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Castilla la proclamación de don Alfonso VII, de sangre borgoñona por parte de su padre el conde don Ramón. Pero Taxefín no llegó siquiera á ver sus Estados de Andalucía, porque huyendo de Wahrán donde le tenían estrechamente sitiado los Almohades, tuvo oscura muerte en un precipicio, al cual le arrastró galopando de noche su predilecta yegua Rihanah (1). No alcanzó mejor suerte su hijo Abu Isac Ibrahim, á quien degolló Abdulmumen en Marruecos después de conquistar á Tremecén, Fez y Salé (A. D. 1147).

El pueblo andaluz, viendo que el imperio de los Almoravides caía hecho pedazos, arrojó la máscara del disimulo y rompió en abierta rebelión contra sus regidores de África. Reprodujéronse las divisiones que habían acompañado á la caída de la dinastía Umeya: cada gobernador, cada general arrojado se llevó un trozo del poder lamtunita en Andalus, y llegó el caso de haber tantos sultanes cuantas ciudades y castillos. Este período de confusión y anarquía lleva entre los árabes el nombre de segunda

guerra civil. Proclamáronse independientes, en Córdoba Ben Hamdín; en Cádiz y los distritos circunvecinos, Ben Maymun, repartiéndose con él Ben Kasí y Ben Wazir el dominio de toda esta tierra, antes patrimonio de los Beni Alaftas. Alzóse en Granada un jefe arriscado y temido, llamado Maymún Al-lamtuní; y se enseñoreó de Valencia y de una gran parte del Levante, Ben Mardaniah Aljodhamí. Pero todos, menos este último, se disiparon ante los victoriosos estandartes de Abdulmumen que sometió a su yugo la España musulmana. Sevilla y Málaga estaban en poder de los Almohades desde el año 1146: tres años después les entregó Ben Ghaniyyah la soberbia Córdoba, la famosa ciudadela del Islam.

Abdulmumen no llegó á entrar en Sevilla: la única vez que vino á Andalucía, se contentó con permanecer dos meses en Gibraltar (Hebal Tarik), edificando allí un fuerte castillo para

(1) V. á Almakkari, lib. VII, cap. II.

el cual dió él mismo la traza. Murió cubierto de laureles, ganados por sus lugartenientes en Almería, Granada, Badajoz, Beja, Ébora y Alcázar do Sal, el año de la egira 558 (A. D. 1163), cuando se disponía á hacer una entrada formidable en España, para la cual había reunido trescientos mil hombres de las tribus árabes y zenetes de la secta de Mahdí, y ciento ochenta mil voluntarios de Marruecos, ganosos de morir en guerra santa por la causa del Profeta.—Todo anunciaba que quería Dios fiar la suerte futura de la cristiandad en España á un conflicto supremo. Mientras más se robustecía el poder de los Almohades, más crecía también la pujanza de las monarquías castellana y aragonesa. Yusuf, el hijo de Abdulmumen, recibía en Sevilla la sumisión de los hijos del temido rey de Valencia y Murcia, Ben Mardanish: todo lo mejor de la península era ya suyo, y su ánimo varonil le impelía á la conquista de Toledo amagando ya á Calatrava: y la España cristiana, bajo sus reyes don Sancho el Deseado y don Alfonso VIII, se armaba de nuevas defensas revistiendo la loriga los heróicos monjes cistercienses y los canónigos de San Eloy, fundadores de las inmortales órdenes militares de Calatrava, Alcántara y Santiago. Cristianos y Almohades, cada cual por su parte, eran gobernados por grandes reyes: al valiente y piadoso Yusuf, contraponia Castilla su don Sancho III; al hijo de aquél, Yakub Almansur (el victorioso en la gracia de Dios), triunfante en Alarcos (1195), y á Annasir Lidin-illah, opuso Dios el prudente y bizarro don Alfonso VIII, triunfante en las Navas de Tolosa (año 1 2 1 2).

Esta memorable batalla, designada por los historiadores árabes con el nombre de rota de Al-akab, hundió en España el imperio de los Almohades. Fué tan grande la pérdida de éstos que los distritos

y

ciudades del África occidental quedaron casi despoblados. « Seiscientos mil combatientes, dice Almakkari, puso

Anna>>sir en el campo de batalla; todos perecieron, á excepción de » unos cuantos que quizá no llegaron á mil. Esta batalla fué una » maldición, no sólo para Andalus sino para todo el Magreb.»

CAPÍTULO XXI

Monumentos religiosos del arte árabe mauritano

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NTES de narrar cómo terminó en Andalucía el reino de los Almohades, debemos decir el estado de prosperidad en que sus amires constituyeron á Sevilla. Yusuf, el hijo de Abdul

múmen, fué el que ordenó la reconstrucción de la mezquita mayor, y su hijo Yakub Almansur quien terminó su insigne torre, comen

zada el día 13 de Safar del año 580 de la egira (A. D. 1184) (1). Ya dejamos dicho que la primitiva mezquita mayor había sido incendiada por los normandos ó almajuces en tiempo de los Califas. Probablemente subsistirían en pié los res. tos del antiguo edificio cuando invadieron la Andalucía sus nue

(1) Aunque Almakkari supone que Yakub terminó la construcción de la mezquita, sin decir cosa alguna de la torre, su anotador el Sr. Gayangos corrige este error teniendo presente la noticia que da sobre esto Ibnu Sabi-s-salat.

vos poseedores: así al menos nos lo hace creer el carácter

gran. dioso de algunos arcos de herradura que se observan en el claustro llamado de la Granada ó del Lagarto y la fisonomía del muro exterior del patio de los naranjos á la banda del norte, partes del monumento sarraceno que se salvaron al construirse la nueva catedral. Los Almohades traían á España un género de arquitectura diverso del que había florecido en el Califato, menos grandioso y robusto, menos bizantino en su ornato, más africano que oriental, más decorativo que monumental, de ornamentación más prolija y rica que razonada: sus alarifes ó amines, atendiendo más á la

pompa y
lucimiento

que á la solidez, añadían á los ladrillos de colores

у
barnizados que

habían empleado los árabes, los relieves de yeso y estuco pintados y dorados, convertían en menudos y delicados festones de la misma materia los grandes lóbulos de fábrica con que sus antecesores habían embellecido los arcos, daban á estos más esbeltez rompiendo sus claves en forma ojival é introduciendo los arcos de ojiva túmida que dan á sus fábricas tanta elegancia y ligereza; y por fin preludiaban con el empleo de las bovedillas estalactiticas el desarrollo de la caprichosa, galana y fantástica arquitectura granadina.

Supla el lector de buena imaginación con estas ligeras no ciones la lastimosa falta de datos en que nos hallamos respecto de la decoración y ornamentación de la famosa obra de Yusui y Yakub (1), y figúrese embellecido con este rico atavío del arte mahometano del segundo período un edificio de las condiciones siguientes. Al gran rectángulo de la mezquita propiamente dicha, dirigido de norte á mediodía, precedía á la parte del septentrión un espacioso atrio, rodeado de claustros ó pór

(1) Delas dimensiones y forma de la mezquita principal de Sevilla después de restaurada por los Almohades, muy poco puede conjeturarse habiéndose perdido la traza de la catedral antigua. A las conjeturas de Morgado y Zúñiga, fundadas en los trozos de arquitectura sarracena que se dejaron subsistir y en las curiosas noticias del archivo que gozaron, podemos hoy añadir las que nos ofrece la historia del arte islamita, ya mejor conocido que en tiempo de aquellos escritores.

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