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cuadro de aquel tiempo. En circunstancias tan críticas como las que vamos describiendo, el mas pequeño incidente basta para hacer perecer la mas consolidada reputacion, así como es bastante para elevar á un individuo á una altura, donde le seria casi imposible llegar en tiempos normales. Cualquiera que fuese el motivo que produjera la popularidad inmensa del P. Rico, logró este egercer una influencia ilimitada, como veremos mas adelante. Su carácter activo y enérgico, su elocuencia franca y acomodada á la capacidad de las masas y su intrepidéz política nada comun en un hombre consagrado á la austeridad y silencio de un claustro, le hacia superior á su clase y todo contribuia á elevarlo sobre tales circunstancias, en que el temor no es el mas á propósito para conseguir el prestigio que el pueblo, aun en su desbordamiento, sabe conceder á los mas que miran con menos recelo los peligros. Este religioso, pues, se encargó de leer á la multitud la contestacion antes referida; pero eran demasiado limitadas sus providencias, y aparecian poco enérgicas y egecutivas las medidas que en ella se disponian, para satisfacer del todo su ardiente ansiedad, de modo que apenas se enteraron de su contenido, se agitó de nuevo la muchedumbre y comenzó de nuevo á gritar. Viendo entonces el P. Rico la imposibilidad de contentar por medios tan suaves el entusiasmo público, volvió á entrar en el salon, y dirigiéndose al acuerdo, dijo: que el pueblo no queria que se mirase á Napoleon como árbitro de la España, ni se reconociese por rey á ninguno que quisiera darle por su capricho: que la nacion española, siempre fiel á su legítimo soberano y á la conservacion de sus leyes, no podia admitir, ni reconocer á otro que á Fernando VII; que ni queria, ni podia prestar obediencia á un intruso, que tan indignamente habia abusado de la lealtad y alianza de sus reyes, para arrancarlos del trono, y usurparse un poder arbitrario sobre su suerte. Esta es la voz de un pueblo fiel á su monarca (prosiguió con energía), esta es la voz de un pueblo que obligado á sostener tan noble causa, y resuelto á preferir la muerte á la esclavitud, ocupó ya los atrios de este sagrado edificio, las avenidas de las calles contiguas y por doquiera se ha proclamado á Fernando VII por rey legítimo de España." Así que el P. Rico concluyó de hablar, tomó la palabra el presidente de aquella noble asamblea y aseguró que la causa que proclamaba el pueblo valenciano no podia ser mas justa ni mas digna de todo buen español; pero que no se debia

TOM. II.

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proceder con tanta ligereza, sin incurrir en una temeridad que podria ocasionar los mas graves conflictos; que el reino se hallaba sin dinero, sin armas, sin tropas y sin ningun recurso para sostener ventajosamente una empresa de tan vastas consecuencias; que todavía se ignoraba el partido que abrazarian los demás pueblos de la monarquía: que declararse solo Valencia contra el poder armado y colosal de Napoleon, cuyo egército ocupaba ya la corte y las principales fortalezas de las fronteras era lo mismo que provocar su misma ruina; y que en las circunstancias actuales, en solo podian adoptarse las medidas que se habian dictado ya, para satisfacer los nobles y generosos sentimientos de los valencianos, para que adunados todos se decidieran, como era de ver, por la justa causa que acababan de proclamar con un entusiasmo tan laudable."

