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INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

Mucho han discutido y disputado los escritores de todos los tiempos, queriendo precisar qué clase de hombres fueron los primeros pobladores de la antigua Bética, ó sea el pedazo de tierra comprendido entre el Guadalquivir y el Estrecho de Gibraltar. La etnografia y la filología, la tradición y la fábula, todo ha sido puesto á contribución por los mantenedores de las distintas opiniones, resultando al fin de tanta controversia un rayo de luz, si no de mucha intensidad, de la suficiente al menos para que, guiados por él, podamos recorrer sin perdernos el intrincado laberinto de los tiempos prehistóricos.

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La versión más generalmente admitida respecto á los primeros pobladores es que una colonia caldea, dirigida por alguno de los descendientes de Noé, aportó á las costas orientales de la Península se estableció desde luego en la Bética, voz caldea que quiere decir tierra fértil ó deleitosa. Del paso de los caldeos por la Bética no han quedado ni huellas ni vestigios. Es verdad que tampoco era posible que quedaran, si se tiene en cuenta que este pueblo, nómada y errante por naturaleza, siguió en su nueva patria la misma vida que había llevado en Siria y Arabia, de donde procedía.

Corrieron los años y una segunda inmigración llegó á las costas andaluzas: eran los pelasgos ó celtas, llamados también titanes, que á las órdenes de Gerión, personaje simbólico de la invasión aria, conquistaron el país y se impusieron á los caldeos ó primeros pobladores. Los nuevos amos no se contentaron con el simple señorío de las tierras ganadas, sino que, llevando á ellas sus usos y costumbres, su civilización y creencias religiosas, anularon la influencia de

los aborígenes y modificaron grandemente el modo de ser de aquella sociedad. La personalidad celta lo absorbió todo, y hasta el nombre de Bética fué sustituído por el de Tyrtytania ó Turdetania, ó sea país habitado por los titanes.

Los celtas, al par que activos y emprendedores, eran ambiciosos y egoistas, y por nada del mundo hubieran consentido en compartir con otros ni menos renunciar al dominio de la Bética, región abundantísima en riquezas y ventajas de todas clases, y en la que habían determinado establecerse definitivamente. Para lograr su propósito, mejor dicho, para asegurar la posesión de lo ya conquistado, diéronse prisa á levantar algunas fortificaciones, al amparo de las cuales les fuera fácil luchar, no sólo contra los caldeos, sino que también contra los otros pueblos y razas que, andando los tiempos, pudieran venir á disputarles el fruto de su trabajo.

De estas construcciones, llamadas megalíticas por los arqueólogos, no sabemos que exista el más leve rastro ni en Carmona ni en su término, á no ser que por construcciones ciclópeas se tomen las grandes piedras que alineadas en círculo se ven en la vega, entre el puente del Corbones y el huerto de Martín Pérez. No seremos nosotros los que negaremos la posibilidad de que las tales moles hayan sido transportadas allí por los titanes: lo que sí no admitimos desde luego es que signifiquen el recuerdo de un campo atrincherado. Caso de ser megalíticas, no vacilaríamos en atribuirles una significación fúnebre: veríamos en ellas la corroboración de la costumbre que se dice tenían los antiguos turdetanos de colocar grandes piedras alrededor del túmulo de sus caudillos más eminentes, en memoria de los enemigos muertos por éstos defendiendo la virtud la justicia.

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Ochenta años después de la destrucción de Troya, esto es, al comenzar el onceno siglo anterior á Jesucristo, nueva colonia de inmigrantes desembarcó en las costas de la Bética, país que algunos de ellos ya conocían por las relaciones de sus marinos, que en viajes anteriores habían llegado hasta enfrente de ÆSTVRIA, ó sea la actual ciudad de Huelva. Los nuevos invasores procedían de Siria, hablaban una lengua parecida al hebreo y poseian vastos conocimientos en artes é industrias desconocidas de los turdetanos. En una palabra, aquellos aventureros eran los hombres que la historia designa con el nombre de fenicios.

Apenas tocaron tierra, sedújolos lo apacible del clima y cillez y generosidad de los naturales, que, á cambio de algunas mercancías, les entregaron grandes cantidades de metales preciosos. No necesitaron más los fenicios para resolver el quedarse en la Bética; y alentados por el buen recibimiento que tuvieran, echaron los cimientos de Gadira ó Cádiz y levantaron otras factorías á lo largo de

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