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brase Pastor de la Iglesia de Osma, que entonces no tenía Obispo, con el fin de gastarlos en defensa de la ciudad de Calahorra, destituída de socorro por causa de una gran guerra (con los navarros.) Por eso mando que se dé totalmente por aquel dinero a la Iglesia de Osma el castillo de Osma con su villa y derechos, después de la muerte del Conde Gonzalo, a quien dí en herencia, por cambio, para su vida.»>

Alfonso deja ricas mandas a muchas religiones, y bienes a varias Catedrales por su alma. A D. Rodrigo concede Torrijos, lo que tiene en Esquivias y en Talavera, para que en su Iglesia establezca un aniversario por su alma. Es muy notable la frase siguiente, en que el rey declara de quién son propiedad los castillos de la Iglesia. Dice: «Todos tengan por cierto que los castillos, que posean los Obispos de mi reino y mi hijo, son míos y de mis sucesores.»>

El estado de la cultura literaria, que en esta fecha veía D. Rodrigo, no le satisfacía. Los estudios universitarios de Palencia, organizados bajo sus auspicios y por su iniciativa, no daban aún muy sensibles frutos, y opino que siempre quedaron éstos debajo de las esperanzas del Arzobispo. Se ha escrito también (1) que D. Rodrigo puso estudios especiales en Talavera de la Reina para la formación del clero, estudios, que adquirieron verdadero florecimiento. Ignoro cuál es el fundamento de esta noticia, que en ningún documento veo confirmada. Sospecho que debe proceder del hecho de la creación de la ilustre Colegiata talaverense el año 1211, con lo que simultaneamente el Arzobispo fundaba un nuevo centro docente para el clero; porque en aquel tiempo en todas las colegiatas había enseñanza de la carrera eclesiástica, dedicándose a la cátedra algunos de los capitulares. D. Rodrigo fomentó indudablemte de especial manera en la nueva Colegiata los estudios eclesiásticos; pero nos parece que bajo la misma pauta y norma, que en las demás colegiatas, sin nuevas formas de organización especial.

En estos años Gonzalo de Berceo, riguroso coetáneo de D. Rodrigo (nació en 1180) subía al cenit de sus inspiraciones poéticas, y según parece cierto, en 1211 rimaba donosamente la vida de Santo Domingo de Silos: Y poco después aparece el primer escritor de prosa docta, del que escribe un crítico eminente: «La prosa, de hecho, no nace en España hasta el siglo XIII. Lo primero que tenemos es el tratado didáctico de un fraile navarro «Los diez Mandamientos» para uso de confesores, compuesto a principios del siglo XIII.» (2) Merece que se note también que la cuna de Berceo todavía era lugar disputado por los reyes de Navarra, quiénes por habérselo conquistado a los moros y ser del primitivo patrimonio de su corona, no reconocían el despojo hecho luego del fatricidio de Sancho el de Peñalen. En prosa popular tenemos los Anales Toledanos, atribuídos a D. Rodrigo por el Padre Florez.

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(1) Así dice Moreno Cebada en la biografía del Arzobispo en su Historia de la Iglesia. (2) Ceja dor (Julio), Hist. de la lengua y literatura castellana. t. I. n. 131, y en nota al n. 176. Madrid. 1915.

CAPÍTULO IX.

(1214—1217.)

Ejecución del testamento de Alfonso VIII.-Rodrigo hace donaciones en Fitero.-Orden de Calatrava.-Revolución de los Laras.-Cortes de Burgos.—Se humillan los Laras.—Rodrigo exige reparaciones.--Guerra contra Rodrigo y Doña Berenguela.-Muere Enrique I.

