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difícil es señalar con certeza el año de esa enfermedad, que yo opino que fué 1226. Si es auténtico el documento de donación de las viñas en Guadalajara, el 20 de Septiembre de 1226, a los Padres Predicadores, la calendación tropieza con dificultades; porque allí se dice, que ese año se restituyó Capilla al culto cristiano. (eo anno quo castrum Capellam.. cultui christiano reddidi.) Según nuestro Arzobispo, San Fernando en la campaña quinta «asedió a Capilla, castillo fortificadísimo, en la diócesis de Toledo; (1) y tras largos ataques, finalmente la tomó, y pasadas catorce semanas de expedición, regresó a la ciudad Regia.» (2) Estuvo en esta campaña D. Rodrigo. Si el documento es auténtico y su fecha es exacta, se sigue, que se hizo la campaña en la primavera y verano de 1226. Por lo mismo habría que poner en el año anterior la cuarta expedición; lo que obligaría a escalonar así las tres campañas anteriores. La primera en la última parte de 1223, las otras dos en 1224. Prescindiendo del valor de ese documento, (ignoro cómo se podrá prescindir) (3) se coordinarían los hechos así. En otoño de 1226 se tomó Ca pilla (4) y una parte del ejército descendió en seguida a Andalucía, para iniciar la conquista de Baeza, que se llevó a cabo el año siguiente, al llegar el Rey con refuerzos.

D. Rodrigo se ocupaba al propio tiempo que en tan duras y costosas campañas guerreras con San Fernando, en fomentar la prosperidad de las poblaciones de su Archidiócesis, tales como Almagro, Alcaraz, Almonecir, Melgar y Bogas, acrecentando felizmente el número de sus pobladores. Y para el mejor éxito obtuvo del Cabildo Toledano, en Enero de 1226, la cesión de las rentas, que le correspondían en los citados pueblos, cesión que se le hizo con excelente voluntad, y la aceptó el Arzobispo con agradecido ánimo; ya que se le hacía para toda su vida, dando así los canónigos de Toledo prueba de su alta estimación y confianza a su Prelado. Si tan ensalzados son los Monarcas de aquel siglo por el elevado y atinado espíritu en promover el crecimiento de sus ciudades y villas con sacrificios de momento, para obtener luego beneficios incalculables ¿qué decir de este prudente varón, de alientos de soberano, que de esta suerte procura en tantos pueblos el aumento de la población? (5)

Un documento pontificio importantísimo nos invita ahora a hablar de hechos, que deben figurar en la historia universal de la Iglesia. Primero lo traduciré integro: «Honorio, Obispo, siervo de los siervos de Dios, a nuestro Venerable Hermano, Arzobispo de Toledo... Apremiados por el deber de nuestro cargo, que nos hace deudores a fieles e infieles, a sabios e ignorantes, poco ha ordenamos a tu Fraternidad, al saber que en el Reino de Miramamolín había muchos cristianos cautivos, apóstatas, por el terror de las penas y de la muerte, otros también pusilánimes, vacilantes en la fe, colocados al borde del precipicio, que enviases allí, con nuestra autoridad, algunos varones prudentes, de entre los Frailes Predicadores y Frailes Menores, para que, con su predicación y ejemplo, mediante la divina gracia, conviertan a los infieles, levanten a los caídos, conforten a los vacilantes y confirmen a los robustos. Añadimos también, que con la autoridad apostólica consagrases a uno de dichos Frailes por Obispo, para que ejercitara allí el ministerio pontifical, del que han estado privados de tiempo inmemorial los fieles de aquellas tierras. De donde tú, como hijo devoto de la Iglesia, has procurado ejecutar

(1) Sita en la actual provin. de Badajoz. Partido de la Puebla de Alcocer. (2) Lib. IX. c. 13. (3) P. Getino lo da por cierto. Ciencia Tomista. n. 55. p. 18 y 19. (4) Yerran los Anales Toledanos al decir que se conquistó Capilla en 1225. Es omisión de la cifra I debida acaso a copiantes distraidos. (5) Liber. priv. II. f. 74. r.

