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error, se imaginó poder burlar con la astucia las exigencias de las ciudades católicas, que ya se trocaban en amenazas á la noticia de los malos tratamientos que la princesa Ingunda recibía de su abuela Goswinda, actual esposa de Leovigildo. Á este efecto juntó en Toledo un conciliábulo de obispos arrianos (año 580), «donde se dió muestra de querer enmendar algo el » error y quitarle lo que á los católicos más ofendía» (1). Ordenóse en él, para contentar al partido más numeroso, que no se obligara á bautizarse de nuevo según el rito arriano á los que abandonasen la fe católica por la religión del Estado, sino que bastara para ser tenido por verdadero arriano el participar culto público que ellos usaban. Otro de los errores fundamentales de aquella secta era la desigualdad que suponían existir entre las Personas de la Santísima Trinidad. Ahora, para engañar á los católicos, fingian reconocer en cierto modo su herejía, innovando las palabras de su credo y dando á entender como si ya no hubiese diferencia sustancial entre arrianos y católicos. Con estos ardides, escribe el Biclarense, embaucaron á muchos fieles y quitaron numerosos partidarios al principe Hermenegildo. Pero debieron descubrirse pronto tales amaños, y aun es de creer que Leovigildo apelaría á otros medios para vencer la constancia de su hijo: lo cierto es que rompió la guerra con gran estrépito el año 583 sitiándole el rey en su misma corte de Sevilla.

Auxiliaba al padre el rey Miro con sus suevos, que llamados de Galicia

por

el hijo para esa violenta empresa, le fueron luego traidores (2): fué la ciudad fuertemente combatida y privada por

(1) Ambr. de Morales.

(2) Pacheco, en su conocida parcialidad por Leovigildo, nada dice de esta cooperación, al paso que asea mucho en Hermenegildo el haberse valido de los imperiales, que eran, aunque extranjeros, tan católicos y aun de más buena se que los suevos, y que, como ellos, ocupaban una considerable parte de nuestras comarcas marítimas. Hay que notar además con el Biclarense que Hermenegildo no solicitó el auxilio de los imperiales de España sino después de verse sitiado y muy estrechado en Sevilla. La legacía de S. Leandro á Constantinopla ni sué para tal objeto, ni tuvo nada que ver con las cosas de aquella guerra: lo advertimos para

todas partes del preciso mantenimiento; duró el asedio todo un año, durante el cual llevó a cabo el sitiador la obra titánica de torcer el curso del Betis para que Sevilla no pudiera abastecerse ni recibir socorros por agua (1); y al siguiente (584) emprendió la reparación de los muros de Itálica para estrechar más á los cercados y quitarles toda posibilidad de defenderse. Hallábase esta ciudad medio destruída, pero su gran proximidad á Sevilla era para los sitiados estorbo á cuanto pudiesen acometer. En tan grande aprieto, logró el príncipe evadirse secretamente, y fué á verse con los imperiales que seguían dominando en algunas plazas marítimas. El poder de los bizantinos andaba ya muy reducido en la Bética, y como rara vez sucede que el valimiento de los decaídos sea provechoso, ya por su propia flaqueza, ya por la perfidia, que suele ser la única política de los menesterosos, aquellos ruines auxiliares se dejaron sobornar por Leovigildo, y de este modo se apoderó el rey de la ciudad cobrando en seguida casi todos los pueblos y castillos

que

llevaban la voz del hijo. Refugiose éste en Córdoba, y allí, por fuerza ó por engaño, le prendió el vencedor, y despojándole del título de rey y de las provincias que le había cedido, le envió desterrado á Valencia.

Sábese por S. Gregorio Magno, pontífice é historiador coetáneo, y á quien debemos suponer bien informado por las relaciones de estrecha amistad que mantuvo con S. Leandro, que todo el empeño de Leovigildo, una vez vencido el hijo, fué pervertirle, persuadiéndole á que abjurase la fe católica y ofreciendo perdonarle y restituirle su gracia con tal que volviese á abrazar los errores de Arrio. A la guerra con las armas sucedían las seducciones, guerra aún más peligrosa, y en que no brilló menos la entereza de Hermenegildo. Córdoba, Sevilla, Osset, todas las

que no induzca en error cierta especie que se lee en S. Greg. Magno (epist. á San Leandro in lib. Job.) de la embajada de los visigodos á Constantinopla por negocios de la se: pro causis fidei Wisegothorum legatio. El P. Flórez aclara este punto reconociendo que ningún esecto en lo tocante á las armas produjo dicha embajada: de consiguiente, no tuvo más auxiliares entre los bizantinos S. Hermenegildo que los que permanecían apoderados de las costas de Cartagena y Portugal.

(1) Debió esto verificarse abriendo un gran canal desde la Algava hasta lo más bajo del campo de Tablada, de modo que vertiendo por allí el río dejase en seco la vuelta que di ciñendo á Sevilla desde la Barqueta hasta Santelmo.

