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Tales pasos, y el empeño que demostraba el doctor del Real en la proyectada Memoria sobre Nueva Granada, Quito y Venezuela, adelantándose en años, con clarividencia de patriótico anhelo, a la constitución de un gran Estado con la reunión de esos tres países, nos hacen pensar que a su labor de aglomerar materiales se debió en parte principalísima la futura, extraordinaria obra de propaganda que debía intitularse Colombia.

Menos clara aparece la cuestión de quién fue el redactor de los dos voluminosos tomos que la constituyeron, primero en el texto inglés, traducidos simultáneamente al español, pues como ya se dijo no aparece nombre de autor, ni pudiera afirmarse, a ciencia cierta, que fue el periodista profesional y agudo escritor Mr. Alexander Walker, autor de la extensa Introducción, cxxiii páginas, que se firma al frente de la obra y denota profundo conocimiento de los problemas, intereses, estabilidad política y perspectivas de la nueva nación que aparecía ante el mundo con el nombre sonoro y evocador de Colombia. El estilo de esa bien meditada Introducción, que parece ser el mismo que se emplea a todo lo largo de los dos gruesos volúmenes que encabeza y las conexiones de Walker con Zea y del Real a quienes en años anteriores había prestado excelentes servicios como periodista en artículos de propaganda en la prensa londinense, hacen suponer que a él se confió la redacción de ese inmenso trabajo. La traducción al español, corrió, a nuestro juicio, a cargo de los empresarios del momento, posiblemente de Zea, que además de ser un gran trabajador, hizo incluir en la obra su retrato y una relación muy honrosa para su persona.

En la correspondencia del doctor del Real, aparece también el escritor William Walton, quien se daba asimismo el título de "segundo secretario" del doctor del Real y fue colaborador decidido y eficaz de los intereses suramericanos tanto en el Morning Chronicle, con artículos de propaganda, como ante el Foreing Office por mediación del jefe de la “Casa de los Comunes", Mr. Whithread. Walton se comprometió por un año (1815), mientras permaneciese en Londres, con el doctor del Real y con el comisionado del Gobierno de Buenos Aires, don Manuel Sarratea, a servir esos dos objetivos: la propaganda y la gestión de reconocimiento por el Gobierno inglés de esas nue

vas repúblicas. Los dos comisionados, el neogranadino y el bonaerense, recompensaron a Mr. Walton, sin que él lo solicitara, con cien libras cada uno, en forma muy delicada, por mano del comisionado de Venezuela, don Luis López Méndez, según lo expresa Walton en carta de agradecimiento al doctor del Real, pero no puede decirse que ese periodista fue el redactor del libro Colombia, pues no se sabe si años después regresó a Londres y continuó al servicio del ministro Zea.

Se hace mención especial en el primer tomo de un colaborador en el bosquejo histórico de la revolución, don Leandro Miranda, quien podía disponer, como fuente de consulta, del copioso archivo de su padre, el grande e infortunado Precursor de la Independencia General don Francisco Miranda. Aparte de esto, el redactor tuvo a la vista las obras de Depons, de Humboldt, a quien se cita a cada paso como autoridad indiscutible en cuestiones de América y especialmente de Colombia y las relaciones de los misioneros Gilij, Gumilla, Rivero, con otros autores para respaldar los hechos y aserciones.

Fue, ciertamente, de inapreciable ayuda para el redactor del libro Colombia, la monumental obra de Alexander von Humboldt Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent, que estaba en curso de publicación y de traducción a varios idiomas extranjeros en la segunda década del siglo XIX (París, 1807-1830; London, 1814-1829); casi pudiera decirse que en muchas partes está calcado sobre las observaciones de ese genial hombre de ciencia, sin que esto le quite mérito, porque no podía el redactor ocurrir a fuente de más segura información que la de esa autoridad universalmente reconocida, si quería presentar un trabajo con los conocimientos más modernos entonces sobre las regiones que constituían a Colombia, la grande, visitadas y estudiadas por el insigne viajero alemán. De alguna utilidad fue también, aunque sólo en lo referente a la Capitanía de Venezuela, el libro de Fraçois Dépons: Voyage a la partie orientale de la Terre-Ferme, de l'Amérique Meridionale (París, 1806; London, 1807).

A estos dos autores se remite el redactor cada vez que quiere respaldar sus juicios. No se cita, empero, aunque creemos

que sí se tuvo en cuenta, la obra del Mayor Flinter: A history of the revolution of Caracas... (London, 1819), especialmente en la parte comercial y política y en la descripción del "llanero". Con estas fuentes y otras para la parte etnográfica de las tribus indígenas, como ya se dijo, más la inmensa cantidad de datos estadísticos de todo orden que se habían allegado en años de preparación, pudo componerse y editarse la voluminosa obra Colombia que aspiraba, según el propósito de sus gestores, a descorrer el velo que cubría la realidad de estas regiones, con sentido nacionalista y miras de propaganda, objetivo que se consiguió plenamente donde quiera que fueron los dos voluminosos tomos, no obstante haber caído la obra en el olvido años más tarde al de su publicación y sólo haber podido conservarse en las grandes bibliotecas entre las obras raras y curiosas.