fin,

No tardó mucho en circular por la multitud esta determinacion prudente asaz para servir de discusion en un gabinete, pero poco eficáz para acallar la exaltacion de un pueblo como el de Valencia, puesto en movimiento, y arrebatado por el primer impulso de su revolucion. Acaso el descontento que se observó al rededor de la audiencia se trasmitió por conducto de los grupos que circulaban por toda la ciudad hasta la plaza de las Pasas, donde al mismo tiempo sucedia otra escena de no menor importancia que la que vamos describiendo. Hallábase en aquella plaza reunida mucha gente que ansiosa de saber el resultado de las providencias que esperaban del acuerdo, veia pasar el tiempo con una lentitud que solo en los momentos de crisis y de grandes calamidades parece eterno y pesado. Harto ya, pues, sin duda de esperar un tal Vicente Domenech (conocido por el Palleter, porque vendia pajuelas) se desciñó la faja encarnada que llevaba, y rompiéndola en varios girones los repartió entre algunos de sus compañeros, y reservándose el mas grande, la ató en la punta de una caña, junto con dos estampas representando la una la imágen de la Virgen de los Desamparados, que llevaba consigo, y la otra el retrato del rey, que recogió de las que Vicente Beneito arrojó con profusion desde una de las ventanas de su casa. Practicado esto, enarboló Domenech su improvisada bandera en medio de las repetidas aclamaciones y vitores de la multitud y seguido por numerosos grupos se dirigió á la contigua plaza del Mercado. De este modo llegaron á la puerta de una casa, donde se espendia el papel sellado,

y pidieron que se les entregase todo inmediatamente. Imposible fuera al espendedor resistir á aquella fuerza amenazante y entusiasta, y así no opuso dificultad á la entrega del papel. Apenas llegó uno de los pliegos á las manos de Domenech, se encaramó en una silla, lo rasgó á la vista de todos, y dijo en nuestro idioma: «Un pobre palleter li declara la guèrra á Napoleon: ¡viva Fernando VII y muiguen els traidors (1)!" Un prolongado grito de aprobacion contestó á esta corta arenga, tan original como sencilla, y tan enérgica como atrevida. Algo de grande ofrecia aquel hombre oscuro con su bandera de caña, y su rostro polvoroso, desafiando el poder colosal del gigante de la Europa desde un rincon de Valencia, á la vista del pueblo inmenso que llenaba confusamente la estensa plaza del Mercado y á la sombra del colosal edificio de la lonja de la seda.

Así que Domenech concluyó de hablar, sus compañeros rasgaron y pisaron todo el papel sellado que pudieron haber á las manos, desapareciendo por consiguiente la nota mandada poner por el consejo de Castilla, que decia: «Valga para el gobierno del lugar-teniente general del reino." Nuevas aclamaciones siguieron á este principio del triunfo del pueblo, y los gritos de su entusiasmo repetidos por todas partes y continuados por los pelotones, que se dirigian hacia la calle de Caballeros y plaza de la Seo, fueron á aumentar el tumulto que tronaba todavía delante de la audiencia. Con la llegada de los del Mercado se renovó la agitacion, y sin dar tiempo á nuevas deliberaciones se pidió se sacase el venerable estandarte de la ciudad, para proclamar solemnemente al rey Fernando, por cuya defensa ofrecian sus bienes y sus vidas: designábase por general al conde de Cervellon, y unos eran los sentimientos, una la conviccion, unos los deseos, y sincero el juramento de lealtad, con que aquella multitud manifestaba sus opiniones. Solo la influencia del P. Rico, apoyado por las reflexiones de Amorós y del P. Martí, pudieron conseguir calmar la agitacion que crecia por momentos, restablecer la tranquilidad, reanimar la confianza, moderar aquella exaltacion febril, que nada podia contener, y conseguir unas treguas para redactar el siguiente bando, que se publicó inmediatamente, en el que no tuvieron poca

(1) Un pobre vendedor de pajuelas le declara la guerra á Napoleon: ¡ viva Fernando VII y mueran los traidores!

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parte los sugetos que acabamos de indicar: «D. Fernando VII por la gracia de Dios rey de España, y en su real nombre el escelentísimo Sr. capitan general y real acuerdo mandan: Que todos los vecinos se tranquilicen y retiren á sus casas, pues siempre han velado por su bienestar, y harán cuanto puedan para que tengan efecto sus deseos é intenciones: que se haga el alistamiento forzoso desde la edad de diez y seis á cuarenta años: los alcaldes de barrio formarán este alistamiento y tambien los electos de los cuatro cuarteles con intervencion de sus respectivos jueces; y el Excmo. señor conde de Cervellon se pondrá al frente de estas tropas con los subalternos que se nombrarán para dicho efecto. Y para que llegue á noticia de todos se manda publicar. Valencia veintitres de Mayo de mil ochocientos ocho. El conde de la Conquista. Vicente Cano Manuel. José Mayans. Vicente Esteve.

