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serva su dignidad quien no la defiende como es debido; no adquiere influencia política quien no la conquista; no se hace temer quien no emplea su actividad y sus fuerzas. Si esto es verdad en todas épocas, lo es mu cho mas en tiempos agitados como los presentes: en ellos no bastan los titulos, no los nombres, no el oropel: se necesitan hechos visibles: si estos existen no son del todo esté. riles, pues por mas que se diga, resta todavia un cierto fondo de justicia y de razon, y de las personas y de las corporaciones puede todavía afirmarse que si en la esfera que les corresponde no influyen, es porque no lo merecen.

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vista al porvenir de un pais donde la constitucion, que solo lleva medio año de vida, ha sido infringida por el gobierno mismo, fortaleciéndose con el escándalo las protestas de las fracciones revolucionarias que no la aceptan, ó por su origen ó por su contenido? Aparte esas cuestiones vitales porque afectan lo mas íntimo de la sociedad, hay la de hacienda y la del arreglo administrativo, que si bien no son fundamentales, entendiendo por este nom.bre lo cons titucional, son de tal gravedad en las ac tuales circunstancias y se enlazan tan fuertemente con las primeras, que dificilmente se las podria separar. Sobre tantos y tan trascendentales negocios deberá fijarse la atencion del Senado en la presente legisla tura; la defensa de los intereses del trono se le ofrecerá en el asunto del casamiento; el exámen de las negociaciones pendientes con Roma dará lugar á importantes debates sobre las cosas eclesiásticas; las cuestiones politicas revivirán en la discusion sobre la ley electoral; la de hacienda se presentará en la reforma del sistema tributario, y la administrativa en las cuentas que ha de dar el Ministro de la Gobernacion del uso que

El Senado de 1845 es llamado á tomar parte en la resolucion de grandes cuestiones, á evitar muchos males, à presenciar colosales acontecimientos, de los cuales quiera Dios no haya algunos que á lo gran de reunan lo formidable. Trece años han transcurrido desde la muerte del último rey que legó á esta desventurada monarquía tres cuestiones, capaces cada una por sí sola de trastornar el pais mas sosegado: la dinástica, la religiosa y la politica, encargando el resolverlas á la inesperiencia de una princesa y á la inocencia de su augusta hi-ha hecho de la autorizacion otorgada por ja; trece años han transcurrido, y las dificultades que surgieron de complicacion tan infausta subsisten aun. Los sucesos de Vergara terminaron la guerra civil; pero han cesado por ventura todas las pretensiones dinásticas? La revolucion destruyó la antigua organizacion religiosa; pero hay donde asentar con seguridad el pie, no estando hecho el arreglo con la Santa Sede? Las cortes de 1857 resolvieron la cuestion política en un sentido; las de 1845 la resolvieron en otro diferente; aunque esté fallada en el terreno legal, ¿puede darla por terminada un hombre de Estado que estienda su

las cortes. Pocas legislaturas se han visto como esta, donde por un concurso particu lar de circunstancias se han de ventilar por necesidad todos los grandes problemas de cuya resolucion pende el porvenir de la nacion española. Creer que la revolucion está completamente terminada, y que nos hallamos en lo que se apellida una situacion normal, es vulgaridad indigna de un hombre pensador; quien haya de tomar parte en los negocios públicos, debe comenzar por penetrarse profundamente de que las circunstancias son sumamente complicadas, criticas y estraordinarias, y que estan muy

lejos todavia aquellos tiempos felices en que las cosas marchan bien por si mismas, sin necesidad de impulso ni direccion.

