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Sigamos todavía narrando otros servicios extraordinarios y, si cabe, más apreciables en aquella temporada, que D. Rodrigo prestaba con admiración universal a la religión y a la patria, gracias a sus conocimientos poliglotas, a su capacidad y actividad maravillosas. El más difícil problema que surgió en Toledo con la concentración del mayor ejército que había visto España, y compuesto además de tropas de tantas naciones y lenguas, fué el atenderle debidamente en todas sus necesidades de orden, de organización, de indispensable entrenamiento y de aprovisionamiento de armas, comboyes de viaje y municiones de boca y guerra, y a la par mantener vigorosamente el debido orden en una muchedumbre tan heterogénea y abigarrada, constituída parte de cuerpos disciplinados, y parte, (y ciertamente más de un tercio) de cruzados voluntarios, venidos en pelotones, sin instrucción, ni organización, para ocupar en el ejército el puesto que se les señalara, después de recibir el equipo militar indispensable.

Pues bien, a la vista estaba que el único hombre capaz de desempeñar con éxito seguro tantas y tan graves funciones era el que había tenido el mágico poder de arrastrar con su ascendiente y palabra poderosa a tan grande y variada muchedumbre de guerreros cristianos de distintos estados de Europa, es decir, D. Rodrigo. Viéndolo así claramente Alfonso de Castilla, le nombró ministro universal para la conservación del orden y para el abastecimiento, apenas el Arzobispo volvió a Toledo de predicar la cruzada en las naciones extranjeras, confiriéndole circunstancialmente a este fin la suprema autoridad de Toledo. El mismo Arzobispo insinúa paladinamente una de las razones de esta determinación del rey, diciendo que sólo el prelado toledano podía entender la variedad de lenguas de los pueblos que afluían a Toledo. (1) Por eso le mandó el monarca que no se moviese de la ciudad. Ahora unos cuantos datos particulares explicarán mejor la enormidad abrumadora del trabajo que con ese honroso nombramiento real pesó varios meses sobre los hombros de este gran promotor de la cruzada, desde su regreso a Toledo, hasta julio.

En el llamamiento a la cruzada, Alfonso VIII había participado «que abonaría todos los gastos a todos los caballeros y soldados, que concurriesen a la guerra, como era justo» (2) Tan a la letra tomaron los ultramontanos ésto, que en la carta a Inocencio III, escrita por D. Rodrigo, en nombre del rey, se dice: «Tuvimos que proveerles no sólo de lo prometido, sino también de dinero y caballos, de que casi todos carecían» (3) Gran número de los peninsulares venía todavía peor provistos y equipados; y lo que era peor, entre tantos miles de cruzados se metieron sin número de ineptos, débiles, niños y mujeres, sin contar la gente maleante y corruptora.

Para atender a esto D. Rodrigo tuvo que montar una extensa oficina de inspección y abastecimiento, para evitar engaños y abusos en la distribución de las raciones, en el reparto de armas y caballerías, y en el sumistro de pagas personales, ordenando a este fin que los notarios formasen padrón de todos los cruzados, incluso las mujeres y niños, como advierte la Crónica General. Qué lástima que se haya perdido tan preciosa lista, por la cual se sabían las raciones y pagas diarias que se repartían a los extranjeros y peninsulares; pues sería uno de los mejores medios para conocer aproximadamente el número, sobre todo de los ultramontanos, y yo creo firmemente que ese padrón sirvió a D. Rodrigo para conocer y precisar el cómputo, que consigna de ellos en su Historia, según lo deduzco de la circunstancia de que el Arzobispo cita allí mismo ese número para añadir inmediatamen

(1) Lib. VIII. c. 1. (2) Carta a Inocencio III. (3) Ibidem.

te, que a todos ellos se les suministraba la ración. Estableció D. Rodrigo, que, aparte las limosnas secretas (1) que se hacían, y las raciones, se dieran como pagas fijas «a cada caballero veinticinco sueldos sólidos corrientes, y a los infantes cinco.»> «El rey daba a cada magnate, una cantidad mayor, que los encargados les llevaban a domicilio.» (2)

Respecto de las armas, el Arzobispo tuvo que proporcionárselas, no sólo a los muchos miles de cruzados sueltos, que de todas partes, en tropel, acudieron a inscribirse, sin traer nada, sino a gran número de caballeros, de cuerpos regulares, que se las pedían, junto con caballos, según la carta a Inocencio III. Y aún más. El Arzobispo tuvo que ocuparse con improbo trabajo en acopiar las inmensas cantidades de elementos de guerra necesarios para la expedición, y en reunir los medios indispensables de transporte. Un solo dato, que nos da D. Rodrigo sobre este punto, nos indicará cuánto era menester para ello. Dice que para transportarlos se emplearon sesenta mil unidades de carga y arrastre. (3) Es verdad que el pueblo puso en sus manos cuanto tenía de provechoso en viveres, armas, acémilas, carros y caballos de guerra, con una generosidad, esplendidez y sacrificios jamás vistos, como se lee en su Historia. (4) Y no poco trabajo dió igualmente a D. Rodrigo el alojamiento de aquellas masas inmensas de hombres. Tal era ya la muchedumbre de ellos para cuando llegó el rey de Aragón con la parte selecta de sus fuerzas, que la gran ciudad toledana rebosaba en gente dentro de los muros; por lo que el aragonés tuvo que acampar con su hueste en la vega, en los parques y jardines reales.

