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y termina con la triste comprobación de la decadencia de nuestras armas y de nuestra política en las vastas regiones de allende el Océano. Ahí yacen ignoradas y depositadas en la soberbia estantería de caoba y cedro dispuesta por el sabio canónigo don Antonio de Lara, Superintendente del Archivo (1), numerosos recuerdos, consignados día por día, del inspirado

(1) Los documentos que hoy se custodian en el Archivo de Indias estaban antes esparcidos en varias dependencias: los principales, que justifican el derecho de España al mundo descubierto por sus hijos en la época de Colón y Magallanes, se hallaban en Simancas: los demás estaban en la Secretaría de Nueva España y Perú, Contaduría general y Escribanía de Cámara del Supremo Consejo de Indias, Secciones de Ultramar de todos los ministerios, Juzgado extinguido de Arribadas de Cádiz y Archivo del Tribunal de la casa de Contratación. Mandóse en 1784 que se reuniesen todos en la Casa Lonja, y se dió comisión al efecto al Inquisidor de Sevilla y canónigo de Cuenca don Antonio de Lara, sujeto de vastos conocimientos y gran constancia en el trabajo. Lo primero que éste hizo mientras se remesaban á Sevilla todos los papeles, sué disponer la obra necesaria para recibirlos, y adornar la espaciosa escalera revistiendo sus paredes de jaspe de Morón. Derribó los tabiques divisorios de los lados de N. E. y S. haciendo tres grandes salas corridas, y puso en ellas una lujosa estantería de caoba y cedro, de orden dórico, rematando en una ancha cornisa en cuyo friso se representan los usos y costumbres, armas, embarcaciones, etc., de los indios. Respetó el canónigo Lara los arcos de las galerías superiores del patio, y en 1788 se colocaron los papeles enlegaja. dos y ordenados en la suntuosa cajonería. Pero la afluencia incesante de nuevas remesas, hizo que en el año 1800 se destinasen también al Archivo de Indias aquellas galerías interiores, y entonces se dió la orden para que se tabicasen sus intercolumnios.

El Sr. D. José Villa-amil y Castro, archivero-bibliotecario destinado en el presente año 1884 á los trabajos de reorganización del Archivo de Indias de Sevilla, acaba de publicar, sin su nombre, un interesante opúsculo titulado Breve reseña histórico-descriptiva de dicho archivo, que da razón cabal de todas las obras que se hicieron para su instalación y de lo que costaron, con datos sumamente curiosos acerca de la sormación de sus inventarios é indices. Dedúcese además de este útil trabajo, que el Archivo de Indias, según el último recuento, contiene unos 32,600 legajos, custodiados en 158 estantes, de los cuales, 83 son de seis cajones y los restantes de siete; los de la galería exterior, de caoba por fuera y de cedro por dentro, y los de la interior, de pino pintado;-y que en los escaparates añadidos para tener de manifiesto algunos de los documentos de mayor interés, hay 36 de éstos, entre los cuales figuran la preciosa Bula de Alejandro VI sobre la división de lo descubierto por los reyes Católicos en las Indias; la carta de Vasco Vúñez de Balboa al rey don Fernando el Católico sobre sus descubrimientos; el testamento de Juan Sebastián del Cano; cartas de Hernán Cortés, de Pedro Albarado, de Pizarro, de Diego de Almagro, de Pedro de Valdivia, de Fr. Bastolomé de las Casas; la cubierta de la Información de Miguel de Cervantes sobre su cautiverio en Argel (de su mano); curiosisimos croquis de diversas poblaciones de la América descubierta por los españoles, con figuras iluminadas de personas, animales, edificios, etc.

Colón, del enérgico Hernán-Cortés, del fiero Pizarro, del infeliz Almagro, del aventurero Alvarado, del generoso y compasivo Bartolomé de las Casas, y será preciso 'que produzca la regene. rada España un nuevo Solís y un nuevo Ercilla para que salgan á luz los escondidos tesoros de esa rica mina de actos maravi. llosos, de épicos esfuerzos, de delirios y goces sublimes, de inauditos dolores!

Una de las más hermosas vistas de Sevilla es la que se goza desde el terrado de la Lonja, entre las regulares hileras de he. misféricas cúpulas con que cubrió Herrera sus salones. Pero también desde este mismo terrado, por encima del manto de esmeralda con que á la otra parte del río viste la primavera el delicioso panorama de las alturas de Gelves y San Juan de Alfarache, descubre la vista los blancos caseríos de Castilleja, pueblo donde en 1544 murió pobre y olvidado el intrépido conquistador de la corona de Motezuma!--La pobre casa que habitó en Castilleja Hernán Cortés fué comprada en 1855 por el Sr. Duque de Montpensier, el cual la restauró para que la última morada del gran conquistador quedase al abrigo de toda ruina. En una sala que lleva el nombre del héroe, se hallan reunidos los recuerdos de sus hazañas: varios retratos suyos, vistas de Méjico, pinturas que perpetúan ciertos episodios de su brillante epopeya, y algunas ramas del famoso árbol de la triste noche, conservado aún cerca de Méjico, bajo el cual se cuenta que pasó el grande hombre su noche última al tener que abandonar por la primera vez la capital de su imperio.

