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La pátria de Fenelón y la pátria de Cervantes, ---unidas siem. pre por los vínculos del cariño,-no han de interrumpir la antigua y gallarda costumbre de cambiar entre si, con frecviencia, prendas de amor. Porque la espada de Francisco I que poseimos y la copia de la auténtica que guardamos, recuerda sólo las locas aventuras caballerescas de un rey; la columna de Almansa, Dada más ha hablado que de la ambición despótica de Luis XIV, -jaquel sátiro con púrpura, al que tantas razones tenemos para execrarl;—y el Obelisco del Dos de Mayo, lo dice todo contra Vapoleón;..... es la protesta de un pueblo contra un tirano; la protesta de un pueblo que defendió su honra, bautizando sus deseos... no he de escribir cómo!; porque se enrojecería de vergüenza esta página.

Las amistades de ambos paises no pueden desmentirlas, ni aquel acero ni estos sillares, porque perpetuadas están en monumentos, en los que se ven naciones y no hombres. Sí; el Cid es la figura predilecta del teatro francés: – éste nos regaló La Escuela de los Varidos y nosotros le regalamos La Verdad Sosechosa: en las riberas poéticas del Garona reciben hospitalidad las cenizas del A peles de Fuendetodos, y en España liállapse en el sancta sanctorum de nuestro Museo los paisajes vir. gilianos del Lorenés y el Pussino: Martínez de la Rosa debe á Racine y á la Poética de Boileau su Edipo y mucho al Menandro de Francia, el Moratin autor de las cinco comedias

de luz tan pura,
de juventud tan fresca y tan lozana,
que vivirán, cuanto en la edad futura

viva la hermosa lengua castellana: (1) nosotros tenemos que agradecer á David, el habernos ensejado la ciencia del dibujo, y á apreciar el mérito de los grandes maestros españoles; el haber abierto los horizontes cerrados, desde la hora en que recibió un déspota, por la voluntad de un imbécil, el cetro en que ballábase engarzado el sol, como rica perla;.... tenemos que agradecer al Robespierre y Napoleón de la Pintura, el decoro recuperado por

i Ventura de la Vega.

los pinceles pátrios, el que renaciese el sobrio y severo naturalismo de Velazquez; nuestros vecinos tienen que agradecernos Orfilas y Aragos, los favores dispensados á Corneille, Moliére, Dumas y Scribe por el Cisne del modesto Manzanares, con el que Victor Hugo tiene deudas tan grandes, como con el Romancero, el Rico-Home y Garcia del Castañar: el cielo azul y purísimo de nuestra literatura es la mitad de la dulce Provenza; y la otra mitad, de las regiones regadas por el Ebro; por el Tajo, por el Guadalquivir; por las aguas que, cerca de las ruinas que perpetúan la fama del heroismo saguntino y la crueldad de Anibal, refrescan los bosques de naranjos, tachonados de azahar y pomas de oro, que sombrean la poética barraca donde hilà el gusano de seda su capullo (1), y en los que tan incopiable es la fina claridad de la aurora, como la majestad del sol; y por las que reflejan en el Genil, paisajes más bellos, que los que retratan la apacible ría de Pontevedra y las lagunas de Holanda; y ¡qué mucho! si en el siglo xv tremoláronse los estandartes santísimos de la cruz en la Alhambra, fué porque Pelayo salió con la bandera de la Reconquista de la gruta de Covadonga, y al otro lado del Pirineo hubo picas y mazas, cual las de Cárlos Martel, en un día más terrible que el terrible día de los Campos Catalaúnicos.