El pueblo castellano pasó inmediatamente de las lágrimas funerarias de la tumba de Alfonso VIII a los regocijos de la proclamación de nuevo rey, como escribe D. Rodrigo, que en nombre de la Iglesia y del Estado presidió el acto. «Sepultado ya aquel, dice, en seguida, su hijo Enrique, joven heredero, es alzado al trono del reino, cantando los Obispos, magnates y todo el clero el Te Deum. Era de once años cuando empezó a reinar, y reinó dos años y diez meses.» (1) Según voluntad del difunto monarca, la madre del rey niño quedaba de regente; pero como referimos, sobrevivió a su esposo sólo 25 días, por lo que pasó la regencia con la tutela del joven soberano a manos de D.a Berenguela, hermana de Enrique I, primogénita de Alfonso VIII, esposa divorciada de Alfonso de León, y madre gloriosa de San Fernando, a la vez que hermana y benéfica estrella de Castilla. D. Rodrigo, el hombre más apto del reino por todos conceptos, participó, como era natural, de una autoridad extraordinaria en el gobierno del reino, y en el cuidado de la persona del rey. Escribe un contemporáneo y autorizado historiador: «Los primeros días desempeñaron la tutela D.a Berenguela, hermana del rey niño, y el Arzobispo D. Rodrigo, asistido de D. Tello, Obispo de Palencia.» (2) Acaso no llegó a desempeñar formalmente el oficio de tutor; porque no encuentro datos ciertos y terminantes para atribuírselo. En su historia expresamente escribe que D.a Berenguela ejercitó la tutela del rey niño y el régimen del reino, sin indicar que nadie compartiera con ella ni la tutela ni la regencia. Lo que claramente dice su historia es que D. Rodrigo tenía tan alto poder en el reino, que podía exigir, en nombre de Castilla y del rey, a los más poderosos señores, los homenajes y juramentos de fidelidad en pro de la primera autoridad de la nación, como efectivamente los exigió en el momento necesario. (3) Como era lógico, el Arzobispo por todos los títulos que ya conocemos, siguió en el puesto de ministro universal, en la misma forma que con el predecesor, pero con más autoridad efectiva si cabe. La sensatez de la tutora no podía hacer otra cosa. En consecuencia, los principios y el método de gobierno permanecieron inalterables, intactos.

(1) Lib. IX. c. 1. (2) Ballesteros. Hist. de España. II. p. 271. (3) Lib. IX. c. 1.

Pugnaban los nobles por introducir singulares innovaciones. Pero D. Rodrigo, conociendo que les inspiraba la envidia y el espíritu de discordia, y convencido de la equidad del sistema del difunto soberano, que era el suyo propio, se opuso con hábil firmeza, y sostuvo contra sus pretensiones, durante los primeros meses en sus cargos y privilegios a las tres clases, que las participaban, los ricos, los clérigos y seculares de la plebe nacional, como el mismo Arzobispo escribe, (1) y lo comprueban las cartas reales expedidas en ese tiempo, desde Burgos, que comienzan en otoño de 1214 y terminan en la primavera de 1215, momento en que levanta el vuelo la corte de Enrique y se separa D. Rodrigo, que las redactaba y expedía con su firma.

Una parte de ellas se despacha en pro del mismo Arzobispo. El cinco de noviembre se dió a D. Rodrigo la pingüe donación de Almagro y sus castillos, por sus grandes servicios, confirmada por San Fernando el 25 de enero de 1222, (2) y con la misma fecha le dió Enrique I Villar del Pulgar, situado en el camino de Toledo a Almagro, para que D. Rodrigo estableciese allí una guarnición militar, que custodiase las comunicaciones entre las dos poblaciones. (3)

El siete del mismo noviembre le concedió el rey otras donaciones célebres, diciendo a D. Rodrigo: «Atendiendo los muchos y grandes trabajos y gastos, que soportásteis por mi padre en la toma del castillo de Alarcos y otros castillos, tomados por mi padre, cuando venció al rey de Marruecos en los Baños de Tolosa, concedo a vos, D. Rodrigo... las casas vecinas al castillo de Alarcos, en la azuda, en que está la Torre, que os dió en su vida... y la viña, que fué de D. Lope Díaz de Fitero, que se había dado al mismo D. Martín, Arzobispo, vuestro antecesor, y en la villa el solar, en que podáis construir vuestros palacios... y el castillo de Zuerola con veinte yugadas de terreno de la aldea, pero quedando el resto para la aldea de Alarcos. Como mi padre D. Alfonso... sorprendido por la muerte, no pudo dar la carta de donación y confirmación predichas, yo, no queriendo en este punto guiarme por mí mismo, os doy y concedo a vos, D. Rodrigo, las predichas cosas en perpetua posesión.» (4) Muy extraordinarios tuvieron que ser los servicios prestados por D. Rodrigo en la reconquista de esas importantísimas plazas en la memorable marcha de la hueste cruzada al campo de las Navas de Tolosa. Las plazas eran, además de Alarcos, Benavente y Caracuel con otros castillos de menos importancia. Y lo más notable que pregona la gran modestia del Arzobipo, es que en su historia no dice palabra de estos servicios tan singulares, merecedores de premios tan excepcionales.

