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pone: el árabe que en Medina Az-zahra eclipsó la fama de los edificios de Al-Raschid, y de los palacios de Cosroes, y que juzgando la suntuosidad y el lujo, la gracia de las virtudes, brilló en galantes fiestas, en deslumbradoras zambras y ejercicios caballerescos; sirvióse de la argentería de Bizancio para sus festines, de las telas de la India para sus tiendas, de la púrpura de Tiro, recamada de oro, para combinarla con sus mallas de acero, de los perfumes orientales para aumentar la voluptuosidad de sus baños: el árabe caballeresco y generoso en su heroismo, delicado é indomable, hospitalario, esclavo de su esclava; que juzga un deber sacratísimo el cumplir la palabra empeñada, una inspiración celeste la filantropía: el árabe, cortesano en sus victorias, que dá albergue, en sus alcázares, á una cohorte de poetas, que ya inmortalizan en sus versos, las victorias de Omar y Abubeker, la trajedia de los Omniadas, las épicas conquistas de El-Mansur, la sabiduría de Alhakem, ya cantan los hechizos de Zahara ó las lágrimas lloradas por Cinda sobre el regio tálamo nupcial de un enemigo de la fé de sus padres; y que guerrero y bardo, tiene por admirador un pueblo y femeniles ternuras por recompensas: el árabe heróico y sensible, que vive para el amor, los combates y la galantería; de fé profunda; ciego en su entusiasmo; frivolo en sus placeres; grande en sus empresas; magnífico en el modo de ejecutarlas; y en el que ejerce la misma fascinación el harem que el campo de batalla, la transparente randa que el tambor, el añafil y el atabal: el árabe amantísimo del cuento, de la música; y en cuyas moradas fueron el mejor adorno mandolinas, tiorbas, harpas de cuerdas de plata y laudes cuajados de pedrería: el árabe que erigió el templo máximo de Mohammad III, el alcázar de Said en Málaga;.... sí!, está vivo!, existe!, y estará vivo y existirá siempre, en la aljama en que aún creemos oir las sentidas querellas de Abderrhaman, y en la Alhambra, que fué construida de las perlas y adornada con los encajes de la más bella de las hadas....; en la Alhambra!, la mejor joya de la arquitectura que tuvo su zénith, en el siglo xii, «edad viril del mundo de la Cruz» y jardin de las Hespérides de las literaturas nacionales, pues es el siglo de los Niebelungos y de los peregrinos de la Viola de amor, de los trovadores y troveras, de Juan Lorenzo Segura de Astorga y Gonzalo de Berceo, el Jacob de la poesía española; el siglo que abre la escuela de Jurisprudencia de Bolonia, las Universidades de Coimbra, París, Viena y Nápoles, la que en Oxford inmortaliza el nombre de Alfredo el Grande y en Salamanca el de Alfonso el Noble; el siglo que plantea la libertad de instrucción, que crea una estatuaria, una pintura y la catedral, y educa á Alberto Magno, á Sto. Domingo, á Sto. Tomás, á S. Buenaventura y al generoso príncipe, conquistador de Murcia, árbitro hidalgo de las capitulaciones de Sevilla, que, legislador, filósofo, historiador, vate, Mecenas de los sábios, patrocinador de hebreos y mudejares y legitimador de su existencia, lleva á Toledo las academias de Córdoba y las funde en las de los maestros y doctores de su Corte; establece la Era Alfonsi; recoge en su Grande et General Historia las tradiciones judías y sarracenas; une con cariñosos vínculos las letras y ciencias orientales y cristianas, y dos génios separados por antigua ojeriza.

