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libremente, sinu á partir de aquel dia de sol rojizo, de sol de color de sangre, en que fue enterrado en los campos de Epila el poder de los ricohomes. En parte alguna ha sido un magistrado tan digno de llainarse , conio la más bella de las virtudes! Los apales del singular, vitalicio é inamovible ministerio del Justicia, en todas sus páginas, preséntancos ejemplos de imparcialidad y viril independencia:-on una, la firma de derecho expedida por el juez popular, á causa de los célebres tributos impuestos por Alonso V para casar dos hijas suyas ilegitimas, --en otra el fallo de Jiménez de Cerdán, con motivo de la exoneración del primogénito del vencedor en Epila; en ésta , el que anuló el nombramiento del Conde de Prades para el vireinato,-en aquélla el dictado por Salanova, que condenó á los oligarcas y salvo á Jaime II. Así servía el justiciazgo á la corona, pues mejor se la sirve «conteniéndola con energía, dentro de los límites de su autoridad legal, que estimulándola á la perpetración de abusos y demasías:--en el primer caso se vela por el prestigio de la dignidad régia y en el segundo se labra su descrédito.» (1) Y por si no parecieren bastantes las altas cualidades políticas del aragonés, recuerdese que aceptó el Jurado y no el tormento; consagró el principio de la inviolabilidad del logar; escribió el fuero de la Manifestación, «ley general hoy, en las de enjuiciamiento y en las constituciones de las democracias;» juzgando tan esenciales á la cualidad de ciudadano, los beneficios que garantizaban la persona y los bienes, que se reputaban aquellos anteriores y superiores á la voluntad; á la voluntad!, que no podía renunciarlos.» Parécese Aragón al pueblo inglés (é igual semejanza tienen entre sí, Aragón, el pueblo inglés y el romano),... parécese Aragón al pueblo inglés, en lo dados que fueron uno y otro á ungir con el óleo del tiempo sus derechos novísimos, y en su amor á las formas de la ley. Parécense, en que sus personalidades en letras y ciencias son contadas, y eminentisimas en alt. grado, numerosas, las de cierto género. --Inglaterra no ha tejido las coronas de laurel y encina que Grecia, Italia y España; mas sus héroes lian sido, el Príncipe

(1) Romero Ortiz.

Negro y Nelson; sus anticuarios y sus quimicos Campden y Humphry-Davy; sus sábios Bacon y Newton, que arrancó al universo los secretos que con más solicitud éste guardaba para la complacencia de su amor propio; Wat, VV. Scott, Dikens, Reynolds, Wilkie, Hogarth, se han llamado sus inventos, sus plumas y sus pinceles, sus oradores Fox y O'Connell, y sus poetas Chaucer, que vale un Ennio, Milton, el sublime Milton, el sin rival Shakespeare, y Byron, cuyo nombre recuérdase en Cintra, en los jardines del Alcázar, en la cúpula de Santa Sofía, en el lago de Ginebra y en Missolonghi tan naturalmente, como al pié del plátano próximo á Bujugdere y del tejo de la Motte Feuilly y del haya de Bintield y de la yedra de Feuillancourt, el de Godofredo, el de la esposa desventurada de César Borgia, el de Pope, y el de Rousseau.

En cambio los hombres de Estado son más abundantes que en nación alguna, en la gran pátria de Macaulay, pues hijos de ella fueron los cancilleres ilustres de los 'Tudor y Estuardos; el insigne Stanope; Mansfield que duerme el sueño eterno en un sepulcro dibujado por Flaxman; Chatham, el orador lírico; Pitt, el incomparable Pitt, cuya titánica mano empujó enorme roca al otro hemisferio y de ella hizo la isla de Santa Elena; Grattan, y Canning y Roberto Peel y Sheridan, que pudiendo tener su estátua entre la de estos personajes, ha preferido descansar, cerca del mármol de Guillermo, en la Abadía de Westminter.

En Aragon así mismo, los sacerdotes de Minerva y los sacerdotes de Apolo son menos que en otras comarcas de España, si quier layamos dado cuna á los mejores vates didácticos y satíricos de los tiempos; y exceptuando á Goya, no tenemos un pintor, cual los que respiraron en la atmósfera dulce, dorada, espléndida de Sevilla; en la márgen feliz que produce rosas para la paleta de sus Murillos y en la que recibieron los efluvios de la inspiración la Roldana y Montañés; lloró Rodrigo Caro; concibió Zurbarán su obra más acabada; Cervantes los incopiables tipos de sus Novelas ejemplares; y templaron Arguijo y Jáuregui las cuerdas de plata de sus liras, talladas en dos limpios topacios. La colectividad aragonesa en cambio, está adornada de las cualidades que colectividad alguna; el sentido jurídico es en ella superior; regular la vida civil y modelo la política; y sus jurisconsultos, sólo pueden compararse, á aquel de las célebres respuestas y de las sentencias célebres,-oráculo en los tribunales y en las escuelas, y símbolo de la edad en que el alma predicada por el estoicismo replegóse en el Derecho, -y al que representa la conjunción de que son obra, los códigos de Justiniano. La Jurisprudencia quiere, con cariño filial, á la isla de Creta porque allí trasformóse al salir del Oriente; á las playas inspiradoras del Egeo, porque alli, trocóse en más social con el grave Licurgo é hizose humana con Solon; al Tíber porque alli, con Numa y Servio Tullio, unió dos mundos y á la vez las penínsulas de Alejandro y César: -considera como uno de sus alcázares las partidas; mas juzga que el otro son los monumentos legales aragoneses; piedras miliarias que en el camino de la humanidad conducen á los tiempos inaugurados por Grocio!, y enlace de espíritus y génios diversos, sublime!, que escribiendo un ideal de paz y de justicia, levantaron á su tribunal ésta; anularon el feudalismo entre nosotros y educaron al estado llano para la libertad; aquí tan adorada, que por exceso de solicitud, cual si llevaran en si un peligro para aquélla, jamás nos deslumbraron las conquistas; para la libertad!, respecto a la que era una la voluntad de todos, que cuando ella feneciese, se acabase el reino у