Es más: el libro Colombia no solamente despertó la curiosidad de quienes en Europa y en América lo tuvieron en sus manos, sino el interés de hombres de negocios atraídos por lo que se predicaba sobre recursos naturales, amplio campo para la libre empresa y facilidades de comercio de esa nueva nación hispanoamericana y es muy posible que hubiera podido influir en el ánimo de las cancillerías para el trato y reconocimiento del país libre que, según el prologuista, se pretendía en ese momento. Por otra parte, el esfuerzo editorial que representaba la publicación de esa voluminosa obra y el interés con que fue acogida por los públicos, creemos que tuvo la virtud de estimular una serie de publicaciones sobre ese gran país, en la forma de diarios, recuerdos, viajes, memorias, cartas, etc. de legionarios europeos que querían contar sus experiencias y aventuras en tierras convulsionadas por la guerra. Hasta se dio el caso de publicarse un libro muy parecido en el fondo al de Zea, del Real, Palacios, etc., el del coronel Francis Hall, bajo el título, traducido al español, de Colombia. Su estado actual con referencia al clima, suelo, producciones, población, gobierno, comercio, impuestos, manufacturas, artes, literatura, costumbres y educación. (London, 1824) "Obra notabilísima, dice de ella Enrique Otero D'Costa, cuyo título nos cuenta cuál es su valioso contenido, que viene a ser una fuente de datos de la más alta importancia para el estudio de lo que era nuestra Patria, cuando en medio del

estruendo de las jornadas de nuestra emancipación, venía a la vida, firme y gozosa bajo la experta mano del Presidente, General Santander". Pero con todo lo interesante que sea este libro, no alcanza a compararse en mérito con el que comentamos en esta segunda edición, que hoy, a los ciento cincuenta años, puede servir a geógrafos, economistas, etnógrafos, sociólogos, como excelente fuente de consulta. Tiempo más tarde se publicó otro libro de la misma índole, sin nombre de autor, aunque Otero D'Costa opina que puede atribuirse al mismo coronel Francis Hall, quien durante algunos años estuvo al servicio de Colombia como Jefe de Hidrógrafos y en esta condición pudo tener acceso a los archivos oficiales. Intituló esta nueva contribución al mejor conocimiento de Colombia: Estado actual de Colombia. Contiene un relato de los principales sucesos de la revolución de independencia y de las expediciones organizadas en Inglaterra para cooperar a su libertad. Su Constitución. Sus leyes comerciales y fiscales. Impuestos y deuda pública. Agricultura. Minus. Asociaciones mineras y de otra índole. (London, 1827). Algunos otros títulos pudiéramos citar de publicaciones aparecidas por la misma época, acicateadas por el famoso libro de los neogranadinos, en que al lado de los relatos de guerra, los autores, en su mayor parte ingleses, hablaron de las riquezas naturales del país y las condiciones de explotarlas al amparo de un Gobierno firmemente establecido, pero ninguno de esos libros pudo tener la importancia informativa que el intitulado Colombia, ya por su extension, su contenido y el criterio que lo informaba de atraer las miradas extranjeras a un país que nacía a la convivencia internacional.

Dentro de este propósito, los empresarios de obra de tan vastas proporciones de información, dieron cabida a monografías de productos del suelo en el ramo de la agricultura con detalles tan minuciosos que hoy, al cabo de ciento cincuenta años, merecen ser consideradas por quienes se interesan en los actuales problemas de la agronomía. En esos verdaderos tratados de agricultura tropical, compuestos sobre la base de las observaciones de Humboldt y Depons, se exponen los métodos y experiencias de la época en la preparación de los terrenos, selección de semillas, siembra, influencias ambientales, enfermedades de

los vegetales, cosechas, economía agrícola en el empleo de brazos y posibilidades comerciales en el cultivo de plantas útiles e industriales de estas partes de América: caña de azúcar, café, algodón, cacao, tabaco, añil, coco, vainilla, quina, zarzaparrilla y otras plantas medicinales.

De manera especial queremos llamar la atención de los expertos en cuestiones agrícolas sobre esta parte del libro Colombia, en que a primera vista parece que se extralimitaron los beneméritos patriotas que intervinieron en su composición, pero que bien considerado el motivo, fue un acierto al proporcionar para sus tiempos y para el porvenir una oportuna lección sobre el aprovechamiento de los recursos naturales, en un renglón de riqueza del país, en momentos en que empezaba su vida propia de pueblo en el concierto de las naciones.

Y aquí viene lo trágico que acompaña de ordinario a las iniciativas mejor intencionadas. A pesar de las excelencias del libro Colombia; del esfuerzo extraordinario que había costado su edición bilingüe que quizá hoy no podría repetirse; de la aceptación unánime que había merecido en el exterior y el provecho que recibía la nación de esa propaganda, libro que habría hecho honor a cualquier país, fue recibido en su propia tierra, dice Roberto Botero Saldarriaga en su excelente biografía de Zea, "con injustos reproches por la erogación de dinero que forzosamente implicaba". No se detuvieron los críticos de la época a examinar el fondo y la importancia de la obra para la naciente república, sino el costo.

A don Francisco Antonio Zea se lo tachaba en los círculos oficiales y políticos de aquende el mar, como pésimo negociador y hombre dilapidador de los dineros del Estado. Así se comprende que los primeros y contados ejemplares que debieron llegar a Bogotá en la valija diplomática, en el curso de 1822, año de la edición, causaron muy mala impresión y críticas acerbas contra Zea, quien, sabedor de ellas, escribió al Libertador en el mismo año, pocos días antes de su muerte: “Es verdad que esto exige muchos gastos, pero no hay otro modo de conseguir las cosas que no se hacen por amor a Dios”.

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