que

Los senadores, asi es de esperar, no creerán haber cumplido con sus deberes valiéndose de contemporizaciones para lo se llama evitar mayores males: una política vacilante no los previene, los amontona y acelera; la mal entendida prudencia de hombres por otra parte bien intencionados pudiera producir que vinieran sobre la nacion calamidades sin cuento, que ellos mismos llorarán algun dia. Concebimos la templanza que han de respirar las palabras de un prelado de la iglesia; pero no está reñida aquella santa firmeza con que saben espresarse las convicciones profundas, los sentimientos elevados, sea que se trate de religion ó que se ventilen asuntos de politica. Es cierto que á un hombre perteneciente á las primeras clases de la sociedad por la opulencia de su fortuna y el esplendor de su nom bre, no le asienta bien ni desencadenarse contra el gobierno con declamaciones vio lentas, ni aun hacerle oposicion sistemática á la manera de un demagogo; mas no creemos que ni el rango social se deprima, ni un título brillante se obscurezca por la defensa de los principios monárquicos y religiosos, ó abogando por el alivio de la suerte de los pueblos. Ni aun los altos empleados, por mas consideraciones que hayan de tener al gobierno de quien dependen, deben olvidar que el ejercicio de las fun. ciones de senador nada tiene que ver con las de su empleo respectivo: en lo tocante á estas, solo les incumbe la obediencia; pero en el Senado tienen el derecho y la obligacion de manifestar su parecer y emitir su voto, no con arreglo á lo que el gobierno inspire, sino á lo que prescriba la conciencia.

El Senado actual se halla en una posicion mucho mas ventajosa que el Estamento de Próceres. A la sazon ardia terriblemente encrudecida la guerra civil; campeaba la revolucion cada dia mas pujante; las pasiones politicas iban encendiéndose à impulsos de la sangre que se vertia Y de una discusion todavia no gastada; y para colmo de infortunio, eran en crecido número los ilusos que solo se han desengañado con una dilatada série de crueles escarmientos. Valor mas que comun se necesitaba para hacer frente à la combinacion de elementos tan temibles, y arrostrar la impopularidad de unas turbas que inauguraban la apertura de las cortes con la profanacion de los templos y el degüello de los religiosos, y las cerraban insultando á un ministro de la corona y asestando contra su pecho puñales asesinos. Las circunstancias no son las mismas. No hay guerra, y por consiguiente no hay el peligro de que un lenguage li bre y generoso pueda ser acusado de que alienta á los enemigos del trono. No hay milicia nacional; y para insultar á un senador impunemente, no basta cubrirse con un uniforme y victorear la libertad. La se guridad pública no está encomendada á manos sospechosas, sino á un ejército modelo de disciplina y de sumision á las leyes. No hay un gobierno que tolere los desafueros de las asonadas: donde las ha habido, han sido deshechas á cañonazos. No hay tampoco un gobierno que pueda tolerarlas ni aun en simulacro, para hacer triunfar sus opiniones. La conservacion del ór den mas estricto no es para él un asunto de pura conveniencia, sino de vida ó de muerte: el dia que soltase á la revolucion. para intimidar á sus adversarios, cometeria un suicidio: ¿qué obstáculos, pues, se opondrian á que los senadores manifestasen fran

camente su opinion en todas las cuestiones, aun las mas delicadas, y diesen su voto con entera independencia?

Para nosotros es poco menos que incomprensible el que un hombre de posicion elevada é independiente mire al semblante de un ministro antes de dar su voto: cuando esto sucede, solo puede esplicarse por esa postracion moral, efecto de la atmósfera cortesana que tan fácilmente contagia á cuantos viven en ella. Las cuestiones mas importantes no se miran con los ojos de una razon clara, desembarazada, fuerte, sino al través de un prisma de mil consideraciones secundarias, pasageras, que ninguna relacion tendrian con el objeto principal, si con él no las enlazara un corazon pusilánime incapaz de brio y energía. Asi se sacrifica la conveniencia pública á intereses particulares; asi se postergan grandes razones de estado por satisfacer la voluntad de personages importantes, porque les dan importancia almas apocadas; asi se palian las defecciones mas vergonzosas, el abandono de las causas mas santas, el olvido de los mas sagrados deberes, con la necesidad de contemporizar, de no irritar en demasía á esta ó á aquella influencia, de no atraerse la cólera de un privado poderoso: y á esto se llama prudencia... cual si mereciese otro nombre que el de villana cobardía.

