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llares de documentos, distribuidos por los arsenales de nuestras bibliotecas y archivos, son los que pueden facilitar una apreciacion exacta de aquellas. Nosotros, pues, nos encargamos de este trabajo, y procuraremos ser en él, a la par que claros, concisos, con el fin de reducir la obra al volúmen de un libro de no grandes dimensiones, para que, como decíamos en el prospecto, no sea costoso á los suscritores. Materia habia, sin embargo, para escribir algunos volúmenes, porque las Ordenanzas, los fueros, los privilegios que en los primitivos tiempos se concedieron á las antiguas hermandades, bastarian por sí solos para llenar muchas páginas; pero esto sería faltar á lo que prometimos en nuestro prospecto, y justo es que lo cumplamos, prefiriendo la concision á los detalles, sin omitir lo esencial de que deba ocuparse la obra. Daremos esta á luz sin pretensiones de ningun género, sin pomposas dedicatorias, tan en boga hoy, y que nosotros, ar, rastrados por el coquetismo de esta señora, tambien hubiéramos sido víctimas de su capricho, si la admirable modestia de la ilustre persona a quien en justicia la debiéramos dedicar, no nos sellase los lábios , hasta el extremo de sacrificar nuestro pensamiento en el profundo silencio que hemos guardado desde que

lo concebimos, Debemos, sin embargo, ser sinceros ante todo, y confesar que, fieles soldados, solo para nuestros camaradas escribimos, y que nuestro mayor lauro será el llevar á su ánimo por medio de este libro la conviccion de lo que valen, de lo que pueden la subordinacion, la disciplina, el honor y la moralidad, que son los atributos con que adornaron y adornan su frente los individuos

que han hecho glorioso el nombre de la Guardia civil española. Dichosos si conseguimos nuestros deseos, que son los únicos que nos guian en la publicacion que con la ayuda del Dios de los Ejércitos emprendemos.

INTRODUCCION.

LA miseria, esa plaga terrible, carácter distintivo de la especie humana, ha sido y será, mientras este mundo exista, el origen, el foco, el manantial perenne de todos los males que nos afligen. El hombre es y será siempre miserable en la tierra, como que viene á ella en estado de maldicion. La sociedad de los hombres, en medio de los portentos que ofrece cada dia a la contemplacion del espíritu humano, asombrado de su propia insondable grandeza, es y estạrá siempre llena de imperfecciones y desórdenes.

Uno de los aspectos más horribles de la miseria humana es ese estado de lucha perpetua en que vemos al hombre contra el hombre. La religion, con sus inefables misterios y sus máximas sublimes; las leyes, cuyos principios y fundamentos emanan de aquella ley natural, sábia, divina y constante que preside á la creacion del universo, despiertan en el hombre los nobles sentimientos que residen en el fondo de su alma, y procuran apartarlo del sendero del mal hácia el cual le arrastran constantemente los instintos de su naturaleza carnal y deleznable. La educacion religiosa y moral desarrolla en el corazon del hombre el amor y el respeto a todas las virtudes, á todo lo justo, á todo lo bueno; y el extenderla á todas las clases de la sociedad es una obligacion de las más esenciales, si no la primera de los Gobiernos que rigen naciones civilizadas. Moralizarlas.

Pero ni la religion con sus máximas, ni las leyes con su terrible sancion son bastantes á evitar los desafueros y maldades de los hombres dotados de perversos instintos. Esos seres degradados, escoria y baldon de la especie humana, que á manera

de bestias feroces se arrancan del seno de la sociedad para revolverse contra ella ; que se constituyen en abiertos enemigos de sus conciudadanos; que sin respeto ni temor á las leyes divinas y humanas arman su brazo sanguinario con el puñal homicida, y se regalan y regocijan en su azarosa vida con el fruto de sus crímenes y depredaciones, son la plaga más funesta para los pueblos y para los ciudadanos pacíficos y honrados.

Trasladémonos por un instante á alguna de nuestras ricas comarcas agrícolas. Ni los frios excesivos del invierno, ni las tem. pestades del verano, ni las nubes de langostas, ni todo el rigor de las estaciones, conturban tanto el ánimo del labrador como la triste noticia de haber aparecido una cuadrilla de hombres desalmados en los campos que riega y fecunda de continuo con el sudor de su frente. Contempla con los ojos arrasados de lá. grimas coartada su actividad, no pudiendo separarse del recinto del vecindario donde mora por temor de dar en manos de aquellos hombres inicuos, abandonada su hacienda, perdido el fruto de sus afanes, la esperanza, el porvenir y el bienestar de su familia.

