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CAPÍTULO IV.

(1206-1208)

Régimen del Obispado de Osma.—Creación de la Universidad de Palencia.

La primera noticia histórica de la presencia del insigne navarro en Castilla es la que hemos visto con ocasión de las treguas entre Castilla y Navarra en Guadalajara; pero es evidente que antes estuvo en ella. Por ventura fué la primera vez que se vió ante Alfonso VIII, a pesar de que hay quien supone que, de regreso de París, no tardó en presentarse en la Corte de Castilla para inspirar ideas de paz al soberano castellano. D. Rodrigo tenía fácil acceso en la Corte de Alfonso el Noble, por mediación de sus ilustres tíos, San Martín de Hinojosa, Obispo de Sigüenza y Abad de Huerta, y Munio, guerrero y cortesano, que restauró la fortuna de Deza, por su pericia y valor. Alfonso veneraba profundamente a San Martín, y por esa veneración hizo objeto predilecto de sus donativos al Monasterio de Huerta, que varias veces visitó. Y además de estos tíos, en la misma Corte brillaba e imperaba desde 1190 el primo de D. Rodrigo, hijo de Munio, D. Martín Muñoz de Hinojosa, que en Alarcos resplandeció por su valor, y llegó a ser Mayordomo del hijo de Alfonso VIII, Enrique I. ¿Qué obstáculo podía tener con estos valedores para penetrar en la Corte de Castilla cuando quisiese, y mucho más, descollando por encima de todos por su saber, prudencia y empuje?

Sin embargo, a los historiadores castellanos ha llamado constantemente la atención la castellanización y el encumbramiento de D. Rodrigo Jiménez de Rada, al primer puesto en los consejos de la Corte de Alfonso el Noble, y a la cabeza de la Iglesia de España. Mariana escribe: «Las raras prendas y buena vida y la erudición singular para aquellos tiempos hicieron que, sin embargo que era extranjero, subiese a aquel grado de honra y a aquella dignidad tan grande.» (1) El P. Burriel «Vuelto (Rodrigo) a España, se ignora el motivo o medio con que se introdujo en Castilla, que aun no siendo castellano, mereció ser elevado...» (2) Por su parte el Marqués de Cerralbo explica así el acto de su castellanización, (que de esa manera denomina la nacionalización de D. Rodrigo en Castilla): «se condolía Don Rodrigo Ximénez de Rada, y este gran cristiano y gran español guiaba su corazón hacia Castilla, que necesitaba amparo, y era el predestinado campo para la espantable decisiva batalla de las huestes de Cristo; y dolíase amargamente que en pos de tan inmensa derrota (de Alarcos) los reinos cristianos agobiasen con guerras a Castilla, y apartaba sus ojos por no ver a su querida Navarra avanzando en son de conquista hasta Soria y Almazán: y ama decididamente a su Puente

(1) Hist. Lib. XI. c. 21. (2) Memorias... p. 100.

la Reina, como navarro, pero ama decididamente a Toledo, como amenazada frontera de la Cruz... Y así, resueltamente abrazaba la Cruz, que es patria universal, y la unidad de la unidad de la Patria, y en los labios con el símbolo de la fe del Concilio toledano, entra decididamente en Castilla, y busca su nobilísimo corazón al vencido, acude a consolar al desgraciado, corre a dar fuerza al débil y levanta con su poderoso talento el pedestal al vencedor. Unase a todo esto... el amor que profesaba Don Rodrigo, ya a su madre, que era castellana, Doña Eva de Finojosa, señora de Bliecos y Boñices, en tierra de Soria, ya a su tío, el santo y célebre primer Abad de Santa María de Huerta, Martín de Finojosa y todas és tas, sin duda, son las causas y las razones de su nacionalización en Castilla...» (1)

Descartando lo que la musa de la elocuencia ha inspirado en ese párrafo del Marqués, se debe creer que ahí están indicadas las causas de gravitación del espíritu de D. Rodrigo hacia Castilla, pero las causas determinantes no son las que apunta. Lo que determinó su entrada en Castilla parece ser la importancia, que adquirió en los conciertos de los reinos, y el lazo de íntimas relaciones, que se formó entre el joven, pero discretísimo Rada, y el anciano y sesudísimo Alfonso el Noble, que tuvo la habilidad de conquistarlo para su reino, rodeándole con las mallas que por medio de sus parientes tendió el sagaz monarca.

