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había promovido? No lo sabemos. ¿Y quién protestó contra ellos? Nadie. ¿Ó es que tambien en 1809 serían judaizantes nuestros padres? ¡Oh preocupación! ¡Cuántos males has acarreado á la patria!

En 1812 un grito de libertad resonó del uno al otro extremo de la Península. Mallorca, y especialmente sus hijos oprimidos, respondieron con entusiasmo al llamamiento de los hombres de Cádiz. En 23 de Agosto de 1812, en celebridad de haberse publicado en Palma la constitucion de España, que declaraba iguales á todos los Españoles, D. Bartolomé Valentí y Forteza dió en la Rambla una abundante comida á todos los pobres que se presentasen: acudieron al convite 3871: Guillermo Roca, poeta de aquel tiempo, conmemoró el suceso con esta Décima, fijada en el surtidor del Paseo:

Don Bartomeu Valentí
Inverteix les seues sòbres
A favor de tots els pobres
Que voldrán dinar aquí.
Quant el poble mallorquí
No's dignás aplaudirló,
Sempre en semblant funció
Dona exemple à son efecte
Perque se mir ab respecte
La nova Constitució.

D. Bartolomé Valentí adelantó al Gobierno cuantiosas sumas para cooperar al alzamiento nacional contra los franceses. Su hijo y sucesor D. Mariano las condonó; por lo cual fué nombrado Caballero de la Órden de San Juan en 1850.

La primera época constitucional duró lo que dura una aurora. En la segunda época progresó más la opinion en

el sentido de la equidad. Los sambenitos ó retratos que cubrían dos lados del claustro de Santo Domingo, y que por decoro habían sido quitados en 1812, y por venganza repuestos en 1814, fueron destruidos en 1820; y, asolado el palacio de la Inquisicion, se inauguró una época nueva, la época moderna, de mejor cultura.

Los escarnecidos, los oprimidos de siempre, pudieron respirar. Ingresaron en las filas de la Milicia Nacional; y el lujoso uniforme del guardia, y el brillo de las espadas defensoras del Derecho, hicieron revivir en su espíritu los sentimientos de la dignidad humana, amortiguados por siglo y medio de infortunios.

Pero llegó el día 6 de Noviembre de 1823. El día anterior había venido á Palma la noticia de la caída de la Constitucion. Dióse órden á la Milicia Nacional de entregar las armas. La libertad había huido de España, y cien mil franceses al mando del duque de Angulema habían repuesto al Monarca en su trono absoluto: la Isla de Mallorca, la ciudad de Palma iban á ser entregadas al pillaje. La noche del 5 presenció desgarradoras escenas. Nuestros nacionales no querían desprenderse del arma patriota; no podían decidirse á perder la ley de la igualdad, distintivo de su gloria, preservativo contra la tiranía. Mi abuelo materno, Agustin Cortés, (que santa gloria haya), rodeado de su familia deshecha en llanto, abrazábase al fusil, diciendo que antes que entregarlo tendrían que pasar sobre su cuerpo. Los amigos le instaban:

-La hora del entrego va á dar.

-No me despojaré de mi libertad.

-Hazlo por tus hijas; no sea que la policía te prenda. -Se prepara una noche horrible; mañana estas calles serán pasto de lobos carniceros.

-No lo creas, Agustin; no te resistas.

El nacional se desmayó, y la congoja le impidió entregar el arma; la entregaron por él sus amigos, llenos de tristes presentimientos.

Al amanecer del día 6, un clamoreo lejano como el rumor de una tempestad que se acerca, se oía de la parte del Este de la ciudad. El rumor fué creciendo, y estalló como un trueno en la calle de la Capellería. Unas bandas indisciplinadas, la hez del pueblo, capitaneadas por un tal Petatxo, que había sido cabo de realistas, invadieron la Platería, á los gritos de ¡Viva Fernando! ¡Viva la Fe! El fulgor de las teas que llevaban, reflejábase sobre las fachadas de las casas, en cuyo interior las madres de familia, arrodilladas ante la imágen de la Sangre, pedían al Señor amparo en aquella desolacion. No hubo piedad. Las turbas que en Madrid gritaban ¡Vivan las cadenas!, en Palma decían ahullando que los Plateros y Comerciantes eran los autores de la Constitucion. ¿Quién les sugería tales pensamientos? Las casas fueron allanadas, y se encendió una hoguera en medio de la Platería. Allí arrojaban los libros de cuentas, los valores del comercio, los objetos de arte inservibles á la rapacidad; allí arrojaron un crucifijo; pero una señora, horrorizada del sacrilegio, salió de la habitacion como úna loca y, penetrando entre los grupos como una cristiana de los primeros tiempos, arrebató el Santo Cristo de las manos de los bandidos, exclamando:

-¡No; ántes á mí que á ese Señor!

