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JNTRODUCCIÓN

A Revista EL ATENEO, es un hecho; y al poder su Redacción estampar esta frase en la primera página de la misma , hállase jubilosa

y regocijada. Al poner esta primera piedra en edificio que nuestro más vehemente deseo quisiéralo ver convertido mañana en grandioso monumento de la cultura patria, esta Redacción, consciente de su trabajo, no reclama para sí más galardon que el que se merece el esfuerzo de su diligencia: que bien compensada está, por haber tenido la fortuna de que surgiera tal idea en su mente. Y si esta recompensa que satisfaria á la más anhelante avaricia de obtenerlas, no fuera bastante, colmariala el jubileo de afecto – tanto más elocuente para nosotros, cuanto que entre aquellos que lo forman no hubo previo acuerdo-con que han honrado nuestra iniciativa, aplaudiéndola, los ilustres varones que se hallan en estos momentos en el pináculo de las Ciencias, las Letras y las Artes patrias.

Estos prohombres, haciendo suya nuestra idea y confortándonos con su poderoso vivificador aliento, han forjado la Revista, dándola sangre y forma: á ellos, pues, enviamos desde esta primera página, un respetuoso saludo y la expresión de la más pura gratitud.

Al nacer EL ATENEO bajo auspicios tan halagüeños, da un mentís á aquellos que detractan á nuestros primeros hombres, por juzgarlos pasivos ante los esfuerzos de levantadas iniciativas individuales y á los que sonrien escépticamente cuando se les habla del movimiento intelectual de nuestra patria.

En efecto: apenas pulsamos la opinión, apresúranse aquellos, á coadyuvar incondicionalmente a nuestro propósito, y los Centros de cultura de Madrid y de las provincias, acuden con actividad y eficacia plausibles, dándonos un contingente de trabajos, tan extraordinario, que nos produce plétora de material, áun dada la gran extensión que hemos fijado para la Revista: trabajos todos tan relevantes por su forma y por su fondo, que cada uno de ellos sería bastante á dar una nota de interés ó de trascendencia á la publicación más afanosa de crédito y de prestigio.

Los que entienden que la capital de España es el cerebro del país y que como tal, en él se encierra toda la vida intelectual de este, creyendo ocupadas á las provincias tan solo en las labores del campo y de la industria, padecen error; y la Revista EL ATENEO, honrándose alacoger en sus páginas las tareas provinciales, rectificará, con pruebas irrecusables, esta punible obcecación, que determina de un modo, tan notorio como injusto, la indiferencia - cuando no el menosprecio,- á los esfuerzos de nuestras hermanas en los edificantes trabajos en pro de la cultura patria.

Las Academias, los Ateneos, las Sociedades de toda suerte que por distintos derroteros se proponen el progreso del hombre, serán otras tantas colmenas donde se labre el delicioso panal, que recogerá presurosa la Revista, para brindarlo a los que jamás se sintieron hartos de los encantos de su perfume.

Soldados obscuros de la prensa-si bien faltos de autoridad, llenos de fe y con propósito inquebrantable de conquistar dignamente plaza honrosa en ella-al acometer empresa, por lo gigantesca, propia de expertos y avezados hombres de letras y de ejecutorias de valer, consagradas por el tiempo y la opinión culta, demandamos a la generosa é hidalga prensa española su valioso concurso, protestando perseverar sin desmayos ni desfallecimientos en la árdua tarea que nos hemos impuesto, hasta ver coronados por el éxito nuestros nobles y leales anhelos.

Por último, El Ateneo, inspirándose en el amplio espíritu de tolerancia que informa á las postrimerias de nuestro siglo, acogerá en sus páginas, sin prevenciones ni prejuicios, todas las opiniones, todas las doctrinas, todas las ideas, por antitéticas que sean entre sí, á modo de anchuroso cauce que recoge, guarda en las profundidades de su lecho y conduce en su corriente, las palpitaciones de la España intelectual.

