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bio, para decirte que tiene mucho gusto en que seas el gobernador. Tú conocés lo que nos hace falta y nos lo darás, porque eres bueno y no te olvidarás que eres de nosotros. Como no te podemos dar otra cosa, recibe esto que te traemos en nombre de todos." Nunca tan intensa emoción embargó el ánimo de Juárez, como en este acto. Lo que le traían eran gallinas, granos, frutas y legumbres. Juárez limitóse á dar un peso al jefe de la comisión y á decirla que por qué habían hecho tamaño sacrificio. Aquella comisión, la noche de ese día del parabién, durmió en los corredores de la casa de gobierno y á la alborada volvió á pie á Guelatao. Para poder ir á la capital del Estado y ofrecer el presente, se había reunido el pueblo y habían contribuído los más pudientes con un real.

El primer beneficio de Juárez hecho á su pueblo, fué abrir una escuela.

Después, en ocasión solemne, el 12 de agosto de 1849, decía estas palabras, como reminiscencia de aquella felicitación, dirigiéndose á los oaxaqueños, al continuar en la gobernación del Estado:

"Hijo del pueblo, yo no lo olvidaré; por el contrario, sostendré sus derechos, cuidaré de que se ilustre, se engrandezca y se críe un porvenir, y que abandone la carrera del desorden,

1 Relato de Felipe García, de Guelatao, primo hermano de D. Benito Juárez.

de los vicios y de la miseria, á que lo han conducido los hombres que sólo con sus palabras se dicen sus amigos y sus libertadores; pero que con sus hechos son sus más crueles tiranos." I

México, marzo 21 de 1906.

ANGEL POLA.

Discursos y Manifiestos, páginas 195 y 196.

DISCURSOS

Septiembre 16 de 1840

Discurso pronunciado por el Lic. D. Benk to Juárez en la ciudad de Oaxaca

Conciudadanos:

El día 16 de Septiembre de 1840 es para nosotros del más feliz y grato recuerdo. En él rayó la aurora de nuestra preciosa libertad. En él recibió el león castellano una herida mortal, que más adelante lo obligó á soltar la presa. En él la Providencia Divina fijó al monarca español el hasta aquí de su poder, dando al pueblo azteca un nuevo Moisés que lo había de salvar del cautiverio. En él los mexicanos volvieron del letargo profundo en que yacían y se resolvieron á vengar el honor ultrajado de su patria.

Justo es, pues, que celebremos este día de tanta ventura; pero es también justo que tributemos homenajes de gratitud al hombre ilustre, que lo marcó con una empresa tan difícil como atrevida. Él no es ciertamente un soberano que preside una reunión de potentados, y con cuyos auxilios cuente para la campaña. No es un capitán educado en la escuela de la guerra. Él es un sa

cerdote humilde del clero mexicano. Es un virtuoso párroco del pueblo de Dolores: lo diré de una vez: ES EL CIUDADANO MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA. Sí, éste es el dichoso mortal que el cielo destinó para humillar en México la tiranía española. Este es el que osó ensayar entre nosotros aquella máxima respetable, de que el pueblo que quiere ser libre lo será. Este es el que enseñó á los reyes, que su poder es demasiado débil cuando gobiernan contra la voluntad de los pueblos. Este es el que enseñó también á los pueblos, que un acto de resolución es bastante para hacer temblar al despotismo, á pesar de su fausto y de su poder; y este es, por último, el que nos trazó la senda que debemos seguir, para no consentir jamás tiranos en nuestra patria.

Catón por no sufrir el yugo de César opresor, elige la muerte y termina sus días á los filos de su propia espada. Bruto aborrece la tiranía de Tarquino; pero le es necesaria la violación de Lucrecia para pronunciar su total exterminio. Guillermo Tell sacude el yugo austriaco hasta que la crueldad de Gesler extirpa los ojos de un viejo desvalido. Pero Hidalgo no sacrifica inútilmente su existencia como Catón, ni necesita de los hechos sangrientos y nefarios que estimularon el patriotismo de Bruto ni de Tell. Su alma es de temple más delicado, su amor patrio es más acendrado, y la sola consideración de que es esclava su patria, lo determina á romper sus cadenas. Sin más soldados que unos cuantos indígenas;

sin más armas que hondas, hoces y palos, da en el pueblo de Dolores el grito siempre glorioso de INDEPENDENCIA ó muerte. ¡Oh suceso mil veces venturoso! ¡Oh sol de 16 de Septiembre de 1810! Tú, que en sesenta lustros habías alumbrado nuestra ignominiosa servidumbre, esclareces ya nuestra dignidad, y tus lucientes rayos surcan ya la frente de un republicano que ha jurado vengar nuestra afrenta.

Su voz, lo mismo que el rayo eléctrico, hiere momentáneamente á los mexicanos, y éstos, como el náufrago que divisa el puerto de salvamento, como el viajero, que en las abrasadas arenas del desierto, percibe la agua que ha de apagar la sed que lo devora, vuelan á alistarse en las banderas del nuevo caudillo. Este los guía al combate, desafía todos los peligros. En distintas batallas triunfa de sus diestros enemigos, y si bien es verdad que la fortuna lo abandona, no por eso desmaya.

Convencido de la justicia de su causa, recibe la muerte con la serenidad de los héroes, dejando ya comenzada la obra de nuestra regeneración política: obra que selló con su sangre y que por sí sola inmortalizará su nombre sin el auxilio del mármol ni del bronce. Voló á la inmortalidad dejando á sus contemporáneos y á su posteridad el cuidado de perfeccionar aquélla. Pero ¡oh desgracia! sus votos no han tenido cabal cumplimiento. Su patria, destrozada por la funesta guerra civil, presenta todavía el aspecto

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