Y los bandidos la respetaron; pero no apagaron las llamas. ¿Si sería judaizante tambien esa señora? ¿Si serían cristianos viejos los ladrones, la inmunda canalla que cometía tales atropellos?-El robo siguió en grande escala; y la caballería mandada por el gobierno realista protegía el saqueo; y en las tabernas de las calles vecinas los saqueadores se repartían el fruto de sus trabajos.

A la mañana siguiente, multitud de mujeres desarrapadas pasaban por la calle de la Platería, á escarnecer á los oprimidos.

-¡Pobre gente! aquí no les han dejado nada.

-Mira, ahí les han destruido.

—¡Pobre gente!—Y prorrumpían en carcajadas.

¡Y no hubo en el Gobierno quien protestara de aquellos actos vandalicos; y no hubo autoridad de ningun color que los castigase, reintegrando á cada cuál de las pérdidas sufridas; y no hubo quien atajase tanto crímen!

¡Oh Patria; oh madrastra, diré mejor; oh Mallorca! ¡Acuérdate de las maldades que has cometido!

¡Y áun me dice el Sr. Maura si los preocupados tienen reminiscencias de la infancia? ¡Oh! ¡Yo sí que las tengo; y terribles, y duraderas! Ꭹ

Vino el decenio de 1830 á 1840. Los nuevos cambios políticos, las circunstancias en que se encontró el país hicieron que la preocupacion perdiese terreno; y desapareciese en lo civil y político. En lo militar ya no se hizo ninguna diferencia de clases; y en la Milicia urbana de 1834 y en los batallones provinciales fueron admitidos los individuos de mi clase, como los demas ciudadanos, para defender el trono de la jóven Reina. En la enseñanza oficial sucedió lo mismo, apénas estuvo organizada. En lo Municipal se obtuvo una igualdad completa; y Don Onofre Aguiló, persona de gran probidad, fué elegido en 1836 regidor del M. I. Ayuntamiento de Palma, y en 1839 lo fué D. Benito Cortés, hombre de gran genio práctico; los cuales reanudaron en nuestras familias la tradicion de los Concelleres y Jurados interrumpida por dos siglos. En las relaciones sociales se adelantó mucho; y el pleito seguido en 1856 contra algunos mal aconsejados socios del Circulo Balear, de los cuales no quiero ocuparme en este libro, probó la bondad de nuestra causa,

y sancionó con otro fallo la realidad de nuestros derechos. La última barrera civil cayó hecha trizas, al impulso vigoroso de una generacion que quiere conquistar absoluta é inmediatamente su libertad.

Falta derribar una barrera: la eclesiástica; y contra ella van dirigidos mis débiles esfuerzos.

En el decurso de este escrito ha podido verse cuánta parte de culpa tienen en el sosten de las preocupaciones, no la Religion, que es santísima, no los principios religiosos, que son sagrados, que son una Revelacion completa de la Verdad hecha por Dios mismo, no las Insti– tuciones eclesiásticas, que son bellas, santas, y el único, permanente y sincero apoyo de la fraternidad humana; sino muchos eclesiásticos mallorquines y especialmente palmesanos, que no han seguido en esta cuestion el ejemplo de sus hermanos del Continente. Sorprende á la verdad tan raro fenómeno; y yo no me lo explico sino porque las exclusiones han sido regla general fundada en la costumbre, apoyada en malas tradiciones y en perversos libros cuyo oculto veneno se ha infiltrado en los corazones. Nadie ha protestado públicamente de esas malas cosas; nadie había pretendido hacer luz; y la costumbre seguía, autorizada con el ejemplo de varones piadosos. Todos sabemos lo que puede el hábito, lo que puede la costumbre inveterada entre los isleños; y más todavía si no se protesta públicamente contra ella: todos sabemos á dónde puede conducir la prescripcion de un mal hábito, favorecida por ideas erróneas y cuentecillos contrarios á la sana moral. Hé ahí la causa de que los eclesiásticos no hayan trabajado en contra de la preocupacion mallorquina. Son mallorquines, es decir, isleños; no han visto ejemplos de valor que se sobrepusiese al mal; no han tenido sino libros perversos que les han contado la historia de nuestra estirpe. Y la apatía propia de los isleños;

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