Hago votos, por quéel sueño dorado, que, de antiguo, acaricia tan noble tierra se cumpla: por qué muy luego, Francia y España puedan comunicarse por una puerta digna de ambos alcázares de la historia: por qué en breve, veamos dibujada en el granito pirenaico, la curva del túnel que ha de permitir á la locomotora saludar los riscos de donde bajaron nuestros padres, con el ímpetu de los rios aragoneses, á formar en el llano nuestra nacionalidad.... á saludarlos!, con el respeto que en Egipto saluda, los alminares del Cairo y las pirámides de los Faraones. Y hago votos, que han de verse cumplidos, porque nunca fué vencida la justicia en estas nobles batallas de la civilización; y la justicia está de nuestra parte en la actual; en la que se ha probado al mundo, que los hijos de aquel pueblo li

(1) Marqués de Molins.

bre, bravo por naturaleza, amantísimo hasta el delirio de sus fueros, conocedor de las instituciones en que estribaba su fuerza, muévense por una idea, siempre.

Hoy la autonomía de Aragón, su nacionalidad, están amalgamadas con la autonomía y nacionalidad de Castilla; pero aquel no ya conserva las hermosas páginas de sus augustos anales, sino que las ha duplicado. Cifra su majestad en los Berengueres y en Sancho IV, que recibió en el sitio de Huesca muerte tan heróica, como Epaminondas en Mantinea; y en Pelayo, en el Cid, en Fernan-González: igualmente S. Pedro de Cardeña que Monte-Aragón, las Huelgas que S. Millán, son los Santos Lugares de su historia: se jacta de sus trovadores, de su Lupercio o de su Bartolomé; y de Garcilaso, de los Luises, de Hestera: anda orgulloso de su Jaime el Conquistador; y también de S. Fernando, de Alfonso el de Toledo, de los fuertes reyes de Navarra y de los bravos leoneses : junto a las épicas naves de Roger pone las atrevidas de D. Juan Továr; Lizana al lado de Pedro Niño y del Marqués de Santa Cruz: cree que la amantísima y espiritual Segura coronada de una inmortalidad tan bella, cual la bella inmortalidad de Beatriz, es uno de sus símbolos; y, que lo son de igual suerte, Leonor de Castilla y Maria Coronel: honra á sus ínclitas reinas, á sus heroinas ilustres, á sus mujeres nobles por la inteligencia, á la madre de San Luis, y á la gran Berenguela , á la Roldan, á la Latina, á la Badajoz, á la Medrano, á la Duquesa de Béjar, y á la santa, sábia ý poetisa, autora de libros que por su perfume, parecen escritos en pétăios de azucena: le envanece el que rivalizaran con la morada del protector de Virgilio, la de los Villahermosas, la de los Duques de Alba, la de los Bazanes y Velascos; y siente la alegría mayor recordando los méritos del magnánimo Alonso, que axi nos ha despertat é mostrat cami de aprendre sabre é conseguir lant de y tresor especialment d' art oratoria é poesía, las escuelas de Gaya-ciencia que hubo en la márgen del Ebro en que vivimos, los laudes que sonaron en la Aljafería, la fiesta en que certó Cervantes, y la en que lució Argensola : salta de gozo al pensar en que Avila y Zúñiga en Plasencia, los Silvas en Buitrago, en Denia los Sandovales, los Beltran de la Cueva en Cuéllar, los Pimenteles en Benavente, el Secretario Cobos en Ubeda, emularon el fausto artistico y el esplendor de los Médicis, Orsinis y Colonnas; y en que superáronlos los Ribera en su Casa de Pilalos; construcción peregrina que debemos á una fantasía semioriental!; construcción fascinadora, por su extraño y pintoresco consorcio de tres estilos, y en cuyos jardines «perfumados por los limoneros, arrayanes y adellas,-grato asilo á los ruiseñores,-las estátuas sonrien plácidas al dulce murmullo de las fuentes;» como en su interior, el anciano maestro Luis Fernández y el erudito Pacheco, el sábio panegirista de Herrera y del Teócrito del Tajo (1), y el autor del Cuadro de la Calabaza (2), el adolescente Zurbarán y el insigne Rioja, el casi niño Salinas y el casi senil Arguijo, encontraron cuanto puede dar deleite al pintor, al escultor, al arquitecto, al numismático, al poeta;pinturas al temple, del primor, de la fábula de Dedalo e Icaro, los clásicos todos conocidos desde el ciego sublime, de nevada barba y arrugado rostro, que cantó la ira del representante en su perfectísima hermosura, del heroismo juvenil de la Grecin. Y es que á partir de la fecha memorable en que Fernando II conviértese, en la toma de Baza, en la de Málaga, y en la de Granada, en Fernando V de España; de España son las conquistas de los Cortés y los Pizarros, las jornadas de Pavía y San Quintín y el combate naval que impidió se extinguiese, en el Mediterráneo, la civilización cristiana y trocárase San Pedro en Santa Sofía; el teatro de Lope es nuestro teatro; los cuadros rafaélicos de Juanes, nos pertenecen como Los Caprichos, La Tauromaqu ia y Los Desastres de la Guerra del génio de Fuendetodos; y de la nación entera son la gloria de nuestros grandes teólogos tridentinos, los laureles de Bailén y los laureles de esta Zaragoza insigne, que, ara de sacrificio y altar de triunfo, su nombre, épico, como el de Numancia, santísimo, como el de Roma, sagrado, como el de Jerusalem, invocáronlo los oprimidos entre los hielos del Norte y sobre el sepulcro de Leónidas.