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Publicado este bando, y fijado en los parages de costumbre, se disolvió el acuerdo; y apenas se dejó ver en la puerta de la audiencia el conde de Cervellon que se disponia á subir al coche en compañía del P. Rico, le rodearon numerosos grupos, desengancharon las mulas y entre el estrepitoso clamor de los vítores llegaron llevando el coche hasta la casa de la ciudad, donde Amorós, á la cabeza de aquella muchedumbre, pidió que se bajase el estandarte histórico, y que por mano del P. Rico se condujese en triunfo al palacio de Cervellon, como general designado. Hizose así, y la capital quedó pocas horas despues en la mayor tranquilidad, sin que se hubiera de lamentar ninguna desgracia.

Hasta aquí caminaba la revolucion con lentitud, y no habia uno solo que no se hallára ya confiado en el buen resultado de las medidas adoptadas; cuando al llegar la noche del mismo dia veintitres, circuló la noticia de que el capitan general habia pedido á Murat, por medio de comunicacion estraordinaria, una division de diez ó doce mil hombres para sujetar el movimiento. Añadíase que se trataba de prender á los gefes de la revolucion, designando en particular al P. Rico, cuya influencia habia sido tan notable en los sucesos de aquel dia. No, no eran tal vez infundados estos rumores, como veremos poco despues; pues el P. Rico se vió en la necesidad de retirarse al convento del Temple en la habitacion de D. Antonio Guillem, para evitar de este modo cualquiera tropelía. Su prestigio era por otra parte demasiado importante, para que los que dirigian la revolucion dejasen de indagar su retiro,

procurando avistarse con él, á fin de poner cima á una obra, que aunque apoyada por el inmenso pueblo valenciano, ofrecia sin embargo tantos entorpecimientos y amenazaba fracasar.

En estas indagaciones pasaron la noche los Bertran Ꭹ Moreno, cuyas diligencias no fueron inútiles; porque apenas amaneció el veinticuatro en combinacion con Vidal y otros, se presentaron secretamente en el Temple, y ofrecieron al P. Rico no solo salvarle del grave compromiso en que se hallaba, sino los medios tambien con que todos y cada uno en particular contaban para llevar adelante la revolucion. Fundábase esta seguridad en el aspecto imponente que desde los primeros albores de este dia presentaba la capital, donde volvia á cundir el movimiento y á circular mas exageradas aun las noticias del dia anterior. Aunque en aquellos momentos críticos nada se sabia de cierto, era indudable sin embargo que el acuerdo habia creido de su obligacion dar parte al supremo consejo de estas ocurrencias. Al mismo tiempo que esta comunicacion, recibió el tribunal una órden del duque de Berg, mandándole que dictase las providencias oportunas para sofocar la sublevacion de Valencia, remitiendo además la minuta de la proclama que debia publicarse en esta capital. Este paso del acuerdo nada ofrecia de estraño; pero lo que mas alarmó fue el parte que sin duda se remitió al duque de Berg, pues la gaceta estraordinaria de Madrid de veintiocho del mismo mes referia los sucesos de Valencia en estos términos: «El capitan general de Valencia en parte del veintitres dá cuenta de que en aquel dia, divulgadas algunas especies por gentes enemigas del sosiego público, exaltaron una porcion del populacho á pedir alistamiento y alarmar en términos, que sin bastar las persuasiones y promesas para aquietarlos, acordó aquel gefe y la real audiencia, en union de la mayor parte de los generales residentes en la misma ciudad y del intendente corregidor el edicto siguiente (que hemos insertado en otra parte). La ceguedad de la plebe, continúa el periódico oficial, desfiguró este edicto en los términos en que se han esparcido copias impresas; pero á beneficio de haber dispuesto el mismo acuerdo que el conde de Cervellon acompañase al pueblo, y de otras providencias y precauciones tomadas, no se han apoderado los sediciosos de armas algunas, y á la salida del correo quedaba restableciéndose la quietud y buen órden."

El consejo contestó á la órden del duque de Berg, manifestando

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