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en luz, esculpía como el mejor buril. El pudo haber producido una historia que, siendo una obra de arte bella, fuese admirable, considerada en sus reglas críticas y metodo de investigacion, enriqueciendo de esta suerte el joyero de la época de que somos hijos y que es tan gloriosa en el linaje de estudios, á que deben un rayo de inmortalidad, los Niebuhr, los Savigny, los Gervinus, los hombres que han obligado a hablar á la esfinge egipcia y al ladrillo caldeo; que «interpretando las raices aryas nos han dado á conocer al Patriarca de la Bactriana;» que en las márgenes del Hifaso, del Ganges, del Eufrates, de los cinco rios que regalan sus aguas al Indo, y sobre las ruinas del templo del Sol de Palmira, han reconstruido el Oriente, con sus ciencias, sus artes, sus sacerdotes, sus sabios, sus astrólogos, sus guerreros y sus portentosas é inmensas civilizaciones.

Sí; él pudo haber escrito la historia de Aragon, al modo de un Zurita con estilo, satisfaciendo así una necesidad, más imperiosa, á medida que la civilizacion avanza, y el mundo clásico, la Edad Media y la España que fué, remozan en un Jordan de juventud y resultan más bellas, que las que aprendimos á ver en las aulas. Son muchos los grandes dias aragoneses, que no se conservan en el recuerdo humano, con la luz que doró ó plateó su ambiente: son muchas las figuras nuestras que resultan empequeñecidas, al lado de las castellanas: abundan por ahí errores tan crasos, como el que supone, en la canastilla de boda de Isabel I, las joyas con que se compró al Océano, el secreto de América. Hace falta que no resulte humillado por una hembra en las historias, el más grande de los reyes políticos y que conste lo pingüe de la dote aportada por las Barras, al escudo en que uniéronse, á los Leones y Castillos. Yo bien sé que en su obra, habría sido tan visible la pasion aragonesa, como la de venganza en Tucídides, la de soberbia patricia en Tácito, la de unidad italiana en Maquiadclo, la de portugués separatista en el autor de La Guerra de Cataluña, mas hubiese hecho el bien inapreciable de añadir un peidaño a la escalinata por la que subiremos, cuando esté terminada, á un ideal que acariciamos. El historiador perfecto no ha existido aún. No lo fué Tucídides; no lo fué Salustio; no lo fué Tito Livio; no lo fué el más grande de los artífices creadores de hombres, el Shakespeare de la historia; no lo han sido Maquiavelo, ni Hurtado de Mer.doza, ni Mariana, ni Voltaire, ni Thierry, ni Macaulay. Llegará sin embargo un día, en que se haga la historia por la historia, y sin más pasion que la verdad, y la hermosura, reteja y desenrolle la tela de la vida; y esto acontecerá, cuando termine la tarea de investigacion en que el siglo xix está empeñado. He aquí el por qué los hombres favorecidos por Dios con sus dones, deben aumentar el número de los que trabajan en el campo, fertilizado con su hábil cultivo, por los Momsem y los Gibbon. Además, aunque preciosas las conquistas de esa crítica, de esa filología, especie de mediadora de la eternidad y de inclinacion secreta que nos conduce á adicinar lo que ya no existe, la historia no ha de limitarse á ser «una pura esencia conservada en libros sin estilo, acotada por notas y testimonios»; y si ha de convertirse en algo semejante a aquella ninfa eslava, aérea al principio é invisible, hija de la tierra despues y de presencia manifiesta sólo por una larga mirada de vida y amor, es preciso que, cada vez, sean ménos raras las páginas, en que las virtudes poéticas estén en el grado, que en la batalla de Cunaxa de Xenophonte, en las Horcas de Caudium de Livio, en el asesinato de Roger de Flor de Moncada, en el ataque de Monjuich de Melo y en la entrada de los bárbaros en Roma, de Emilio Castelar.