Refiriéndose a las donaciones de Enrique a D. Rodrigo, escribe Castejón y Fonseca: «Había el rey Enrique hecho merced en la era 1252, hallándose en Burgos, de una torre con gran solar, viña y molino y otras posesiones, para que pueda edificar palacio con la grandeza conveniente a su dignidad. Da por causa de esta donación los desvelos y cuidados grandes y los inmensos gastos, con que el Primado le asistió (a D. Alfonso VIII) cuando conquistó y ganó a Alcaraz. Muchos días pasaron después que recibió esta gracia el Arzobispo, sin poder usar della. Sus viajes, sus conquistas y muchas ocupaciones no habían dado lugar. Llegó ya día de hacer la obra, digna entonces de la dignidad patriarcal y de sus Prelados, que la gozan; si bien con más aumento; porque han reparado los sucesores lo que no perfeccionaron los antiguos.» (5) Ya que hemos copiado todo el párrafo, en que también se da la noticia de la construcción del palacio arzobispal, que ini

(1) Lib. IX. c. 1. (2) Lib. priv. 1. f. 39. (3) Lib. priv. 11. f. 28. r. y v. (4) Lib. priv. 11. f. 64. (5) Primacia. Part. IV. c. 7. párraf. 1.

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ció más adelante D. Rodrigo, vamos a insertar todo lo que hemos llegado a saber sobre este punto. Traslado de una publicación reciente y autorizada. (1) Enrique donó a D. Rodrigo «una torre cerca de Santa María o Catedral con un solar, para que edificase allí buenos palacios, que son arzobispales.» He aquí las palabras textuales de la donación, que un poco más abajo cita. «Que la torre es cerca de Santa Mía (María) con un solar bueno para hacer palacios.» (2) «Allí emplazó (continúa el escritor) D. Rodrigo esos palacios y allí están los actuales del Arzobispo. Es de presumir que no lograse la fortuna de ver terminada la obra, la cual debió continuar Sancho, hijo de San Fernando.» Sostiene el autor esto, apoyándose en la diferencia de los ornamentos del estilo del palacio, que son posteriores a D. Rodrigo. El renombrado Blas Ortiz en su Descripto de la Iglesia de Toledo en el siglo XVI, decía: «Son los palacios de los Prelados, expaciosísimos, pero fabricados al estilo antiguo» y sospecha que parte de esos palacios ocupa el mismo solar, que ocupaba el edificio, en que se celebraron los famosos concilios tole danos de la época visigoda, en particular añade, «la célebre y espaciosa sala fa bricada con maravillosa antiguedad, donde se celebran los sagrados sínodos, y acaso se celebraron tambien los concilios toledanos, según afirma la tradición oral de los ciudadanos hasta nuestra edad, y parece indicar el cerco, que circunscribe y ciñe las paredes.» (3) Probable le parece al sabio canónigo toledano, que allí se prepararon y discutieron los artículos, que solemnemente se proclamaron en las iglesias de Santa María, o Santa Leocadia, o Santos Pedro y Pablo, en que, según los autores, ante los reyes, los nobles, los guerreros y el pueblo, con gran pompa y aplauso, se leían y promulgaban aquellas conclusiones dogmático-legales, que constituían el código de fe y piedad de aquella poderosa nación, y son hoy admiración y envidia de todas las iglesias de Europa. D. Rodrigo debió así ampliar el área de los palacios primaciales, agregando las nuevas concesiones a los solares anteriores, y tuvo que realizar una labor costosa de desmonte, para emplazar en la ladera tan inclinada de la cuesta los nuevos edificios, empotrándolos en las entrañas de la roca, con el fin de tener cerca de la Catedral los palacios episcopales.

El día siguiente, ocho, el rey expidió el interesante decreto por el cual revalidó el testamento de su padre respecto de los cambios introducidos por el difunto, en el lecho de muerte; hace constar las mundazas de testamentarios y otros pormenores que ya hemos apuntado arriba; consigna algunos de los artículos del testamento y declara al fin, que en cumplimiento del mismo, los testamentarios dieron a D. Rodrigo, Torrijos y parte de Exquivias, y en lugar de la apoteca de Talavera, la villa de Talamanca, y añade: «También quiero que se observe la última voluntad de mi padre en todo; y os suplico, D. Rodrigo, Arzobispo, que celebréis el aniversario de mi padre y madre en vuestra iglesia, para que se purifiquen de sus culpas por las oraciones del clero, que allí sirve.» (4)

Los cuatro testamentarios trabajaron en el mes de noviembre con gran actividad en la ejecución del testamento de Alfonso VIII, y Enrique firmó, el 8 y el 19 del mismo, los artículos de restituciones debidas a las iglesias de Burgos y Palencia y otras. (5) para restablecer así la memoria del rey difunto, que por sus agravios a sus Iglesias había merecido en otro tiempo (1205) que Inocencio III le echara en cara, que parecía que amaba más a la sinagoga que a la Iglesia.

