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CAPÍTULO XXIV

Historia de la catedral nueva

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N esta forma duró la catedral hasta el siglo xv; mas antes de referir lo que en ella se hizo en esta centuria, debemos consignar memorias del décimocuarto siglo que no son para calladas.

Empeñado el rey don Pedro en 1356 en la guerra contra Aragón, y buscando á toda costa medios con

que mantenerla, sacó en Sevilla de los mercaderes y personas acaudaladas gruesas sumas, y no perdonó su codicia los adornos regios que en la Capilla Real tenían los bultos de don Alonso el Sabio y doña Beatriz, cuyas coronas despojó de sus piedras preciosas, alegando por disculpa la poca seguridad que allí tenían (1).

Durante los tres últimos años de su reinado, padeció Sevilla

(1) En el archivo de dicha Real Capilla hay traslados de dos albalaes ó recibos que dejó el rey en el año siguiente de 1357 para descargo del capellán guardajoyas Guillén Fernández.

en sus más ilustres familias grandes rigores. Favorecido de los ingleses, venció el rey en la batalla de Nájera (año 1367), y empezó á usar de su victoria con tan destemplada severidad, que

al

punto se cubrió de luto toda la parcialidad de don Enrique. Entre los prisioneros hechos en Nájera estaba el alcalde mayor de Sevilla, Garci Jufre Tenorio, y fué condenado á la pena capital. Fueron presos el almirante Micer Egidio Bocanegra, don Juan Ponce de León, señor de Marchena, Alonso Alvárez de Quadros, alcaide de Arcos, Alonso Fernández, alcaide de las Atarazanas, y otros. En todos se ejecutó violenta muerte. El almirante Bocanegra y don Juan Ponce de León fueron decapitados en la plaza de san Francisco: sus casas y estados fueron confiscados. Entre las familias perseguidas por don Pedro, figuraban las de los Casas, Guevaras, Mendozas, Tolosanos, Saavedras

y

Riberas. Éranle por el contrario adictos, y de consiguiente perseguidos por los parciales de don Enrique, los Melgarejos, los Ortices, los Villafrancas, los Tellos, Medinas, Marmolejos y Santillanas.

Entró don Pedro en Sevilla, ya asombrada de suplicios, dice Zúñiga, en setiembre de aquel año (1367), y mandó luego matar á su tesorero Martín Yáñez de Aponte, acusado de haber entregado el tesoro á sus enemigos, á pesar de los señalados favores con que hasta entonces le había distinguido.-El señor de San Lúcar, don Juan Alonso de Guzmán, y el maestre de Santiago don Gonzalo Mexía, habían logrado huir de Sevilla al saber el resultado de la batalla de Nájera. La madre del primero, doña Urraca Osorio, confiada en su inocencia, había permanecido en la ciudad: pero el rey, sediento de venganza, la hizo poner en prisiones, y poco después la mandó dar una muerte que llenó de escándalo y horror la ciudad, pues dispuso fuese quemada en el sitio que llamaban de la Laguna (hoy Alameda). Es tradición que viéndola descompuesta entre las llamas su fiel criada Leonor Dávalos, se metió por ellas intrépida para cubrirla, acompañándola en la muerte.

Favorecido don Enrique por la Francia en sus pretensiones y apoderado nuevamente de Castilla, tomó su voz la ciudad de Córdoba acogiendo al señor de San Lúcar, al maestre don Gonzalo Mexía, á don Alonso Pérez de Guzmán, señor de Gibraleón, y á otros nobles sevillanos. El rey don Pedro hizo alianza con el rey de Granada Mahomad, y juntos sus dos ejércitos, pusieron sitio á Córdoba, discurrieron por una y otra Andalucía, entraron á Jaén, destruyeron á Úbeda, asolaron á Utrera, sacando de ella once mil cautivos, inundaron de bárbaras hostilidades toda aquella región, causaron grandes estragos en Marchena, y regresando don Pedro á Sevilla mandó fortificar y abastecer á Carmona, á cuya fortaleza había fiado el año anterior sus hijos y sus tesoros.

Doña Teresa Jufre, hija del almirante Jufre Tenorio y mujer de Alvar Díaz de Mendoza, vió confiscadas las casas que tenía en la colación de san Ildefonso porque habló mal del señor Rey (1).

Las severidades de don Pedro ahuyentaron de Sevilla muchas ilustres familias, que ó se extinguieron, ó mudaron á otras partes. Se pasó á Castilla y á Salamanca la de los Anríquez, que dura en los señores de Villalba; acabó la de los Manzanedos, de ricos-hombres y poderosa; faltaron los Biedmas, los Tenorios, Guevaras, y otros de igual suposición; pero aun entre los que lograron su favor, como era tan sujeto á desdenes, padecieron los más.—Y volvamos á nuestra catedral.

Pasaron por ella los borrascosos tiempos con que se anunciaron en España la caída del feudalismo y la centralización del poder real: presenció los sacrilegos despojos consumados por la codicia del rey don Pedro en las tumbas de sus augustos progenitores: resonaron bajo el morisco artesonado las plegarias y los votos de las hijas y de las esposas acongojadas du

(1) Así consta de un privilegio que se guardaba en el archivo del convento de monjas de san Leandro, al cual dió el monarca las referidas casas (Zúñiga, año 1369, n.° 1).

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rante las asoladoras pestes y fratricidas y sangrientas discordias del décimocuarto siglo; fueron a descansar al sagrado amparo de las arábigas columnatas en sus marmoreas tumbas, muchos nobles caballeros á quienes quitaron la paz en vida ya

la

propia ambición, ya el injusto rigor de la fortuna. Padeció el antiguo edificio almohade terremotos que conmovieron y desquiciaron sus gallardas arquerías: la necesidad continua de grandes reparos indujo deseos de nueva fábrica, que, aun sin estas poderosas causas, era precisa, por no caber ya en aquel estrecho, aunque no pequeño templo, la magnificencia de los ánimos sevillanos de sus ilustrísimos capitulares (1); y reunidos el día 8 de julio de 1401 el deán y el cabildo, sede vacante, en el corral de los Olmos, según era su uso y costumbre, hicieron estatuto en el cual dijeron, que por cuanto la iglesia de Sevilla amenazaba ruina

por los terremotos pasados, y por muchas partes estaba desplomada, se labrase una nueva tal y tan buena que no hubiese otra igual á ella, y que si para esto no bastase la renta de la obra, se tomase de la renta de cada uno lo que

fuese necesario, que de buen grado lo ofrecían todos en servicio de Dios y para que se atendiese á la grandeza y autoridad de Sevilla

у de su Iglesia. Fiel intérprete de la magnanimidad religiosa de aquella asamblea, habló allí un celoso prebendado, cuya voz quedó á las futuras generaciones como fórmula hiperbólica de la arrebatada piedad sevillana, exclamando: una iglesia tan grande, que los que la vieren acabada nos tengan por locos.

Y correspondió de lleno el efecto á la intención. Sin apoyo de principes ni ayuda de prelados, sin limitar los gastos de su solemne culto, sin más auxilio que las limosnas de los fieles por el incentivo de las indulgencias concedidas y publicadas por todo el reino, según uso de aquel tiempo; llevaron adelante los

(1) Expresión enfática de Zúñiga: año 1401, n.° 3.

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