Se castellanizó hasta los tuétanos este famoso navarro, sin que pueda citarse castellano, que haya hecho más, ni acaso tanto, por su patria nativa, como este singular extranjero por la adoptiva. Le dió la historia, le inyectó en el alma un amor y entusiasmos patrios intensísimos; la salvó en las Navas de tremenda tragedia; dilató sus fronteras con gloriosas conquistas; la engrandeció con la unión de León, que procuró eficazmente; introdujo en ella las glorias más altas de la legislación renovadora de organismos de gobierno del todo nuevos, pero de vida perenne; y la enriqueció con obras maravillosas e ingentes de arquitectura. Fué luz, consejo, ardor y actividad de los reyes Alfonso y San Fernando, sol de la Iglesia, espejo de prelados, vida y aliento de todas las grandes empresas de Castilla durante más de cuarenta años.

¡Qué mal apellida Mariana «extranjero» al que tan castellano tenía el corazón desde que se naturalizó en Castilla! ¡Cuán distinto es el espíritu de este extranjero de aquellos otros verdaderos extranjeros que, aun después de subir a la Sede Toledana, conservaron su criterio extranjero, y no se nacionalizaron profundamente, es decir, aquellos famosos franceses que fueron Arzobispos de Toledo, los Bernardos, Raimundos y Cerebrunos! Esos insignes Pontífices, desplegaron los grandes recursos de su talento, actividad y celo con la mira de engrandecer a la Iglesia de Toledo, que redundaba en el engrandecimiento de su influencia sobre los reyes y Prelados. D. Rodrigo con más afán y éxito aun trabaja en ese engrandecimiento como pedazo de la Patria, como medio de engrandecer a Castilla, a y la vez, con toda su inmensa actividad y talento, se empeña directamente en el engrandecimiento de Castilla y España; y sin pretender el acaparamiento e incremento de su influencia personal, a fin de supeditar a su voluntad las voluntades ajenas, y esclavizar las iniciativas y los vuelos de la Corte, de la Iglesia y de la masa nacional. ¡Algo más extranjeros eran también aquellos Arnaldos, Giraldos, Hugos y otros, que medio siglo antes figuran en las cartas reales, y que, a pesar de ser verdaderos extranjeros, aparecen allí oficiando de Cancilleres en la Corte Castellana! Se debía esto a la falta de letrados castellanos, y a la hábil intervención de los Prelados toledanos, de origen francés, cuyo proselitismo nacional no

(1) Discursos... p. 27 y 28.

ha tenido igual. Además, de esa manera se aseguraban las mercedes reales, que más fácilmente las despachaban sus paisanos, que los castellanos, en pro de sus Iglesias.

Dos cualidades de los castellanos alaba D. Rodrigo: «que en su constancia brilló siempre audaz consejo» (1) y que tienen una «innata lealtad.» (2) Ningún vicio nacional suyo anota; cosa que no es de extrañar en él; porque pocas veces lo hace aún de otras muchas naciones, que van pasando por su pluma, que son casi todas las que han cruzado a Europa hasta sus días, o han tenido alguna relación especial con ella.

Don Rodrigo, después de abreviar con alardes de conocimientos geográficos y etimológicos la demarcación étnica y geográfica de Europa, para emplazar mejor las vicisitudes diversas del pueblo, cuya vida histórica iba a escribir, da la razón así: «Estas cosas las escribí, porque lo exige la historia que me propongo redactar...» (3) También reclama la historia que voy redactando que, en el momento de penetrar en Castilla, dé algunas nociones precisas y cortas de la distribución geográfica de los reinos cristianos españoles, y en particular de Castilla. Comencemos por ésta. Poseía todo lo que hoy se denomina Castilla la Vieja y Castilla la Nueva, con excepción de alguna pequeña comarca en las fronteras, que al mediodía lindan con Andalucía y Murcia; y además las tres Provincias Vascongadas. Sus ciudades principales, Toledo, Burgos, Palencia, Segovia, Avila, Cuenca, Nájera, Madrid, Osma, Soria. León era el segundo reino, compuesto de Galicia, todo León y Asturias, contando las célebres poblaciones de Santiago, Lugo, Oviedo, León, Astorga, Zamora y Salamanca. Aragón estaba formado de las tres actuales Provincias y de casi toda Cataluña, sin Baleares, con sus celebradas ciudades de Barcelona, Lérida, Zaragoza, Huesca y Jaca. Portugal era la mitad de ahora, reducido al norte. Navarra algo más de lo que es en la actualidad. Todos, menos Navarra, con su frontera contra los sarracenos. Hacia los Algarbes, Portugal; León en los confines de Extremadura; Aragón por Valencia, Castilla un frente inmenso, desde Extremadura a Murcia, abarcando la dilatada línea de la Bética. Y es de notar también que estos tres últimos reinos eran más o menos iguales en extensión y poderío.

En cuanto a los soberanos, al de Navarra y Aragón los conocemos bastante. D. Rodrigo nos da a conocer con verdadero apasionamiento de entusiasmo lo que era su gran amigo, Alfonso el Noble de Castilla, colmándole infinitas veces en su historia de elogios, que pintan al gran monarca más acabado e intachable de lo que fué. El afecto singular, que le cobró, inflamó su inspiración para exagerar las alabanzas, pero no torció su pluma para no narrar verazmente los hechos.