Hay todavía otra circunstancia, que realza el mérito de D. Rodrigo en estos lances difíciles. Era la única autoridad de Toledo: todo dependía de él. Alfonso VIIII, poniendo la ciudad entera con todos sus graves problemas en manos de su consejero y ministro, andaba fuera de su capital, dedicado ardorosamente a levantar en todas partes los ánimos de su reino; y advierten los Anales primeros de Toledo que el rey de Castilla llegó a Toledo, después de Pascua, a la vez que el rey de Aragón, con el objeto de hacerle más solemne recepción. Así el Arzobispo hacía en Toledo de todo, de ministro universal, de caudillo, de soberano y de magistrado supremo de justicia, desde enero, fecha de su llegada.

Y menos mal si todo hubiera estado en orden y en paz; cosa por cierto imposible en una aglomeración tan enorme de tanta clase de gente. Los ultramontanos se desmandaron de varios modos. Una parte de ellos se lanzó ferozmente un día sobre los sospechosos y aborrecidos judíos, que excitaban su furor con sus sigilosas apariciones, para hacer presas usurarias entre los cruzados, y almacenarlas después en el interior de las misteriosas barriadas, en que volvían a esconderse, dejando en pos una siniestra estela de recelos y despechos. La nobleza toledana reprimió vigorosamente a los iracundos extranjeros, antes que consumaran grandes actos de violencia. Otro día tuvo que reprimir y castigar la tala de la huerta del rey y de todo el Arcardet.

Mas, porque D. Rodrigo pasa sobre estos desmanes como sobre ascuas en su relato histórico, un crítico moderno le censura así acerca de ello y otras cosas generales: «Tiene bastante honradez literaria para no desfigurar a sabiendas y por puro efectismo la verdad; pero su amor propio sumamente interesado en el éxito de la empresa, la devoción cortesana que profesa a Alfonso VIII y su exaltado celo patriótico-religioso, ponen a veces, quizás sin darse cuenta, buscada obscuridad en su pluma, y le hacen exagerar las proporciones de los hechos... Como el

(1) Lib. VIII. c. 4. (2) Ibidem. (3) Lib. VII. c. 4. (4) lbid. en varias partes.

rey quiso que se encargase personalmente de proveer a las necesidades de los cruzados y poner orden en aquella muchedumbre ociosa e inquieta, nos dice que acudió con gran solicitud, y que la armonía más perfecta reinó en la ciudad, a pesar de que el común enemigo intentó varias veces turbarla. Esta frase tan vaga encubre... hechos desagradables (alude el crítico a los sucesos ya referidos ahora de Toledo y a la defección de los extranjeros en mitad de la marcha, en Calatrava.) Su amor propio de gobernante, que le impedía referirnos tan graves desmanes, le hace soslayarlos con un eufemismo anodino.» (1) No es justo este lenguaje. No hay derecho para teñir con color tan desfavorable la veracidad histórica de D. Rodrigo, porque no refiere pormenores de escasísima importancia, sino que se contenta con indicar rápidamente la substancia del hecho, como en los casos citados, en el segundo de los cuales da más noticias que otros testigos que de él escriben. En innumerables puntos de más importancia corre el Arzobispo con mayor laconismo en la narración, aun al referir los sucesos de esta campaña. Notaré solamente lo de la conquista de los Castillos, de camino para las Navas. Sólo dice que se conquistaron, nada de sus conquistadores, nada de sí mismo, cuando sabemos por los documentos de donaciones de San Fernando, que el mismo Arzobispo fué el héroe principal, y por eso se los dió el Santo rey, lo mismo que su abuelo, como veremos. ¿Cómo iba a dar gran importancia a incidentes que podían mirarse como naturales, dada la gran aglomeración de gentes y su inacción demasiado prolongada? Bastaba aludir someramente a ellos. Lo que parece harto imaginario es suponer que D. Rodrigo no individualizó los pormenores, que los Anales Toledanos consignan, con la mira de no deslucir su prestigio de gobernante. Sobre todo a los treinta años de transcurridos tales sucesos, sobradamente cimentado estaba con tantos años de éxitos insignes.