CAPÍTULO XXX

Cádiz desde el siglo XIII al XVIII

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L recuerdo de los descubrimientos y conquistas llevadas á cabo por los famosos varones cuyos nombres y hechos conserva celoso el Archivo de

Indias, nos conduce ahora por la majestuosa corriente del Guadalquivir a la costa donde se alza del seno del Atlántico la memorable colonia fenicia; la

cual, aunque privada durante la Edad-media de gloriosos timbres por la superioridad de otras ciudades, asiento de prepotentes magnates, renació á vida propia en el siglo xiii, en cuyo punto nos cumple volver á anudar el roto hilo de sus memorias.

Cádiz, que bajo el yugo sarraceno perteneció con Algeciras á la circunscripción de Filistin (Asido), dada á los guerreros filisteos cuando los árabes de Siria vinieron á España, llevó entonces el nombre de Kális. Como próxima á la costa africana, la facilidad de mandar á ella recursos la aseguraba al dominio del Islam, y hasta que tomaran incremento los nuevos Estados cristianos de la España restaurada, la cruz no había de volver á descollar en ella, ya fuesen los Califas, ya régulos advenedizos, ya

almoravides, ya almohades sus regidores. Solo de un formi. dable enemigo, común á muzlimes y cristianos, podía temer su ruina: de los intrépidos escandinavos, que desde el noveno siglo, periódicamente, de cinco en cinco, ó de siete en siete años, bajaban de los mares del norte á hacer incursiones en las costas de las naciones meridionales (1). Pero en el siglo xii, y después de sometida Toledo á las armas cristianas, ya el mahometismo en la región del Betis y del Guadalete tenía que correr una suerte precaria, aunque el exceso de la confianza proporcionase á los caudillos de las huestes de los Alfonsos algunos descalabros.

Uno de estos, muy sensible, experimentó el hijo de don Ramón de Borgoña y de doña Urraca, don Alonso VII de Castilla, llamado el Emperador, en una entrada que hizo en Andalucía

por los años 1131. He aquí cómo refiere Sandoval el imprevisto percance. «Nunca tal plaga vieron los de Córdoba y Sevilla sobre sí, ni tal destruición. De ahí movió el rey con su campo y llegó con él á Xerez, que era una famosa ciudad, y con poca dificultad la entró y saqueo... De ahí llegó á Cádiz donde le sucedió una desgracia por un desmán que, con osadía de tántos buenos sucesos, hicieron unos soldados mozos, hijos de los condes y capitanes que venían en el ejército. Oyendo que en una isleta allí, cercana (que debía ser do es Cádiz) se habían recogido muchas gentes con grandes riquezas y ganados, sin orden del rey ni darle parte de su determinación, juntándose

(1) Quedan reseñadas en el capítulo XIX las incursiones que durante los siglos ix y x hicieron estos escandinavos, denominados en las crónicas españolas y árabes normandos, majús y almajuses, en las poblaciones de Andalucia y señaladamente en Cádiz, Asido y Sevilla.

con otros soldados, pasaron allá mal concertados, llevados de la codicia ciegamente; y como los vieron los moros, salieron á ellos y trabaron una sangrienta batalla, donde los cristianos fueron vencidos y muertos, y escaparon muy pocos que volvieron dando cuenta de su perdición y mal suceso. De aquí adelante comenzaron a reportarse los del ejército y guardar los mandamientos del rey, no echando el pié fuera de la tienda sin su orden. Detuviéronse aquí algunos días y dieron la vuelta cargados de ricos despojos y infinidad de cautivos.»

Llega el siglo XIII, que cierra las puertas á las esperanzas musulmanas con la gran derrota de las Navas de Tolosa, y estando el rey don Alonso el Sabio en Sevilla, sabedor de que la villa de Cádiz está mal guardada, ordena á su almirante Pedro Martínez de la Fe, que con don Juan García, rico-hombre, y otros esforzados caballeros y escuderos, salga de Sevilla con la bien prevenida flota que tiene en el Guadalquivir, y á toda vela se ponga sobre la desprevenida villa. Hízolo así el almirante: Cádiz, sin el menor recelo, tenía sus puertas abiertas, y los castellanos entraron por ellas matando á algunos moros, aunque pocos, porque las tropas con el improviso rebato no acertaron á ponerse en defensa. Entró en Cádiz don Juan García, mandó ocupar las fortalezas y guardar las puertas, y permaneció allí con su hueste cuatro días, durante los cuales se apoderaron de has mercaderías, oro, plata, y otras cosas de gran valor que llevaron á sus galeras y navíos. Siendo inmenso el poder de la morisma de mar y tierra que sobre ellos venía, tomaron la vuelta de Sevilla.-Era en aquella sazón Cádiz de Jacub Ben Jusuf, rey de Fez y de Marruecos: sentido de la presa que en ella había hecho don Alonso, le envió embajadores para pedirle enmienda y satisfacción de la injuria; mas tuvo que contentarse con corteses disculpas.

No se sabe con fijeza en qué año ganó don Alonso el Sabio á los sarracenos la isla de Cádiz: la tradición constante señala el de 1262, y supone que las huestes de Castilla entraron

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