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y bello de los celestes; del hechizo incomparable de un amanecer en las riberas descritas por Becquer y cantadas por Arguijo ó de una caida de la tarde entre los laureles rosa del Jeneralife, de cuyos troncos, si colgásemos paisajes del Poussin, resultaría el arte dando una lección á la naturaleza, á cambio de las muchas que á la naturaleza tiene dadas, el Pintor de los árboles. Pensaba el Sr. Pacheco, sin duda, en el sol que llameó un día en las granadas de oro y plata del alminar de Abderrhamán y en el que resplandeciendo sobre tejas-de oro y plata también- después de esparcir todos los encantos de la belleza, en las espléndidas vistas de la azotea de la quinta palacio de Medina Az Zahra, penetraba en el Salón del Califato; daba á beber luz a la perla que en el testificaba la pompa de Bizancio, y que pendía del esmaltado techo sobre un cisne de la labor más exquisita; cegaba los ojos al reflejar sus rayos en los jaspes, en los metales riquísimos de las paredes ó de las columnas taraceadas de piedras preciosas, en el cristal y porfidos de los pilares de la célebre arquería poligona trazada por ocho arcos de herradura, y en las joyas que aumentaban el mérito de las puertas de márfil y ébano que sobre estos pilares descansaban; en el trono del Sultán, al parecer tallado, en un astro de más brillo que el que nace, en la fresca alborada, en un cielo de rosa y se pierde en golfos de líquida púrpura en el poniente; en los brocados, en los rubíes, de los escudos, espadas y cimitarras que se lucían en ceremonias tan solemnes, como la jura de Alhaken, la recepción de Orduño IV de Galicia ó la del enviado de Constantino (1); ..... estancia mágica, en la que causaba vértigos el estanque de azogue al moverse; encantaban el oido los arpegios de las aves encerradas en redes de seda,

(1) Al Makkari ha descrito á maravilla csta embajada. Ben Hayyan dice que la carta imperial tenía un sello de oro con la efigie del Mesías de uu lado y las de Constantino y su hijo en otro; estaba escrita en vitela azul celeste con letras de oro, acompañándola una lista de los regalos en caracteres de plata; iba encerrada, mctida en una bolsa de hilo de plata, dentro de una caja de oro, que entre otros primores ostentaba un retrato del Emperador en esmalte: todo esto lo con tenía un soberbio estuche con funda de seda.

en los vecinos boscages de laurel y almendros, los ruidos misteriosos de la enramada, que acá y acullá proyectaba gratas sombras, y los argentinos del agua que bajando de la sierra por artísticos acueductos, ora deslizábase, entre matas de adelfas, formando estanques rodeados de un seto de arrayan ó de granados que esfumaban el suave contorno de las márgenes con sus hojas y con sus flores de carbunclo y topacio, ora derrainándose por canales de blanco mármol, empinábase después en corimbos y juegos que, con frecuencia, aparecían como teñi. dos de los matices del iris, embelesando con sus cambiantes, el murmullo del aire, al atravesar las arboledas del cerro que servía de fondo al cuadro, los bosquecillos de rosales de Chipre y Damasco y las arcadas que formaban los plátanos y palmas, ó al rozar en las pitas, al mover los sicomoros, y todo el verde océano, en fin, que rodeaba la ciudad-flor; y recreaban el olfato perfumes que las huries hubiesen recogido en sus cajas de nácar, en las horas en que las estrellas se reflejaban en los lagos de los jardines y simulaban un pensil de margaritas de luz; veíase en la onda pura la vía láctea; aroma de ámbar embalsamaba la brisa, que agitando los mirtos y los cálices, sorprendia los secretos de las corolas para difundirlos por do quier; y algún adufe sonando en los hadados pabellones ó algún laud en el poético cenador ó en la deliciosa umbría, simulaban el alborozo de los génios de la Arabia, del génio tutelar de la maravilla de la arquitectura morisca, del monumento, en que, con mayor riqueza, nunca se ha transformado el Oriente.