(1) Monumentos Arquitectóricos de Esppña« Toledo Madrid. 1905. Pág. 150 y 247. (2) El articulista remite al lector al «Inventario del Archivo de la Iglesia de Toledo.» Por haberse estrellado mi voluntad contra los obstáculos del Archivero no pude compulsarlo, ni copiarlo. (3) Cap. 65.

(4) Lib. priv. f. II. 10. r y v. (5) Serrano. Don Mauricio. 27 nota. Memorias, en varios pasos.

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Además, D. Rodrigo formalizaba a fines de este noviembre una gloriosa fundación con estas palabras: «Sepan todos los hombres presentes y futuros, que yo, Rodrigo, Arzobispo de Toledo, por la salud del alma de mi padre y madre, y bien de las almas de mis parientes, doy y concedo voluntariamente, a título de donación perfecta e irrevocable, y te entrego a tí, Guillermo, abad de Santa María de Fitero y a todos los abades, sucesores tuyos, y al Convento del mismo monasterio, para que constante, quieta y pacíficamente la posean, aquella heredad de Fitero, que fué de mi abuelo D. Pedro de Tizón, sin reservarnos derecho alguno ni para nos, ni para ninguno de nuestros consanguíneos, ni afines.» (El P. Moret, de quien traducimos este trozo, prosigue así): «Dice que mandó sellar con su sello. El Abad se la da (a D. Rodrigo) para usufructo por su vida, y también para que el mismo use otra heredad» que fué de D.a María y de D.a Urraca y de D.a Gracia, hermanas. Se hicieron estas cosas en Burgos, era 1252, (1214) el mes de noviembre. Entre los testigos firmantes aparecen Tello de Palencia y el Abad Cerratense. (1)

Este fragmento nos transporta al lugar histórico, cuyo nombre suena a heróico y romancesco en los anales nacionales popularísimo, porque allí se muestra el Mojón de los tres principales reinos de España, Castilla, Aragón y Navarra, por verificarse allí el contacto de los tres reinos; y porque los soberanos se reunían allí, en el punto de eontacto de los tres reinos para deliberar sobre negocios de paz, sentado cada uno en su propio reino, se llamaba el Mojón de los tres Reyes.

Como Fitero en gran parte pertenece a la historia de D. Rodrigo, por lo que contribuyó a su engrandecimiento con su amistad a la Orden del Císter en aquella villa, por las donaciones y por el monumental templo que allí construyó digamos dos palabras de historia y vindiquemos una verdad.

En 1140 próximamente se establecieron los cistercienses, procedentes de Scala Dei de Gascuña, en Niencebas, cerca de Fitero, en una heredad recibida en donación de manos de los abuelos de D. Rodrigo, D. Pedro Tizón y D.a Toda. Veinte años después, los monjes trasladaron su residencia al mismo Fitero, y allí San Raimundo, denominado de Fitero, Abad del reciente monasterio, tuvo la magnáníma inspiración de crear la célebre Orden Militar de Calatrava, para salvar a Castilla en una de las horas más críticas. Reclutó millares de guerreros en Castilla y Navarra, les infundió el amor patrio más santo e intenso a la vez que el espíritu religioso cisterciense, y los llevó a Calatrava, y cerró el paso a las invasiones aga renas del sur con incontables hazañas. Le sucedió en el generalato de la nueva Orden Militar, García, caballero navarro, que tuvo la gloria de organizar sólidamente la Orden en el interior, y de alcanzar de Alejando III la aprobación de la misma y de su regla, yendo a Roma, con el fin de conseguirlo, y además, de impedir que el Abad de Morimundo, que era general de su rama, lo separara de la Orden cisterciense, como se había empeñado en hacerlo; porque los Caballeros de Calatrava se negaban a someterse incondicionalmente. Cosa imposible para una Orden esencialmente militar, que necesitaba gran autonomía en todo, y a la par quería disfrutar de los privilegios espirituales del Císter, como hijos de aquella gloriosa Religión. Fué gran triunfo. Las dos cosas alcanzadas eran vitales.

¿Pero este Fitero fué cuna de la Orden de Calatrava? Mariana, siguiendo a Garibay, (2) lo negó, mirándolo ingenuamente como demasiada loa para Navarra. (3) Honorio Alonso Cortés ha desenterrado recientemente esta opinión, que nadie la

(1) Ms. titulados. «Memorias del Archivo del Real Convento de Santa María de Fitero.» P. Moret.En el Archivo de Navarra. Documento integro en el Lib. priv. II. f. 32. (2) Comp. Histor. Lib. XIX c. 2. (3) Lib. XI. c. 6.

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