Era Alfonso hombre superior para no merecer elogios. Entendimiento sólido, vasto y fecundo: voluntad magnánima, arrolladora, inquebrantable: pecho intrépido y ardoroso: brazo brioso y duro. El hombre que más intimó con él y conoció fué Jiménez de Rada, y él le describe así: «Este (rey) fué desde la infancia vivo de rostro, de memoria tenaz, de capaz entendimiento.» (4) «De corazón lleno de magnificencia; longánimo y constante en sus empresas...» (5)

El acierto más grande de la penetración de Alfonso fué atraer a su lado al joven diplomático navarro y depositar en él toda su confianza. En la elección de este personaje demostró que era un sagaz monarca. Supo aprovecharse del don in

(1) Castellani quorum constantia audaci consilio fulsit. Lib. VI c. 18. (2) Castellani et Navarri, fidelitatis innatæ memores (habla del juramento requerido a Alfonso VI) Lib. VI c. 19. (3) Lib. I. c. 2. (4) Lib. VII. c. 15. (5) Lib. VIII. c. 26.

comparable que el cielo otorgaba a España y en particular a Castilla. En los cincuenta años aproximados de reinado, que en aquellos momentos hacía, Alfonso no realizó un acto de tanta transcendencia como éste, asociando de esta suerte a la brava y encarnecida experiencia guerrera y política las luces y la intuición del genio y de la ciencia, y la unción de la piedad engarzadas en un alma joven y guerrera.

El hecho más evidente es la mudanza de Alfonso VIII desde que D. Rodrigo entra en los consejos de su corte. Alfonso no aprendió nada con la tremenda lección de Alarcos, sino que continuó guerreando con sus rivales de León y Navarra, sin intentar sólidas paces para confederarse con ellos, con el fin de prepararse para el pavoroso desafío con los sarracenos de Andalucía y Africa, que de su parte preparaban el fin de los reinos cristianos de España.

El encono entre el Navarro y el Castellano era más hondo y sañudo por el pleito de los territorios, que el Navarro pretendía recuperar, alegando que eran patrimoniales, por cuanto Sancho el Mayor, progenitor de ambos, había establecido que Rioja, Vascongadas y extensas zonas de la región de Soria y la Bureba, rescatadas de los moros por la espada de los Navarros, fueran de la corona de Navarra. El Navarro apelaba a medios tortuosos, vituperables y peligrosos para conseguir sus objetivos y defenderse de los ataques de Alfonso VIII. Pero tampoco eran laudables y rectos todos los que empleaba este monarca, como es notorio en la historia. (1) Lo que se confirma estudiando su conducta en la cuestión del matrimonio y divorcio de su hija D.a Berenguela con Alfonso IX de León. Porque, sabiendo que por ser primos los contrayentes, era inválida la unión de los dos, la admitió por motivos de política, y dió ocasión a las innumerables revueltas y escándalos de su reino y del de León, con gran relajamiento del espíritu público, hasta que al fin se doblegó a recoger a su hija, bajo la presión de las excomuniones y entredichos de Roma; si bien D.a Berenguela volvió a Castilla con un enjambre de hijos, en que centellean pupilas de celestial santidad. Son cuatro, San Fernando, Alfonso, futuro guerrero durante largos años, Constanza, azucena, que embalsamará las Huelgas de Burgos, y Berenguela, que será consorte del gran héroe Juan de Briena y madre de una emperatriz de Constantinopla, esposa de Balduino. El que entre tales enseñanzas se mantuvo invariable e irreductible, mudó enteramente al escuchar los consejos de Jiménez de Rada, y vió claro que era menester hacer paces con los reyes cristianos, y se ablandó para concertarlas. Era clarísimo que el enérgico y maduro monarca y el joven diplomático estaban compenetrados e identificados. Gran triunfo de D. Rodrigo.

Alfonso VIII procuró buscar un cargo eclesiástico para él en su reino, aunque no era más que mero diácono, y como tal debía estar adscrito a alguna Iglesia, según era costumbre, para disfrutar prebendas.

