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desmentido en tan prolongada contienda. Ellos dictaron el Decreto, ellos adelantaron, de parte de todos los Españoles, la sancion mas augusta y voluntaria, y si el orgulloso tirano se ha desdeñado de hacer la mas leve alusion en el tratado de paz, á la Sagrada Constitucion que ha jurado la Nacion entera, y que han reconocido los Monarcas mas poderosos, si al contrahacer torpemente la voluntad del Augusto Fernando, olvidó que este Príncipe bondadoso mando desde su cautiverio, que la Nacion se reuniese en Cortes para labrar su felicidad, ya los Representantes de esta Nacion heroica acaban de proclamar solemnemente, que constantes en sostener el Trono de su legítimo Monarca, nunca mas firme que cuando se apoya en sabias Leyes fundamentales, jamas admitirán paces, ni conciertos ni treguas con quien intenta alevosamente mantener en indecorosa dependencia al Augusto Rey de las Españas, ó menoscabar los derechos que la Nacion ba rescatado.

Amor á la Religion, á la Constitucion y al Rey, este sea, Españoles, el vínculo indisoluble que enlace a todos los hijos de este vasto Imperio, estendido en las cuatro partes del Mundo, este el grito de reunion que

desconcierte como hasta ahora las mas astutas maquinaciones de los Tiranos, este, en fin, el sentimiento incontrastable que anime todos los corazones, que resuene en todos los labios, y que arme el brazo de todos los Españoles en los peligros de la Patria.

ANTONIO JOAQUIN Perez, Presidente.
Antonio Diaz, Diputado Secretario.

José Maria GUTIERREZ DE Teran, Diputado Secretario. Madrid, 19 de Febrero de 1814.

2. Carta del Rey á la Regencia del Reyno, de la que fue portador el

Mariscal de Campo Don José de Zayas, que llegó á Madrid el 23 de Mayo de 1814.

Me ha sido sumamente grato el contenido de la carta que me ha escrito la Regencia con fecha 20 de Enero, remitida por Don José Palafox, y por ella he visto cuanto anhela la Nacion mi regreso. No menos lo deseo Yo, para dedicar todos mis desvelos, desde mi llegada al territorio Español, á hacer la felicidad de mis amados vasallos, que por tantos títulos se han hecho acreedores á ella.

Tengo la satisfaccion de anunciar á la Regencia, que dicho regreso se verificará pronto, pues es mi ánimo salir de aqui el Domingo 13 del corriente con direccion a entrar por Cataluña, y en consecuencia la Regencia tomará las medidas que juzgue necesarias, despues de haber oido sobre el

todo de lo que pueda hacer relacion á mi viage, al dador de esta, el Mariscal de Campo Don José de Zayas.

En cuanto al restablecimiento de las Cortes, de que me habla la Regencia, como a todo lo que puede haberse hecho durante mi ausencia, que sea util al Reyno, merecerá mi aprobacion, como conforme á mis Reales intenciones.

FERNANDO. Valenzay, á 10 de Marzo de 1814. A la Regencia de España.

3. Carta de la Diputacion Provincial de Aragon al Exmo. Señor

Don José Palafox y Melci.

Esta Diputacion acaba de oir con el mayor regocijo y filial ternura el feliz arribo de nuestro amado Católico Monarca el Señor Don Fernando VII. al territorio Español: tan delicioso anuncio ha escitado todos los sentimientos que exigen el respeto, la veneracion y singular amor que en union con todos los Pueblos, é individuos Aragoneses, profesa á su Real Persona ; é impelida de los mismos desea con inesplicable paciencia tener noticia cierta de la continuacion de la importante salud de S. M., y si se halla determinada la ruta de su viage para Madrid, cual sea esta en su caso, y principalmente anhela manifestar el gozo que le cabría, si mereciese el honor, siendo compatible con los designios de S. M., de ser favorecida dicha Provincia y su Capital en el tránsito con su presencia.

La confianza que dispensa á esta Diputacion la inclinacion particular con que por naturaleza y aficion se sirve V. E. distinguir á Aragon, la determina á valerse de la bondad de V. E., rogandole se sirva elevar á S. M. estos finos y cordiales sentimientos de fidelidad y respeto, y comunicar á la Diputacion lo que V. E. estime oportuno y conducente al logro de sus espresados y ardientes deseos. Dios guarde á V. E. muchos años.