Según el Narbonense, el tedio consumía a los más férvidos cruzados, por la dilación en salir contra los sarracenos, pero como vemos en la carta de Alfonso VIII al Papa, la dilación era forzosa, por cuanto no llegaban las huestes castellanas, que «habían de venir a la guerra.»

Los vasallos del rey de Castilla no pudieron acudir, como los extranjeros, a Toledo para la fecha señalada, a causa de la imposibilidad de poder terminar los preparativos, por dos razones; primera, porque el soberano no les dió el tiempo suficiente. Después de enviar a otras naciones los anunciadores de la cruzada para la próxima primavera, en vez de darles tiempo para prepararse, los llevó a nueva campaña. Escribe D. Rodrigo: «El padre para consolarse de la muerte de su hijo con grandes hechos, congregada la tropa, por la ribera del Júcar entró en tierra de sarracenos, cercó a Alcalá, del Júcar y la tomó lo mismo que a Gradien y Cubas, y rescató de los sarracenos a muchos cautivos, y recogió mucho botín: habiendo así ocupado todo, y guarnecido los lugares, regresó con fortuna a los suyos, muy avanzado el invierno.» (2) La segunda razón fué que, tras de venir tan tarde de la campaña, se les agobió con reclamaciones de suministros costosos de toda clase para proveer de armas y vituallas a los extranjeros y a los españoles de otros reinos, que venían en masa, no en cuerpos formados.

Pero el brillante aspecto de las huestes hizo olvidar este retraso tan desagradable.

Tan perfecta y soberbiamente equipadas aparecieron en Toledo, que asegura el mismo Arzobispo «que no sólo les no faltaba nada, sino que daban a otros liberalmente.» (3) Aquí se desborda su pluma en desenfrenadas alabanzas en loor de

(1) Huici. P. 106. (2) Lib. VII. c. 36. (3) Lib. VIII. c. 4.

Alfonso VIII, caudillo de aquellas marciales tropas, hasta el lance de exclamar, rebasando los límites de la mesura: «Se puede decir de él: éste tiene más valor que todos nosotros tenemos.» (1)

Ciertamente lo más selecto y poderoso que vemos en estos instantes en Toledo es el ejército castellano. Ahí está todo lo bueno y grande de la generosa y esforzada Castilla. Su hueste es la más numerosa: oscila arriba de sesenta mil guerreros, porque habiéndose aplicado el sistema de reclutamiento de soldados conforme marcaban las leyes y los fueros locales de los Señorios, concejos y Ciudades en el extremo lance de la vida nacional, y habiéndose alistado también voluntariamente todos los que podían llevar armas, el número de cruzados castellanos había subido al máximum, que podía dar. Su organización es la más firme y compacta, como marcializada en su mayor parte, por los más expertos y aguerridos caudillos.

El mismo D. Rodrigo así lo comprende, y por eso se detiene a darnos cuenta de los escuadrones de que se compone y de los magnates y Señores, que los conducen. Señala en particular los nombres más gloriosos, y más particularmente todavía los de aquellos escuadrones sagrados, alma y nervio de todo el ejército, con sus respectivos adalides, pertenecientes a las cuatro Ordenes militares de Caballeros heróicos: el de Calatrava, mandado por su Maestre, Rodrigo Díaz; el del Temple, al mando del suyo, Gómez Ramírez; el del Hospital, al mando de su Prior, Gutierre Ramírez; el de Santiago, al mando de su Maestre, Pedro Arias. Allí aparecen también innumerables religiosos de diversos votos y profesiones, anhelosos muchos de ellos, como los miembros de las órdenes hospitalarias, de ejercitar en el campo de batalla sus oficios de caridad y misericordia con los heridos. Pero el espectáculo que más arrebata las miradas de D. Rodrigo es el brillante coro de aquellos Venerables Prelados de la Iglesia, de los que escribe: «Allí estaban igualmente los Pontífices, que se sacrificaron devotamente cuanto les fué posible, con gastos y penalidades por el triunfo de la fe, vigilantes para socorrer en las molestias, piadosos en sus deberes, próvidos en los consejos, espléndidos en aliviar necesidades, incesantes en las exhortaciones, pacientes en los trabajos.» (2) He aquí el cuadro de los Obispos. En el ejército aragonés estaban García de Tarazona, Berenguer, electo de Barcelona, En el castellano, Tello de Palencia, Rodrigo de Sigüenza, Menendo de Osma, Pedro de Avila, Domingo de Plasencia y descollando entre todos, Rodrigo Jiménez de Toledo, el cual, como Metropolitano, había invitado personalmente a los de su jurisdicción, y como Legado del Papa y jefe espiritual, a todos los demás. Faltaron el de Segovia y Cuenca. El primero, que había prestado excelentes servicios en Roma para alcanzar las gracias de la cruzada, quizá ya empezara a enfermar del mal que luego le anuló, como diremos. El segundo era un santo; no sabemos por qué no concurrió. Arriba nombramos a los franceses.

