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el más acabado e ilustre de los editores de las Obras históricas de D. Rodrigo. Fué el Príncipe de la Iglesia, D. Francisco, Cardenal Lorenzana, que con suma diligencia preparó una nueva edición, que no duda en llamarla mucho mejor, que las que le precedieron (et cæteras, quæ illam præcesserunt multum anteire.) Después de encomiar con dignos elogios los extraordinarios méritos de D. Rodrigo, como varón santo y sin rival historiador en su edad, reseña el docto editor los medios de que se valió para darnos una edición la más correcta posible. «Hemos tenido a nuestra disposición, dice, además de las ediciones hasta ahora vulgarizadas, otros manuscritos de nuestra lengua y también latinos, los cuales han servido para emendar las ediciones incorrectas, con más luz de lo que se puede creer.» Dice que el mejor de los manuscritos es el de Alcalá, de que se aprovechó más que de otro alguno. (1) Las únicas traducciones castellanas impresas, que conozco, son las dos, que se hallan en la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España. La primera en el tomo 88 con el título de Estoria de los godos del Arzobispo D. Rodrigo. Se tomó del manuscrito de la Biblioteca Nacional. Versión interpolada. La segunda está en los tomos 105 y 106, con un excelente Prólogo y notas del Marqués de Fuensanta del Valle.

Del Parnaso copio la siguiente rima del siglo XV, para terminar el capítulo presente.

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(1) Præfatio. P. III. y IV. (2) Poesía de Juan Pérez de Guzmán. Antología de poetas líricos castellanos, por Menéndez y Pelayo. Tom. I. P. 248.

CAPÍTULO XIX

(1245-1247)

Asuntos privados.-Organización del Consejo de Castilla.-Reformas legislativas.-Negocios de Huerta y Quesada.-Inocencio IV.—Tribulaciones del Cabildo toledano.-Concilio ecuménico de Lyón y D. Rodrigo.-Gracias pontificias.-Conquista de Jaén.—Nombramiento de un nuevo Obispo de Marruecos. -Correspondencia epistolar de Inocencio IV con D. Rodrigo.-Se prepara la expedición sobre Sevilla.

(1) Memorias.. 468.

Volvamos a las obras de la vida activa de D. Rodrigo. Le restan cuatro años de existencia terrena, y surca ya por los de la venerable ancianidad. Sin embargo las brillantes y animosas páginas de los celebrados escritos, que acabamos de examinar, prueban que su espíritu e imaginación no han comenzado a descender la sombría y desmayada cuesta de la vejez. Porque en la energía de la dicción, en las sentencias y en las imágenes de aquellos libros y capítulos fulguran la frescura juvenil, el entusiasmo férvido y el vigor caudaloso de las facultades del espíritu. Cuando escribía la Historia Arabum frisaba ciertamente en los setenta y cuatro años, según se entiende del Prólogo de esa obra.

Después de escribir el 30 de marzo la última frase de la Historia Gothica, el 20 de abril siguiente, 1243, estaba el Arzobispo en Valladolid, donde concertó con San Fernando, en ese día y lugar, el trueque de fincas sitas en los montes de Toledo. El rey le dió la villa de Annoel con sus vasallos y bienes, la de Batza con sus castillos, bienes y aldeas confinantes, pero al presente en poder de los moros. Asimismo le dice, que le da todo lo «que vos conquirades et lo ganades et yo que vos ayude.» Pero el rey no se obliga a prestarle esa ayuda, mas si lo ganare él, 0 algún vasallo suyo, se obliga a dárselo. Rodrigo promete no pedir la ayuda, si no pudiere conquistarlo. San Fernando prosigue así: «E por todas estas cosas que yo vos do, recibo de vos cn cambio todos aquellos castiellos, que Don Alfonso Téllez vos dió, es a saber, Muro, Malamoneda, Doshermanas, Cedeniella, con todas sus pertenencias... Sobre todo recibo el Pulgar et Penna Aguilera...Et porque las cosas que vos yo do son muchas mas et meiores, que las de vos recibo, quiero que la meioria vaya por mi aníma et de mis parientes en limosna». D. Rodrigo especifica a continuación los linderos de la extensa comarca, que cede al Santo Rey, y declara quedar satisfecho y sin derecho a querellarse contra el monarca en cosa alguna. (1)

