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principales cuestiones pendientes con la Santa Sede. Restableciéronse los relaciones interrumpidas en 1718; Alberoni cayó del poder , pero las contiendas de jurisdiccion y regalia continuaron con el mismo calor. La guerra que Felipe V tuvo que sostener en Italia para sentar en el trono de Nápoles a su hijo D. Carlos, alteró mas de una vez las buenas relaciones entre España y la corte pontificia. Clemente XI, consultando al bien de la Iglesia y de la cristiandad, se habia propueslo ser neutral en esta Jucha; ¿pero cómo mantener siempre inmóvil el fiel de la balanza entre dos contendientes que luchaban casi siempre dentro de su 'territorio? Asi es que la corle de Madrid desconfiaba del papa , y este sentimiento daba lugar á quejas y recriminaciones de una y otra parte. Las desa venencias politicas producian en seguida su esecto en las relaciones con el pontifice , conio cabeza visible de la Iglesia; turbábasc la armonia entre las dos poleslades, y una en nombre de su auloridad independiente, y otra en nombre de sus regalias, traspasaban el límite de sus respectivas atribuciones.

El gobierno, entre tanto, procuraba resolver pacificamente las cuestiones que quedaron sin solucion en 1717, trayendo a la Sanla Sede á una justa arenencia. A fin de conseguirla , dió encargo é instrucciones á su embajador en Roma para que dicse los primeros pasos de una negociacion, explorando el ánimo del pontifice. Mas apenas se habia empezado a hablar del asunto, ocurrió un suceso desgraciado que estuvo á punto de hacer imposible por mucho tiempo loda avenencia. Corria el año de 1736, cuando algunos agentes del gobierno español que trataban de enganchar soldados en Roma para reforzar el ejército que sostenia en Italia los derechos de D. Carlos, fueron asesinados en un motin popular. Al mismo tiempo, los habitantes de Velletri, rebelándose contra los españoles para resistir el pago de los tribulos y servicios que les exigian, obligaron á un destacamenlo de tropas españolas à abandonar la plaza y resugiarse en Roma. Los gobiernos de España y Nápoles pidieron al papa salisfaccion de este agravio, y como Clemente XII se resistiese á darla, los embajadores de ambas naciones salieron de Roma y obligaron a hacer lo mismo á los súbditos de sus soberanos respecti. vos. El gobierno de Nápoles mandó salir al nuncio de su territorio: igual determinacion se adoptó en Madrid, cerrándose por consiguiente el tribunal de la nunciatura , y suspendiéndose el pago de todos los tributos que se enviaban a la corte de Roma. Las tropas españolas volvieron reforzadas á Velletri, levantaron horcas en los mercados, prendieron a los que habian lomado parle en la anterior sedicion, y despues de comeler algunos excesos iinpusieron y cobraron una contribucion de 8000 escudos. Igual exaccion hizo en Ostia otro destacamento de tropas españolas, y uno tercero se dirigió á Palestrina, donde, bajo un pretexto frivolo, exigió. 50,000 escudos.

Este suceso dió ocasion además a la corte de Madrid para tener otras exigencias respecto a la de Roma. Deseando Felipe V poner algun remedio á las exacciones de la dataria romana y á los abusos de la nuncialura, creo (8 de agosto de 1756) una junta de ministros del consejo y maestros de teologia con encargo de que preparase las instrucciones que habian de darse al cardenal Aquaviva, embajador de España en Roma, para negociar un concordalo que pusiese término a la interrupcion de relaciones con la Santa Sede, y que propusiese las providencias que podria adoptar el gobierno por si solo en el caso de que Roma se negase á aquel convenio. Presidió esta junta D. fray Gaspar de Molina, obispo de Málaga y gobernador del consejo, siendo individuos de ella D. Alvaro de Castilla , D. Francisco de Arriaza , D. Andrés de Bruna, D. Francisco Fernando de Quincoces, D. José de Bustamante, y los teólogo: fray Juan Raspeño, fray Matias Teran, fray Antonio Gutierrez y fray Domingo Losada. Reunidos estos, empezaron por examinar varios papeles que habia compilado su presidente, relativos á antiguas competencias entre España y la corte de Roma. Despues se sometió a su consideracion un informe enviado por el cardenal D. Luis Belluga, que habiendo salido de Roma con el embajador Aquaviva, y retiradose á Nápoles por órden del gobierno, seguia desde allí en union con dicho embajador una correspondencia con la corle pontificia, por medio del arzobispo cardenal Spinelli, á fin de lograr un arreglo. La junla, en vista de estos antecedentes, elevó una consulta al gobierno en 26 de setiembre (1736), proponiendo que sirviese de pauta para la negociacion que habia de enlablarse, el memorial de Pimentel y Chumacero, y el concordato de 1714, con las modilicaciones que exigiese la diserencia de circunstancias. En cuanto al segundo punlo consultado, rehusó la junla entrar en mate