Oh! y con cuánta razón ha dicho uno de los hombres que más bellamente han sentido:-el mundo que nos rodea en la alborada de la existencia, imprime su mismo tono, su propio ser á nuestro espíritu y á nuestro carácter, creando en el individuo lo que se llama la índole y el acento nativos! Hijos somos de la tierra, ha escrito Lamartine: la misma vida corre en su sávia y en nuestra sangre; y todo lo que la naturaleza siente y dice en sus formas, en su aspecto vario, en su fisonomía, en su esplendor ó en su tristeza, tiene su repercusión en nosotros. La rosada luz, los cambiantes del horizonte, el apacible ultramar de las castas y sencillas tablas de Fr. Angellico, las nobles y elegantísimas lineas de Rafael, el claro-oscuro de Leonardo, los argentinos tornasoles del Corregio, el esplendor del colorido de Vecelli, Verones y Robusti, están en los horizontes de Italia; en los matices de las lagunas de Venecia; en los crepúsculos de hechizo indescriptible de la ribera del Arno; en la ciudad misma en que, al toque en el lienzo de un pincel suave, empastado y acariciador, brotó la Leda de plateada sombra, que en Berlín respira aire dorado, en una atmósfera de felicidad; y en el Apenino,.. en

las dudosas bellas tintas de sus albas; en la claridad de su sol en el alto meridiano; en sus dulces días de primavera; en su cielo canicular; en la melancolía de sus ocasos; en sus serenas tardes de otoño; en sus efectos de luna incomparables; en sus lontananzas; en el contorno de sus cúspides vecinas de las nubes; en el de sus faldas, en las que álzase silenciosa la cabaña: en el A penino!, donde sentís la tristeza inspirada por los valles (y los suyos, como sus árboles, hablan un lenguaje encantador); la alegría que causan las campiñas, (y las que se descubren desde sus crestas, son las más artísticas del orbe); el reposo campestre; todos los sentimientos que produce la naturaleza bajo sus diferentes aspectos y cuyos sentimientos se sienten mejor que se explican: en el Apenino!, donde teneis los iris, las transparencias, la poesía, los secretos que constituyen el poder de la Pintura en Italia, que en sus creaciones ha reunido todos los géneros, con el singular maridaje que reunió en sus dramas el apólogo y la oda, el epígrama y la sátira, D. Pedro Calderón.

Paisaje andalúz, paisaje aragonés y paisaje riojano, son los fondos de las pinturas de Murillo, del Mudo y de Goya; Velázquez llevó á sus cuadros los azulados Guadarramas que veia desde el régio alcázar donde pintaba; Poussin nos reprodujo en su decaida grandeza, en su solemne y clásica majestad, en todo su encanto, con dulce y meditabunda poesía, las ruinas más augustas del mundo, entre las que vivió: habrá cuadros de Orrente y del Bassanés, aunque se quemen sus luminosas telas, mientras existan las márgenes del Brenta y los collados del Vicentino, y chozas y rebaños, en la comarca que, recordándonos la vejetación de América, ofrece en el interior de sus arboledas, brillantes efectos de luz, que envidiaría el Vecelli: diferencia al autor de la Virgen de la Leche, de Van Dyck, á Zurbarán, de los florentinos, á Morales y Vargas, el Jacob de la Pintura, de los flamencos, lo que diferencia á Toledo, á Badajoz, á Sevilla, á la ciudad del Turia, de la pagánica Toscana, de Amberes, Colonia, Tréveris y Brujas, la Jerusalem de la edad de la Caballería, que cuenta entre sus tesoros los sepulcros de los Duques de Borgoña, y entre sus glorias la de haber alojado á Luis Vives: sería inexplicable, sin la