diligentemente el mandato apostólico por todos los medios posibles; lo cual agradecemos debidamente a tu caridad. Mas, según hemos sabido, los fieles de aquella región por esto se regocijaron tanto, como si les hubiera iluminado un nuevo sol, y, mediante la divina gracia, se les vinieron muchos beneficios espirituales por medio del Obispo y predichos Frailes, tanto a ellos como a otros, de lo que mucho nos alegramos y regocijamos en el Señor. Ciertamente, como los cristianos dispersos donde quiera por los diversos y remotos lugares de aquel Reino, que se escribe ser de vasta extensión, no puedan ser visitados por un solo Obispo y por pocos Frailes, particularmente a causa de la ferocidad de aquella gente, que con extremada crueldad persigue a los cristianos, y tampoco los Frailes, al andar entre los enemigos y la furia de los que se ensañan, puedan llevar consigo les ornamentos sacerdotales y vasos destinados al divino culto, sin manifiesto peligro de la muerte, la precisión de la inevitable necesidad exige instantemente, que en este punto se provea más abundantemente. En consecuencia ordenamos a tu Fraternidad, por las letras apostólicas, que procures enviar, cuantas veces fuere necesario, a aquel Reino, para obra tan indispensable y excelente, Frailes de las dos Órdenes, que sean prudentes, discretos, celosos y firmes en la confesión de nombre de Cristo. Y si, como se nos sugiere, conoces que es muy necesario y acer tado, podrás consagrar Obispos uno o dos de ellos, más instruídos en la ley del Señor y fervorosos en el amor de Cristo, y enviarlos a los diversos lugares de aquellas tierras, para evangelizarlas y desempeñar el cargo pontifical con la humildad de la pobreza, que han abrazado, según fuere oportuno, dándoles consejos saludables y provechosas advertencias, con el fin de que se esmeren por conducirse con cautela entre los que están fuera de la fe de Cristo, no como necios, indiscretos e irreflexivos; más bien como sabios, que prudente y maduramente aprovechan el tiempo, como fuere mejor, haciéndose todo para todos, según la doctrina del Apóstol, a fin de ganar almas para Cristo, y llevar a los graneros del Señor abundancia de mies copiosa, con el fin de recibir después una inmensidad de recompensa, proporcionada a la grandeza del trabajo. Dado en Letrán, 20 de Febrero, año décimo de nuestro pontificado.» (1)

Mucha luz encontramos en esta carta pontificia. Sabemos por ella que las misiones y los misioneros entre los musulmanes de Marruecos y de España estaban encomendados por la Santa Sede a la jurisdicción y vigilancia de D. Rodrigo, (2) que venía a ser como un Prefecto de propaganda de la fe en el extenso imperio marroquí, situado a los dos costados del mar Mediterráneo, desde algún tiempo antes, en virtud de la bula, a que alude Honorio III en la presente, pero que lastimosamente no ha llegado a mis manos. En ella deben de hallarse minuciosa y exactamente señaladas las atribuciones del Arzobispo de Toledo para tan grave misión, que en la presente, como de paso se tocan. Se ve por esa bula que este cargo de las misiones del imperio marroquí confería a D. Rodrigo amplios poderes y le imponía graves obligaciones. Debía vigilar por los cristianos diseminados en aquel vasto y funesto imperio para los cristianos; promover allí también la dilatación de la fe cristiana. A este fin ha de escoger de entre los dominicos y franciscanos, misioneros idóneos, y distribuirlos por diversas partes de aquellos extensos territorios, según las necesidades de los fieles y las esperanzas de conversiones al cristianismo; y además elegir y consagrar el número de Obispos necesarios para el régimen de las misiones y misioneros. Es su deber reparar las pér

(1) Ap. 86. (2) Archivo. Iber. Americ. Año VII. t. II. p. 402 y siguientes.

didas de los misioneros y reemplazar unos con otros, donde fuere menester, acrecentando el número de misioneros y Obispos, según las necesidades.

