislador, un gran capitán, un clásico, el hombre más digno de ocupar un trono que jamás ha existido, un sér extraordinario, al cual no llamaré invicto, porque lo único que no pudo domeñar fueron sus pasiones, que sólo siendo suyas era posible que rindiesen á tan portentosísimo coloso (1). Ah! nunca, jamás, ha habido reyes como los reyes de Aragón.

Ninguno de los que vistieron la púrpura, durante tres siglos, aventajó en prendas á los que la honraron en el país que baña el Ebro; lo cual débese sin duda, á la primacía de la ley, sobre la corona, en nuestro suelo; al pacto solemne, con altivez recordado siempre á los monarcas por nosotros, en las lides por la libertad y el derecho; á que el cetro era aquí la insignia de un soberano de soberanos y el sucesor al sólio real, gobernador del reino; disposición sapientísima que acostumbraba, desde su cdad más temprana, á los llamados á heredar las riendas del Estado, á las dificultades del mando, á estimar las instituciones, á someterse á la ley, á conocer y amar al pueblo encomendado á su custodia. Y no solamente fué ninguno más grande; ninguno obtuvo las adoraciones que ellos. Al pueblo y á los monarcas aragoneses unió sicmpre la amistad más sincera, por lo que jamás lian templado aceros regicidas las aguas de nuestros

(1) D. Victor Balaguer en su oración académica acerca de la Literatura Catalana y el Sr. Castelar en su admirable discurso, contestando en la Academia Española, el pronunciado por el ilustre historiador de los Trovadores sobre las Literaturas regionales, cuyos trabajos tengo a la vista, retrataron de mano maestra á D. Jajme I y D. Alfonso V, respectivamente. Cúmpleme consignarlo así.

rios; que no hay apoyo más firme, ni más segura defensa, que la libertad. Bien lo sabían nuestros monarcas conquistadores y aquellos otros, que pródigos de su propia sangre con la patria, temerarios en el peligro, sólo cobardes para desobedecer el fucro, corrían, no á presenciar combates, sino á acaudillar ejércitos, á morir con honra; que los reyes, en esta tierra clásica de las virtudes cívicas, llevaban escrito en su corona, con piedras preciosas, que eran los primeros en los honores, en la ho. ja de su espada, con caracteres de sangre, que sabían ser los primeros en el peligro, y por esto, sentada á la grupa de su corcel de batalla, veíase la seguridad de la paz interior del reino, pues daban guardia de honor á ésta, en presencia y en ausencia de aquéllos, las libertades populares. Y de esta suerte necesitaba ser el trono, pues nuestra aristocracia, la más ilustrada y heróica de todas las aristocracias, no encontraba más medio de atajar la autoridad regia que tocando á rebato la campana de las rebeliones, si como dice un historiador elocuentísimo, «la ley había de sustituir á la arbitrariedad, la fuerza del derecho al derecho de la fuerza, el tribunal, las Cortes, al campo de batalla, y á una organización asentada en medio de desencadenados huracanes, una organización cimentada cn el precepto legal, sin más amparo que la custodia de la libertad y la égida protectora de la justicia.

Sí, así necesitaba ser el monarca en esta tierra, vasallo de las antiguas libertades aragonesas, el primero del reino y el primero también en acatar y defender las leyes ŷ costumbres que debía hacer guardar, por cuya senda llegóse á la perfección de aquel Estado, en que nadie estaba al arbitrio del poder, las csferas en que éste giraba distinguíanse de un modo admirable y la responsabilidad acompañaba á todo acto, cual la sombra al cuerpo. Sí, así necesitaba ser por último, si no había de rompérsele el cetro como frágil caña, dada la indole de este pueblo inspirado siempre por un sentimiento vivo en su corazón, enseñoreado de su conciencia, por el númen divino de su sacrosanta libertad, custodiada por él con tal cariño que apresuróse á vigorizarla cuando la vió amenazada, y de aquí que en cada trasformación no pudiese menos de salir más luminosa, porque jay de la mano que hubiese intentado el evitarlo! Dijo muy bien el Sr. Romero Ortriz, en el nobilísimo Gimnasio de la historia patria:-«los anales de las prosperidades de Aragón son los de la monarquía aragonesa; los de la monarquía de cuyas glorias nos hablan, la nieve de Jaca y la brecha de la muralla mallorquina, las armaduras rotas por los marinos de Lauria, la lava del Etna y del Vesubio, y los bronceados peñascos del Pirineo en los que esculpiéronse leyes antes de ser coronados los héroes; los de la monarquía que no bien nace, baja del risco al llano, de Sobrarbe á Huesca, clava en Zaragoza el estandarte cristiano y hazaña tras hazaña, trueca en la vega de Granada el tosco sayal del labriego montañés por los brocados y armiños del rey político, símbolos del dote de poderío aportado por Aragón en sus nupcias con Castilla; los de la monarquía que unida á Cataluña formó nacionalidad tan admirable, y envió á Alfonso II al sitio de Cuenca, fué á las Navas, luchó por el derecho ultrajado en Muret, castigó á los aventureros Anjou, sojuzgó el Bósforo, grabó las barras en la cima del Olimpo y en la Acrópolis de Atenas, abrió de un golpe con el pomo de su espada las hieráticas puertas de la madre Asia y obedeció la órden secreta de Dios que escribe el Ebro en su curso, con la fidelidad que siguió Castilla el plan de campaña que le trazase el Altísimo con líneas que se llaman Duero, Tajo y Guadiana. Fverte Aragón con sus monarcas y sus libertades, pudo conservar la feliz tranquilidad en el interior, ensanchar los límites del territorio, obedecer las inspiraciones del espíritu de civilización palpitante en su seno y producir do quiera milagros y maravillas;-en cl Bósforo y en Palermo, en la cumbre del Tauто у

á la sombra de los africanos nopales, en el valle en que tejió Proserpina primorosas guirnaldas y en el golfo de la sirena Partenope. Suyo es el mérito de haber comprendido, que la ley que preside á la historia preceptúa á la tierra del Romancero, el llevar la libertad y la salud á las razas encadenadas en el Cáucaso terrible del fatalisimo; el infundir las ideas derecho, humanidad y justicia, en el abrasado cerebro del Africa.

