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Aun era mozo Hernando cuando lloró la muerte de su padre: buen caballero, á la antigua usanza de Castilla, y de tantas y aventajadas partes, que fuera aun mayor su renombre, si tan en breve no le eclipsára el hijo. Pues decir la pena y amargura con que lamentó este aquella dolorosa pérdida, sin que nada bastase á consolarle, seria cosa no menos árdua que enojosa habiendo tenido la buena

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dicha, para que no acabase el dolor de quebrantar su ánimo, de que muy luego le sacase de su postracion y desaliento el sordo rumor de las armas.

Habia nacido Hernando del Pulgar en tan buena sazon' y coyuntura, que le duraba, al llegar á la edad viril, el horror que despertáran en su ánimo las revueltas y discordias civiles, cuando exhaustos los pueblos, desmandados los nobles, el trono mal seguro, se desgarraba el reino con sus propias manos; y al mismo tiempo en que se miró huérfano, dueño de mediana fortuna y cabecera de su ilustre casa, vió Pulgar que se iba despejando el cielo de Castilla, y que las prendas y virtudes de la Reina Doña Isabel presagiaban largos dias de prosperidad y de gloria.

Anublóse no obstante la comun alegría, cuando apenas asentada en el solio aquella esclarecida Princesa; se amontonaron en derredor tantas y tan rccias tormentas, hasta el punto de renacer en la propia tierra antiguas parcialida des y bandos, de traspasar huestes extrañas los opuestos confines del reino, y de disputarse la corona á punta de lanza en el mismo corazon de Castilla.

Entonces fue cuando por primera vez salió Hernando del Pulgar á próbar en el campo sus armas; y con tan buen éxito hubo de hacerlo, que sin mas recomendacion que su espada, y cuando apenas entre tanta muchedumbre

de guerreros se distinguian los capitanes mas esforzados, logró un simple escudero llamar la atencion de los Reyes, que fáciles y prontos á galardonar el merecimiento, le nombraron contínuo de su casa (12).

Pasó la avenida de males que amenazaba sumergir el reino volvió el francés vencido á encerrarse en sus límites; reconoció Portugal, tras uno y otro escarmiento, á la Reina proclamada en Castilla; allanáronse poco á poco los ánimos soliviantados; y comenzó la potestad real á recobrar su robustez y fuerzas, cifrando su salud en las leyes. Con lo cual alejado uno y otro peligro, tornó Pulgar á sus hogares, honrado y satisfecho, atento siempre el oido y la mano en la espada, para acorrer al punto que oyese la voz de sus Reyes.

Poco tiempo habia trascurrido, cuando causó en toda España no menos sentimiento que escándalo el que hubiesen quebrantado los moros las asentadas treguas, tomando de rebato á Zahara, y poniendo á hierro y fuego casas y moradores (13). Increible parecia que los que no habia muchos años vieron talar sus campos, casi á las mismas puertas de Granada, y hubieron de comprar con vil precio la paz que demandaban, ostentasen ahora tanta avilantez y descuello, que provocasen de propósito las armas de Castilla. Mas así que se tuvo certeza del lamentable acontecimiento, y que la voz y fama abultó sus horrores, sonó por todo el ámbito del reino un grito de sorpresa y de indignacion, como el que arroja el hombre honrado al verse acometido por un asesino alevoso.

Sin tregua ni respiro (¿á qué aguardar el mandato del Rey para lavar tamaña afrenta ?) voló el marques de Cadiz á tomar en los infieles pronta y cabal venganza; y casi

al mismo tiempo que se supo la pérdida y desastre de Zahara, llegó la nueva de la toma de Alhama, ganada por aquel caudillo en el corto plazo de una noche (14).

Rebosó en Castilla el contento, al correr de boca en boca la inesperada nueva: celebróse en ciudades y villas con regocijos y alegrías; pero los prudentes Monarcas, anteviendo las resultas de aquel suceso, y sin dejarse desvanecer por los humos del triunfo, apellidaron los caballeros principales, demandaron auxilio á los pueblos, y ordenaron acudir con presteza en socorro de Alhama.

Estaba cabalmente circundada por todas partes de pueblos enemigos, en el riñon del reino de Granada, y á pocas leguas de la capital; y si bien blasonaba de fuerte (no tanto por sus muros, cuanto por lo quebrado y áspero del terreno, enriscada sobre una cumbre, cerros por torres, y por foso un rio), no bastaban los guerreros que la habian conquistado, á defenderla largo tiempo contra un torrente de enemigos.

