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dictamen y fué el de acometer á las tropas reales 1.

Silva había sentado ya su campo ante Lérida, y en 12 de Mayo se presentó á las puertas de la ciudad un trompeta suyo con pliegos para los leridanos, encargándoles volviesen á la obediencia del rey de España, pues éste les ofrecía admitirles con promesa de mantenerles sus privilegios é inmunidades. El gobernador, M. de Argenzon, y el representante de la diputación, Dr. Anglasill, decidieron antes de responder consultar al mariscal Lamotte 2, que tan cerca se hallaba, y entonces fué sin duda cuando éste y su consejo decidieron atacar al enemigo antes de que se fortificase, para obligarle á abandonar la empresa.

La batalla tuvo lugar el 15 de Mayo y fué empeñada. Al principio la fortuna se mostró favorable á las armas catalano-francesas, pero pronto trocó en iras sus favores. Felipe de Silva rompió con su caballería por entre los franceses, y quedó triunfante. Perdió Lamotte artillería y convoy, y hubo de retirarse precipitadamente á Cervera, dejando en poder del enemigo hasta 1.000 prisioneros, entre ellos el barón de la Portella y el conde de Zavallá, que murió de resultas de sus heridas.

Alentados con esta victoria los castellanos, árbitros de la campaña por el pronto y libres para las operaciones del sitio, fortificaron sus líneas sin otros estorbos que las continuas y vigorosas salidas de la plaza. Nuevo aliento cobró también el ejército real al saber que el rey Felipe IV se había decidido á salir otra vez de Madrid, no para perder como antes el tiempo en diversiones y fiestas, sino para llegar á Fraga, desde donde pudiese animar con su presencia á las tropas.

Estrechóse, pues, el cerco, y Silva dió la orden de

1 Jaime Tió, lib. VIII, 6.

2 Diego Joaquín Ballester: Alba leridana.

bombardear la ciudad sin descanso. Los leridanos resistieron firmes por espacio de dos meses; pero al ver los paheres los estragos y miserias de la ciudad y la escasez de víveres, empezaron á pensar que no tendrían otro recurso que entregarse si pronto no eran socorridos por Lamotte, sosteniéndoles el gobernador Argenzón con promesas y seguridades, y aun enseñándoles algunas cartas que supuso haber recibido del mariscal prometiéndole pronto auxilio.

Efectivamente, Lamotte intentó varias veces dar socorro á la plaza. Después de haberse reforzado en Cervera 1, se dirigió á Balaguer con ánimo de atacar de nuevo el campo enemigo, habiéndose agregado á su hueste varios tercios catalanes, entre ellos el de Barcelona, que á 8 de Junio salió de esta ciudad con el conceller en cap, que lo era en aquel año José Montaner, al cual acompañaban Jerónimo de Calders y José de Navel, sus consultores; Damián Janer, Galcerán Dusay, Domingo de Moradell; Francisco Cabanyes y muchos otros caballeros y oficiales 2. A mediados de Junio estaba Lamotte en Balaguer, y pronto, pasando el río, presentó ante las trincheras reales, siendo fama que por un trompeta envió á desafiar al de Silva, diciéndole que le presentaría la batalla si salía de sus líneas; pero prudente y cauto el general castellano, le contestó no tener orden de su rey para ello, aunque, sin embargo, abierto tenía el de Lamotte su camino para embestir las trincheras 3. Juzgó temerario aventurarse á ello el

se

1 Crónica manuscrita de Cervera, por D. José Corts, lib. I, capítulo VI.-Se halla este manuscrito en la Biblioteca-Museo de Villanueva y Geltrú.

2 Archivo municipal: Dietari de la anada feu lo senyor Joseph Montaner conseller en cap en la campaña de Lleyda per lo socorro de dita plassa.

3 Feliu de la Peña, lib. XX, cap. VIII.

mariscal francés, y fué entonces á asentar su campo entre Lérida y Fraga, pero pudo mantenerse poco tiempo por falta de agua y forrajes, y dejando abierta la puerta para entrar los víveres en el campo enemigo, se retiró á la otra parte del Segre.

Viendo, pues, Lérida que no debía ya esperar auxilio, y escaseando tan extraordinariamente los víveres en su recinto, que la gente estaba en grandes apuros para atender á su subsistencia, comenzó á tratar de capitulación, y se nombró para ajustarla con el general español á los Sres. D. Alejandro Calaf, D. Juan Bautista Canet, D. Jerónimo Bernat y D. Juan Gispert, quienes, reunidos con los canónigos Ribot, Bellver, Quer y Mercer, salían hacia el campo sitiador para tratar de las condiciones, cuando en la puerta llamada Dels infans orfans, hallaron á D. Carlos de Padilla, general de la caballería española, que iba á la ciudad con el mismo objeto 1. En la casa-hospital de huérfanos allí contigua se firmaron, á 30 de Julio, las capitulaciones, manifestando el general español que no permitía S. M. entrasen en los pactos los catalanes, pues había dicho que para sus vasallos no había otros pactos que su amor y cariño 2.» Proseguía con gran acierto la política de atracción por parte de Felipe IV.