Pasados algunos días, ya estaba en uno de los puntos de su diócesis, en que le hemos encontrado frecuentemente, en San Torcuato, donde firmó con el Obispo de Baeza la concordia respeto de los debatidos límites de la diócesis beacense, diciendo, que la terminan así después de largas y múltiples negociaciones, 27_de mayo de 1243. (1)

Se escribe que D. Rodrigo perfeccionó por este tiempo la organización del célebre Consejo de Castilla, que se hallaba en estado casi embrionario. Escribe su biógrafo, el Cardenal Lorenzana: «Parece que la misma cosa reclama que discurramos algo sobre la prudencia en la gobernación, que brilló en Rodrigo. Dió preclara muestra de esta virtud, no sólo al servirse durante todo el tiempo de su Episcopado de hábiles canonistas y teólogos, en el desempeño de su oficio pastoral, sino principalmente, cuando persuadió a San Fernando que escogiera varones doctísimos en ambos derechos, para que le acompañaran siempre, de lo que tuvo indudablemente principio la forma para instruir las causas civiles y criminales en el Real Consejo de Castilla; porque si bien antes los reyes de Castilla y León consultaban siempre a los varones probos y a los Obispos, mas después de la expulsión de los moros los Obispos de ambas Castillas empezaron potísimamente a vigilar a su rebaño, aunque algunos de ellos todavía acompañaban al rey. Por lo cual se formó el Supremo Consejo de Castilla, invistiéndosele de la plenitud de la potestad, para dirimir pleitos y dilucidar las causas en última apelación, en todo el reino....>> (2)

¿Es verdad esta noticia'' a admite Vicente de la Fuente. «Durante ella (segunda parte del reinado de San Fernando) el Arzobispo.. influye con D. Fernando para plantear el Consejo de Castilla, organiza la Cancillería.» (3) Pero es eco rutinario del citado Cardenal. Yo no encuentro dato antiguo sólido que lo confirme. Mariana dió, aun titubeando, la noticia de que en tiempo de San Fernando se inició la organización de tan renombrado Consejo. «Dicese, escribe, que este rey inventó e introdujo el Consejo Real, que hoy en Castilla tiene la suprema autoridad para determinar pleitos.» (4) El P. Burriel le apoya, y añade, que fueron escogidos doce sabios. (5) Pero es el caso que si se hubiera creado en tiempo de San Fernando un organismo tan importante y tan netamente organizado, hubiera perdurado su memoria, aunque no fuera más que reflejada en alguna ley, algún decreto, alguna decisión, o sentencia de un tribunal tan excepcional, que habría dictaminado con ocasión de alguna causa, o alguna dificultad grande del reino, o de algún particular. Nada de esto aparece. No es extraño por eso que lo rechacen Juán Sampere, (6) el Conde de Torreanaz (7) y otros.

Encontramos muy lógico el atribuir a D. Rodrigo la organización de este Consejo, si nació en tiempo de San Fernando. Pero es casi imposible sostener fundadamente su nacimiento en ese tiempo. Por lo demás ¿quién podrá determinar las luminosas ideas e iniciativas sin fin, que D. Rodrigo inspiró a San Fernando? Sin duda que, si la historia no nos hubiera sido infiel en trasnmitir las noticias, leeríamos hoy, que del cerebro fecundo del Arzobispo saltaron el plan de la renovación legislativa en Castilla, la traducción del Fuero Juzgo, la novedad de legislar en castellano y otras grandes innovaciones, que tuvieron su desarrollo en el reinado siguiente. Como hombre recto y de altísimo espíritu, D. Rodrigo dolíase, como se dolía su intimo, Alfonso el Sabio, años después de que «Juzgábase

(1) Ximena.. p. 144. y sig. (2) Vita. p. XXII. (3) Elogio.. p. 20. (4) Lib. XIII. c. 8. (5) Memorias... p. 88. (6) Historia del Derecho Español. Lib. II. c. 21. (7) Los Consejeros del rey durante la edad media. Tom. I. c. 3. párraf. 18. (Madrid. 1884.)

por hazañas e alvedríos e por usos desagnisados sin derecho, nascien muchos males e muchos daños a los pueblos e a los homes.» Es más, con todo su talento y poder procuraba poner remedio. Lo hemos visto bien claramente en los pueblos, que le pertenecían, concediéndoles fueros laudables y progresivos.