En frase que no ha de vivir lo que la del Quintiliano del periodismo patrio, doy gracias á Dios de haber nacido en este país; amado de quien dé culto á las ideas y sentimientos que ennoblecen la vida, temido de las tiranías é invocado en todos los sublimes martirios; que no en balde, ya se le vé, en los pergaminos de las más viejas crónicas, teniendo por características, el entusiasmo, el valor, la generosidad, la lealtad, la intransigencia en los ataques á su derecho, la fidelidad á la paJabra empeñada, la honrada confianza que nace de la fé, las bellezas todas de un perfecto carácter. No busqueis aquí, el esmalte en el cielo, la dulzura en las notas del bosque, ni en las florestas las esencias que en el país donde, á la luz de los astros, al son de la cuerda triste y de amorosas canciones, danza la gitana bajo la parra, y la poesía es tan espontánea, tan natural, como las adelfas y nopales que nacen entre los peñascos de los torrentes, como la numerosa familia de aquella Eva de las palmeras transplantada por Abderrhaman, tan rica en sus adornos como el interior de los edificios árabes,... como lo fuesen, la sala de Almunia y la alcoba del Califa, en la que vertían

agua sobre una taza verde de imponderable valor, un león, una gacela, un águila, un elefante, una serpiente, una paloma, un halcón, un pavo real, un cocodrilo, un gallo, una gallina y un buitre de oro; no busqueis aquí en el ingenio, la amable pompa, la armonía, que en la atmósfera de átomos de topacio en que todo estimula a la vida, y los acentos elegiacos tienen el sonido de un cántico de sirena, escapado de un sepulcro de hojas de rosa, y los atavíos de la musa recuerdan más que el ceñidor de Vėnus el collar de Tarub; no busqueis aquí en fin, los Gutierre de Cetina y Murillos de la pátria del madrigal, de la oda, del cuento y del romance morisco,--primorosa muestra este de la sávia oriental que circula

por

el árbol de nuestra literatura;... tal vez desde el fastuoso Séneca!, tal vez desde el volcánico génio que el Dante coloca en la magnífica constelación en que se hallan Ovidio, Horacio y el viejo Homero! Lo que encontraréis, sí, la originalidad primitiva de la naturaleza, los contrastes mayores: jardines que serían la delicia de un Delille ó de un Selgas, y las más agrestes espesuras; grandes desfiladeros y prados que traen á la memoria las garcilasescas églogas; barrancos en los que entretéjense el espino, la ortiga, la alcachofera puntiaguda, planicies pedregosas que apenas si humedece el rocío de la noche, y vergeles sin número, collados en los que ostentan sus gracias las familias privilegiadas de la flora silvestre y mesetas en las que nacen, entre juncos, riachuelos de purísima vena, que regalan á nuestros labradores los tesoros y encantos de las cuatro estaciones, en los climas más pródigos en beneficios, la animación más alegre y la soledad más melancólica; ciudades de venerable aspecto y aldeas agrícolas, albergue de la paz de Dios; en aquel escombro, el cardo que cubre las ruinas de Córdoba la