Ya indicamos que el mismo Inocencio III, diplomático pontificio, fué elegido

(1) En la pág. 505 del tomo IV de la Historia de la Iglesia, por Mourret, trad. castellana, en nota, se lee:

En cuanto al rey de Navarra, Sancho el Fuerte, había pretendido casarse con la hija del rey moro de Marruecos, Aben Jusef, recibiendo en dote la Andalucía. Deshiciéronse tales proyectos con la muerte de la mora, antes de verificarse el matrimonio. Por lo demás ni el matrimonio con la musulmana, que ya había tenido precedente en Alfonso VI, casado con Zaida, ni los planes políticos de hacerse con Andalucía mediante la boda, tienen que sorprender en los tiempos, que estamos historiando; pues ya sabemos, por desgracia fué corriente, entre los jefes de los varios Estados, en que se hallaba dividida la Península, andar no sólo con las manos en su porción, los ojos en la ajena» sino con los ojos y las manos en las del vecino. De hecho, mientras el navarro se hallaba agasajado y distraído en Marruecos el de Castilla le arrebataba las Vascongadas.>>

Papa, siendo diácono. Muchos casos parecidos hay en aquella época, sobre todo en el Episcopado, según habrá ocasión de observar. Uno de estos fué el de Don Rodrigo, al cual Alfonso de Castilla quiso recompensar sus relevantes servicios diplomáticos proporcionándole un Obispado.

El año 1207, en el mediodía de Francia, cerró sus labios para siempre un órgano del Espíritu Santo en la iglesia de Cristo, el santo Obispo Diego de Aceves, que defendía acérrimamente la fe católica contra los albigenses. El celoso Prelado volvía de Dinamarca, a donde le había enviado Alfonso de León, en 1203, a que trajese una princesa para reina de León, pero sin éxito por su embajada, cuando, al llegar a Francia, después de recoger la bendición del Papa en Roma, vió en ella desolada la religión, corrompida la vida cristiana y triunfantes los errores albigenses. Se detuvo a combatir los errores y regenerar al pueblo. Mas, al año de sus trabajos, le premió el Señor con la muerte de los santos, en 1207: y la Iglesia de Osma, cuatro años después de la ausencia de su insigne Pastor, quedó huérfana de él. Acompañaba al celoso Pontífice aquel gigante de la Edad Media, conocido de Don Rodrigo, y algo emparentado con él, al cual describe así Wadingo:

«De mediana estatura, cuerpo igual y ágil por su poca mole, hermoso rostro, rubia la barba, el pelo castaño, de elegante presencia. De su frente y mirada brotaba cierto resplandor radiante; difundía a su paso una religiosa alegría, y un contento que, sin embargo, se empapaba de compasión connatural al verse entre los pobres. Tenía manos largas, voz clara y sonora.» (1) Era Santo Domingo de Guzmán, hijo de la Diócesis de Osma, y afiliado probablemente al Cabildo Catedral; no residía allí, según modernas investigaciones, en que no entraremos.

Alfonso VIII se apresuró a pedir el Obispado de Osma para D. Rodrigo, y «para recompensar sus eminentes servicios y excelentes prendas, según el mismo D. Alfonso declara, expresamente al Cabildo de Osma en 1207, influyendo a fin de que le propusiera como Prelado para aquella Silla.» (2) No he hallado el documento, a que sin duda se refiere el erudito Marqués de Cerralbo, en el que de manera especial se dirigió Alfonso VIII al Cabildo de Osma, ni indica el estudioso prócer la fuente de esa noticia. Tampoco lo vió el sesudo Loperráez, que claramente se equivocó retrasando un año la promoción de D. Rodrigo a Osma. Núñez de Castro atribuye al mismo rey esta promoción diciendo «De muchas veces que estuvo en Roma, fué la una antes que viniera a ser Obispo de Osma; (3) después pasó a Castilla, donde, así como por su santidad y letras, como por la calidad de su persona lo proveyó D. Alonso en dicho Obispado de Osma» (4)

Acaso el Cabildo de Osma no nombró en el mismo año 1207 Obispo a D. Rodrigo, pero por numerosas firmas de cartas reales consta que estaba nombrado en 1208, en que se titula casi siempre Electus Oxomensis; alguna vez empero simplemente «Episcopus Oxomensis» He aquí algunas de estas cartas. Una está fechada en Toraza, otra posterior en Segovia: de algún tiempo después es otra del 28 julio de 1208, y la trae Núñez de Castro, como las anteriores, y la toma del insigne Colmenares (5) Escribe Núñez «Estaba el rey (Alfonso) en la ciudad de Burgos, en 28 de Julio, asistido de los Obispos, D. Pedro de Avila, D. Gonzalo de Segovia, don D. Rodrigo de Sigüenza, D. Juán de Calahorra, D. García de Burgos, D. Briz de Plasencia, D. Tello, Electo de Palencia, que ascendió a la Sede por muerte de don Arderico, D. Rodrigo, Electo de Osma, D. García Electo de Cuenca» (6) En el do

(1) Annales Minorum.-an. 1221-XLVII. (2) Discursos.... Cerralbo. p. 45. (3) cuenta, pero nos parece verdad, como se dijo atrás. (4) Crónica de Enrique I. c. 4. párrafo 7. (6) Corónica de Alonso octavo. c. 63.

Lo dice de su (5) Hist. c. 19

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