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construcciones, despojadas de toda forma artística, ya una noble portada, ya una alta galería, ó bien una ennegrecida torre, ó un morisco ajimez acompañado de un elegante frontón plateresco; pero las soberbias moradas de los Guzmanes, Ponces de León, condes del Puerto, marqueses de Alcalá de la Alameda, duques de Alburquerque, condes de Gelves, marqueses de Valcarrota, condes de Castellar, condes de Arenales, marqueses de Peñaflor, y las de los Villacices, Araoces, Ortices de Zúñiga, Vicentelos de Leca (1) y tantos otros que difundían en la ciudad con

(1) Es hoy punto menos que imposible dar razón cabal de las casas ó palacios que ocuparon estas nobles familias: algunas duran todavia y son muy conocidas, pero la mayor parte han cambiado de destino, ó han sido vendidas y derribadas para levantar en su lugar casas de mero producto. Debemos contentarnos con trasladar aquí las noticias que de su situación nos dejó Zúñiga á fines del siglo xvii.

Muchos eran entonces los grandes y titulados de la ilustre sangre de Guzmán avecindados en Sevilla : - los duques de Medina-Sidonia tenían su casa, ó más bien palacio, en la plaza llamada todavía del Duque. Dominaba en ella de tal manera por la magnificencia de su exterior, que el rey Felipe II, al visitar á Sevilla, dijo con tono de celoso despique simulando lisonja, que parecía la casa del Señor del lugar; - los marqueses de Ayamonte, en la parroquia de San Pedro, junto al convento de Regina Angelorum, con tribuna á su Iglesia; - los marqueses de Villamanrique, en la casa que sué del justicia mayor de Castilla, Diego López de Zúñiga, en la parroquia de Santa Maria la Blanca, con tribuna á su templo; - los marqueses de Fuentes, condes de Talhara, en la parroquia de San Marcos (calle de los condes de Castellar), ocupando la casa del primitivo repartimiento de los Casaus, con quienes se enlazó la familia de Fuentes; los condes de Teba y marqueses de Hardales y de la Algaba con el alferazgo mayor de Sevilla (casa que dió á Fra cia en nuestros días una Emperatriz tan inteligente como osa en la hija segunda de los Condes del Montijo), tenían su palacio, de arquitectura entre moruna y plateresca, en la parroquia de Omnium Sanctorum, con tribuna á esta iglesia y, como dice Zúñiga, autorizada superioridad á su plaza. Este palacio sué en lo antiguo casa de los Cervantes, calificado y poderoso linaje de Sevilla. Por solo el Señorío de la Algaba gozaba la casa de Teba dignidad de rica-hombría, y así confirmaba privilegios en tiempo de los reyes católicos don Fernando y doña Isabel.

Las casas más notables de los Ponces de León eran:-la de los duques de Arcos, alcaides mayores de Sevilla, avecindados en la parroquia de Santa Catalina, en edificio suntuoso que, comenzado por el duque de Cádiz, quedó sin concluir;-y los condes de Bailén, que tenían su solar en la parroquia de Santa Marina, donde Juego se sundó el hospital de Niños de la Doctrina cristiana.

Los condes del Puerto de Santa María, casa incorporada en la de los duques de Medinaceli, tenían su asiento en lo que fué luego Casa profesa de los PP. de la Compania.

Los marqueses de Alcalá de la Alameda, título también de la gran casa de los duques de Alcalá, alcaldes mayores, estaban establecidos en la parroquia de San

el gusto de las letras y de las artes los ejemplos de honor y religiosidad de la antigua aristocracia castellana, han quedado eclipsadas por las edificaciones de la clase media industrial y comerciante; y

lo
que

dentro de ellas pueda quizá conservarse todavía como reliquia de preciosas colecciones de pinturas, esculturas, cincelado y orfebrería, ya desparramadas, ó saqueadas, ó vendidas, no es de la jurisdicción del aficionado advene. dizo que tiene que contentarse con lo que buenamente se le brinda.

Pero no brillaba solo por las magníficas viviendas de su aristocracia la Sevilla de Carlos V y de los Felipes: ya hemos dicho que el genio de las letras y de las artes hacía de ella una nueva Delos (1). Mas ¿quién nos descubrirá los estudios y obra

Andrés, en edificio de gran capacidad y lustrosa amplitud, frente al hospital de la Misericordia.

Los duques de Alburquerque y condes de la Torre de Per Afán, sevillanos por la sangre de Ribera, moraban en casa fronteriza a la parroquia de San Andrés, que fué la antigua vivienda del linaje de Sotomayor.

Los duques de Veragua, sevillanos por el condado de Gelves, tenían casa en la parroquia mayor, no sabemos dónde.