Afortunadamente, la España y la Europa que contemplan al Senado, no tendrán que presenciar espectáculos tan repugnantes: los grandes intereses de la nacion es de esperar que serán defendidos con aquella dignidad y valentia que cumple à los individuos del alto cuerpo. Por lo pronto se puede asegurar que el episcopado español se mostrará digno de la reputacion labrada por los siglos, y acendrada últimamente en

el crisol de las persecuciones. Si peligra la causa de la Iglesia, si el trono se ve comprometido por consejos desacertados, si unos pocos quieren monopolizar el goce de las libertades públicas, si se trata de vejar á los pueblos con cargas desmedidas, resonará, no lo dudamos, resonará la voz de los venerables pastores, tanto mas augusta, cuanto mas quebrantada por los años y los sufrimientos. Esta santa firmeza ¿podrá tener sus inconvenientes? ¿qué le importan estos á quien está al borde de un sepulcro, con el corazon en el cielo? Ademas, que tampoco conviene exagerar los peligros; por nuestra parte estamos profundamente convencidos de que en las circunstancias actuales no hay gobernante tan osado que se atreva á cometer una violencia contra un obispo por haber manifestado su opinion en un punto cualquiera, sin esceptuar ninguno, ni aun los mas delicados. Hay aqui algo mas que la inviolabilidad constitucional; hay la inviolabilidad del carácter, y sobre todo hay la fuerza de las circunstancias que detendrian á los mas impetuosos, si intentasen provocar conflictos que al fin se volverian contra los mismos provocadores.

La grandeza representada en crecido número en el alto cuerpo, tambien es de esperar que se penetrará de la gravedad de sus deberes y de la importancia de su mision: ó no aceptarla, ó cumplirla. Si asi no lo hiciese, se condenaria á sí propia, y justificaria al gobierno que no le quiso otorgar el derecho hereditario. ¿Hay peligros? Mas grandes los arrostraron sus mayores conquistando con heróicas hazañas los titulos que ilustran á sus familias. ¡Peligros! ¿y dónde estan? ¿cuáles son los que amenazan á un voto independiente? ¿se deporta por ventura á los senadores como á dos escrito

res públicos? Dígase lo que se quiera de lae | peto mas profundo. Lo que combatiremos

violencia del go bierno actual, seria hacer mucha injusticia el suponer ni aun la posibilidad de semejantes escesos; si estamos condenados à presenciarlos, no vendrán jamás de un gobierno mas o menos regular, sino de una situacion francamente revolucionaria; y en esta situacion no mandarian los hombres de ahora; antes de llegar á ella hubieran tenido que salvar sus vidas condenándose á la emigracion.

A mas de los obispos y de la grandeza, hay en el Senado una escogida reunion de titulos, de altos empleados, de ricos propietarios, de hombres distinguidos por su posicion y antecedentes, en quienes es de suponer que el dictámen de la conciencia y el celo por el bien público dominarán sobre consideraciones particulares, que no deben ser atendidas cuando estan de por medio los intereses mas preciosos de la patria.

No se crea que nos propongamos medir el celo y el espíritu de independencia por la mayor o menor conformidad con nuestras doctrinas, llamando tímido y torcido á quien no las abrace, y recto y valiente a quien las defienda; no somos tan injustos. Deseamos tolerancia para nosotros, y la otor. gamos fácilmente á los demas; formamos nuestro juicio con entera independencia, y reconocemos en los demas el derecho de formarle de la misma manera; al discrepar de las opiniones agenas no nos estraña, no nos irrita que los otros discrepen de las nuestras. Conocemos muy bien que entre los senadores los habrá en no pequeño número, que miren los negocios bajo un punto de vista muy diverso del que nosotros tomamos; esto nada importa; manifiesten sus convicciones, y obtendrán de nosotros ya que no el asentimiento, al menos el res