Pero hay que advertir aquí una cosa sorprendente, que en esta fecha ocurría en Castila, para honra de San Fernando y D. Rodrigo, que eran los congobernantes del reino, como soberano y ministro respectivamente. A pesar de la deficiencia legislativa, que observaban los gobernantes, y que anhelaban remediarla con una reorganización sólida, amplia y sabia, en Castilla se sentía la necesidad de la renovación y ampliación legislativas menos que nunca. Castilla y León, en esta fecha, no parecen la nación de Alfonso VIII, Alfonso IX, Enrique I, y como vuelven a reaparecer en los días de Alfonso el Sabio. La nobleza no hierve en rivalidades, envidias, ambiciones, conjuras y rebeliones; no gasta su virilidad, sus arrestos y sus tesoros en luchas intestinas, fraticidas y criminales, sino en los campos de la guerra contra el sarraceno. La plebe no es la masa enconada y armada por las pasiones innobles de la nobleza, para ser instrumento de rencores y venganzas; es cantera inagotable de ciudadanos laboriosos y de soldados heroicos. Los Concejos no son focos de egoismos, donde se forjan pleitos y luchas tenaces contra los Señores y el clero: son urnas santas y hogueras ardientes de patriotismo y abnegación. Los magnates no merodean ni conspiran por las encrucijadas de la Corte, para encaramarse por los puestos honoríficos de la nación, caminan al frente de las mesnadas y de las huestes, como adalides del valor y de la gloria que ensanchan las fronteras. Los Caballeros de las Ordenes Militares no discuten sus preeminencias, ni lucen en el interior de las ciudades y villas los timbres de su nobleza y los colores de sus cruces gloriosas, sino que luchan y mueren como atletas de Cristo, según repetidas veces consignan los mismos Papas en sus bulas, conforme hemos visto, en las avanzadas de la reconquista, sin separarse del contacto con el moro, sin tiempo para defender los privilegios sagrados de su Orden. Es fenómeno gratísimo. No vuelan por los ámbitos de los reinos de San Fernando más voces que, ¡guerra santa!, ¡viva la religión! ¡loor al valor,al deber, al heroismo, a la virtud! y todo bajo la enseña de la monarquía y del cristianismo, a la sombra de la bandera de San Fernando y a los resplandores de la cruz primacial de Don Rodrigo. Repitamos con asombro, después de invitar al lector a que escuche de nuevo las voces que suenan, y veremos, que en los años, en que estamos, no hay una sola nota de rebelión y estridencia, que rasgue los aires de Castilla. ¡Lo que hacen la justicia, la austeridad, la unción de la virtud, la aplicación exacta y vigorosa de las leyes, que existen, dentro de los principios de la moral y de la religión, aunque esas leyes sean incompletas e imperfectas. Basta desterrar las arbitrariedades. San Fernando reinaba ya honda y absolutamente hasta las entrañas de la sociedad, hasta las raíces de las almas, como debe reinar un monarca cabal; porque en Castilla se cumplían bajo su mando y bajo los auspicios de los consejos de su gran consejero, D. Rodrigo, las cuatro cosas «naturales al Señorío del rey» que sus vasallos leían en el Fuero viejo de Castilla «que non las debe dar a ninguno nin las partir, ca pertenescen a él por razón del Señorio, que son, justicia, moneda, fonsadera e suos yantares.»>

No cabe duda que D. Rodrigo contribuyó poderosamente a la innovación y progreso de las leyes en Castilla. Primero en el período más fértil de la concesión de los fueros, (1150 y 1240) él fué el más fecundo y variado donador de ellos. Él inspiró en segundo lugar el proyecto del Setenario a San Fernando, que no lo llevó a cabo, pero encargó a su hiio que lo ejecutara, y lo hizo cambiándolo en las Siete

Partidas, expresando que las redactó para cumplir el mandato de su padre. ¿Cómo iba San Fernando a concebirlo no habiendo tenido más educación que la de la guerra en la Corte de León, y en Castilla siempre vistió armas y empuñó el acero del combate?