Borao podía haber sido útil colaborador, en la empresa de acercarnos á los tiempos en que un Tácito, superior á Tácito mismo, componga é interprete, los elementos dispersos de la realidad, dando cabida á toda la estética que admite el arte maravilloso de los Herodoto y Mariana, que es superior á la elocuencia, en gerarquía. Como habría descrito al Batallador en Fraga, á 1). Jaime en Mallorca, á D. Alfonso el Magnánimo en el Puerto de Marsella, el Compromiso de Caspe y las hazañas grabadas en el Tauro y el Bósforo, el que nos retrató al almogávar, con pluma que Pantoja habría aceptado por pincel!

Ah! mucho, muy mucho perjudicó á Borao el que no hubiese sido la historia el centro único de sus afanes; y al poeta (tan parecido á Hartzenbusch, en que en ambos el ingenio y la erudicion, aventajaban al estro) el haberse empeñado en cultivar la lírica, la épica y la dramática; en escribir lo mismo sátiras que leyendas, epistolas que romances; en vivir tomando un día la copa de Anacreonte ornada de pámpanos y otro pulsando la cuerda profana ó abrazándose al salterio religioso; pues no era posible que tuviese todas las facultades exijidas para entrar, pisando flores, en el Alcázar de Hojeda, de Calderon, de Rioja y de S. Juan de la Cruz. Asi es que sus poesías, incluso su Romancero, que es su diamante mas limpio, por las altas cualidades de historiador que á su autor adornaban, son nada mas, gallarda muestra de lo que Borao pudo haber sido, si hubiese aspirado á merecer tan sólo, una de las tres coronas que constituyen, el atributo de la literatura.

Lo creo firmemente. Si D. Jerónimo Borao hubiérase limitado á cruzar su pecho con la estola de oro de la didáctica, convencido de sus nativas aptitudes para el mas aragonés de los géneros literarios, habría aumentado los joyeles que testifican, que si nuestro siglo, nada ha imaginado mas bello que la Alhambra, ni mas sublime que la catedral de Burgos, ni de hermosura mas perfecta que el Apolo de Belvedere, la Vírgen de la Palmera y las Concepciones de Bartolomé, su lírica en cambio, vence á la antigua, por lo vasto de sus dominios, por lo delicado de la gamma de sus variedades, por la riqueza de su métrica, de su ritmo y de versificacion, por la superioridad de sus Manzonis, Leopardis y Fóscolos; de sus Lamartine, Victor Hugo y Musset; de sus Esproncedas, Quintanas y Zorrillas; de sus Goethe, Heine y Schiller; de sus Tenison y Byron.

Y hé aquí que á Borao perjudicó muy mucho, una de sus mas bizarras cualidades. Nadie ha empleado jamás el tiempo mejor, ni ha dado menos descanso y paz al espíritu y á la péñola. Nadie le aventajó en practicar con exactitud, el proverbio nulla dies sine linea, que esculpió en su paleta, el pintor ilustre á quien honró Alejandro, concediéndole su esclava Campaspes por modelo.

Fué el mayor enemigo que la ociosidad tuvo nunca; el tipo más acabado del laborioso, del hombre útil. Más aficionado á lo mejor que á lo bueno, alcanzó siempre lo mejor, que es el obsequio con que la Providencia demuestra su cariño, al que trabaja.