SALVADOR CAMPILLO.
ANTONIO ZAMORA.

MARIANO SIGUENZA.
Zaragoza, 31 de Marzo de 1814.
Excelentisimo Señor Don José Palafox.

Contestacion.

MUY ILUSTRES SEÑORES DE LA DIPUTACION PROVINCIAL DE ARAGON,

Al momento que recibí la muy apreciable de V.S. S. pasé áver al Rey, y se la presenté. S. M. me manifestó una singular satisfaccion, diciendo que no esperaba otra cosa de la lealtad Aragonesa, tan acreditada en esta guerra de portentos ; que le era tan grato este empeño, como poco sensible el rodéo

que
tiene que hacer, añadiendo
que su placer era ver sus amados

у valientes Aragoneses.

Este Señor sale mañana de aqui, va á Poblet a dormir, y el Lunes á Lérida de donde sale el Martes para Candasnos, y el Miercoles entrará en la fiel y heroica Zaragoza.

No se promete S. M. ver otra cosa en sus Ciudadanos, sino el puro afecto que le tịenen gravado en sus semblantes, y mantenido constantemente en sus nobles corazones. Tan gratas demostraciones son el

garante seguro de la proteccion que dispensará á tan valiente Pueblo, que gobernado por V.S. S., sus dignos Gefes, continuarán en ser el egemplo practico de la fidelidad á una Patria tan amada, como lo fueron en valor, constancia y Patriotismo en los momentos primeros de nuestra Santa revolucion. Me

apresuro gustoso á dar á V. S. S. tan gratas nuevas, ofreciendome con este motivo tan satisfecho, igualmente que agradecido é interesado, á su disposicion, como su afecto y seguro Servidor Q. S, M. B.

José DE PALAFOX y Melci. Reus, 2 de Abril de 1814.

N° VII.

Discurso que el General Elio dirigió al Señor Don Fernando VII.

en 15 de Abril de 1814.

SEÑOR, El General en Gefe del 2° egército Español, Capitan General de las Provincias de Valencia y Murcia, es el que tiene la dicha de presentarse á V. M. mi Rey y Señor.

Mi lengua embargada con el júbilo, el respeto y el amor hácia V. M., no podrá acertar á esplicar lo

que

mi corazon siente. El 2° egército que tengo la honra de mandar, es el de los que mas sangre

han derramado, y mas sacrificios han hecho para libertar á su Patria y á su Rey; considerad Señor, cual será su júbilo, cual su gloria al ver recuperados ambos bienes.

Llegue V. M. en hora dichosa á ocupar el Trono de su Abuelos, y el Dios de los Egércitos, que por tan raros y prodigiosos caminos ha conducido á V. M. á restaurar la Monarquía Española que le concedió Naturaleza, le dé tambien toda la fortaleza de alma y cuerpo que necesita para regirla dignamente : entonces Señor, no olvideis los beneméritos egércitos, ellos en el dia despues de haber abundantemente regado con su sangre el suelo que han libertado, se ven necesitados, desatendidos, y lo que es mas, ultrajados, pero confian en que vos, Señor, les haréis justicia.

Os entrego, Señor, el baston ; empuñadlo, [aqui S. M. contesto diciendo estaba bien en su mano; pero el Excelentisimo Señor General en Gefe continuó,] empuñadlo, Señor; empuñelo V.M. un solo momento, y en él adquirirá nuevo valor, nueva fortaleza. [S. M. tomó y devolvió el baston.] Dignese V. M. darme su Real mano á besar.

N° VIII.

Lucindo al Rey N. S. Don Fernando VII.