Los duques de Osuna, por el mayorazgo de Cortés, la tenían en la parroquia de San Vicente frente al convento de San Antonio.

Los marqueses de Valcarrota, Señores de Moguer, tenían el oficio de alcaldes mayores, y su casa muy suntuosa en la parroquia de San Bartolomé.

Los condes de Castellar, Señores del Viso y marqueses de Malagón, en la parroquia de San Martín, con capilla y tribuna en su templo, y en la parroquia de San Marcos en la calle que aún conserva su nombre (calle del Conde).

Los condes de Arenales y marqueses de Peñaflor tenían antiquísimo domicilio en Sevilla por el mayorazgo de los Cerones, Señores de la Torre de Guadiamar: su casa en la parroquia de Santa María Magdalena, con patronato y enterramiento en su capilla mayor.

Los condes de Peñaflor (Villacices), en la plaza á que daban su nombre, en la parroquia de San Andrés, de cuya capilla mayor son patronos.

Los condes de la Ribera (Araoces), con el alguacilazgo mayor de la real audiencia, en la parroquia de San Vicente, no sabemos en qué calle.

Los marqueses de Valencina (Ortices de Zúñiga), tenían su casa más antigua en la parroquia de San Andrés; sué luego convento de San Pedro Alcántara.

Los condes de Cantillana (Vicentelos de Leca) familia originaria de Italia, tenían su casa, que aún dura, en la puerta de Jerez. Estuvo aposentado en ella Lord Wellesley; sue luego parador, y después almacén de vinos! El condado de CantiIlana sué erigido por Felipe II por enagenación de este y de otros varios lugares de la mitra de Sevilla, mediante concesión pontificia.

(1) Expresión del juez del certamen poético que en Abril de 1595 abrieron los Dominicos de Zaragoza con motivo de la canonización de San Jacinto. Entró

dores de los pintores, escultores, arquitectos, poetas, anticuarios y demás hombres doctos que allí residían? De algunos solamente se sabe dónde moraron, ó dónde lucieron, ya la gala de sus talentos, ya su levantado ánimo en las adversidades: así, por ejemplo, es notorio que el Thespis español, Lope de Rueda, representó sus donosos pasos y comedias en el Corral de Doña Elvira, pequeña plaza contigua al Alcázar por la pårte de levante, y que allí armó sus graderías y tablados la vagabunda compañía partícipe de sus triunfos (1). - Sábese que Francisco de Rioja, desengañado de los favores de los cortesanos, habitó una modesta vivienda que para sí había fabricado, rodeada de un tranquilo jardinillo, contigua al convento de San Clemente. Sospéchase que el inmortal autor de la Galatea, cuando aún no lo era del Quijote, viviese en las cercanías del Alcázar, de la Catedral

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del Colegio de Maese-Rodrigo, siendo casi seguro que sus paseos más frecuentes mientras meditaba sus Novelas ejemplares y concebía los admirables tipos de la Gitanilla, de Monipodio y de Rinconete y Cortadillo, le hicieron más vecino de Triana, y que su mala estrella le condujo á habitar la cárcel de la calle de las Sierpes. Consta que el divino Fernando de Herrera, Píndaro de España, ó más bien su Petrarca, era beneficiado de la parroquia de San Andrés, y sin temeridad podemos imaginárnosle asiduo concurrente á la casa de la hermosa condesa de Gelves, doña Leonor de Milán, puro objeto de su pasión como lo había sido Laura de Novés para su modelo el gran poeta de Arezo.-- Baltasar de Alcázar, Horacio

en esta justa literaria Miguel de Cervantes, que pasó allá desde Sevilla, y el mencionado juez le nombró «hijo de Latona que para arrebatar la palma venía de la »grande y materna Delos llamada Sevilla.» Latour, SÉVILLE ET L'ANDALOUSIE, tome I, Cervantes à Séville.

(1) Habia varios teatros en Sevilla: primeramente, dice Standish, hubo uno en la parroquia de San Vicente, la más noble de la ciudad por haber residido en la calle de su nombre san Fernando después de la conquista. Estaba situado en la casa del conde de Niebla, y de allí fue trasladado al jardin del Colegio de San Hermenegildo. Rodrigo Caro asegura que en los años de 1620 á 1640 habia en Sevilla además estos otros teatros: el de la Montería, en el Alcázar; el de la parroquia de San Pedro; el de la casa de los condes de Gelves (hoy hospital de los Venerables), llamado Corral de Doña Elvira; y últimamente el del jardin de la Alcoba, que miraba al sitio donde estuvo la puerta de Jerez.

