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dente, para que se publique con las mismas formalidades que todos los demás, con arreglo á lo prevenido en el articulo 14. del Reglamento interior de Cortes.

Lo tendrá entendido la Regencia del Reyno para su cumplimiento, y lo hará imprimir, publicar y circular. Dado en Madrid á 2 de Febrero de 1811.

(Siguen las firmas del Presidente y Secretarios.) A la Regencia del Reyno.

N° VI.

1. Manifiesto de las Cortes á la Nacion Española.

Españoles : Vuestros legítimos representantes van á hablaros con la noble franqueza y confianza, que aseguran en las crisis de los Estados libres aquella union íntima, aquella irresistible fuerza de opinion con las cuales no son poderosos los combates de la violencia, ni las insidiosas tramas de los Tiranos. Fieles depositarias de vuestros derechos, no creerian las Cortes corresponder debidamente á tan augusto encargo, si guardaran por mas tiempo un Secreto que pudiese arriesgar, ni remotamente, el decoro y honor debidos á la Sagrada Persona del Rey, y la tranquilidad é independencia de la Nacion; y los que en seis años de dura y sangrienta contienda han peleado con gloria por asegurar su libertad doméstica, y poner á cubierto á la Patria de la usurpacion extrangera, dignos son, sí, Españoles, de saber cumplidamente á donde alcanzan las malas artes y violencias de un Tirano execrable, y hasta que punto puede descansar tranquila una Nacion cuando velan en su guarda los representantes que ella misma ha elegido.

Apenas era posible sospechar, que al cabo de tan costosos desengaños intentase todavia Napoleon Bonaparte hechar dolosamente un yugo á esta Nacion heroica, que ha sabido contrastar por resistirle, su inmensa fuerza y poderío, y como si hubieramos podido olvidar el doloroso escarmiento que lloramos, por una imprudente confianza en sus palabras pérfidas; como si la inalterable resolucion que formamos, guiados como por instinto, á impulso del pundonor y honradez Española, osando resistir cuando apenas teniamos derechos que defender, se hubiera debilitado ahora que podemos decir tenemos Patria, y que hemos sacado las libres instituciones de nuestros mayores, del abandono y olvido en que por nuestro mal yacieran; como si fueramos menos nobles y constantes, cuando la prosperidad nos brinda, mostrandonos cercanos al glorioso término de tan desigual lucha, que lo fuimos con asombro del mundo y mengua del Tirano, en los mas duros trances de la adversidad, ha osado aun Bonaparte, en el ciego desvarío de su desesperacion, lisonjearse con la vana esperanza de sorprender nuestra buena fé con promesas seductoras, y valerse de nuestro amor al legítimo Rey para sellar juntamente la esclavitud de su sagrada persona, y nuestra vergonzosa servidumbre.

Tal ha sido, Españoles, su perverso intento, y cuando, merced á tantos y tan señalados triunfos, veiase casi rescatada la Patria, y señalaba como el mas feliz anuncio de su completa libertad la instalacion del Congreso en la ilustre Capital de la Monarquía, en el mismo dia de este fausto acontecimiento,

у al dar principio las Cortes á sus importantes taréas, alhagadas con la grata esperanza de ver pronto en su seno al cautivo Monarca, libertado por la constancia Española y el auxilio de los Aliados, oyeron con asombro el mensage, que de orden de la Regencia del Reyno les trajo el Secretario del Despacho de Estado acerca de la venida y comision del Duque de San Carlos. No es posible, Españoles, describiros el efecto, que tan extraordinario suceso produjo en el ánimo de vuestros representantes. Leed esos documentos, colmo de la alevosía de un Tirano; consultad vuestro corazon, y al sentir en él aquellos mismos efectos que lo conmovieron en Mayo de 1808, al esperimentar mas vivos el amor á vuestro oprimido Monarca y el odio á su opresor mismo, sin poder desahogar ni en quejas ni en imprecaciones la reprimida indignacion, que mas elecuente se muestra en un profundisimo silencio, habreis concebido, aunque debilmente, el estado de vuestros representantes cuando escucharon la amarga

relacion de los insultos cometidos contra el inocente Fernando, para esclavizar á esta Nacion magnánima. .