unánime parecer, que el que muriese por defenderla, drechamente se yria á paradiso é seria en gloria con los santos. Dice muy bien el eruditisimo Sr. Costa:—«como un desastre, debe ser contada la anulación de aquel Estado,» — cuyas instituciones, constituciones y leyes escogen como modelo las repúblicas; cuyas Córtes y municipios son tan renombrados; cuyas empresas están memoradas en crónicas militares, y cuya cultura será siempre de imprescindible memoria;... la anulación de aquel Estado, cuya fisonomia es la misma, si lo mirais desde el atrio de la Seo, que desde la ciudad que trocó en reyes sus condesreyes; desde la capilla en que coronáronse tantos monarcas que rodeados de las artes, oficios, industria, comercio, institutos gremiales de Cataluña, en los puertos donde encontró el nauta un código marítimo único en el orbe; ora se le contemple en el compromiso de Caspe, ora en la lengua que como literaria cultivaron, varones esclarecidos y en la literatura que creció en esplendor, sobre todo, en los días del guerrero caballeresco, amador de las hermosuras, que descuella sobre los que le precedieron en el trono y le heredaron éste, como diz que sobresasalía su talla sobre la de sus contemporáneos; y eso que entre los que le precedieron hubo un Alfonso el Batallador y entre los que le heredaron un Pedro III, que venció á los angevinos, y conquistó á Sicilia; que aliado de Bizancio, temido en el mar, temido en tierra, por el Papa y por la Europa, hizo el collado de las Panizas tan dramático, cual dramáticos serán siempre, los desfiladeros de las Termopilas y de Roncesvalles. Como un desastre repito, sirviéndome de las hermosas frases de aquel admirable publicista debemos tener, la anulación de aquella ecátedra permanente de política liberal y previsora que se consumó en el siglo Xvir;» en el que, oh! dolor!, suenan, la hora hipócrita, en que Felipe II jura guardar nuestros venerandos fueros, con el mal disimulado propósito de abolirlos, y la hora nefanda, en que, del enlutado cadalso de la plaza del Mercado, cae, como espiga al corte de la hoz del segador, la juvenil cabeza de Lanuza; muere la libertad; es atropellada toda ley; la abyección se encumbra; é inaugúrase un lúgubre período, en el que despuéblase España; son destruidos nuestros ejércitos; despréndense de la monarquía de los Austrias, Portugal y Flandes; cubren el océano las pavesas de nuestras escuadras invencibles; engéndrase en las colonias la revolución que las emancipará; á un tonto melancólico sucede un fátuo y á un fátuo un imbécil; el régio alcázar conviértese en el primer centro de mendicidad del país; y en calles y plazas, sólo se ven, rostros macilentos, pobres que no pueden pedir limosna, pues no hay á quien demandarla: periodo aquel!, en el que la ruina avanza por todas partes, haciéndose más avasalladora cada día; el municipio muere; se eclipsa el génio nacional; degrádanse las Córtes que habían asistido al Rey, con la moneda del pechero, desde el sitio de Cuenca, hasta la mañana en que, al ver, en una de las torres del palacio-fortaleza de encaje, la histórica cruz de plata, relumbrando herida por el sol naciente, el ejército acampado en los llanos de la Armilla, sus capitanes, los Monarcas caudillos, caen de hinojos y entonando un Te Deum, al Dios de Simancas y de las Navas, al Dios que entregó á Santiago un caballo blanco para que corriese á pelear junto á los cristianos, y á cuyo caballo subió el guerrero celeste, siempre que el redoble del atambor árabe turbóle el sueño, en su sepulcro de Galicia. Oh! desdicha! descendimos desde la paz de Cambray al Congreso de Verona; desde Pescara cuyo rostro tan bellas y honradas cicatrices agraciaban, desde Urbieta que parece un héroe homérico, desde Antonio de Leiva, hasta las humillaciones de Valencey.

Cuáles pudieron haber sido los resultados de tan admirable escuela, dedúcese de la página de historia de España que se refiere, al período de renacimiento político en que vivimos. En 1873, Aragón acredito, que era digno de lo que concederse debe á los pueblos libres; y en 1808 enseñó á salvar la pátria en las tapias de tierra de Zaragoza; allí donde se declaró la Virgen del Pilar capitana de nuestras tropas, ante un trofeo formado con el sombrero de Palafox y la faja de Cuadros, con la canana del tio Cerezo y la mecha de Agustina, con fusiles oxidados y escopetas de chispa, con el crucifijo del monje y las vendas de la inclita Bureta. Y como dice un escritor contemporáneo, mientras la guerra civil ardió en Cataluña y en los montes vascongados, y las comarcas del mediodía gimieron bajo la granizada de las bombas de una desenfrenada demagogia, nuestro país natal hizo milagros de prudencia; colocó en sus carros la cruz roja; convirtióse en hospital y en campo de Marte; dió soldados para combatir tres insurrecciones; ofreció ejemplo de sacrificios no menos heróicos, aunque estériles, que los estériles sacrificios de Tapso, en defensa de una democracia que tuvo sus verdugos, en los insensatos que desoyeron los consejos de la razón; é impidió que viviésemos incomunicados con Europa, por el sitio que dá nombre á una halagadísima esperanza, que no tardaremos en ver convertida en realidad feliz, porque su bondad la defiende, porque nace de un sentimiento espontáneo, porque la galanteria de la justicia es virtud tan irancesa como española.

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