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LIBRO VII.

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Introduccion. Moros del reino. Ordenes repetidas para obligarles á recibir el bautismo. Rebelion de Benaguacil. Zelim Almanzor. moros en la sierra de Espadan. Batalla de Ahin. Nuevas órdenes para el bautismo de los moriscos.

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Alzamiento de los Derrota de los rebeldes. Desembarque en Cullera.

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D. Francisco Centelles. Nuevos combates. Sto. Tomás de Villanueva. De-
- Gestiones del Beato Juan de Ribera
Sus cartas al rey. Decreto de Felipe III.
Muerte súbita de D. Juan de Aguirre.

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cretos de Felipe II.
de los moriscos.
nobles. = Juntas.
rey.

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para la espulsion Oposicion de los Comisionados al

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Bando sobre la espulsion. - Valencia en estado de defensa. - Mensage de los moriscos. Robos. Moriscos de Gandía. Escena trágica. = Sublevacion de los moriscos de Lahuar.― Batalla de Murla. Felipe IV. - Carlos II.

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erminada en Valencia la espantosa contienda civil que, bajo el nombre de Germania ó fraternidad, habia inundado en sangre los palacios de los opulentos magnates y las humildes habitaciones de los plebeyos, brilló por fin para nuestro reino una era de paz y felicidad, protegida por la mano omnipotente del inmortal Carlos I. Envueltos hasta entonces los valencianos en los continuados y estrepitosos acontecimientos, que sacudieron por espacio de muchos siglos los estados de la corona de Aragon, habian conservado sin embargo la austeridad y dureza de sus costumbres, reguladas por una legislacion libre y prudente, que aseguró por largo tiempo su independencia y la posicion que ocupaban entre los grandes pueblos, sujetos al cetro aragonés.

Hemos visto al pueblo valenciano, que nacido entre los restos de un egército de veteranos, y endurecido en los rudos combates del intrépido Sertorio, habia atravesado una larga serie de siglos, sin que la historia del mundo tenga que ocupar inmensas páginas, para consignar su nombre entre los grandes crímenes, ni las grandes virtudes de los pueblos, que sirvieron á los emperadores romanos ó de escabel para sus triunfos, ó de sepulcros para sus víctimas. Oscuro y humilde, aunque bañado con la sangre de algunos mártires, pasó á la dominacion de los conquistadores del Norte, cuando los carros de batalla de estas hordas salvages habian hecho bambolear con su estrépito el altivo capitolio, y la espada de Ataulfo derribaba en España el gigante poder que habian fijado en esta parte de los Pirineos los multiplicados esfuerzos de los Scipiones.

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