vieja descritas por Diaz de Rivas y Ambrosio Morales ó el jaramago que crece en el despedazado anfiteatro de Itálica; en esta pared, la hiedra que engalana los viejos muros de los antiguos monumentos; acá la perpétua, indicando que una sombra augusta realza el suelo ó el paraje; allá el lirio azul llorando ausencias tan dignas de la elegía, cual las ausencias recordadas por el ciprés de Yuste; en el Norte, montañas verdes en su falda, umbrosas más arriba, pobladas de árboles, coronadas de nieve en sus cumbres, que simulan rotos obeliscos, pirámides, almenas, separadas por grandes hendiduras, y en el Sur, abundantísimas en bálsamos ó cubiertas de jarales que en primavera parecen nevadas; en este punto, sierras, en las que entrelazan sus ramas el chaparro, el nogal y la higuera salvajes, y en aquél, otras, desnudas, que ora empinándose bruscamente, forjan, con fantástica aspereza, desmochadas torres, ora alzándose, con blandas líneas, ofrecen marcada variedad de contornos. Lo que encontraréis sí, valles abundantísimos en pesca ó en frutos, en una región, regados por fríos riachuelos ó impenetrables á la luz o engañadores con sus ecos, en otra; éstos, á propósito para satisfacer los deseos de un herborizador, los de la comarca más lejana, capaces de enloquecer á un artista, con el concierto con que en él saludan ó despiden al dia las plantas, los animales y los torrentes, que ya mueven las ruedas de sonoros molinos, ya ofrecen orillas, de imponderable amenidad, al observador que detiénese á mirarlas, desde los rústicos puentecillos volteados sobre los planos inclinados por los que se despeña. Lo que encontraréis, sí, cataratas tan dignas de los honores del pincel, como la catarata de la Sibila y abismos de la sublimidad del tajo de Ronda; grandiosas decoraciones de negras y fantásticas rocas, que parecen una traducción, en imágenes vivas, de un canto dantesco y decoraciones de idi. licas rocas, festoneadas de tomillo y romero, en las que sestean las abejas para producir su dorado azúcar; picachos sólo accesibles al águila y á la cabra silvestre, y lagos vírgenes y puros, cuyo cristal munca desfloraron ni una hoja de violeta, ni un ganado; bosques agrestes á lo que dá singular interés la fiera que los puebla, bosques ricos en frutos, bosques de hayas, l'obles, hojes, pinos, encinas, ricos en caza, y dehesas en las que se alimentan, pastan ó triscan, el toro y la mula, la oveja y la vaca, que animan y entonan nuestros paisajes montañeses, 80berbios, cual los de las zonas destinadas á guerrear por la independencia, á crear el carácter de un pueblo, á fundar la nacionalidad; y si lo dudais, recorred las cordilleras que arrancan del Pirineo y el Pirineo mismo, cuya poesía conservan la matracada y la pastorada, tan propias de él, como de la Campaña antigua la zampoña de Virgilio y de los encantados espacios de la Suiza, la cítara de Gesner, el Teócrito y Anacreonte de los Alpes.....; recorred las estribaciones del Moncayo y el Moncayo mismo, que imitando una frase de Echegaray, más que un monte, es un globo roto caido de la inmensidad, en el que un colosal Miguel Angel esbozó los primeros delineamientos de la cúpula de un grandioso templo subterráneo.

el agua

Lo que encontraréis, sí, horizontes tan cálidos, cual en la región extendida entre los peñascos del Rojo y el Eufrates, 'entre la Siria, célebre por sus palomas y la playa de incienso del Yemen,-en cuya región la arena tiene el color del fuego, la atmósfera asfixia y sólo en raros sitios, en los que deshílase un poco de agua, crece yerba ó algun arbusto balsámico,-horizontes que dan una idea aproximada de lo que es el desierto, cuando los rayos del mediodía pintán mágicas y leves imágenes en el aire, ó cuando en poética noche, resplandecen verticalmente las pléyades y brilla con su hermosa luz rubí la estrella de Canopo, ó cuando abruma la calma de un tiempo abrasador, ó cuando las nubes se apiñan y se deshacen en lluvia, ó cuando el huracán, tan temido de las gacelas, troncha las palmas y barre los montes, ó cuando el silencio es tal que sólo se oye la pisada del camello, el relincho del corcel, quizás las risas de algún árabe que bajo la tienda distráese en dulces juegos con hechicera muchacha, quizás la patética canturia, en que tras un largo día de sol, la carabana recuerda á su familia en el oasis ó bendice á Dios, por haber colocado junto al fresco pozo, espigas de azucarados dátiles. Y si descendeis por la inmensa escalinata de rocas que comunica la cordillera pirenaica con el más majestuoso de nuestros rios, y paseais por las ribe

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