Te has presentado, Fernando, en nuestro suelo, y á tu vista todo enmudece, tus enemigos forman planes, pero tu presencia los desvanece : cautivo saliste, y cautivo vuelves; cautivo te llevó Napoleon, y cautivo te llevan a Madrid las Cortes; segun el testimonio de Canga Argüelles, en la Sesion del 17 de Abril, las Cortes no quieren que te reconozcamos por nuestro Rey, sin habernos relajado el juramento, que espontaneamente prestamos. Napoleon te despojó de la Soberanía; las Cortes han hecho lo mismo, y con la misma razon que Napoleon. Napoleon envió al pérfido Savary ; las Cortes envian al inocente y candoroso Cardenal, ó por mejor decir, á Luyando, Ministro de Estado, para que igualmente te conduzca á las Cortes, y seas allí, cuando menos, el ludibrio y el escándalo de malvados, que no dejarán de concurrir á tu descrédito, y aun quizá á tu destruccion. No te quieren Soberano, y los pueblos te reciben como tal; no te quieren Rey, y los pueblos gritan “Reine y reine solo Fernando." No se obedezcan las Leyes de Fernando, dicen las Cortes; y los pueblos gritan, “ Ya solo Fernando manda, nadie mas.” Danse instrucciones á los Generales de los egércitos para que no te permitan egercer ningun acto de mando, hasta que jures la Constitucion; y el General Elio sale á tu encuentro, se arroja á tus pies, te besa la mano, y te entrega el baston del mando de su egército. Te resistes, y el intrépido Elio replica lleno de fuego, “Empuñele V. M. aunque no sea mas que un momento.” Lo empuñaste, y en este solo acto, el egército todo te reconoce por su Soberano, y Elio y toda la Oficialidad te proclaman, y renuevan el juramento que te prestaron en 1808. Esto mismo ha hecho por medio de un Edecan el valiente Abisbal con su egército. Pero te diriges á Valencia, y á un quiere que

cuarto de legua de Puzol ves venir al Cardenal, encargado de entregarte la Constitucion, y de notificarte el célebre Decreto de 2 de Febrero. Ves, digo, llegar al Cardenal, mandas que pare tu coche, te apeas y detienes, y el Cardenal que se habia parado, esperando á que tu llegaras, se ve precisado á dirigirse á donde estabas. Llega, vuelves la cara como si no le hubieras visto ; le das la mano en ademan de que te la bese. ; Terrible compromiso! ¡ besará tu mano ! ; faltará á las instrucciones que se supone que trae ! i quebrantará el juramento que ha prestado de obedecer los Decretos de las Cortes ! ; terrible compromiso ! vuelvo á decir. Fernando

el Cardenal le bese la mano, y no se quiere que el Cardenal se la bese. Esta lucha duró como seis ó siete segundos en que se observó que el Rey hacia esfuerzos para levantar la mano, y el Cardenal para bajarsela. Cansado sin duda el Rey de la resistencia del Cardenal, y revestido de gravedad ; pero sin afectacion, estiende su brazo y presenta su mano diciendole, “Besa.” El Cardenal no pudo negarse á esta accion de tanto imperio, y se la besó : entonces distes cuatro pasos hacia atras, y te besaron la mano varios Guardias y Criados. Triunfaste, Fernando, en este momento, y desde este momento empieza la segunda época de tu reynado. Tu das el Santo y la orden, y el Cardenal enmudece, porque espiró en los Campos de Puzol su efimero reynado. Yo quisiera recordarte las obligaciones que te impone este estremado amor de tus vasallos, pero toda advertencia es inutil á un Rey que, en las mas pequeñas acciones, manifiesta que su divisa es la gratitud.

N° IX.

Decreto de 4 de Mayo de 1814.

Desde que la Divina Providencia por medio de la renuncia espontanea y solemne de mi Augusto Padre, me puso en el Trono de mis Mayores, del cual me tenía ya jurado sucesor del Reyno por sus Procuradores juntos en Cortes, segun fuero y costumbre de la Nacion Española usados desde largo tiempo; y desde aquel fausto dia, que entré en la Capital en medio de las mas sinceras demostraciones de amor y lealtad, con que el pueblo de Madrid salió á recibirme, imponiendo esta manifestacion de su amor á mi Real Persona á las huestes Francesas, que con achaque de amistad se habian adelantado apresuradamente hasta ella, siendo un presagio de lo que un dia egecutaría este heroico pueblo por su Rey, y por su honra, y dando el egemplo que noblemente siguieron todos los demás

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