Desde el principio D. Rodrigo desempeñó este nuevo cargɔ transcendental con gran diligencia, viendo en esto el medio más eficaz para implantar simultáneamente la Iglesia católica y el imperio de la espada cristiana en África, anhelo constante de su pecho desde que se sentó en la Sede Primada y fué puesto en el supremo lugar de los consejos de Castilla.

La ocasión jamás había sido tan propicia. Miramamolín, dueño de Marruecos, poco antes había dado un edicto de tolerancia para los cristianos, permitiéndoles erigir iglesias en sus dominios, y tener Obispo, a condición de que el Obispo fuese de la misma Orden que los mártires de San Bernardo, que eran franciscanos. (1)

Nos consta por esta bula que D. Rodrigo había consagrado un Obispo, y enviádole en unión de los misioneros necesarios, a Marruecos, ya para principios de 1226. ¿Qué digo? Mucho antes. Porque estaban allí había tiempo, por cuanto el Papa consigna en su bula la noticia del júbilo de los cristianos por su presencia en África. Dice que los miraban como la aparición de un nuevo sol. En aquella época eran necesarios muchos meses para que se desenvolviesen tales sucesos y llegasen sus nuevas a la Corte de la Iglesia Romana. De donde se deduce que D. Rodrigo recibió el encargo de promover la evangelización del imperio marroquí, por medio especialmente de los religiosos dominicos y franciscanos, entre 1224 y 1225, y que activamente reunió y formó en ese año expediciones de misioneros, y que poniéndolos a las órdenes de un Obispo, que él consagró, los envió al interior de Marruecos, y también a los pequeños Reinos sarracenos de Andalucía. Se recibió esto con tanto júbilo entre los cristianos, y principió a dar tan buenos frutos, que apenas tuvo noticia de ello, Honorio III, insistió el 20 de Febrero de 1226, por medio de la transcrita bula, para que D. Rodrigo aumentase el número de los misioneros, y, si fuera menester, también el de Obispos, o mejor, de Vicarios Apostólicos, entre infieles, para que en tan dilatados y accidentados dominios, como eran los del Sultán de Marruecos en aquel tiempo, procurasen la difusión de la fe y la conservación de la de los cristianos, que allí residían, diseminados en varios puntos. Tendríamos gran satisfacción en dar noticias precisas de los primeros héroes de los heraldos de la religión de Cristo, que escogió don Rodrigo, y del primer pastor consagrado, que les asignó siendo el comienzo oficial de la restauración de la jerarquia católica en el norte de Marruecos, después del derrumbamiento de la gloriosa cristiandad, con la invasión de los árabes. Entonces empezó la Iglesia española, por medio de D. Rodrigo, a implantar el cristianismo en tierra africana y a tener la tutela de aquellas misiones. De entonces datan los derechos de la Iglesia española en la organización de la jerarquía eclesiástica de las cristiandades, que allí brotaran y se establecieran.

Se puede creer que dos de los primeros misioneros destinados a los Reinos del Miramamolín en 1225 por D. Rodrigo son Domingo y Martín, de la Orden de Santo Domingo, que nombra Raynaldo en sus Anales, citando al margen la bula, en que aparecen. (2) Respecto de los Frailes Menores en esta primera expedición no hallo pista alguna. El docto Sbaralea se contenta con dar la noticia general de que en 1225 fueron enviados por D. Rodrigo, por mandato del Papa, misioneros dominicos y franciscanos. (3) El primer Obispo que el Arzobispo de Toledo consagró en 1225 es indudablemente el dominico Fray Domingo, nombrado en la bula

(1) Sbaralea. Bull. Francis. Nota c. p. 24. (2) Anales. Año 1225. n. 46. bula 90. (3) Bullar. franc. p. 26. col. 2.

del 27 de Octubre de 1226, como Obispo de Marruecos, o del Reino del Miramamolín, en esta forma: «Dominico Episcopo in regno Miramamolini commoranti.» (1) No parece posible que ya morase en aquel Reino uno, que había sido consagrado por la autorización del 20 de Febrero de 1226. Además, según la cita de Raynaldo, ya estaba allí en 1225. Hay que pensar que se fué ya consagrado Obispo. No estuvo largo tiempo en África, sino que vino pronto a España, y en la región sarracena de la Bética se estableció como Obispo in partibus.