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ciudades y poblaciones que por él se habían levantado, habían vuelto á la obediencia de Leovigildo: los imperiales le habían sido traidores: no tenía el desgraciado príncipe de quien le viniese la más leve esperanza de recobrar el perdido reino; у sin embargo, cuánto más desfallecía su partido, más brío y energía cobraba su ánimo: porque eran la persecución y el martirio lo que cabalmente aceleraba la conversión del estado visigodo á la verdadera fe. No pudiendo el obstinado padre vencer la constancia del hijo ni con halagos, ni con castigos, redobló su rigor poniéndolo en una estrecha у

horrible prisión, donde tenía las manos atadas á la garganta con cadenas.—Ta. rragona y Sevilla se disputan la gloria de haber prestado al Santo la escena donde le bajó del cielo la palma de los mártires. No nos parece probable que para la obra de seducción y de intimidación que alternativamente emprendía Leovigildo á fin de domar el corazón de su hijo, creyese más oportuno tenerle desterrado en Tarragona que reducido á prisión en la misma Sevilla, donde á todas horas podía sondear su ánimo y aprove. char las vicisitudes favorables á su intento. Seguimos pues la opinión de Morales, que, robustecida por la tradición más constante, le supone encarcelado en Sevilla, y designamos al lector como su prisión la torre sombría que se alza en el muro de la que fué puerta de Córdoba, donde la piedad popular, no interrumpida en doce siglos más que por la ocupación sarracena, ha venerado siempre el lugar de su glorioso martirio (1). Este se halla referido

por

el

papa S. Gregorio, quien asegura tener cabal noticia del sangriento hecho por relación de personas fidedignas, que acudieron de España á Roma.

No dice S. Gregorio cuánto tiempo estuvo el príncipe en

(1) «Allí en lo baxo de la torre, por donde todos pasan, tiene de muy antiguo altares, con pintura y lámpara... Agora de pocos años acá se ha adornado con mucha riqueza... el santo lugar de la cárcel y martirio en lo alto de la torre: y macizando el callejon hasta quedar el suelo igual con las dos puertas altas de la entrada y de la covachita, y abriendole una ventana, lo hicieron capilla, poniendo con devota consideracion el altar encima la portecita del tabuco pequeño, así que alzando el frontal, se entra de rodillas á gozar enteramente el hendito Santuario, bañado con la real sangre... Todo esto hizo con harto gusto y mayor desco Francisco Guerrero, armero de Sevilla, etc.) Así Amb. de Morales, lib. XI, cap. LXVII.

Existe todavía esta ermita en la parte interior del muro de la que sué puerta de Córdoba, y hoy lleva el nombre de capilla de S. Hermenegildo.

aquella dura cárcel, pero prosigue que llegado el día de la Pascua de Resurrección, el malvado padre mandó á media noche á un obispo arriano que llevase la comunión á su hijo, para que recibiéndola de aquella mano infiel, fuese visto que dejaba de ser católico, conforme a un decreto del conciliábulo celebrado en Toledo: con cuya satisfacción exterior pudiese el rey perdonarle y restituirle en su gracia. El santo mancebo, esforzado con el valor que Dios le inspiraba, y fija en el corazón la santa doctrina que S. Leandro y la princesa su esposa le habían enseñado, respondió al obispo con gran firmeza y echándole en cara su maldad. Duras debieron sonar las palabras del atormentado príncipe en los oídos del arriano: dura debió ser también la versión de éste, y más duro aún el corazón de Leovigildo... Arrebatado de furia diabólica, y trocando el amor natural en crueldad que rara vez se halla en bestias fieras, mandó ir luego algunos de sus más inhumanos ministros, y entre ellos uno llamado Sisberto, y que allí en su mismo calabozo lo matasen. Ejecutóse la bárbara sentencia quebrantándole la cabeza con una hacha (585). El lirismo popular se asocia tan oportuna y bellamente á la razón teológica en la historia del cristianismo para encadenar las almas á la creencia, que no parece sino que lo más elevado de la ciencia y lo más espontáneo del sentimiento coincidan y se robustezcan mutuamente en la exposición de toda verdad, siempre luminosa y fecunda. La poesía cristiana, que adivina sin reflexión los grandes misterios del cielo, descubrió al punto lo que la ciencia de Dios y de sus ángeles, la Teología, admitió luego como posible en la muerte de Hermenegildo: espíritus invisibles, con armonioso é inefable concierto, dícese que entonaron aquella noche himnos y salmos sobre el yerto cadáver del bienaventurado príncipe, y algunos afirmaron que

habían aparecido allí sobrenaturales resplandores que ahuyentaban las tinieblas de aquel fiero calabozo, y no se desdeñó de consignar en sus graves y doctas páginas estos rumores una de las inteligencias más privilegiadas de la Igle

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