Aquí hay que rendir a la Iglesia tributo de justicia. Este magno movimiento de Europa contra el Islán es obra de la Iglesia. De la cumbre del Clero ha descendido el fuego sagrado de amor a la independencia y a la libertad patria, que abrasa a esa inmensa hueste, que se apresta a gloriosa guerra. Sus Pastores han prendido la llama del entusiasmo con las predicaciones saturadas en los altos ideales de la religión y patria en esos pueblos de fe, que viven más cerca de Dios que los nuestros, en una esfera más elevada de aspiraciones santas; porque tienen la suerte de ser acaudillados por santos y sabios de la talla de Santo Domingo, San Francisco de Asís y tantos más. No es la edad media la fantástica visión soña

(1) Lib. VIII. c. 3. (2) Lib. VIII. c. 3.

da por la calenturienta ignorancia, visión en que surgen, flotan y se sumergen sombras guerreras acorazadas de acero, caballerescas figuras, que vuelan en los palenques las suertes del amor, iluminadas por la superstición, agitadas por el genio del fanatismo y por el conjuro de interminables legiones de monjes y anacoretas, que vagan por todas partes, infundiendo los espantables terrores del juicio y de la eternidad: antes bien es una sociedad incomparablemente más espiritualista e idealista que la nuestra. Valía más que ésta que vive lejos de Dios.

Los Prelados castellanos, que eran a la vez Señores temporales con vasallos, llevaban consigo las fuerzas militares, que les correspondían.

Don Rodrigo, el primer impulsor y estimulador de tan magna obra, fué además el que mayor concurso material aportó entre los Prelados, si bien no tan grande como en épocas posteriores, cuando, con su pericia, valor y méritos, quintuplicó el poderío y la riqueza de su insigne Iglesia. Equipadas admirablemente envió al mando de un lugarteniente suyo las fuerzas todas, que de sus villas de Alcalá de Henares, Brihuega y otras pudo recoger. (1) Sobre todo de las dos nombradas villas podía formar dos buenas columnas; pues eran populosas y tenían agregados varios pueblos vecinos. Además un escritor juzga que fué «beneficiosisima la intervención del Arzobispo que, por haber sido Prelado de Osma, conservaba decisiva influencia en su amado país de Soria, donde se originaba su heróica y poderosa familia materna, y donde radicando su patrimonio familiar, fué el Señorío de su madre... y así de los veinte Concejos, seis eran sorianos con sus Obispos, Menendo de Osma y Rodrigo de Sigüenza, primo de D. Rodrigo.» (2)

Mientras con tanta actividad, sabiduría y tantos sacrificios de D. Rodrigo se disponía en Toledo el más grande ejército que jamás se congregó en España, para luchar con el más poderoso, que invasor alguno ha alineado en la Península, la Europa cristiana, a solicitud del santo Arzobispo y por orden y conjuro del gran Pontífice Inocencio III, descalzaba sus plantas, se entregaba al ayuno y abría los labios a la oración empapada con lágrimas, en rogativas y procesiones públicas, a imitación de la que en Roma se celebraba en el memorable día 23 de mayo, que debe consignarse y perpetuarse en la vida de nuestro héroe, el cual, como referimos, ya para implorar el auxilio del Altísimo, ya también para elevar el espíritu de los cruzados e inocular hondamente el sentimiento religioso que debía animar a los guerreros, organizó las recepciones de los cuerpos principales por medio de rogativas procesionales. En el documento pontificio siguiente leeremos lo que en Roma se hizo, y eso bastará, puesto que es elocuentísimo, para deducir lo que en el resto de la cristiandad se ejecutó.

«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén. Se hará procesión general de hombres y mujeres el miércoles de la infraoctava de Pentecostés, por la paz de la Iglesia católica y del pueblo cristiano, y particularmente para que Dios los favorezca en la guerra, que se dice, han de tener con los sarracenos, porque no se entregue al oprobio su herencia y los dominen las naciones; y se ha de comunicar a que vengan todos a esta procesión, sin que se exceptúe nadie de ellos, menos los que tuvieren enemistades capitales. Al amanecer se juntarán las mujeres en Santa María la Mayor, en la basílica de los doce Apóstoles los eclesiásticos, y los seglares en Santa Anastasia. Después de rezadas las colectas, tocando a un tiempo las campanas de estas iglesias, todos irán en el siguiente orden al campo lateranense. Ante todos, también las mujeres, ha de preceder la cruz parroquial de Santa María la Mayor, rompiendo la procesión los religiosos, siguién

(1) Pereja. p. 68. (2) Cerralbo. p. 55.

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