No le bastaba á Bonaparte burlarse de los pactos, atropellar las Leyes, insultar la moral pública; no le bastaba haber cautivado por perfidia á nuestro Rey é intentado sojuzgar á la España, que le tendió incautamente los brazos como al mejor de sus amigos, ni estaba satisfecha su venganza con desolar á esta Nacion generosa con todas las plagas de la guerra y de la política mas corrompida ; era menester aun usar todo linage de violencia para obligar al desvalido Rey á estampar su Augusto nombre en un tratado vergonzoso; necesitaba todavia presentarnos un concierto celebrado entre una víctima y un verdugo, como el medio de concluir una guerra tan funesta á los usurpadores como gloriosa á nuestra Patria ; deseaba por último lograr por fruto de una grosera trama, y en los momentos en que vacila su usurpado Trono, lo que no ha podido conseguir con las armas, cuando á su voz se estremecian los Imperios, y se veía en riesgo la libertad de Europa. Tan ciego en el delirio de su impotente furor, como desacordado y temerario en los devaneos de su próspera fortuna, no tuvo presente Bonaparte el temple de nuestras almas, ni la firmeza de nuestro caracter, y que si es facil á su astuta política seducir ó corromper á un Gabinete, ó á la turba de Cortesanos, son vanas sus asechanzas y arterías contra una Nacion entera, amaestrada por la desgracia, y que tiene en la libertad de Imprenta y en el Cuerpo de sus Representantes el mejor preservativo contra las demasías de los propios, y la ambicion de los estraños.

Ni aun disfrazar ha sabido Bonaparte el torpe artificio de su política. Estos documentos, sus mal concertadas cláusulas, las fechas, hasta el lenguage mismo descubren la mano del maligno Autor, y al escuchar en boca del Augusto Fernando los dolorosos consejos de nuestro mas cruel enemigo, no hay Español alguno, á quien se oculte que no es aquella la voz del deseado de los Pueblos, la voz que resonó breves días desde el Trono de Pelayo, pero que anunciando Leyes benéficas y gratas promesas de justa libertad, nos preservó por siempre de creer acentos suyos, los que no se encaminaban á la felicidad y gloria de la Nacion. El inocente Príncipe, compañero de nuestros infortunios, que vió víctima á la Patria de su ruinosa alianza con la Francia, no puede querer ahora ni nunca, bajo este falso título, sellar en este infausto tratado, el vasallage de esta Nacion heroica, que ha conocido demasiado su dignidad, para volver á ser esclava de voluntad agena: el virtuoso Fernando no puede comprar á precio de un tratado infausto, ni recibir como merced de un asesino, el glorioso título de Rey de las Españas : título que su Nacion le ha rescatado, y que pondrá respetuosa en sus augustas manos, escrito con la sangre de tantas víctimas, y sancionados en él los derechos y obligaciones de un Monarca justo. Las torpes sospechas, la deshonrosa ingratitud, no pudieron albergarse ni un momento en el magnanimo corazon de Fernando, y mal pudiera, sin mancharse con este crimen, haber querido obligarse por un pacto libre, á pagar con enemiga y ultrages los beneficios del generoso Aliado, que tanto ha contribuido al sostenimiento de su Trono. El Padre de los Pueblos, al verse redimido por su inimitable constancia, ¿deseará volver á su seno, rodeado de los verdugos de su Nacion, de los perjuros que le vendieron, de los que derramaron la sangre de sus propios hermanos, y acogiendoles bajo su Real manto, para librarlos de la justicia Nacional, querrá que alli insulten impunes, y como en triunfo, á tantos millares de Patriotas, á tantos huérfanos y viudas como clamarán en rededor del Solio por justa y tremenda venganza contra los crueles patricidas ? ; ó lograrán estos por premio de su traicion infame que les devuelvan sus mal adquiridos tesoros

desde las mismas víctimas de su rapacidad, para que se vayan á disfrutar tranquila vida en regiones estrañas, al mismo tiempo que en nuestros desiertos campos, en los solitarios pueblos, en las ciudades abrasadas no se escuchen sino acentos de miseria y gritos de desesperacion ?

Mengua fuera imaginarlo, infamia consentirlo; ni el virtuoso Monarca, ni esta Nacion heroica se mancharán jamás con tamaña afrenta, y animada la Regencia del Reyno de los mismos principios que han dado lustre y fama eterna á nuestra célebre revolucion, correspondió dignamente á la confianza de las Cortes y de la Nacion entera, dando por

única
respuesta

á la comision del Duque de San Carlos, una respetuosa carta dirigida al Señor Don Fernando VII., en que guardando un decoroso silencio acerca del tratado de paz, y mani estando las mayores muestras de sumision y respeto á tan benigno Rey, le habrá llenado de consuelo, al mostrarle que ha sido descubierto el artificio de su opresor, y que con suma prevision y cordura, ya al principiar el aciago año de 1811, dieron las Cortes extraordinarias el mas glorioso egemplo de sabiduría y fortaleza; egemplo que no ha sido vano, y que mal podriamos olvidar en esta época de ventura, en que la suerte se ha declarado en favor de la libertąd, y la justicia.