Es más necesario este que el genio á los fines providenciales de la historia. Las imaginaciones privilegiadas conquistan la inmortalidad en el tiempo; el trabajador, las palmas de la eternidad. No, no son los siglos en que florecen la adelfa y el mirto, los más fértiles en bienes. El aureo de Horacio no salvó á Roma; la centuria de Velazquez y de Quevedo es una centuria de decadencia:-en cambio, han hecho feliz a la humanidad, los que, con su perseverancia , raspando la roca del castillo, hicieron el grano de pólvora, que había de destruir á éste; encontraron en el cristal una retina superior a la retina del hombre; construyéronnos el émbolo de la máquina de vapor, la retorta en que se descompone el agua y el aire, la palanqueta del telégrafo, la prensa de Guttemberg, la lámpara de Davy, el ancla de la Niña ó las cuerdas de la nave que dobló el Cabo de las Tormentas;.. los que han colocado, en la fachada del alcázar de su gloria, blasones que lucen en sus cuarteles, la hoz, el escoplo, el nivel y en su manto de armiño, las manchas del sudor que cae de un rostro inclinado al suelo, entre las espigas del trigo ó entre los racimos de la viña. No son el pueblo y el hombre más grandes los más sabios, si tienen dañado el corazon; ni los más heróicos, si su aureola tiene color de sangre; ni los más poderosos, si el puño de su espada es una argolla y opresor su imperio.

Hoy que no existen más clases, que las definidas por las buenas obras y por la honra y que la ociosidad es vil, el pueblo y el hombre más grandes son los más trabajadores. Vivir es trabajar: no es otra cosa la vida. Magnífica es la entrada de un ejército vencedor en una ciudad:-hojas de laurel cubren el suelo; gallardetes y arcos triunfales sin número, se ven por todas partes; millares de cabezas apíñanse en los balcones y ventanas de los edificios; y en las calles y plazas, un gentío inmenso apriétase, cada instante más. Generales hermoseados por las victorias caracolean con su corcel, al frente de sus soldados ennegrecidos por el humo de la pólvora; una lluvia de coronas y de flores cae sobre las banderas, acribilladas por las balas; deslumbran los reflejos del sol en las bayonetas y en el acero de las lanzas; millares de pañuelos se agitan; y casi apaga el ruido que producen la infantería y'artillería que pasan, los caballos que trotan ó piafan, las cornetas y músicas de los regimientos, los carros de la cruz roja, el estridor de las cadenas de los pontones, las armas que chocan en las espuelas y estribos, los hurras de una muchedumbre, que agítase, ébria de entusiasmo. Ante espectáculo tan deslumbrador, creeis estar en la confluencia de todos los rios que arrastran los caudales, en que se distribu-ye la existencia: y sin embargo lo que veis son atributos brillantísimos de la muerte.

En cambio al penetrar en una fábrica, en un día en que los obreros descansan, las silenciosas máquinas no despertará n el frenesí en vosotros, y sin embargo allí el acero sirve al amor y no al odio, pues crea vínculos de gratitud y lazos fraternales, entre el pobre que transforma el algodon y el rico para quien es la tela. Al pensar en esto, aquí está la vida! decis sin duda: como los que teneis sensaciones rurales, al ver en los pueblos, la ausencia de ese fastidio, de esa melancolía, que proyectan los vicios sobre las grandes ciudades, al ver la paz que existe, en la choza que humea al caer la tarde ó en la casa cuyo vestíbulo adornan, trofeos de agricultura y en cuyas estancias os hieren el oido, piar de golondrinas, arrullos de palomas ó percibís las emanaciones de la alcazarra, olorá mosto, á luminoso aceite, á higos de mieles, á sabrosísimas frutas, á vaca de pezones ubérrimos, se os ocurre exclamar: es cierto, como dijo Cooper, que Dios hizo los canıpos y es cierto, porque son los talleres en los que el trabajo, acerca la naturaleza cada día mas, á ser digna morada del espíritu. Los guerreros son los protagonistas de la historia pasada, porque la historia pasada, es la historia de la guerra: los trabajadores lo son de la novísima, porque esta es la historia del trabajo. Y en verdad que los unos arrebatan mas que los otros. Sublime, muy sublime es Bonaparte, haciendo lo que jamas pudo el simoun del desierto, haciendo estremecer las Pirámides y convirtiendo al Egipto monumental en adulador suyo; y sublime, cuando asusta

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