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y prosélitos, y los retenían en el error, y hacían además otras cosas tales, que dice el Papa, que si son verdaderas las que se le han comunicado de los Reinos de Aragón, Portugal, Castilla y León, ninguna pena suficiente o digna habría para castigarlos. Una de estas era ensalzar más el Talmud que la Sagrada Biblia, siendo así que no contenía más que necedades vergonzosas. (1)

Para nadie tan difícil como para D. Rodrigo tan rajante disposición; porque en Toledo había una populosísima judería, según hemos contado, y en todas las villas de la diócesis había muchos judíos. ¿Cómo se ejecutó en su Arzobispado? Hay incompletas y no bien contratadas noticias. Escribe un autor: «Como los judíos hiciesen mucho daño con su Talmud, alterando las Santas Escrituras y perjudicando así a los cristianos, dirigió el Papa Gregorio IX a San Fernando un breve encargando que recoja en todas las sinagogas de su Reino este maldito papel, y por ser de las principales la de Toledo y Zamora, allí cometió la ejecución al Obispo, y en Toledo a D. Rodrigo, que la ejecutó.» (2) Leemos en otro autor, saturado de liberalismo, pero verdadera autoridad en la historia de los judíos, esta afirmación: «La exigencia del Papa no pudo llevarse a cabo por ser demasiado tiránica.» (3) Ciertamente más éxito tuvo Gregorio IX en sus gestiones de los demás Reinos de España en este punto, excepto en Navarra, donde se estrellaron todos sus esfuerzos. (4)

Del 23 de Abril de 1240 se lee la noticia de que D. Rodrigo tomó a los árabes la ciudad de Lucena, nido fecundo de judíos, con el auxilio de las tropas de San Fernando. (5) Pero lo pongo en duda, porque veo al Arzobispo ocupado en otros asuntos de no poca trascendencia, cuales eran los de la Iglesia de Toledo y de la Iglesia universal. Creo que ya no acaudillaba D. Rodrigo huestes en son de conquista. Narraré ahora varios hechos, que aun no he consignado, por desconocer la fecha exacta. Uno es que de orden suya varios eclesiásticos suyos deslindaron los límites de sus posesiones de Darlarmola y Alcubelet y que el mismo D. Rodrigo aprobó el trabajo muy costoso, que realizaron. (6)

Por este tiempo D. Rodrigo concertó un convenio de permuta de tres castillos con Fernando García de Azagra, el cual jura además homenaje de fidelidad al Arzobispo respecto de los castillos de la frontera. (7) Se ve que García de Azagra, que estaba prestando servicio militar al Toledano, era un señor poderoso, de la estirpe de los Azagras de Navarra. Según noticias recogidas por Aureliano Fernández Guerra y Orbe, D. Rodrigo aconsejó, entre 1238 y 1240, a otro ilustre Azagra, Maestre de Calatrava en Portugal durante esos años, conquistador heróico de varias fortalezas y paisano suyo; pues, como Guerra y Orbe, escribe era «Don Martín Ruiz de Azagra, navarro, hijo de D. Rodrigo de Azagra, que tenía en feudo a Estella. Fué primer Maestre de 1238 a 1240, y conquistó los castillos de Alcabin y Susana.»> (8)

En 1240 se iniciaron los estudios universitarios de Salamanca bajo los auspicios de San Fernando; pero no sabemos quién aconsejaba, ni si aconsejó D. Rodrigo. Modestos debieron ser los principios, ya que el Arzobispo no los menciona, como los de Palencia. Es falso que se suprimiera la Universidad palentina para dotar de vida exuberante a la salmantina, según se ha escrito. Dice Cabanilles: «Por este tiempo, se dice, que el Rey de Castilla agregó a la Universidad de Salamanca la