con energía no serán las convicciones, sino las condescendencias; cosas muy diferentes que distingue y deslinda muy bien la conciencia pública, por tupido que seael velo con que se cubra la debilidad. Si. asi fuese, entonces sin traspasar la línea fijada por las leyes, ni faltar á los miramientos debidos á las personas y á las clases, tendriamos derecho de llamar á los culpables al tribunal de la opinion pública para adelantar desde ahora el terrible fallo con que la posteridad los ha de condenar; tendríamos derecho para decirles: «vosotros fuísteis llamados por la corona para ejercer junto á ella la mas importante de las funciones; y á y a pesar de que la visteis comprometida por errados consejos, callásteis; en vosotros confiaba la Iglesia para que la ayudaseis á salir de su postracion, y en el momento solemne enmudecisteis; de vosotros reclamaban los pueblos un alivio en sus cargas, esperando que elevariais á los pies del trono la reverente exposicion de las miserias públicas, y no lo hicisteis; cuando los tiranos os pisoteen ó las revoluciones os arrojen del santuario de las leyes, y depriman vuestro rango, y atenten contra vuestras propiedades, no culpeis á nadie; bajad los ojos y decid: « pagamos

nuestro merecido..

J. B.

LE PROYECTO DEL DUQUE DE FRIAS

Y DE LA COMISION.

Escrito y remitido el artículo que prececede, ha llegado á nuestras manos el proyecto de contestacion al discurso de la corona de la mayoría de la comisior del Senado, y el del Sr. duque de Fria: escusa

do es decir que nuestra opinion está por el voto particular; asi concebimos nosotros á un Senador y á un grande de España. En un hombre que sabe escribir en estilo tan sabe escribir en estilo tan florido y galano, llama singularmente la atencion el que se haya valido de un lenguaje tan seco esta sequedad tiene en nuestro concepto una significacion politica: el disgusto es conciliable con el respeto, pero se espresa con severidad. Ni una palabra lisongera al gobierno: el Duque solo habla á la Reina; siendo notable que el ver al ministerio á la espalda del trono, le sugiere fórmulas de una sencillez y laconismo que significan mucho: «ha oido á V. M.; V. M. indica; V. M. anuncia; V. M. igualmente dice. »

y

En el proyecto del duque de Frias, el Senado no manifiesta la confianza de que la nacion deberá á la incesante solicitud prudencia del gobierno la pronta y feliz terminacion de las negociaciones con la Santa Sede; sus palabras son mas severas: El Senado anhela que estas tengan una feliz terminacion, como tan necesaria al bien de la Iglesia y del Estado.» En otra parte, indica la necesidad de poner término á medios provisionales para la dotacion del culto y elero; lo que hière indirectamente al autor del famoso proyecto de los contratos con el banco, que tan tristes resultados va produciendo.

El párrafo relativo al convenio con el emperador de Marruecos, al tratado con la república de Chile, y negociaciones con la de Venezuela es sumamente notable: el contraste con el de la mayoría de la comision es hasta curioso: no es posible llevar mas allá la severidad del lenguage y del

tono.

A propósito del fomento de la navega cion, no parece que el Duque se haya he

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Pero donde se encuentra fuertemente marcado el pensamiento político que preside á la redaccion del voto particular, es en lo tocante á la conservacion del órden: alaba el Duque la fidelidad del ejército, y añade que sus dotes militares pueden servir de modelo; mas se guarda muy bien de decir que su «subordinacion y disciplinaserán constantemente la prenda mas segura de la tranquilidad pública. Asi se espresa la mayoría de la comision, muy erradamente, no porque el ejército no sea muy fiel, y muy leal, y muy subordinado, sino porque la prenda mas segura de la tranquilidad pública no es jamás en un pais bien gober nado la fuerza militar. No basta sofocar las insurrecciones; es necesario evitarlas, prevenirlas con un buen gobierno: en un buen gobierno, en el contento de los pueblos es-' tá la prenda mas segura de la tranquilidad pública. El Duque de Frias lo dice con laconismo admirable: De esperar es, Seño ra, que asi como la sedicion armada ha sucumbido á la fuerza del poder, en adelante la fuerza de gobierno evite la repeticion de tan lamentables escenas.» Esto es lo que se llama decir mucho en pocas palabras y poner el dedo en la llaga. ¿Lo comprende el ministerio? Si no lo comprende, no será porque las palabras sean ambiguas.

Sobre las reformas administrativas, se espresa el Sr. Duque con alguna reserva,

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