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ria , alegando que nada debia determinarse hasta saber si Su Santidad aceptaba el convenio que se le propusiera. Con arreglo á este dictámen, se dieron las instrucciones cor. respondientes al cardenal Aquaviva.

Pero mientras el gobierno español se ocupaba en promover una avenencia, un ataque inesperado de la corle de Roina vino á dificultarlo. Tenia esla corte en Madrid por agente secreto á un abale italiano llamado D. Alejandro Guicioli, que con sus falsas noticias y malas artes alimentaba Jas desavenencias entre ambos gobiernos. Hubo de hacer creer este agente á su corte que el gobierno español usurpaba los derechos de la Iglesia, so pretexto de ejercer sus regalías, y Clemente XII, dando crédito á sus palabras , sulminó dos breves, uno en 29 de setiembre y otro en 13 de octubre, mandando no se llevasen á efecto las órdenes del monarca sobre el uso del real patronalo y otros puntos que afectaban a las prerogativas de la Santa Sede, declarándolas nulas, irritas y alentalorias. Estos breves causaron en todos los ánimos una sensacion profundísima: Felipe V expidió un decreto mandando recogerlos, y habiéndose algunos obispos resistido á entregarlos, una real órden inas apreniante les obligó a obedecer.

Èste suceso hubo de asustar á algunos hombres timoralos que tenian influjo en la corte de Madrid. La muerte del ministro de Estado, D. José Patiño, ocurrida casi al mismo tiempo, dejó en el gabinele un vacio de energia , perseverancia é inteligencia, que no pudo llenar su sucesor D. Sebastian de la Cuadra. Por otra parte, D. fray Gaspar de Molina , intimidado por la actitud del papa , ó deslumbrado por la promesa del capelo, varió de lenguaje , aconsejando una politica mas conciliadora. De este personaje escribia en 1745 D. Gregorio Mayans al camarista D. Blas Jover y Alcázar: «El último concordato con la corte romana es uno de los mayores desalinos de estos tiempos. El Sr. Molina solamente liró á ser cardenal. Yo le presté el papel del obispo Cano (de Melchor Cano, es-. crito por orden de Felipe II , y favorable á Jas regalías de la corona), para hacer la guerra viva a la curia romana. Hizo imprimirle para amedrenlar á Ronia , y antes de publicarle hizo retirarle para ganar su gracia. Con la una mano amenazaba, con la otra edificaba su fortuna. Por Üllimo, las iastancias de los cardenales Belluga y Aquavi

va, que deseaban volver a Roma y permanecian retirados en Nápoles, acabaron de decidir á Felipe V á tomar la ini. ciativa para reanudar las interrumpidas negociaciones.

