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ciones libertadas del caos de la barbarie. Agregábanse luego los tesoros de la ciencia, de las letras y de las artes de la antigüedad, que traían á España los prelados y eclesiásticos de vuelta de sus frecuentes peregrinaciones á Jerusalén y Constantinopla, y que, reproducidos por los copistas, pasaban á enriquecer las bibliotecas monacales

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eclesiásticas. Por este medio llegaron á generalizarse en toda la Península multitud de obras de literatura griega y romana, selectas producciones de los más grandes poetas y oradores antiguos, preciosos manuscritos bíblicos, litúrgicos, conciliares, obras de jurisprudencia civil, de ciencias físicas y naturales, de historia, etc., y era de ver cómo aquellos monjes escribas, á fuerza de vigilias, de tiempo y de trabajo, y aun á costa de muchas molestias y dolencias corporales, preparaban en el silencio del scriptorium, entretejiendo las rosas con las espinas, y asociando á Aristóteles y Cicerón con Prudencio y Juvenco, y á los SS. Padres con Virgilio y Ovidio, el copioso verjel de las bibliotecas, donde habían de libar los jóvenes doctores de la Iglesia visigoda la sana doctrina destinada á triunfar en el palenque de la herejía y de la controversia.- La escuela que S. Isidoro fundó en Sevilla adquirió tal celebridad, que á ella acudía la juventud desde remotas provincias, ansiosa de beber la doctrina que fluía de sus labios, y pronto sirvió de modelo á otras escuelas de la Península. No se sabe dónde la estableció, aunque es de suponer que fué en la iglesia de S. Vicente catedral á la sazón, donde, por ser conventual la vida de los canónigos en aquel tiempo, puede creerse que a la escuela irían anejos el scriptorium ó salón de los escribas y copiantes, y la famosa biblioteca de que conserva recuerdo nuestra historia ecle. siástica (1).—Como escritor sagrado, hizo el nombre de Isidoro

(1) Consérvase una memoria de la gran biblioteca de S. Isidoro en los títulos ó inscripciones en verso que mandó poner en aquel recinto, y que, tomados de un códice gótico de la Biblioteca Nacional, publicó el P. Flórez en el tomo IX de su España Sagrada y reprodujo D. José M.* de Eguren en su precitada Memoria de los códices notables de nuestros archivos eclesiásticos. Decía así el segundo de dichos títulos:

inolvidable la colección de cánones antiguos que regularizó añadiendo las disposiciones de su tiempo: colección que es una de las más preciosas fuentes de nuestro Derecho canónico; el arre. glo y redacción del Oficio gótico, y multitud de obras que le acreditan como el primero entre los maestros de las ciencias eclesiásticas de la España goda. La importancia de la escuela de S. Isidoro y su inmensa trascendencia en bien de las letras y de la civilización, ha sido muy atinadamente apreciada por uno de los escritores más juiciosos é imparciales de nuestros

días (1).

Wamba es el último rey visigodo que mantiene el lustre de la corona: después de él, será ya en vano buscar en la nación española prosperidad, justicia, cultura y poder. ¡Tan rápida será su decadencia, que en solos treinta años descenderá de la cúspide de la grandeza al abismo de la abyección y de la ruina! ¿A qué bosquejar tan triste y doloroso cuadro? Recordemos más bien las glorias de aquel Estado en la época de su prosperidad, desde Recaredo hasta Wamba, y sírvanos de lección provechosa la tremenda catástrofe que amaga ya á toda una nación pervertida y prevaricadora.

Modernos escritores, á quienes seguramente nadie tachará de parciales en favor del Catolicismo, consignan de este modo, impulsados por la necesidad de reconocer y confesar lo que es á todas luces manifiesto, la superioridad de la civilización de los hispano-godos, obra casi exclusiva de los obispos, respecto de todas las demás naciones del siglo vii, y las ventajas que España reportó de la conversión de Recaredo. «En esta nación, dice

Mr. Guizot, es la fuerza de la Iglesia la que emprende restauorar la civilización. En lugar de las antiguas asambleas germá

Sunt hic plura sacra, sunt et mundalia plura

Ex his, si qua placent carmina, tolle, lege.
Prata vide plena spinis, et copia floris,

Si non vis spinas sumere, sume rosas. (1) J. CHRISTIAN ERNEST BOURRET, L'école Chrétienne de Séville, sous la monarchie des Visigoths.