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Discurso leido por el Sr. Presidente D. Cristino Martos,

en la noche del 27 de Noviembre último

EÑORES: Vengo á inaugurar nuestros trabajos, cumpliendo el más grato, pero también el más arduo de los deberes que me impone

esta dignidad de Presidente del Ateneo, á la cual me ensalzaron vuestras bondades, que, por ser tantas, hicieron ellas solas el oficio á que debían ayudar mis méritos mismos, si los tuviese, poniéndome asi vosotros en caso mayor y más claro de profundo agradecimiento, y trayéndome al propio tiempo á más grave dificultad, puesto que he de tratar algún asunto científico ante Senado tan ilustre, compuesto de tan diversos elementos, y donde á la par se juntan y confunden en el noble afán de contribuir, por el varonil ejercicio de esta hermosa libertad del entendimiento, al progreso de nuestra vida total en todos y cada uno de sus grandes aspectos, de la historia, la moral, la ciencia y el arte, aquellos que simbolizan la experiencia y aquellos que representan la fe, ofreciendo los hombres experimentados y por ventura encanecidos en el estudio, el sabor de sus frutos maduros, y explorando é investigando otros los horizontes del saber, vastos é infinitos, con aquel calor y con aquella confianza que son propia señal y privilegiado atributo de esta brillante juventud, que, así como cuidadosa y atenta recoge de los varones ilustres que trabajaron antes que ella enseñanzas y ejemplos, se dispone á poblar y cultivar este tiempo de ahora y el inmediato y próximo de mañana, que es la parte de vida que á ella le toca, el campo de su labor, el dominio de su pensamiento, la función humana y augusta de cuyo desempeño depende que, lográndose sus esfuerzos, se truequen en provechosas realidades las que ahora son tan legitimas y floridas esperanzas.

Me propongo discurrir acerca del concepto de la patria en los pueblos antiguos, antes de consagrar particularmente a la patria española mis modestas consideraciones.

La religión, el arte, la patria, conceptos son de un orden superior metafísico, antes buenos para sentidos que no para explicados. Vínculo jurídico que reune bajo una misma ley y autoridad á pueblos de identico ó de diverso origen; símbolo de fortaleza; comunidad de afectos; dignidad colectiva; aspiración de grandeza; depósito de tradiciones venerandas; fuente de honrosas acciones; altar de gloria; deber sobre todos los deberes; amor sobre todos los amores; abnegación, sacrificio, conciencia que una nación tiene de sí misma; el concepto de la patria es al presente más comprensivo, más ideal, y á la vez más positivista que en tiempos pasados, puesto que une y compenetra y exalta á todos los ciudadanos en la vida común del derecho; en el estimulo para sus fuerzas productoras y en el amparo de su riqueza nacional, base y condición de aquellos conciertos y armonías requeridos por las forzosas expansiones y relaciones del mundo económico; en la defensa del honor de la Nación; viniendo á ser fundamento el más sólido de la unidad de un Estado, expresión la más alta de las ideas de libertad, soberania é independencia.

No hay que atribuir a los pueblos primitivos, á las primeras agru. paciones de la humana especie, anteriores a las épocas históricas, el sentimiento de la patria que, como eminentemente social, nace y se revela, cual todo concepto idealista, a medida que van confusamente apareciendo en el teatro de la historia, con formas más o menos borrosas, los imperios, cuyas reliquias, monumentos, lenguas y testimonios de existencia hoy investigamos.

Y no podia ser de otro modo. Considerado el hombre en sí mismo, aisladamente, como á manera de ente de razón, el concepto de la patria no es en la conciencia humana una noción primordial originaria, antes bien ha menester en su revelación pasar por el proceso necesario y sucesivo de familia, tribu, pueblo, ciudad, nación, raza, para constituirse como realidad histórica.

Los estudios étnicos y etnológicos en vano buscarán en los albores de la vida, en la infancia de la humanidad, en los tiempos primitivos, algo por donde pueda fundadamente apreciarse la existencia en los hombres de aquel anhelo, ni siquiera expresado como la vaguedad de un instinto; porque ese estado de la conciencia personal no aparece ni se revela sino en tiempos ya posteriores; como engendro, quizás, y de seguro como reflejo del estado de la conciencia colectiva.

Lejos de mí el intento de trazar algo a modo de itinerario histórico de este sentimiento, forjador poderoso de las naciones. Descartando desde luego toda época primitiva, hay que dejar a la ciencia de la historia el glorioso empeño de formar el árbol genealógico de las lenguas y de las religiones, ora descifrando hieroglíficos y monumentos megaláticos, por delante de los cuales han desfilado indiferentes y como ciegas siglos y siglos tantas generaciones, ora registrando las cavernas, las orillas de los lagos, examinando cráneos, reuniendo fósiles, toscos instrumentos del trabajo, interrogando al hombre primitivo, indagando sus relaciones con la Naturaleza, estableciendo conjeturalmente su vida y sus costumbres, organizando, en fin, con datos nunca aprecia

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