Para verificarlo se trasladaron aquellos dos cardenales á un pueblo de las cercanías de Roma, y desde alli se pusieron en comunicacion con una comision de otros diez purpurados elegidos por el papa para tratar con ellos. Las pretensiones de los plenipotenciarios españoles se reducian : 1. á que el papa diese al infante D. Carlos la investidura del reino de Nápoles, que ya poseia ; 2.o que diese además una satisfaccion por los excesos cometidos en Ro. ma, Velletri y Ostia con las tropas españolas; 3.o que aceplase un concordato en que se otorgase todo lo pedido en el memorial de Chumacero y el convenio de 1714. EL papa accedió desde luego á dar la investidura de Nápoles, pero queria que esto se considerase satisfaccion suficiente del agravio hecho á España, y que el rey en cambio recibiese desde luego al nuncio y restableciese el Tribunal de la nuacialura. A la peticion de reformas eclesiásticas contestaba Su Santidad con evasivas, prometiendo tratar de ellas mas adelante. En estas contestaciones pasaron seis meses, y cada vez mas deseoso de apresurar el término de la negociacion, D. Gaspar Molina hizo una pueva representacion à S. M. (28 de junio de 1737), aconsejando varias modificaciones en el proyecto de avenencia propuesto, que consistian en no insistir sobre varios arliculos estipulados en 1714, ó pedidos en el memorial de Chumacero. Felipe V, por su parle, no tenia menor empeño en acelerar la reconciliacion, porque solo de este modo podría influir en la eleccion del futuro pontifice, si, como se lemia de la ancianidad y achaques del actual, vacaba pronto la silla de San Pedro. Aun prescindiendo de esta consideracion politica , fué siempre aquel moparca demasiado piadoso para no ansiar vivamente que se tranquilizaran de una vez las conciencias algo turbadas de sus súbdilos, y aun la suya propia. Y por último, el papa tenia entonces una gran influencia en el mundo, y podia hacer á Espana mucho mal ó mucho bien en los ne gocios de Italia , por lo cual era de la mayor importancia su benevolencia, ann considerado como monarca teni. poral.

Todas estas consideraciones hubieron de decidir al rey á aceptar el dictámen del gobernador del consejo, y a dar

con arreglo á él nuevas instrucciones al cardenal Aquariva. Asi este plenipotenciario, cediendo de unas pretensiones, aplazando el tratar de otras indefinidamente, y sosteniéndose firme en algunas, logró concluir en 26 de setiembre el famoso concordato de 1737. El papa dió á Felipe V la satisfaccion que lc habia pedido: como prenda de reconciliacion le envió para su hijo el infante D. Luis, que solo lenia 10 años á la sazon, el capelo de cardenal y el nombramiento de administrador del arzobispado de Toledo. D. fray Gaspar de Molina alcanzó tambien el suspirado capelo.– Hé aqui ahora lo estipulado en aquel convenio.

Habianse suscitado antiguamenle grandes controversias sobre las facultades y prerogalivas de los nuncios a postólicos. Para terminarlas, ó mas bien para que no renaciesen, dispuso el art. 1.o de este concordato que el nuncio de Su Santidad y tribunal de la nunciatura scrían reinlegrados en lodos los honores, facultades y prerogativas que

habian tenido anteriormente, y se ejecutarian conio aules las bulas apostólicas y matrimoniales.

El abuso del derecho de asilo habia dado lugar muchas veces a las reclamaciones del gobierno y de los tribuna les. En el proyecto de coucordalo ajustado en Paris se habia lratado de remediar en parte este mal, aumentando el número de los delitos exceptuados de aquel beneficio. En el articulo 2.° de esle concordato de 1737 se estipuló que Su Santidad escribiria á los obispos para que no favoreciese la inmunidad local á los salteadores de caminos, aun por delitos leves, siempre que de ellos se hubiera seguido la muerte de alguna persona, ni á los conspiradores para privar al rey de lodo ó parte de su territorio. Tambien se comprometió Su Santidad a extender á España una bula sobre esta misma maleria, dada para el estado cclesiáslico, que empieza con las palabras In supremo justiliæ solio, elc.

El art. 3. era tambien restrictivo al parecer del derecho de asilo, aunque en realidad solo condenaba un abuso que no se fundada en ley, ni en costumbre, ni en opiniones autorizadas. Llegaron a entender algunos curiales, que cuando un criminal tomaba asilo, aunque despues suese aprehendido fuera de la iglesia por su culpa ó negligencia, podia reclamar el beneficio de la inmunidad. Esto es lo que se llamaba entonces asilo de iglesias frias,

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