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CAPÍTULO XXIII

Sevilla en tiempo de San Fernando y de D. Alonso el Sabio

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A falta de un libro en que pudiera hallar el lector condensado lo más importante de los Anales sevillanos y gaditanos desde el punto de vista

del arte en las épocas semifabulosa, fenicia, cartaginesa, romana, gótica y muzlemit

movido á tratar con extensión esta materia. Co. menzamos ahora otra tarea menos escabrosa y prolija: vamos á trazar el cuadro de los monumentos con que el cristianismo triunfante marcó su gloriosa huella en la dilatada comarca del Genil al Estrecho, desde que empezaron á rayar en Europa los primeros albores de la restauración artística y literaria; y habiendo sido la historia eclesiástica y civil de este hermoso territorio tan cumplidamente desenvuelta por muy doctos escritores, cuyos nombres alcanzaron merecida fama, habremos de ceñirnos principalmente á lo que ellos sin escrúpulo de conciencia descuidaron, esto es, á la historia de las construcciones que desde el siglo xiii al xv fueron, al par que la expresión material más acabada de la civilización cristiana, el más bello ornato de las poblaciones andaluzas. Estos serán los objetos de primer término en nuestros bosquejos; los hechos puramente históricos extraños al arte sólo figurarán en lontananza, como para animar el fondo de cada cuadro.

Dijimos al finalizar el capítulo precedente que era llegada la hora de que el mahometismo desapareciese para siempre de la tierra que baña el Guadalquivir. El providencial instrumento de esta dichosa transformación era un rey santo: el poder con que contaba para llevar a cabo tamaña empresa, estaba patente en el innumerable ejército que sobre la orgullosa Sevilla había reunido; la asistencia que el cielo le prestaba era visible en los portentos que, según tradición, se realizaron durante los diez y seis meses que duró el cerco. Crónicas, leyendas, cantigas y poesías populares, piadosas fundaciones, atestiguan la creencia en el milagroso auxilio que dispensó á san Fernando y á los caudillos de su hueste la Reina de los Ángeles. Ya es su venerada imagen titulada de la Antigua la que anuncia á los ciegos sectarios del Profeta su próximo escarmiento, poniéndose de manifiesto en la misma mezquita, donde desde la pérdida de España se conservaba cubierta con gruesa pared, y forzando á los musulmanes á doblar ante ella la rodilla (1); ya es esa misma celestial Señora la que produce en el alma fervorosa del rey tal arrobamiento, que desde su real le conduce por las noches en éxtasis, escoltado de divina guarda, á la misma mezquita,

(1) Consigna esta tradición, que tiene todos los visos de conseja, el erudito Zúñiga tomándola del crédulo bachiller Peraza. Los fieles que vivian en Sevilla (dice, hablando de esta imagen, que los sarracenos habían escondido levantando delante de ella una pared) sin verla la adoraban, hasta pocos años antes de la conquista, que improvisadamente quedó patente y despedia rayos de resplandor que los moros interpretaban presagios de su ruina... nunca pudieron más esconderla, y siempre que osaban mirarla los hacia arrodillar, impulso que no resistian.

burlando la vigilancia del enemigo (1); ya por intercesión de la Santa Madre de Dios se renueva, durante una de las impetuosas salidas del invicto maestre de Santiago contra los moros de Sierra-Morena, el prodigio de Josué que detuvo el sol en medio de su carrera, acaecimiento inmortalizado con la fundación del templo de Nuestra Señora de Tentudia (2); ora aquel mismo maestre de Santiago, nuevo Moisés, hace por intercesión de María brotar agua de un peñasco para aplacar la sed de su hueste que perecía abrasada (3); ora acreditan la protección de la Madre de Jesús los prósperos resultados de cuantas hazañas se intentan invocando su nombre, ya se la tome como divino paladión en el populoso cuartel real donde hoy descuella la Ermita de Nuestra Señora de Valme (4), ya se la ponga por égida, juntamente con la cruz arbolada en las gavias, en la majestuosa popa de la ferrada nave capitana con que Ramón Bonifaz rompe el famoso puente de barcas y cadenas reputado inque.

(1) Zúñiga, con aquel peculiar estilo en que resaltan la se y la galanteria del caballero andaluz, califica este suceso de acaecimiento prodigioso tan recibido de la tradicion, que dudarlo pareceria temeridad á qualquier sino y devoto sevillano. Año 1 248., n. 16.

(2) Cuéntase que en esta ocasión el maestre de Santiago, don Pelay Perez Corrca, saltándole día para acabar la pelea, porque la noche desplegaba ya sus sombras y favorecía la huida del enemigo, invocó la protección de la Virgen, una de cuyas festividades se celebraba aquel día, exclamando:; Santa Maria, detén tu dia! á lo que condescendió la piedad divina deteniendo la puesta del sol hasta que acabó de triunfar. De aquí vino la advocación de Nuestra Señora de Tentudia que llevó el templo edificado por el bizarro, devoto y agradecido maestre.

(3) ZÚÑIGA. Año 1247, n. 6.

