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de los labices, alternativas y vicisitudes de arra lucha viva y peretic.gos proporciona la satisfaccion de regocijarnos con la aparicion de algun nuevo estado cristiano, fruto del valor y constancia de los

guerreros españoles, y testimonio de la marcha progresiva de España hácia su regeneracion. En el primero vimos el origen y acrecimiento, la infancia y juventud de la monarquía Asturiana: en el segundo anunciamos el doble nacimiento del reino de Navarra

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del condado de Barcelona: ahora hemos visto irse formando otro estado cristiano independiente, la soberanía de Castilla, con el modesto título de condado tambien. La reconquista avanza de los estremos al centre.

Mercod á la grandeza del tercer Alfonso de Asturias, Navarra se emancipa de derecho, y el primogénito de Alfons el Magno puede fijar ya el trono y la corte de la monarquia madre en Leon: paso sólido, firino y avanza:lo de la recogquista. ¡Así hubiera heredado el hijo las grandes virtudes del padre, como heredó el primer rey de Leon las ricas adquisiciones del último monarca de Asturias! Pero el hijo que conspiró siendo principe contra el que era padre afectuoso y monarca magnánimo, ni heredó las prendas paternales, ni gozó sino por muy breve plazo de la herencia real. A castigo de su crimen lo atribuyen nuestras antiguas crónicas; propio juicio de quienes escribian con espíritu tan religioso.

Vinole bien al reino su muerte, porque sobre haberse reincorporado Galicia e Leon con la sucesión de Ordoño II., acreditó pronto este principe que el cetro leonės labia pasado á menos' unás robuslas que las de García su formato. Los campos de Alange, de Mérida, de Talavera, de San Esteban de Gormaz resonaron com lus gritos de vistoria de los cristianos. Sin embargo, la balalla de Valdejunquera demostró á Ordoño que no se desafiaba todavía impunemente el poder de los agarenos, y eso que pelearon unidos el Donarca navarro y el leunės. Mas ni á Sancho de Navarra escarmontó aquel terrible descalabr), ni acobardó á Ordoño de Leon. Todavía el navarro tuvo aliento para esperar á los musulmanes en una apgostura del Pirineo y vengar su anterior desastre, y todavía Ordoño tuvo el arrojo de penetrar hasta unia jorrada de Cordoba, como quien avanzaba á intimar al príncipe de los creyentes; « Apresúrade á sofocar las discordias de tu reino, porque te esperar las armas cristianas ansiosas de abatir el pendon del Islam.» Y cuenta que imperaba en Córdoba Abderrahman III. el Grande, y que me daba los ejércilos mahometanos su tio el valeroso y entendido Almudhaffar.

La prision y ejecuciou sangrienta de los cuatro condes castellanos ha dato ocasion á nuestros escritores para zaherir ó aplaudir, segun sus upwestos juicios, la severa conducta del monarca leonés. Los unos cargan todo el peso de la culpabilidad sobre los desobedientes condes para ju. tificar el suplicio impuesto

por el rey de Leon: los otros intentan eximir de culpa á aquellos magnates para hacer caer sobre el monarca toda la odiosidad del duro y cruel castigo. Nos

у otros, sin pretender eximir á los castellanos condes de la debida responsabilidad por la desobediencia á un monarca de quien eran súbditos todavía, y por cuya falta de concurrencia pudo acaso perderse la batalla de Valdejunquera, tampoco hallamos medio hábil de poder justificar el capcioso llamamiento que Ordoño les hizo, ni menos la informalidad del proceso (si fué tal como Sampire lo cuenta) para la imposicion de la mayor de todas las penas, lo cuál se nos representa como una imitacion de las sumarias y arbitrarias ejecuciones de Alhakem I. у

de los despóticos emires de los primeros tiempos de la conquista, menos indisculpables en estos que en un mo narca cristiano. Lo que descubrimos en este hecho

. es la tendencia de los condes ó gobernadores de Castilla á emanciparse de la obediencia á los reyes de Leon; tendencia que mal reprimida por el escesivo rigor y crueldad de Ordoño, habia de estallar no tardando en rompimiento abierto y en manifiesta escision, Así, mientras por un lado vemos con gusto estrecharse entre las monarquias de Leon y Navarra las relaciones incoadas por Alfonso III. y pelear ya juntos sus reyes, por otro empieza á vislumbrarse el cisma que habrá de romper la unidad de la monarquia leonesa.

Lo que acerca de los prelados y sacerdotes de esta época dijimos en nuestro discurso preliminar (1), á saber, que solian ceñir sobre el ropage santo del apóstol la espada y el escudo del soldado, viose cumplido en el combate de Valdejunquera. Los rusulmanes no debian maravillarse de esto, puesto que sus alimes

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alcatibes peleaban tambien; y porque estaban acostumbrados á ver batallar los obispos cristianos desde el metropolitano Oppas. Pero no dejaria de causarles estrañeza ver que uno de los obispos prisionero era el prelado de Salamanca Dulcidio, aquel mismo Dulcidio que siendo simple presbítero de Toledo se habia presentado en Córdoba indefenso y desarmado como apóstol de paz, encargado de una negociacion pacífica entre el califa Mohammed y el rey Alfonso III. La Providencia parccia haber permitido la prision de aquellos dos venerables pastores, como para enseñarles que mejor estuvieran en sus iglesias dando el pasto espiritual á los fieles de su grey, que acompañando belicosas huestes en los campos de batalla. Pocos años despues, olvidado de este saludable aviso otro prelado, Sisnando de Compostela, aquel turbulento obispo que fué à reclamar del virtuoso Rosendo la cesion de la silla episcopal con la punta de la espada, se ajusta los arreos del guerrero y sale á campaña, y la saeta de un normando le avisa

(1) Tomo I., pág. 82.

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á costa de la vida que no es el oficio de guerreador el que compete al ministro de un Dios de

paz.

Tales eran sin embargo las costumbres de aquel tiempo; y si los medios de defender la fé no eran los más apostólicos, el oelo religioso qne los impulsaba no puede dejar de reconocerse altamente plausible, y veremos por largos siglos á los ministros del altar creerse obligados á bandir la langa en defensa de la religion, y al pueblo mirar á los sacerdotes de Cristo como legitimos capitanes de los ejércitos de la fé. ¿Y cómo

¿ no habian de considerarlos así, cuando se persuadian de

que los apóstoles y los santos descendian del cielo á capitanearlos en persona y á esgrinir con propia mano el acero contra los enemigos de la cristiandad?

Piadosísimo Haman todas nuestras historias á Ordoño 11.; y así era natural que calificaran al que erigió ý dotó ta catedral de Santa María de Leon, al que cedia para templo episcopal sus propios palacios, al que se desprendia de sus propias alhajas de oro y plata para colocarlas con su misma mano en los nueros altares. El palacio en que habitaban los reyes de Leon era un magnífico edificio abovedallo que los romanos tuvieron destinado para baños termales. Hé aqui ta historia religiosa de España. Al principio era un monje el que deshrozaba un terreno incu'to para erigir sobre él una pobre ermita, que despues un monarca piadoso convertia en catedral. Avanza la

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