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"¿qué haceis, cobardes, qué haceis? ¿De cuándo acá los moros han visto á un castellano las espaldas?....... Mas si venis huyendo de la muerte, mas cerca la teneis.» Y en diciendo esto, arremetió por medio de los suyos, hiriéndolos con su propia lanza, y empujándolos contra el enemigo. El arrojo del caudillo, su ejemplo, sus palabras acerosas mas penetrantes que sus mismas armas, restauraron como por encanto el ánimo de aquellos guerreros; y revolviendo como un torbellino en contra de los moros, barrieron la llanura y los arrojaron á los montes (17).

ya

Desembarazados de enemigos, que apenas se mostraban despues guarecidos entre las peñas, continuaron los castellanos su peligrosa via, yendo Pulgar delante, con rostro tan sereno, cual si hubiese olvidado su reciente proeza; y como advirtiese el caudillo que los suyos no osaban mirarle, avergonzados y pesarosos, los alentaba con afable ademan, apellidando á cada cual por su propio nombre, y celebrando su valor y esfuerzo.

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Por barruntes y lenguas habia cuidado Pulgar de dar aviso á los de Alhama de su pronta llegada, para que no decayesen de ánimo; y como conocia á palmos la ciudad y su tierra, se fue acercando con recato antes que despuntase el dia; y sobrecogiendo á los moros entorpecidos con el frio y el sueño, rompió por medio de ellos y llegó al pie del muro.

Apenas tuvo tiempo el conde de Tendilla, alcaide á la sazon de aquella fortaleza, para salir al encuentro de Pulgar, abrazándole en las mismas puertas y fue tanto el júbilo y el gozo de cuantos en Alhama se hallaban, rendidos de cansancio, escasos de sustento, y lo que es mas, ya faltos de esperanza, que apenas daban crédito á sus propios

ojos, lloraban de ternura, bendecian á sus libertadores; mas como si estos sintiesen cierto rubor y empacho al recibir tantas alabanzas, y no bastantemente merecidas, volvíanse en silencio hácia Pulgar y le señalaban con la mano.

Iba el esforzado caudillo sin desvanecimiento ni ufanía, al lado izquierdo del buen conde, que le apellidaba á boca llena salvador de aquella ciudad, y le ofrecia á nombre de los Reyes colmados dones y mercedes: "Vamos á dar gracias á Dios, que á él se le debe todo,» contestó en voz baja Pulgar, y encaminó sosegadamente sus pasos hácia la mezquita mayor, recien convertida en iglesia.

Los dias que se siguieron al de su llegada, bien puede decirse que fueron para aquella ciudad como de regocijo y de fiesta; que no parecia sino que se habia borrado la memoria de tantos males, y que habian desaparecido los riesgos: mirábase la ciudad como salva, y tanta era la confianza que en el esfuerzo de Pulgar tenian, que siempre y cuando apremiaba la urgencia, bien fuese necesario demandar socorros, bien procurar mantenimientos, ó hacer entradas y correrías en tierra de enemigos, encomendábanlo á Pulgar, cual si fuese fiador del buen éxito (18).

Esento de rivalidad y de envidia, que no caben en pecho hidalgo, admiraba el generoso conde la bizarría de aquel mancebo; y no queriendo retardar (que hasta la sombra de ingratitud es deshonra y mancilla) la recompensa de tan señalados servicios, concedió en nombre de los Reyes á Hernando del Pulgar ciento y cincuenta yugadas de tierra, calles, casas, heredamientos, en aquella misma ciudad que habia salvado con su esfuerzo; confirmando luego los Reyes aquella merced, y en términos tan lisonjeros, que valian mas que los mismos dones, hasta el

punto de escribir á Pulgar, para que en todo tiempo quedase de sus hechos memoria: "que se debia á su industria é valor la conservacion de Alhama só su poderío (19).”

Tan importante se creia la guarda de aquella ciudad (como si fuese una atalaya en medio del campo enemigo), que en algunos años, mientras se iba apretando poco á poco el cerco de Granada, no la perdió de vista aquel prudente Príncipe; y creyéndose seguro de poseerla en tanto que estuviese Pulgar dentro de su recinto, le ordenó que se quedase en compañía de don Luis Osorio, deudo de aquel caudillo por el lado materno, á quien habia encomendado el Rey la custodia de aquella fortaleza.

Obedeció Pulgar, ya que no de buen grado, porque reputaba como descanso y ocio velar en defensa de una ciudad amenazada del hambre y del asedio; y por via de recreacion y esparcimiento, salia fuera de los muros y desasosegaba los pueblos fronteros, volviendo siempre cargado de cautivos y de despojos.