El día 2 de Agosto entraba en Lérida D. Felipe de Silva con su ejército, mientras salían por otra puerta con los honores de la guerra M. de Argenzon y los franceses; el 3 enviaron los paheres una comisión á felicitar á Felipe IV, que se hallaba en Fraga, y el 7 hizo éste su entrada triunfal en la antigua Ilerda, donde, para dar ejemplo á Cataluña, prestó el juramento de respetar sus privilegios y acatar los de la

1 Ballester: Alba leridana.

2 Memorias manuscritas del archivo de Lérida.

provincia entera y sus condados con todas sus prerrogativas (X).

Ya poco antes, á 25 de Abril, hallándose en Zaragoza, había mandado el rey expedir un edicto 1 por el cual prometía á los catalanes olvidar todo lo pasado, mantenerles en sus haciendas, privilegios, usajes, fueos, pragmáticas, capítulos de corte, leyes y constituciones, y ofrecía á todos perdón general, exceptuando á D. José Margarit, al Dr. Fontanella, D. José Rocabruna, D. Francisco Vergós y los que hubiesen puesto mano en la muerte del conde de Santa Coloma. También se mandaba por este edicto á D. Felipe de Silva y á los demás generales que no se hiciese el menor daño á cuantos lugares se redujesen voluntariamente, siendo respetadas las personas y haciendas (XI).

Cuando Felipe IV, al cabo de poco tiempo, partió de Lérida para la corte, encargó asimismo de palabra, y muy particularmente, que se tratase bien á los catalanes y se tuviese con ellos todas las consideraciones debidas á súbditos «á quienes tanto debía la monarquía. » Mientras era ésta la política cuerda y prudente que seguía Felipe IV, los franceses, por su parte, iban enajenándose voluntades, y no tardó en estallar un conflicto con el virrey Lamotte.

Habíase éste encaminado á Tarragona para ponerle sitio con su ejército, á fin de enmendar con la toma de esta ciudad los daños de la pérdida de Lérida. Formó sus líneas y fortificóse en la circunferencia de la plaza, á la cual batió vigorosamente hasta 22 de Agosto,

1 Son rarísimos los ejemplares que de este edicto quedan, y ésta es otra de las razones porque se inserta en los apéndices á este libro. La escasez de ejemplares es tal, que un escritor que debió hacer investigaciones en el archivo para historiar esta época, no habiendo encontrado este edicto, dudó de su existencia y creyó que sólo Margarit había sido exceptuado del perdón general. (Véase Tió en su «Conclusión,» 31.)

día en que, haciendo una repentina salida los de la ciudad, penetraron en las líneas enemigas, clavaron cuatro cañones y mataron á muchos franceses, quienes, recobrados de su primera sorpresa, defendieron sus fuertes haciendo retirar á los de la plaza.

En desagravio, Lamotte ordenó dar un asalto general el día 24 por las brechas que había abierto su artillería, defendiéndose los cercados con tanto empeño como fueron atacados. Las relaciones de aquel tiempo citan, como modelos de valor, á los cabos catalanes Jaime Portoles, José Bacedas, Ponce de Foix, Jaime Gorchs y José Torrell. Sitiados y sitiadores rivalizaron en bravura y arrojo, pero hubieron de retirarse los últimos á su campo sin haber conseguido otra cosa que compartir el lauro de la jornada con sus enemigos 1.

Convencido por fin el mariscal francés de que no era posible entrar en Tarragona, decidióse á levantar el sitio á 14 de Setiembre, por lo cual se alzaron contra él fuertes enojos, sin que le valiera decir que había hecho esto para ir á ocupar los lugares que hay desde Urgel á Cervera á fin de impedir que entrasen víveres en Lérida. La indignación creció de punto cuando se supo que Balaguer, Agramunt y Ager se habían entregado á los castellanos, voluntariamente las dos primeras plazas y la tercera á la fuerza, después de haber opuesto empeñada resistencią su gobernador, D. Felipe de Erill.

Estas pérdidas, la rendición de Lérida, la batalla desgraciada ante sus muros, la caída de Monzón y el abandono del sitio de Tarragona fueron el menguante de la fortuna de Lamotte, contra quien se pronunció airada la opinión pública, haciéndosele á más graves cargos de fraudes y depredaciones sobre los bienes secuestrados y mayormente sobre los del duque de Cardona, con

1 Relación de los sitios de Tarragona, impresa en aquel mismo año.

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