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Marcial andaluz todo en uno, de familia distinguida que había dado á la república sevillana más de un digno magistrado, vivía en la calle

que aún conserva el nombre de su linaje, calle de los Alcázares; y pasó cerca de veinte años de su vida entre estóica y epicúrea en la hacienda de los Molares, estado de los duques de Alcalá, cerca de Utrera.-Gutierre de Cetina, cuya lira comparó Rioja á la de Estacio y á la del Tasso, vivió retirado, antes de pasar á Méjico, en un pueblecito de las cercanías de Sevi. lla.— Don Juan de Arguijo, Mecenas de los vates andaluces y noble veinticuatro de Sevilla, á quien Rodrigo Caro llama el Apolo de los poetas de España y á quien honraron un Cervantes y un Lope de Vega, habitaba en una calle llamada ahora de la Virreina, próxima á la casa profesa de Jesuítas (hoy Universidad), donde su padre don Gaspar, también veinticuatro y miembro influyente en el cabildo municipal, tenía panteón de familia.—Sábese que Bartolomé Esteban Murillo, genio que por su especialísima índole no sufre el agravio de la comparación con otro alguno de los que honraron la pintura en los tiempos antiguos y modernos, nació en la calle que hoy lleva su impere. cedero nombre y que antes se llamaba de las Tiendas, y que murió en la parroquia de Santa Cruz, según unos en la misma casa de don Pedro Montes que hace frente a las Carmelitas de Santa Teresa, según otros en la que vivió el Deán don Manuel Cepero.—Y asegúrase por último que la incomparable doctora de la Iglesia de España, Teresa de Jesús, hizo asiento mientras proyectaba la fundación del convento de San José del Carmen, en la calle de las Armas, en una casa propia del Hospital de la Misericordia.

Pero nadie sabe guiarnos a la morada que ocupaban en el siglo xvi Luis de Vargas, el que trajo de Italia á Sevilla la centella que reanimó el genio andaluz, y los extranjeros Pedro de Kampeneer y Frutet, que le iniciaron en el realismo flamenco; nadie nos dice dónde meditaron y florecieron Antonio Arfián, Pedro Villegas Marmolejo y los otros insignes artistas que trabajaron en el monumento fúnebre erigido en la Catedral para las exequias de Felipe II (1); no hay quien nos señale el paraje. donde el numen de Luís Fernández suscitó, antes de cerrarse aquel siglo, toda una revolución en la pintura, manifiesta más que en sus propias obras, en las de sus discípulos Herrera el Viejo y Pacheco, tan opuestos sin embargo en su estilo.— Nadie nos indica después, ya en el siglo XVII, dónde vivían éstos y dónde aquel apuesto joven de ardiente mirada, Diego de Silva Velázquez, que acude al estudio del último cansado del desapacible carácter del primero, y que por fin encuentra en su propio talento recursos para remontarse como pintor naturalista á una altura á

que nadie ha llegado todavía. -No hay quien nos descubra el obrador del reflexivo Montañés, ni el del enérgico Juan de las Roelas, ni el del vigoroso é ingenuo Zurbarán, ni el del

(1) ('n soneto de Cervantes, muy conocido, que comienza : Voto a Dios que me espanta esta grandeza, y cuyo estrambote todo el mundo repite cuando se quiere 'pintar á un andaluz valentón

Caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, fuése, y no hubo nada; ha hecho inmortal la memoria del túmulo que el cabildo de Sevilla erigió á Felipc II. Cuéntase que los oficios súnebres comenzaron el 24 de Noviembre (año de 1598), y que habiéndose suscitado una cuestión de etiqueta entre la real Audiencia y la Inquisición, ésta fulminó un decreto de excomunión sin reparar en el lugar ni en la solemnidad: el celebrante se sué á concluir su misa á la Sacristía, el predicador bajó del púlpito sin desplegar los labios, y sólo los dos tribunales permanecieron en sus puestos hasta las cuatro de la tarde, á modo de protesta, quedando todo en suspenso. Fué menester que una decisión real terminara el conflicto, y expedida que fué, continuó y acabó pacíficamente la ceremonia comenzada un mes antes. Todo este tiempo el túmulo permaneció en pié: de todas partes acudían á verlo, y la exageración andaluza, manifiesta ya en las descomunales proporciones dadas al cenotafio, tuvo ancho campo para explayarse discurriendo sobre la maravillosa mole. Cervantes estaba á la sazón en Sevilla, y de seguro acudiría á verla como uno de tantos; pero sin duda á su buen seso pareció ridícula tánta ponderación, y se propuso en aquel soneto poner en caricatura así la hinchazón andaluza como el conflicto á que ella había dado lugar. Es también muy aplicable al caso ocurrido entre la Inquisión y la Audiencia de Sevilla, el final de la conocida décima de Iglesias sobre el carácter de aquel país:

Se dicen dos mil apodos
y luego quedan compadres.

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