Nuestro carácter emprendedor y audaz, que nace del predominio ejercido en el español por la fantasía, la sensibilidad, la elevación del pensamiento, el espíritu asimilador, las notas todas que nos distinguen, el sitio mismo que ocupamos en el planeta, hácennos, los más aptos para educar y enaltecer á un pueblo inculto; para convertirlo en trabajador en la magna obra de la civilización uciversal; para ir a las orillas del río que en el mapa de la historia divide los tiempos primitivos y los clásicos; para entrar en el continente «que une las premisas de la civilización asiática con las conclusiones de la europea,» á llamar a la vida, al hombre del desierto.

Esta necesidad de sembrar la semilla del bien en las soledades de la Libia, sintióla Aragón antes que nadie, y dió con su ejemplo á la España cristiana, hermosísima enseñanza. Apenas el conquistador inmortal de Zaragoza, siente en su rostro, allá en apartadas cumbres, las suaves brisas de las dulces playas andaluzas, apenas abre la cruz sus brazos en los muros de Valencia y se liquida la media luna sobre el perfumado mar de Mallorca, aguijonea al más bravo de los batalladores, al más grande de los Pedros y al más magnánimo de los Alfonsos, la ambición misma que al héroe cantado por Herrera, S. Fernando, el día en que bebió el caballo de éste las aguas del Guadalquivir en la ribera de Sevilla, y que al vencedor en el Salado, después de tan maravilloso encuentro; la noble ambición que dictase una de las cláusulas testamentarias de Isabel I; la que llevó á Orán al más español de los españoles, Cisneros, y al Emperailor á Túnez; la que aconsejó la expedición afortunada de Felipe V y la desgraciadísima del tercero de los Cárlos. Es justo, humano, patriótico, providencial; es cumplir una ley geográfica é histórica, y uno de nuestros destinos, el procurar que sea un templo del hombre el país, predilecto de la Iglesia de Cristo, en el que creía la Grecia que manaba la fuente de su civilización, y fundó Alejandro la ciudad que debía ser anillo y tálanio nupciales del Oriente y Europa; el país cuya luz inspiro al único épico nacional moderno sus Luisiadas, obra

que descuella sobre las de Ariosto, el Tasso y Balbuena, sobre la fria Henriada y los poemas rudos y bárbaros, el Cid, los Niebelungen y los cantos de Gesta, « porque contiene el espíritu, el corazón, los recuerdos, la gloria y las esperanzas de un pueblo;» el país en que el infante D. Enrique y los marinos de Sagres descubrieron un cielo hermosísimo y cristalizaron en realidad preciosa las estrellas dantescas, soñadas por una privilegiada fantasía en un poético arrobo; el país en cuyos arenales perdió la vida y su ejército el romancesco D. Sebastián, convertido después en otro rey Arturo, por un melancólico amor de la patria; el país en suma, en el que está, según dice un sabio publicista, el principio del imperio que deben llevar y dilatar hasta înás allá del Atlas, los descendientes de los vencidos por Tarik y Muza. Y he aquí á Aragón adelantándose á las revelaciones de los siglos, entreviendo é intentando lo que loy es una exigencia de la verdad enseñoreada del ánimo de todos, con la genialidad que intentó el Dante y entrevieron Virgilio y el filósofo que habló en lenguaje digno de los dioses en el jardin de Academus, lo que había de liacer más tarde el divino Rafael ;...... á Aragón!, al que corresponde parto principal en el mejor lauro de la Edad Media, la Reconquista y en el último y más admirable poema caballeresco, la guerra granadina; á Aragón!, que tantos rasgos propios lia llevado á nuestra historia; el más laborioso obrero en el cumplimiento de los altos fines de la Providencia. A él cupo en sucrte la tarea de comunicarnos con Europa y la de asegurar la tranquilidad del Mediterráneo; con los fiorines de su Tesoro, con los florines adelantados por Luis Santanjel aparejáronse la Santa Maria, la Pinta y la Niño, que salieron con Colón del puerto de Palos; sus principes, dando materia con sus hazañas y virtudes á que varones clarísimos las escribiesen, prestaron inapreciables servicios á las buenas letras; y sus juegos florales, el cultivo de la Gaya ciencia fomentado y protegido por nuestros reyes, tuvieron superior influjo en la civilización de España. Es verdad que la aparición de un nuevo pueblo llamado, en un porvenir próximo, á conmover el mundo, con sus sabios, sus héroes, sus navegantes y sus artistas, se halla, en el Poema del Cid y en el Libro de los Jueces, en las Querellas y en las Partidas, cn los rudos versos del Arcipreste de Ilita y en las páginas del coronista Ayala, cn Juan Lorenzo Segura de Astorga y en los escritos de Gonzalo de Berceo, cuyo carácter iguala, como diria

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