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nicas, de las reuniones de los guerreros, son los Concilios > Toledanos los que surgen y echan raíces, y si bien concurren »á ellos los grandes del Estado, siempre son los eclesiásticos ilos que tienen su dirección y primacía. Abrase la ley de los » visigodos y se verá que no es una ley bárbara: evidentemente » la hallaremos redactada por los filósofos de la época, es decir, por el clero, abundando en ideas generales, en verdaderas teo. » rías, completamente ajenas de la indole y costumbres de los » Bárbaros. Sabido es que el sistema legislativo de éstos era un „sistema personal ,, en que cada ley sólo se aplicaba á los » hombres de un mismo linaje. La ley romana gobernaba a los » romanos, la ley franca regia á los francos: cada pueblo tenía »sus reglas especiales, aunque estuviesen sometidos á un mismo

gobierno y habitasen el propio territorio... Pues bien, la legis» lación de los visigodos no es personal, sino que está fundada » sobre aquel. Visigodos y romanos están sometidos á la misma » ley.- Pero no es esto solo. Continuemos examinándola, y ha> llaremos señales de filosofía aún más evidentes. Entre los Bár» baros cada hombre tenía, según su situación, un valor determinado

у diverso: el Bárbaro y el romano, el hombre libre y >el feudo, no eran estimados en un mismo precio; había, por » decirlo así, una tarifa de sus vidas. En la ley visigoda sucede » todo lo contrario: se establece el valor igual de los hombres >ante ella. Considerad por último el sistema del procedimiento: »en vez del juramento de los compurgadores y del combate sjudicial (1), encontraréis la prueba por medio de testigos, y el >examen racional de los hechos, como puede practicarse en » cualquier nación civilizada. En una palabra, la legislación visigoda lleva

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ofrece en su conjunto un carácter erudito, siste> mático, social. Descúbrese bien en ella el influjo del mismo »clero que prevalecía en los concilios toledanos, y que influía » tan poderosamente en el gobierno del país (2).»

(1) En esto se equivocó el eminente publicista.
(2) Hist. general de la civilización europea : lección 3."

Pues el testimonio que sigue es, si cabe, todavía más precioso por su carácter de generalidad. «La España de los godos, dice Mr. Romey, nos ofrece un gran progreso respecto de la » España romana... En su administración interior observamos el » mismo fenómeno. Cierto que su legislación prescribe algunas » penas de índole bárbara; pero ¿qué código moderno está exen» to de esta mancilla? Entre nosotros mismos (los franceses) sin » ir más lejos, įno estaban ayer vigentes el tormento y la muti» lación? En el largo transcurso del período gótico que acabamos » de estudiar, pocas crueldades y asesinatos en verdad hemos > tenido que consignar: sólo en los primeros tiempos vimos inmo» lados algunos reyes. Aquel pueblo, tan violento en un princi» pio, se amansa y dulcifica desde Recaredo: cambian sus cos » tumbres; la vida del hombre se hace para él cosa sagrada, al > menos entre las altas jerarquías. Nada más moderado que la > pena aplicada por Wamba al usurpador Paulo y sus compañe»ros. Todos los hechos sangrientos que pueden imputarse á las » familias de los reyes durante el período de 300 años que corre > desde Ataúlfo hasta Rodrigo, se reducen á dos fratricidios, > ocurridos en la familia de Turismundo, y un parricidio determi» nado por un concurso de circunstancias verdaderamente fatales. »¿Y qué es esto comparado con aquella interminable cadena de » homicidios, acciones crueles, cabalas atroces, fratricidios sin »cuento, inmolaciones y ejecuciones militares desenfrenadas, que > acompañan á la instalación de la monarquía merovingia en las » Galias? El suplicio de Brunechilda es por sí solo más horroro»so que todas cuantas maldades hemos podido presenciar en la » historia de los reyes godos.»

La España del siglo vii ofrecía en verdad un espectáculo sorprendente respecto del resto de Europa, donde las continuas guerras y revoluciones habían acabado con los escasos restos de la civilización y del saber antiguos, quedando el clero en la ignorancia. En las Galias se promovía al sacerdocio á personas que apenas sabían leer. En Italia se quejaba el papa Agathon

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