En la primera parte de 1244 D. Rodrigo se puso de nuevo en acción en pro de su querida Huerta, que había perdido para esa fecha los beneficios de exención de tributos, que el mismo Arzobispo le obtuviera, años atrás, del Obispo Oxomense, Ramírez de Piédrola, y también la exención total de los diezmos, para su donación de Bliecos y Cantabos. Durante catorce años así continuó: pero al ser trasladado a la Sede de Burgos el Obispo D. Juan Domínguez, insigne Canciller de San Fernando e íntimo de D. Rodrigo, sucedió en el Obispado de Osma D. Pedro Peñafiel, el cual no se conformó con lo hecho, a pesar de estar aprobado por el Papa; (1) antes bien «puso pleito al monasterio de Huerta» como escribe Loperráez, pero no dice la causa de este pleito. Y prosigue así: «y viendo el monasterio que la posestón del lugar y diezmos corría riesgo, por haber ganado el Obispo una sentencia, se valieron del favor de D. Rodrigo, Arzobispo de Toledo, y dándole cuenta del estado, en que se hallahan, resolvió aquel Primado, como tan apasionado del monasterio, el escribir con todo esfuerzo al Obispo, rogándole que desistiese de su pretensión y que renovase la escritura de donación, que había hecho su inmediato (?) antecesor..... a lo que condescendió, con beneplácito de su Cabildo.» (2) Cerralbo escribe que Peñafiel consideró excesiva la donación y la revocó luego. D. Rodrigo emprendió el camino de Osma para lograr, que el Obispo cediera, ya que se trataba de bienes de su familia materna. (3) Y cedió D. Pedro Peñafiel, y firmó un documento calcado en el primitivo, en que se declara, que hace la misma concesión, «en atención a la devoción del monasterio de Huerta y a las súplicas de nuestro Padre Rodrigo, Arzobispo de Toledo.» Les pone las condiciones siguientes; que sean presentados al Obispo los clérigos, que han de regir las iglesias de Bliecos, Boñices y Cantabos; que cada año, por San Martín, paguen al refectorio del Cabildo de Osma un maravedí de reconocimiento, y que si un día los cistercienses de Huerta dieren eso a otros, volverá al Obispo de Osma.» Termina el documento así: «Se hizo esto en el cláustro de la Iglesia de Osma, bajo el sello de la Sede Toledana, año del nacimiento del Señor, 1244.» (4) Inocencio IV lo confirmó el 8 de Junio del mismo año, expresando, que ya anteriormente estaba aprobada la concesión.

Un doloroso susto dió a San Fernaddo este año el bravo Aldamar, Rey de Arjona que furiosamente acometió y destrozó varios cuerpos del ejército castellano. El Rey Fernando, irritadísimo, se lanzó, con gran hueste como un vendabal, contra el atrevido caudillo sarraceno, que perdió a Arjona y otros pueblos importantes. Iba con el Rey su esposa, D.a Juana; nada se dice de D. Rodrigo, que a casi en todas las expediciones se hallaba, en no estando fuera de Castilla, pero se ha de creer que acompañó a su Monarca; ya que no era una excursión ordinaria, sino una campaña formal y dura, que terminó pronto y felizmente.

Del año 1244 no hay más noticias, y las de 1245 las empezaremos con el nombramiento del Adelantado de Quesada y Cazorla. Escribe Salazar de Mendoza: «El Arzobispo D. Rodrigo... nombró a don Gil de Rada, caballero navarro, el año de mil y doscientos y cuarenta y cinco. Entonces le dió la tenencia y guarda de algunos lugares de el Adelantado, llamándole su amado hijo y sobrino. Aplicóle

(1) Bula de Inocencio IV. Loperráez. Ap. LV. T. III. (2) Tom. I. P. 237. (3) Discurso... P. 261 y siguientes. (4) Loperráez. III. Ap. LV.

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