Con impaciencia, si es que no con ira, oia Pulgar encerrado en Alhama los contínuos reencuentros, ya prósperos, ya adversos, de cristianos y moros en la afanosa guerra de Granada: el descerco de Loja, con desdoro del pendon de Castilla, y no sin riesgo del Rey mismo, á quien salvó su propia espada (20); el desastre de los montes de Málaga, que cubrió de luto á todo el reinó, y en cambio la toma de Ronda; el recobro de Zahara; la rendicion de cien pueblos y fortalezas: mas tal era la índole de Pulgar y tal la disposicion de su ánimo, que se le saltaban las lágrimas de indignacion y pena, cada vez que escuchaba que los suyos habian sido vencidos, y no podia sobrellevar con pa

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ciencia que guerreasen y venciesen sin compartir sus lauros. Hasta que sabedor de que el Rey tornaba al asedio de Loja, mejor apercibido que la vez primera (21), y acompañado de los capitanes mas famosos de que blasonaba Castilla, no pudo callar por mas tiempo, y demandó al monarca, como única merced y recompensa, ir á pelear á su lado: "que no es justo (decia) que el Rey exponga su vida, como lo hizo en aquel mismo campo, y que Pulgar esté á pocas leguas resguardado detras de los muros."

Otorgóle el Rey la gracia que pedia (en aquellos tiempos lo era aventurar un español su vida en defensa y honra de su patria); y apenas se vió Pulgar en el campamento del monarca, con tantos ingenios y pertrechos de guerra; la hueste numerosa; á centenares los caudillos, y cada cual de mas fama y merecimiento, no hallaba sosiego ni descanso hasta dar aviso de su venida con algun hecho señalado. Escaso triunfo le parecia concurrir con tantos guerreros á la toma de una ciudad; y llevado de su altiva índole, que le incitaba á empresas arriesgadas y singulares, concibió el designio de acercarse aun mas á Granada, y tomar una fortaleza de allí poco distante, mientras el Rey Fernando con su hueste terminaba la rendicion de Loja (22).

Traia Pulgar consigo, mas pagados de su fama que remunerados con sueldo, quince escuderos de gran ánimo, todos de buen linage, y resueltos á acompañarle en sus empresas hasta perder á su lado la vida (23). Veíase Pulgar en medio de ellos con cierta satisfaccion y complacencia, mas ufano que si se hallase á la cabeza de un ejército; y contando con su arrojo y denuedo, y llevando ademas lo que acontecer pudiese un corto número de peones, enderezó sus pasos á la fortaleza del Salar, muy cerca

para

na al camino de Granada á Loja, abrigada de montes, y defendida por el alcaide Mahomad Almandani, de mucha nombradía entre los moros.

Presentóse Pulgar delante de las puertas, y le intimó que se rindiese, respondiéndole aquel caudillo con altivez y menosprecio, como burlándose de tan loca demanda; pero Hernando del Pulgar, mal avezado á burlas, “allá voy por las llaves," gritó al osado moro: y mandando á los suyos que rodeasen la fortaleza, amenazando tomarla á escala vista, comenzó á aportillar el muro por la parte mas flaca, ansioso de abrir un resquicio por donde él entrase delantero. Atónitos miraban los infieles á aquel puñado de valientes (á ochenta no llegaban) proseguir en su intento sin tregua ni descanso, mal escudados con adargas, armados á la ligera, sin máquinas ni ingenios, recibiendo una granizada de piedras y de tiros. Alá Achbar! (Dios es grande!) gritaron de improviso, al ver caer desplomado al caudillo de los cristianos; y creyéndose en el mismo instante ya salvos y seguros, bajaron de tropel al campo á recoger los despojos de la victoria. Habia sido herido en efecto el temerario Pulgar, que aquel dia se salvó de milagro: porque firme como una columna, respaldado contra el muro, y aguardando con impaciencia la hora de penetrar en la fortaleza, habia escapado ileso de cien armas arrojadizas, cuando un moro mas certero le arrojó una piedra con ta ímpetu, que dió con él en tierra. Cayó desatentado, que hasta los suyos le reputaron muerto; mas volviendo luego en sí, y atajando con un lienzo la sangre, "ya estan fuera de su guarida, no han de volver á ella» y embistiendo á los moros, mal recobrados del espanto y sorpresa, dió en ellos con tal furia, que ni lugar tuvieron para cerrar

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