Cuando la primera expedición de misioneros penetró en el inmenso dominio del Miramamolín se vió que eran una gota de agua en el océano, que sus esfuerzos eran insignificantes para atender a tantas necesidades, y se lo notificaron en seguida a la Santa Sede, la cual ya había exhortado a un ferviente apostolado a los primeros expedicionarios, enviados por el Primado de España, dírigiéndoles la hermosísima bula del 17 de Octubre de 1225 «Vineœ Domini custodes.» Entonces Honorio III escribió el tan notable documento «Urgenti officii nostri debito» a D. Rodrigo para que se apresurase a enviar la segunda expedición de misioneros, y les diese obispos, que juzgase fuesen necesarios. Le exhorta a la vez, que tome muy a pechos este cargo de suministrar misioneros y obispos en todos los estados sarracenos, que están bajo su jurisdicción misional permanente, de tal suerte, que sin que sean necesarias otras autorizaciones pontificias para consagrar nuevos pastores, lo hará en adelante cuantas veces fuere necesario (ut Fratres providos, quoties opus fuerit et expedierit, ad illam Provintiam pro tam necessario et excellenti opere destinare procures.)

En virtud de esta exhortación, D. Rodrigo formó en 1226 la segunda caravana de misioneros, consagró Obispo al franciscano Agnelo, y señaló a los nuevos apóstoles la región de Fez. Agnelo estableció su residencia en la misma ciudad de Fez, capital del reino marroquí, y como aparece por la bula del 27 de mayo de 1233, de Gregorio nono al Miramamolín de Marruecos, todavía seguía dicho pastor trabajando allí en esa fecha. (2) Durante los 21 años siguientes continuó nuestro celoso Arzobispo desempeñando activamente tan importante cargo con la solicitud ardorosa con que desempeñaba todas sus obligaciones, enviando misioneros y proveyendo de Obispos a la dilatada región, que estaba bajo su jurisdicción misional. Por desgracia no se conservan más que fragmentos pequeños e incoherentes de tantas cosas, como el Arzobispo hizo por esta obra capital de la Iglesia católica. Cosa que hay que lamentar en casi todas las admirables empresas de D. Rodrigo, pero que lamentamos más por tratarse de ésta, de índole tan elevada y que abarca tantos años de acción, que suponen muchos trabajos y peripicias. Después de los dos mencionados Obispos sólo de otro se conoce que fué consagrado por D. Rodrigo, o por su delegación, hasta 1247, el de Fray Lobo, que en 1246 sucedió en el Vicariato de Fez a Fray Agnelo. (3)

Expondremos ahora la organización que D. Rodrigo en el orden jerárgico dió a la misión del imperio sarraceno, puesto que lo que él estableció allende del Estrecho de Gibraltar ha perdurado hasta nuestros días, sin mudanzas substanciales. Primero copiaré un trozo plagado de errores, que hay que deshacer, que se halla en la Historia Eclesiástica más popularizada de la Iglesia Española. Dice su autor, Vicente de la Fuente. «La conquista de Baeza dió lugar a un pequeño litigio sobre jurisdicción. D. Rodrigo había consagrado a un Fraile Francisco co

(1) Eubel. Bull. franc. n. 24. (2) Consúltese: Eubel. Bull, francis. (Epiton.) p. 12. Archivo Ibero Americano. t. XIV. p. 405. Wadingo. Annal. Minorum. 1225-1226. (3) Sbaralea. Bull. Franc. p. 24. 6. Archivo Ibero Amer. t. XVI. p. 405 adelante.

