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Por la muerte del Rey D. Sancho Garcés volvieron á incorporarse en los Estados de Castilla las provincias Vascongadas. El Conde D. Lope dominó en Vizcaya, Guipúzcoa y Alava, como lo expresa al firmar con sus hermanos García Y Galindo una escritura de donacion á favor de San Millan en el año de mil ochenta y dos. Asi perma neció durante el reinado de D. Alonso Sexto, pasando despues á su hija Doña Urraca, y por esta á su marido D. Alonso primero el batallador, Rey de Aragon. En el siglo doce durante las frecuentes guerras entre los Reyes de Castilla y Navarra, la mayor parte de las provincias estuvieron separadas del dominio de los castellanos. Por muerte de D. Alonso el batallador entró á sucederle Don García Ramirez, pasando despues la Corona á su hijo D. Sancho apellidado el sabio, y en seguida á D. Sancho el fuerte, á quien obedeció gran parte de las provincias el año de mil doscientos. No acomodando á los Reyes de Castilla y Navarra la resolucion del Rey de Inglaterra sobre la division de sus territorios, ajustaron la paz el año de mil ciento noventa y nueve, repartiéndose entre sí el dominio de las provincias Vascongadas. No puede haber una prueba mas concluyente de que el Señorío de las provincias no nacia de la eleccion y voluntad de sus naturales, sino de las causas ordinarias de la política, puesto que vemos que dividian por sí y á su antojo los territorios; pero ya en el año de mil doscientos quedaron las provincias agregadas para siempre á los dominios de Castilla, pues D. Alonso Rey de Castilla declaró la guerra á D. Sancho, y durante ella conquistó y ganó por fuerza de armas la parte de las provincias que obedecia á Navarra. Esto manifiesta el verdadero origen del dominio de los Reyes de Castilla en aquella parte de la Península, y que sin duda alguna fue fingida la escritura de veinte y ocho de Octubre del año de mil doscientos, que se mira como el instrumento del pacto entre el Rey D. Alonso octavo y los guipuzcoanos.

Las escrituras pertenecientes á Alava continuan manifestando el alto dominio que ejercian sobre las provin

cias los Reyes de Castilla en el siglo trece y siguiente. Lo mismo que Guipúzcoa y Alava, y aun con mayores pruebas puede decirse de Vizcaya, porque son tan claros y tan repetidos los testimonios y documentos coetáneos acerca del dominio que los Monarcas castellanos ejercian sobre la expresada provincia, que no dejan ninguna duda: asi se ve que eran los que nombraban los Señores de Vizcaya sin hacer cuenta de sus naturales, y aunque reunidos los vizcainos en el año de mil trescientos cincuenta y ocho por mandado del Rey D. Pedro el Cruel en el lugar ordinario de sus juntas, dijeron que nunca tendrian en Vizcaya otro Señor que el Rey de Castilla, fue dispuesto (segun la crónica del citado D. Pedro) cautelosamente, para excusarse de dar al Infante D. Juan de Aragon el Señorío de Vizcaya que le tenia prometido de antemano, y este Señorío era un Señorío subalterno que los Reyes daban y quitaban sin perjuicio del supremo de su Corona. ¿Cómo pues se podrá mantener la independencia de estas provincias, tan manfiestamente desmentida por un sin número de diplomas y documentos fidedignos? Ya se ha visto que su territorio no se preservó de las invasiones enemigas, y que muchas veces fueron motivo de estas guerras y sufrieron de lleno el derecho de conquista, y que á varios de sus pueblos se dieron fueros de poblacion á manera de ordenanzas municipales con varias franquezas, y establecieron Hermandades con el principal objeto de impedir y castigar crímenes públicos. Sin embargo para mayor prueba se harán algunas obseryaciones acerca del ejercicio de la supuesta soberanía de estas provincias, con el objeto de manifestar que nunca usaron ningun acto de dominio supremo, libre é independiente.

La Vizcaya no consta que eligiese Señor en ningun tiempo ningun documento califica esta eleccion, ó al menos ninguno que merezca el nombre de tal, pues el único que se cita en el libro de linages de España que en el siglo catorce escribió D. Pedro, Conde de Barcelós, contiene todas las inverisimilitudes y contradicciones ima

ginables. Supone que molestados los vizcainos por las vejaciones del Conde D. Munio, General del ejército del Rey D. Alonso tercero el grande en Asturias, arribó á Vizcaya, un tal Fron, hermano del Rey de Inglaterra, que les ofreció defenderlos, si le elegian por Señor: que en seguida se dió una batalla cerca de la aldea de Busturia y que en ella quedó vencido y muerto el Conde Don Munio.

Es inverosimil que un puñado de gentes pudiese humillar las armas del grande Alonso, siempre victoriosas; y no lo es menos el arribo y eleccion de este Príncipe des-, terrado de su patria que parece debia por esta razon inspirar poca confianza, y en fin no deja duda de su falsedad, el silencio de nuestros historiadores coetáneos y do, todos hasta el siglo catorce.