(1) Ap. 154. Inocencio ordenó lo mismo, a San Luis. Berger. 682. (2) Primacía... Part. IV. C. 7 párrafo 1. No sé donde vió Castejón el tal breve. Imagino que confundió las especies con el afán de hacer figurar en todo a San Fernando. (3) Amador de los Ríos. Hist. de los Judios. T. II. L. II. C. 8. (4) Arijita. Los Judios en el País Vasco. P. 11. (5) Espasa. Art. Lucena. (6) Liber. Priv. II. F. 81 (7) Lib. Priv. II. Fol. 35. (8) Historia de las Órdenes Militares.

de Palencia: hecho que se creyó siglos después; pero sin embargo no es cierto. La Universidad de Palencia había desaparecido; mal pudo San Fernando unirla, ni agregarla. Lo que hizo fué dotar y proteger la Universidad de Salamanca, fomentando en ella los estudios, consultar a sus egregios doctores sobre el pensamiento de mejorar la legislación.» (1) Lástima que los historiadores generales hablen así, teniendo ante los ojos estas palabras referentes a la Universidad palentina, escritas el año 1243, tres después del que hablan esos historiadores, en la primera historia general de España por el que fué Padre de dicho centro docente. «Aunque fué interrumpido este estudio (de Palencia, de que habla D. Rodrigo) sin embargo, por la gracia de Dios, todavía dura.» (2) Ya hemos visto cuándo revivieron estos estudios en Palencia. Teniendo a la vista el aserto de D. Rodrigo escribe el historiador eclesiástico de España: «El Concilio (de Valladolid 1228) consiguió la restauración en parte y por algún tiempo, y hacia el año 1243 existia. Pero muerto el Obispo Tello, su fundador y patrono (1246), cayeron aquellos estudios.» (3) También ésta es otra aserción, en cuanto a la caída total de los estudios, como lo del patronato de D. Tello, que no confirman los datos históricos. Puede que vejetara muchos años anémicamente, hasta que se redujo al círculo de la formación de la juventud eclesiástica diocesana. Terminaré el capítulo exponiendo cómo D. Rodrigo suplicó a Gregorio IX que encargase a algunos jueces, que entendiesen en un pleito, que tenía el Arzobispo con el Compostelano, hacía mucho tiempo, y que estaba estancado por la muerte de dos de los tres jueces, que el mismo Papa nombrara en otro tiempo. Los muertos eran el Deán de Zamora y Martín, Arcediano de León; el sobreviviente era F. Arcediano de Palencia, quienes dejaron pasar el tiempo, sin formalizar el proceso. D. Rodrigo se quejaba de que el predecesor del actual Arzobispo Compostelano (4) le había quitado contra justicia cierto derecho espiritual, (que no particulariza) que tenía en la Iglesia palentina. Gregorio, defiriendo al ruego del Arzobispo de Toledo, que según el modo de expresarse fué verbal, (5) por la bula del 23 de Febrero de 1239, nombró otros jueces, que fueron los Obispos de Segovia y Salamanca y el Deán de Palencia. No tengo noticias del éxito, que tuvieron estas diligencias.

La vacante de la Sede burgalesa se prolongó mucho tiempo por el empeño que la mayoría de los capitulares de la Catedral de Burgos ponía en traer para su diócesis al insigne Canciller de San Fernando, D. Juan Dominguez de Medina, persona de especial confianza de D. Rodrigo, como ya sabemos. Obstaba el vínculo de Pastor, que ligaba al candidate con la diócesis de Osma, vínculo, que repugnaban los Papas soltar en aquella edad. Por fin se obtuvo la unanimidad, al parecer, total de los votos, y el Cabildo comisionó a su Arcediano, para que en Roma personalmente consiguiese la apetecida traslación. Escuchó su petición Gregorio IX, y escribió a D. Rodrigo y al Obispo de Palencia, que fuesen a Burgos, examinasen las cosas, y que, si hallaban que era canónica y concorde la elección, procediesen a lo que deseaban en Burgos. (6) 6 de Marzo de 1240. Tello de Palen