mo Obispo titular de Andalucía en virtud de las falcutades apostólicas, que tenía como Legado (1226) y en vista del gran fruto, que lograban aquellos mendicantes con sus predicaciones, pues su pobreza y humildad hacían que se metieran sin recelo ninguno a predicar a los mulsumanes, como lo había hecho su bendito fundador... Ganada Baeza se dudó si el Obispo in partibus debía serlo de aquella ciudad. Resolvióse que no, y se nombró para Obispo a un religioso dominico, Fray Domingo, ya anciano, pues murió poco tiempo después, a la edad de noventa años, y fué el último Obispo de Baeza.» (1)

Aclaremos las cosas y dilucidemos las obscuridades, para disipar los errores. Ante todo es cierto que D. Rodrigo no consagró a ese Obispo por la autoridad de Legado, sino como comisionado pontificio de las misiones marroquíes, que tampoco era franciscano ese Fray Domingo, sino dominico, y que no le consagró como titular de Andalucía, sino como titular de Baeza. Por eso se presentó el punto dificultoso de si debía conferirsele en propiedad lo que sólo lo tenía como titular, cuando a los pocos años se conquistó a Baeza, según veremos en seguida. Dió origen a esta confusión lo que D. Rodrigo hizo, a consecuencia de la consagración del franciscano, Fray Agnelo en 1226. Como la consagración dicha la hizo, porque Fray Domingo no podía a la vez atender a los territorios sarracenos de allende y aquende el Estrecho, lo primero que ejecutó, después de la consagración, fué repartir esos territorios entre los dos Obispos, y adjudicó lo de Marruecos a Agnelo, y lo de Andalucía a Domingo, el cual tenía para esto cierto derecho, por estar su Sede titular en esa región. Distribuyó así en dos Vicariatos el imperio musulmán del Occidente, uno que abarcaba los estados peninsulares, otro que comprendía toda el Africa mulsumana occidental. Esto segundo continuó invariable a través de los siglos. Que Fray Domingo fué consagrado como titular de la Iglesia de Bacza, lo dice Gregorio IX, en su bula del 13 de julio de 1228, (2) al recordar al mismo D. Rodrigo, que él lo había consagrado, cuando estaba(Baeza) bajo el dominio de los enemigos de la fe cristiana, para que el mencionado Domingo fuese a Marruecos, según se lo encargaba Honorio III. En efecto, Fray Domingo marchó en 1225 a su destino, y en 1226 trabajó en Marruecos; porque el 27 de octubre de ese año le escribió Honorio III, para que se animase a trabajar, como campeón cristiano, a una con los demás religiosos. Cuando Fr. Agnelo se posesionó de su inmenso Vicariato, Fr. Domingo vino a la Península, a posesionarse del suyo, que constituía toda Andalucía, titulándose Obispo de Baeza. Así tienen que entenderse y explicarse las diversas e incompletas noticias, que se hallan en diversos documentos, y particularmente en las cartas pontificias. En 1227 Fr. Domingo se hallaba en Andalucía, y como se verificó entonces la conquista de Baeza, con este hecho provocó conflictos a D. Rodrigo. Veamos cómo.

En Noviembre de 1227 tornáronse en alegrías y paz los seculares martirios de Baeza, que desde Alfonso VII, el emperador, muchas veces había sido batida, saqueada y asolada; unos años por los cristianos y otros por los árabes. Nuestro mismo D. Rodrigo la pisó desolada, caminando hacia Ubeda, después de la batalla de las Navas de Tolosa. En la expedición primera con San Fernando la vió devorada de pavor, mientras la ira de los guerreros arrasaba sus contornos, para que el hambre agotase su valor y recursos. El régulo moro de Baeza, viendo que sólo con la amistad con Fernando podría salvar su independencia, se hizo vasallo suyo en esa expedición, y admitió soldados de Castilla en una fortaleza de su capital; lo que enojó hasta el furor a los beacenses, que obligaron a su Rey, Abén

(1) Historia Eccl. de España. t. IV. Lib. 4. p. 262. ed. 2. (2) Ap. 94.

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