Túvose luego aviso de que el Rey de Granada en persona se habia puesto otra vez sobre la ciudad con numerosa hueste, resuelto á no alzar mano de la empresa hasta recobrar á todo trance aquella joya de su corona. Y en tamaño apremio y conflicto, quiso la buena suerte que recordasen los Reyes de Castilla el esfuerzo de aquel mancebo, que ya habia grangeado prez y renombre en la guerra contra Portugal. Recibir el mandato del Rey, y volar Hernando del Pulgar en socorro de Alhama, todo fue un solo punto no llevaba, es cierto, la numerosa hueste con que habia acudido al mismo intento el famoso duque de Medina Sidonia (al fin Guzman el Bueno), mas digno de admiracion y loa por ahogar en aquel trance antiguos re

sentimientos y quejas, acudiendo en defensa de su rival, que por haber vencido tantas veces á los enemigos: ni podia competir en séquito y boato con tantos caballeros de cuenta. Pulgar venia solo, sin mas compaña que un fiel escudero, la armadura lisa, pero de buen temple, el caballo con sencillos arreos, la misma espada de su padre. «A esta guerra van á acudir (decia hablando consigo mismo) los caballeros mas ilustres, lo mas granado del reino, los que traen bajo sus banderas un ejército de vasallos..... Tú no tienes, Pulgar, mas que tu brazo; mas por la gloria de mis padres (y le hervia la sangre en las venas), que he de morir en la demanda, ó he de ganar mas fama que todos los caballeros de Castilla.»>

Y con este anhelo y próposito se entró resuelto en la ciudad de Alhama, á tiempo que mas arreciaba el peligro (15), acosados los cristianos de la sed y del hambre, sitiados por la hueste enemiga, y sin mas esperanza que la de Dios para librarse del cautiverio ó de la muerte.

Por horas, por instantes, iba apremiando el riesgo: desfallecian el ánimo y las fuerzas de los guerreros mas famosos, con tantos trabajos, vigilias, rebatos, necesidades y peligros de toda especie; á punta de espada y no sin riesgo de la vida, tenian que buscar el agua en la misma corriente del rio (16), bebiéndola no pocas veces mezclada con la propia sangre; escaseaban los mantenimientos; acudian de tropel las enfermedades, mas destructoras y temibles que el hierro de los enemigos; y en tamaño apuro ofrecióse Pulgar á salir solo, amparado de la noche, para ir en demanda de auxilios, y volver con ellos á la ciudad. “Ánimo, compañeros (les dijo con voz esforzada): dentro de breves dias vuelvo á salvaros ó á morir con vosotros.>>

La fortuna, que desde los primeros pasos se le mostró propicia, le allanó el camino para salir de Alhama y pasar por en medio de los enemigos: y trepando por uno y otro monte, sin mas escolta que su espada, ni mas favor y guia que el auxilio del cielo, llegó á la ciudad de Antequera, donde se aprestaban auxilios y mantenimentos para acorrer á Alhama, si bien no con tanta presteza como lo premioso del caso requeria.

No escaseó Pulgar súplicas, ruegos, instancias, y por mayor acicate y estímulo su propio ejemplo; en tal manera que desde á pocos dias salió con abundantes provisiones, capitaneando unos cuantos guerreros que se habian ofrecido á seguirle en tan dificil y aventurada empresa.

Con lágrimas de compasion y de ternura los acompañó muchedumbre de gente hasta fuera de las puertas de la ciudad, como despidiéndose de ellos por la vez postrera: caminaron luego en buena orden; algunos de á caballo delante, á fuer de esploradores, las acémilas resguardadas en medio, y detras buen golpe de gente, caballos y peones.

No aconteció cosa notable durante algunas leguas, aunque ya les causaba no pequeño embarazo y molestia lo agrio y estrecho de las sendas, las cargas y el fardage, lo riguroso de la estacion, ventisca y aguaceros; mas al desembocar de pronto á los llanos de Cantaril, y como apareciesen cubiertos de una nube de moros y resonase por los vecinos montes su grita y vocería, arredráronse los cristianos al contarse tan pocos; comenzaron á remolinarse, á desordenarse, á ciar..... Acudió Hernando al punto, animándolos con su voz y su ejemplo; pero apenas echó de ver, con no menos indignacion que sorpresa, que miraban mas por la conservacion de la vida que por la quiebra de la honra,

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