(1) El maestro Francisco de Medina, célebre humanista de Sevilla, qutaDole poeta castellano y latino, escribió un notable prólogo, en las anotaciones á las obras de Garcilaso y Herrera; en cuyo prólogo luce su erudición, su buen gusto y la maestría con que expone. Es autor de una composición Inagnífica en elogio de estos grandes poetas.

2. Sombre vulgar del cuadro El agua de 14 Peña del Clérigo Roelad,

Pero si todo esto es verdad, lo es así mismo, que fueron una desgracia irreparable los sucesos acaecidos en la última manana, del justiciazgo; cuyos sucesos serán bien conocidos, el día en que la ilustre Academia de la Historia publique los interesantísimos documentos que posee; satisfaciendo así, la necesidad de que nos hablan Martinez de la Rosa, Olózaga y Romero Ortiz, en magníficos discursos. Constitución alguna ha tenido preceptos más sabios que la nuestra. «En ninguna parte, dice un escritor, como en la monarquía de Pedro el Grande, estaban las prerrogativas de la Corona tan previsoramente limitadas, ni con tal firmeza garantidas las libertades públicas: ningún otro pueblo intervenía, con igual eficacia, los actos de todos los poderes: y así, ejerciendo pacífica, ordenada y constantemente esos ámplios y tradicionales derechos, se formó el carácter aragonés; en el que la lealtad es proverbial, y el valor raya tan alto, que no bastando para enervarle dos siglos de servidumbre, » Zaragoza, hizo en la Guerra de la Independencia, ante los héroes de las Pirámides, de Arcole, de Rivoli, del Beresina,... (repetiré lo escrito en otra parte (1))... lo que si se leyera en la Iliada, parecería una hipérbole del mendigo de Smirna. Yo bendigo la unión de las dos coronas, en las sienes de los Reyes Católicos, verificada merced á un conjunto de circunstantancias dichosas, dispuestas por Dios; pero me duele que la noble España no cosechase las prosperidades que pudo, dadas sus condiciones. Porque es indudable; si el mismo Fernando V, si el Emperador, si el sombrío Felipe, hubiesen llevado á los sitios en que la victoria coronó de laurel sus tercios, el hermoso y regenerador espíritu de las libres instituciones aragonesas, esta pátria, conservando su preponderancia diplomá tica, según dice un autor moderno, y dirigiendo el movimiento intelectual que agitaba el mundo, hubiera sido la más considerada entre las grandes potencias; no habrin pasado por la ver

(1) Diario die.I visos de Zaragoza,»---3 de Febrero 1881.

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