Firmes en el propósito de sostenerlas, y satisfechas de la conducta observada por la Regencia del Reyno, las Cortes aguardaron con circunspeccion á

que

el encadenamiento de los sucesos y la precipitacion misma del Tirano, les dictasen la senda noble y segura que debian seguir en tan críticas circunstancias. Mas llegó muy en breve el término de la incertidumbre : cortos dias eran pasados, cuando se presentó de nuevo el Secretario del Despacho de Estado á poner en noticia del Congreso, de orden de la Regencia los documentos que habia traido Don José Palafox y Melci. Acabóse entonces de mostrar abiertamente el malvado designio de Bonaparte. En el estrecho apuro de su situacion, aborrecido de su Pueblo, abandonado de sus aliados, viendo armadas en contra suya á casi todas las Naciones de Europa, no dudó el perverso intentar sembrar la discordia entre las Potencias beligerantes, y en los mismos dias en que proclamaba á su Nacion, que aceptaba los preliminares de paz, dictados por sus enemigos, cuando trocaba la insolente jactancia de su orgullo en fingidos y templados deseos de cortar los males, que habia acarreado á la Francia su desmesurada ambicion, intentaba por medio de este tratado insidioso, arrancado á la fuerza á nuestro cautivo Monarca, desunirnos de la causa comun de la independencia Europea, de concertar en nuestra desercion del grandioso plan formado por ilustres principios, para restablecer en el Continente el perdido equilibrio, y arrastrarnos quizá al horroroso estremo de volver las armas contra nuestros fieles Aliados, contra

los ilustres guerreros, que han acudido á nuestra defensa. Pero aun se prometía Bonaparte mas delitos y escándalos por fruto de su admirable trama : no se satisfacía con presentar deshonrados ante las demas Naciones, á los que han sido modelo de virtud y heroismo; intentaba igualmente que cubriendose con la apariencia de fieles á su Rey, los que primero le abandonaron, los que vendieron á su Patria, los que oponiendose á la libertad de la Nacion, minan al propio tiempo los cimientos del Trono, se declarasen resueltos á sostener como voluntad del cautivo Fernando, las malignas sugestiones del robador de su Corona, y seduciendo a los incautos, instigando á los debiles, reuniendo bajo el fingido pendon de lealtad á cuantos pudiesen mirar con ceño las nuevas instituciones, encendiesen la guerra civil en esta Nacion desventurada, para que destrozada y sin alientos, se entregase de grado á cualquier usurpador atrevido.

Tan malvados designios no pudieron ocultarse á los Representantes de la Nacion, y seguros de que la franca y noble manifestacion hecha por la Regencia del Reyno á las Potencias aliadas les habrá ofrecido nuevos testimonios de la perfidia del comun enemigo, y de la firme resolucion en que estamos de sostener á todo trance nuestras promesas, y de no dejar las armas hasta asegurar la independencia de la Nacion, y asentar dignamente en el Trono al amado Monarca, decidieron que era llegado el momento de desplegar la energía y firmeza, dignas de los Representantes de una Nacion libre, los cuales al paso que desbaratasen los planes del Tirano, que tanto se apresuraba á realizarlo, y tan mal encubría sus perversos deseos, que diesen á conocer que eran inútiles sus maquinaciones, y que tan pundonorosos como leales, sabemos conciliar la mas respetuosa obediencia á nuestro Rey con la libertad y gloria de la Nacion.

Conseguido este fin apetecido, cerrar para siempre la entrada del pernicioso influjo de la Francia, afianzar mas y mas los cimientos de la Constitucion tan amada de los Pueblos, preservar el cautivo Monarca, al tiempo de volver á su Trono, de los dañados consejos de estrangeros, ó de Españoles espurios, librar á la Nacion de cuantos males pudiera temer la imaginacion mas suspicaz y recelosa, tales fueron los obgetos que se propusieron las Cortes al deliberar sobre tan grave asunto, y al acordar el Decreto de 2 de Febrero del presente año. La Constitucion les prestó el fundamento; el célebre Decreto de 1° de Febrero de 1811, les sirvió de norma; y lo

que les faltaba para completar su obra, no lo hallaron en los profundos cálculos de la política, ni en la dificil ciencia de los Legisladores, sino en aquellos sentimientos honrados y virtuosos, que animan á todos los hijos de la Nacion Española, en aquellos sentimientos, que tan heroicos se mostraron á los principios de nuestra Santa insurreccion, y que no hemos

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