(4) Veáse la lámina que la representa. En el lugar donde está ahora esta ermita, estuvo asentado el real de san Fernando después que se retiró de la llanura donde antes se hallaba, entre la ermita de san Sebastián y el río. En Nuestra Señora de Valme estaba el pabellón real, y el oratorio donde dice Zúñiga que negociaba el rey con Dios en oración y penitencias las victorias que sólo deseaba á honra de su nombre; y allí también tenía una imagen de Nuestra Señora, ante la cual supone la piadosa tradición que sormuló el voto de erigirle capilla al implorar su asistencia con aquella sencilla frase de su acendrada se: ; Señora, váleme! Al pié del altar donde se veneraba esta santa imagen, depositó san Fernando, después de conquistada Sevilla, y cumplido su voto, uno de los pendones ganados á los moros. El pendón y la virgen de Valme permanecieron en la Santa Capilla hasta que amenazando ésta ruina, fueron trasladados por los piadosos habitantes de Dos Hermanas a la capilla de santa Ana de su iglesia parroquial.

brantable; ora finalmente, cuán especiales favores obtuviese de la Virgen el santo rey, lo dice la sola imagen de Nuestra Señora de los Reyes, que, como prenda de extraordinaria predilección, le dejaron, modelada al tipo de su visión beatifica, los dos ángeles en forma de artífices enviados por el cielo a su tienda en Alcalá de Guadaira.

La Ermita de Nuestra Señora de Valme está situada en el cerro llamado de Buenavista, cerca del pueblecito de Dos Her. manas, al sudeste de Sevilla. Su aspecto es el que ofrece la lámina que acompañamos, más morisco

que
cristiano

por

el ajimez que ocupa en su fachadita el lugar de la redonda claraboya, y por

los dientes que forman los sillares en ambas vertientes de su techumbre. Los Srmos. Sres. Duques de Montpensier, justa mente condolidos del abandono en que yacía esta preciosa antigualla, ya casi arruinada del todo, determinaron repararla, con cuyo motivo la célebre escritora conocida con el pseudónimo de Fernán Caballero, publicó en Sevilla en 1859 una interesante relación histórica del edificio, seguida de una corona poética que contiene muy estimables composiciones. A la restauración del edificio precedió la del pendón morisco, ofrenda insigne del santo rey, en que ocupó sus augustas manos la Srma. Sra. Infanta doña María Luísa Fernanda; y hoy, merced á la acendrada é ilustrada piedad de tan egregios principes, lucen de nuevo el pendón real y la milagrosa imagen en el lugar que primitivamente ocuparon.

En cuanto a la imagen de la Virgen de los reyes, suponese que hallándose el rey en Alcalá de Guadaira mientras tenía cercada á Sevilla, elevado y absorto en oración profunda, se le apareció la Reina de los Ángeles, cercada de majestad y res. plandores, prometiéndole su protección; y que al volver San Fernando en sí, quedó tan fija en su idea aquella divina beldad, que resolvió tener una imagen que de continuo se la representase. Llamó á los más eminentes artífices, y explicándoles minuciosamente todas las facciones y caracteres del divino semblante,

les mandó hacer el deseado trasunto. Tres imágenes labraron, pero ninguna correspondía al tipo celestial que veía en su mente el fervoroso monarca. Por más correcciones que hicieron, no les fué posible contentarle, y ya desesperaba el rey de conseguir lo que tánto anhelaba, cuando se le presentaron dos hermosos mancebos desconocidos que tomaron á su cargo la obra. En brevísimo tiempo la terminaron, esculpiéndola el uno y pintándola el otro, y al punto desaparecieron, dejando al rey absorto lo extraordinario del hecho y la admirable perfección del retrato. Hasta aquí la tradición.

Algunos escritores de menos credulidad y mayor crítica han supuesto que la imagen de Nuestra Señora de los Reyes fué regalada á San Fernando por su primo San Luís rey de Francia, y que las otras tres, de semejante forma aunque inferiores en belleza, de las Aguas, de San Clemente y de San Francisco, son meras copias de aquella. Esto creemos también nosotros al juzgar por el estilo de la obra, y al compararla con las esculturas del tiempo de San Luís.--Hay quien mira el convento de Nuestra Señora de los Ángeles, fundado en Alcalá de Guadaira en 1249, como testimonio irrefragable de haberse repetido con San Fernando el prodigio que con don Alonso el Casto realizaron los celestiales espíritus, bajando en disfraz de artífices á labrar la célebre cruz (1).

La hueste que el rey santo puso sobre Sevilla era la más lucida

y

numerosa de cuantas habían visto en sus seculares contiendas la España cristiana y la mahometana. No menor aparato era menester para el colosal intento de conquistar una capital que albergaba en su seno más de doce mil familias musulmanas repartidas en veinticuatro tribus, y que estaba en poder de los sectarios del Islám hacía más de cinco siglos. Allí estaba el nombrado maestre de Santiago don Pelay Pérez Correa con los

(1) V. á don José Maldonado Dávila en un trat. ms. que cita Zúñiga, año 1 252,

n. 28.

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