verdad afirmada, que esta tabla ría bajo el pincel de Hobbema, esa inspire ideas graves, en esotra haya un idilio de perpétua felicidad: la serena melancolía que en los países amados del sol tales hechizos pone en las grandes sombras de la tarde y en el horizonte del mar, es la misma en el Tirreno y en Sicilia, que en los cantos pastoriles de Teócrito, en los madrigales de Gesualdo, en Pergolesso, en Bellini: si contemplais los montes de Namur y Dinand, que elevan el alma á la contemplación de lo infinito; que con los ilimitados espacios que desde ellos se descubren y con sus selvas, seducen la fantasía de las razas del Norte, dadas á lo maravilloso y á la metafísica, y que con sus nieves hacen interminable el invierno en sus cumbres, diréis que alli independízose, el género de los Hemling y De Bles: y si recorreis la pátria de la gentileza, del amor, de los placeres, del serventesio, del descort, de la precicanza, de la tensión, del planch; el país que ha escrito la pastorela y la raquera, en la corteza de los árboles de sus valles; de seguro, como el agua en peces y el aire en pájaros, las auroras del Ródano, los reflejos del sol poniente en las copas de las adelfas del Garona, las plácidas soledades de Aix, os mueven á pensar en la nova, en la serena, en la albada; en que si crecen en la Provenza tantos laureles es porque hacen falta sus troncos y sus ramas para construir laudes y hacer coronas; y confundis la música de las aves con la voz del trovador, en quien es tan visible el influjo de la primavera, como en los bandoleros y batallas de Salvator Rosa, las encrucijadas de las montañas próximas á Nápoles, y las impresiones que el de Arenella recibiese, cuando individuo de la Compañía de la Muerte, arrostró el plomo y el hierro de los soldados de Felipe IV, ó como en el Combate de los Cuatro días de Guillermo Van den Velde, las horas sadas por el pintor del mar, en un buque de la escuadra de Holanda, mientras la pelea que ilustró el nombre de Ruyter, lo que Salamina el de Temistocles, lo que Trafalgar el de Nelson, lo que el Callao el de Mendez Nuñez.

Borao había nacido en esta ciudad, cuyo imperial aspecto realzan sus innumerables torres, sus cúpulas y sus monumen- . tos y el tono recibido de Zaragoza, visible es en las obras de

aquel hombre; producto ellas, de una imaginación de pausadas savias, como las que circulan por las plantas del paisaje que se descubre desde el Cabezo Cortado; de una mente clarísima; de un espíritu de brío, pulcro y no fastuoso. Las características del aragonés fueron las de Borao. La cultura, la franqueza, la liberalidad, las virtudes más bellas de todas las que ennoblecen la vida, son los rasgos distintivos de Zaragoza y eran los del sabio Maestro.

Hijo de bendición, amigo abnegado, cariñosísimo esposo y padre, tenía el culto de las grandes ideas y sentimientos. Poeta, fué la justicia su númen; crítico, siempre aplaudió el mérito con entusiasmo y censuró lo feo y lo torpe fortiter in re suaviter in modo; historiador, jamás mintió su pluma; literato, filólogo, artista, el estudio fué para él una purificación perenne; soñador, complacíase en encarnar en la realidad sus ideas; carácter íntegro y bondadoso, ameno en sus cartas y conversaciones familiares, llano en el trato, afable y dulce por naturaleza, alma sencilla y entusiasta de su país, reunía un superior sentido estético y un superior sentido moral.

Borao era un hombre de verdadero saber, que debió á sí propio la conquista de su envidiable fama, y uno de los españoles más útiles de los lustros que pasaron. Ahí están, acreditándolo, sus innumerables discípulos, muchos de los que doctísimos maestros hoy en la Holanda pacífica de las letras, reconocen que deben sus tesoros intelectuales, más que al barbecho de la atención propia, á la bondad de la semilla arrojada por el aire, en la cátedra que hizo ilustre, el historiador de nuestra Universidad. Ahí sus obras....... las poéticas en las que se vé un vate al modo de Lista é de Gallego, un vate académico; las de erudición, las de historia, que contienen un caudal precioso de datos y noticias; los trabajos literarios sobre Lope y Moratín, sobre D. Clarisel de las Flores y el libro de Lesage, que prueban no era de los que sólo saben repetir antiguos juicios, sino de los que ofrecen novedades felices; sus producciones todas, que justifican, en nuestros días, la razón, con que en los de Bartolomé, tan excelente cura de almas en el mundo de la belleza como en el moral, dijo el Fénix, que de Aragón iban á Casti

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