El bandido es el enemigo declarado de la civilizacion; un aborto del infierno, peor mil veces que las fieras que se albergan en lo más profundo de las cavernas y de los bosques. Una guerra fratricida deja desolada y yerma á una nacion y relajados en ella los vínculos sociales; si bien crea héroes que trasmiten sus hechos gloriosos a la posteridad. Lleva la civilizacion y la cultura en sus conquistas, y ennoblece al hombre con las acciones generosas que durante ella practica. Un terremoto hunde y desploma ciudades y pueblos; una epidemia lleva al seno de las familias la afliccion y los quebrantos.... Pues bien: en medio de esas terribles calamidades que angustian á los buenos ciudadanos, suelen presentarse esas hidras de la humanidad, y entonces es cuando salen más osados de sus guaridas, en mayor número, á insultar á sus semejantes en la desgracia, á poner el último sello á su ruina. En los tiempos normales , en que las naciones disfrutan de paz y sosiego, y en que los Gobiernos solo atienden a las mejoras y adelantos que reclama la civilizacion, y ejercen mayor vigilancia en el cumplimiento de las leyes y en la represion de los crímenes, el bandido se oculta en su guarida, por lo regular ha

bila en las mismas poblaciones, y desde allí, como el tigre escondido, acecha el instante oportuno de saltar sobre su presa, no pierde de vista al hombre activo, emprendedor é industrioso, al rico bacendado, al hijo de acomodadas familias, y hasta al pobre y afanoso trajinante, para en un momento dado, y con exquisita violencia, llevar a cabo sus dañados fines, saciando sus inclinaciones protervas.

La persecucion de los malhechores, la extirpacion de ese cáncer social, es un deber imprescindible para todo Gobierno que se estime, que tenga la conciencia de lo que es. Pero ¿cuál será el medio más adaptable para llevarla á cabo? ¿Será por ventura preferible dejar al cuidado de las provincias y municipalidades la organizacion de fuerzas aisladas, que, dependiendo solamente de dichas corporaciones, obren en sus respectivos distritos; ó se deberán destinar las fuerzas del Ejército á tan improbo trabajo; ó será quizás el medio único y el más eficaz para obtener tan importante resultado la organizacion de una fuerza especial y poderosa, cuyos individuos, escogidos entre los mejores soldados del Ejército, sujetos á la más rígida disciplina, en la que no quepa el perdon á las faltas más leves, al par que dotados de amplias atribuciones en el ejercicio de su cometido, con Jefes de reconocido mérito y rectitud, abrace todo el ámbito de la nacion, y obedeciendo á órdenes emanadas de un centro comun, imprima á sus operaciones la fuerza irresistible del conjunto? Más de setecientos años abraza la historia que ofrecemos al ilustrado criterio del público. Durante tan !argo espacio de tiempo, repetidísimas veces se han ensayado los tres medios indicados, y ninguno como el último, segun nuestra humilde opinion, hoy ya generalizada, es tan preferible ni ha dado resultados más brillantes. Sin

que sea nuestro ánimo amenguar en lo más mínimo los

que en ciertas y determinadas provincias han prestado y prestan aun ciertas fuerzas creadas por las mismas con destino á la persecucion de malhechores, antes bien en el curso de nuestra obra les tributaremos las alabanzas debidas, creemos, no obstante, y hoy es una verdad trivial que no necesita demostrarse, que la organizacion de dichas fuerzas aisladas no puede ser admisible como un sistema general para toda la nacion, entre otras razones

servicios

Nuestro trabajo, pues, tenderá a elevarla al grado de perfeccion en que deseamos verla, para bien de nuestro país. Nuestros esfuerzos se dirigirán constantemente á este fin, y con él, y no para pretensiones mezquinas, hemos emprendido, llevados de los mejores deseos, el presente estudio histórico, en el que procuraremos poner de relieve la creacion y las vicisitudes por que han pasado las referidas instituciones, a través de los siglos y de las sangrientas guerras sostenidas durante ellos por la nacion generosa que dictó leyes al mundo. Difícil tarea es la que nos hemos impuesto, pero fácil á la vez, si se atiende á la sinceridad de los deseos que nos guian y á la indulgencia que reclamamos de nuestros lectores para juzgarla.

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