(1) Hist. de España. Tom. III. Lib. V. C. 2. (2) La frase de D. Rodrigo es así: Et licet hoc fuit studium interruptum, tamen per Dei gratiam adhuc durat.» (Lib. VII. C. 34.) (3) Hist: Ecc. de España, por V. de la Fuente. Tom. II. P. 331. (Edición primera.) (4) Se llamaba Bernardo; sucedió en 1224 a Pedro Muñiz, que tiznó su nombre con la nigromancia, y en castigo Honorio III ordenó que se recluyera en los Franciscanos de Santiago. Bernardo ilustró su nombre con normas loables, que dió a su clero y con las hazañas, que hizo en Mérida, junto a Alfonso IX. Murió en 1236. Le sucedió Juan Arias Suárez, que sobrevivió a nuestro protagonita. (5) Dice el Papa: Significante Venerabili Fratre nostro R, Toletano Archiepiscopo nostris auribus est intimata. Indicación de la presencia de D. Rodrigo en Roma. (6) Auvray. 6079.

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cia, con subdelegación del Toledano, formalizó el proceso, y descubrió que no era la elección canónica; pero la subsanó el Papa, para evitar mayores males, y Domínguez se posesionó de la Silla de Burgos en el año 1240. (1) Tanto se había impuesto en Roma el nombre de D. Rodrigo, aún respecto de las cuestiones canónicas en las disensiones de los cabildos de España, en la elección de los Obispos, que el Papa ponía en sus manos las más importantes y arduas, que se suscitaban en los Reinos de Portugal, Castilla y Navarra, según lo vemos en estos últimos años.

Termino el capítulo trasladando esta noticia, que trae Fonseca, que San Fernando insertó el 12 de Abril de 1230 en una carta suya el decreto con que Alfonso VIII le había nombrado Canciller Mayor. (2)

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CAPÍTULO VIII

(1243)

Don Rodrigo escritor eminente.-Lista de sus obras.-Su autenticidad.-Época de su composición.—Objeto de esas obras.—Método histórico de Jiménez de Rada.-Fuentes para obtener los elementos para la historia.—Sucinta idea de las obras históricas del Arzobispo.-Plan vasto de su producción histórica.—Sus notables cualidades.-Censuras y defectos.-Noticia del Breviarium o Expositio Catholica.-Otros escritos.—Notas bibliográficas.

La obra inmortal De Rebus Hispaniæ nos dice, en su frase de despedida, en el último capítulo de su libro postrero: «Terminé esta pequeña obra, como supe y pude, en el año de la Encarnación del Señor, 1243, era 1277, vigésimo sexto año del Reynado del Rey Fernando, jueves, treinta y uno de Marzo, año treinta y tres de nuestro pontificado, estando vacante la Sede Apostólica ha un año, ocho meses y diez días, por la muerte de Gregorio nono.» Estas palabras de encantadora modestia, estampadas por Jiménez de Rada en su libro magistral, nos lanzan un [altol y nos fuerzan a estudiar un nuevo timbre, que engrandece y glorifica más el nombre del raro varón, que absorbe nuestra atención; timbre que parece incompatible con la prodigiosa variedad y actividad de empresas extraordinarias en la política, en la guerra, en el gobierno de la Iglesía y del Estado, que hasta ahora nos han asombrado en la narración de su vida. El hombre, cuyos pasos seguimos, no sólo es el que transformó en héroe al octavo de los Alfonsos, en Santo a Fernando III, en Sabio a Alfonso X, el que salvó a España en las Navas de Tolosa y creó la unidad de Castilla y León, el que fué el genio de las iniciativas más altas y fecundas del Reino, el que con sus consejos gobernaba en una era «en que la historia se aproxima a la epopeya y los personajes a la categoría de los héroes.» (1) sino que es además de todo eso, el primer historiador de España, el más sabio varón de la edad media española, la lumbrera de su tiempo, como el San Isidoro de la época, (2) maravilla de su tiempo, (3) el Salomón español (4) según le proclaman universalmente los varones doctos. Y ciertamente con más clamor y razón todavía hubiera sido loado y apellidado con semejantes epítetos encomiásticos, si la Providencia divina hubiera determinado que nuestro D. Rodrigo aplicara principalmente a las altas ciencias divinas y humanas las dotes ge