Otro tanto se puede decir de la independencia de Guipúzcoa, y su origen; nada persuade la entrega voluntaria de la provincia de Guipúzcoa á D. Alonso, Rey de Castilla, fecha veinte y ocho de Octubre del año de mil, doscientos, por ser manifiestamente apócrifa y suplanta-, da: primero, porque no se cita ni consta en ella el pueblo de su otorgamiento, circunstancia esencial en documentos de esta importancia: segundo por el silencio uniforme de los antiguos historiadores que escribieron de Gui-, púzcoa hasta el siglo diez y seis: tercero, porque el lenguage que en ella se usa, no es propio de aquel tiempo, y finalmente porque el mismo D. Alonso octavo y Don Sancho el sabio de Navarra en el tratado de mil ciento, setenta y nueve, dividieron entre sí, sin la voluntad de sus naturales, las provincias. No es menos evidente que Alava fue dominada sucesivamente por los Reyes de Asturias, de Castilla y de Navarra, estableciendo en ella fortalezas, y ejerciendo varios actos de soberanía como hacer donaciones y cesiones particulares, y que habién¬ dose unido á la Corona de Castilla en tiempo del Rey Don Alonso octavo, de resultas de la guerra que declaró á Don Sancho el fuerte de Navarra, no ha salido jamas ni pa

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sado á otro dueño. Y lo que la cofradía de Alava cedió posteriormente á D. Alonso once, no fue la Soberanía que nunca tuvo, sino el Señorío inferior que habia estado separado de la Corona como lo estan todavía otros muchos Señoríos particulares. Tales son los títulos con que las provincias Vascongadas han sostenido y procuran sostener su primitiva independencia y su entrega voluntaria á la Corona de Castilla.

El examen que se ha hecho de ellos ha descubierto su ineficacia y debilidad. El uno es una mera fábula llena de contradicciones é inverosimilitudes: el otro un documento suplantado y apócrifo: y el tercero una escritura muy mal entendida y explicada: y aunque ya es excusado el examen de sus fueros, porque socabado el cimiento, naturalmente se desploma el edificio, con todo se harán algunas observaciones importantes, para determinar la autoridad de donde dimanan, el objeto de su concesion, las variaciones que han sufrido, y la naturaleza de las exenciones en punto á tráficos y consumos que es el objeto de la reforma de que se trata.

No hay duda que las tres provincias tuvieron de inmemorial fueros, si bajo esta palabra se entienden sus fueros y costumbres; pero estos fueros que hácia el siglo doce de la era cristiana comenzaron á ponerse por escrito, eran generales en España, y no consta que los de estas provincias aventajasen á los demas de la Monarquía. Estas disposiciones recaian sobre las personas que era preciso estimular con el premio para las arriesgadas empresas; pero nunca sobre los pueblos, y mucho menos con el caracter de duraderas como suponen los vascongados: y como solo hablan de inmemorial, se ha hecho preciso recorrer todas las épocas conocidas de la historia de España, para hacerles ver que en ninguna de las que precedieron á sus fueros, tiene cabida su origen, y que no habiendo sido jamas independientes, no pudieron ser pactados sus fueros y franquezas. Los Reyes que dominaron en estas provincias les dieron fueros y los otorgaron libremente por su gracia y merced: D. Alonso octavo de

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Castilla los dió á San Sebastian en diez y seis dé Agosto de mil doscientos dos; á Fuenterrabia en diez y ocho de Abril de mil doscientos tres, y á Guetaria en mil doscien→ tos nueve. D. Alonso décimo dió á la villa de Mondragon fuero particular en quince de Mayo de mil doscientos sesenta: su hijo D. Sancho el Bravo los dió á Salinillas: su sucesor D. Fernando dió fuero particular á la villa de Azpeitia: otro tanto practicó D. Alonso once con la de Renteria, y D. Juan primero dió á la de Orrio los de San Sebastian en doce de Julio de mil trescientos setenta y nueve. En Alava, cuyo territorio estaba dividido entre los Reyes de Castilla y Navarra, dieron tambien los Reyes fueros particulares á algunas de sus villas y pueblos: y lo mismo hallamos en Vizcaya en punto á fueros municipa les, pues D. Sancho el Sabio dió fuero particular al Condado de Durango: y las villas de Bermeo, Orduña y Val→ maseda lo hubieron de D. Lope Diaz. Es iududable que no obtuvieron un fuero general para su gobierno hasta el siglo catorce. La de Guipúzcoa lo confiesa asi en el discurso preliminar de la recopilacion de sus fueros hecha en mil seiscientos noventa y seis. La de Alava tampoco tuvo legislacion propia hasta el mismo siglo. En orden al Señorío de Vizcaya es bien sabido que en mil trescientos cuarenta y dos, fue cuando se ordenó el fuero. viejo de Vizcaya dado por D. Juan Nuñez, Señor de Vizcaya y confirmado por D. Juan primero, Rey de Castilla, con objeto, como los mas de aquella época, de el exterminio de los alborotos y sediciones: y en mil cuatrocientos sesenta y tres estuvieron en Vizcaya como comisionados de su Magestad, Lope de Mendoza y Pedro Alonso de Valdivie so y otros, los cuales despues de haber reconocido el fue ro de Vizcaya, corrigieron y ordenaron el capitulado de la Hermandad y aprobaron esta capitulacion; de modo que unos y otros dimanaron de la autoridad Real, como única que podia darles el caracter de legales y valederos.

En junta de cinco de Abril de mil quinientos veinte y seis trataron el fuero viejo de defectuoso como hecho en tiempo de sediciones y alborotos, y acordaron que

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