(1) Vicente de la Fuente. Historia Ecl. Tom. IV. P. 223. (Edic. 2.) (2) Modesto La Fuente. Historia de España. Part. II. C. 13. (3) Mariana. Historia de España. Lib. XII. (4) Minguella. Historia del Obispado de Sigüenza. Tom. I. P. 194.

niales y exquisitas de aquel talento, que Rorhbacher calificó con propiedad portentoso. (1) Pero la misión impuesta por el cielo a su grande inteligencia fué la acción en su más alto grado e intensidad y no la especulación intelectual y científica, y esa misión cumplió maravillosamente desde las cumbres de la Iglesia española y del Reino de Castilla, como nuestras páginas lo van patentizando.

Sin embargo, aunque secundariamente y hurtando momentos a los continuos y gravísimos negocios de la Iglesia y del Estado, D. Rodrigo se dedicó intensamente a los estudios, no solamente como Mecenas, según lo hizo en la creación de la Universidad de Palencia y en otras ocasiones, al estilo de su gran sucesor Jiménez de Cisneros, sino concibiendo y componiendo escritos inmortales, calificados por los grandes historiadores de los siglos posteriores como los mejores de su clase en la edad media, no sólo en España, sino también en toda Europa, después de apreciar las cualidades que los adornan, y las circunstancias todas con que fueron preparados y redactados. Tócanos hablar ahora de esos escritos y del autor de ellos como escritor, para que aparezca el mérito extraordinario de este sabio, cuya fama inmensa comprobó Honorio III en 1217, que era muy inferior a la realidad, según lo proclamó el asombrado Pontífice en una de las bulas, ya transcritas. Empecemos por insertar el catálogo de las obras de Rodrigo Jiménez de Rada; primero las ciertas y después las discutidas.

1. De Rebus Hispaniæ. Así se titula, por las primeras palabras de la obra, la historia general de España, a la que el mismo D. Rodrigo llamó, en el capítulo último de su Historia Arabum, Historia Gothica: por esto así la llaman también gran número de autores.

2. Hunnorum, Vandalarum, Suevorum, Alanorum et Silinguorum Historia. 3. Ostrogothorum Historia.

4. Historia Romanorum.

5. Historia Arabum.

6. Breviarium Historic Catholicæ, o Expositio Catholica. Rodriguez de Castro escribe que es el segundo título el que la obra debe llevar, ya que así la llama D. Rodrigo varias veces en el cuerpo de la misma, y ese expresa exactamente la materia sobre la cual versa, aunque al principio de la misma se ve el de Breviarium.

7. Epistola Alfonsi octavi, Regis Castellæ, ad Dominum Papam.

8. Historia Gótica, escrita en romance.

9.

Anales Toledanos.

10. De Primatu, Nobilitate ac Dominio Ecclesiæ Toletano.

11. Chronicon Omnium Pontificum, Imperatorum Romanorum, ubi anni eorum ponuntur, et notabilia facta eorum, et distinguuntur, quis Papa, quo Imperatoris tempore, incipiens a Christo, qui fuit primus et ultimus Pontifex, et Octavio Augusto, qui ejus tempore imperavit, usque ad Innocentium Papam III et Fredericum Imperatorem.

12. Provinciale quoddam Cathedrarium Ecclesiarum totius orbis. 13. Chronica del Santo Rey Fernando.

Autenticidad de las obras de D. Rodrigo.-De las trece enumeradas sólo las seis primeras tienen gran valor e importancia, las siete restantes lo tienen muy inferior, y también sólo las seis son ciertamente de Jiménez, y las otras siete con diferentes grados de probabilidad se pueden adjudicar al sabio Arzobispo, y como se verá, alguna que otra de ellas con seguridad no es parto de su ingenio. Vamos

(1) Historia de l'Eglise. Liv. 72.

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