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noche para romper los diques de la obediencia, y poner la Ciudad en convulsion. El General Freire y yo, con nuestros ayudantes y otras personas, paseamos juntos por la Plaza de San Antonio, donde la inquietud de las gentes daba indicios bastantes de la disposicion de los espíritus; sin embargo, nada se determinó, retirandonos á comer á nuestra casa. No bien lo había yo hecho, cuando salí á reunirme con el citado General Freire, porque todo me convencía de la necesidad de tomar una providencia, antes que llegase la noche, que salvase á Cadiz de las desgracias que amenazaban á su vecindario; y pareciendonos lo mejor salir á la Plaza de San Antonio á invitar al pueblo reunido, á que esperasen tranquilos noticias ciertas de lo que pasaba en lo interior del Reyno, y órdenes de la Superioridad, en el momento en que empezó a hablar el General Freire, fue interrumpido con una aclamacion espantosa y unánime de “ Viva la Constitucion,” repitiendose las voces con exaltacion y júbilo, que en el instante fue acompañado de repique de campanas de la parroquia de la misma Plaza. Fue necesario ceder al torrente, y solo se logró el sosiego, con ofrecer que

al dia siguiente sería proclamada la Constitucion. La noche fue alegre para el pueblo, hubo iluminacion general, música y repetidos vivas, conservandose así el orden hasta las once de la mañana siguiente, cuando reunidos en la misma Plaza de San Antonio, para gozar de la fiesta que se preparaba en el concepto de todos, y que ya se había anunciado en el diario, apareció el Batallon de Guías del General, haciendo fuego con bala á la multitud. En este momento entraba yo en dicha Plaza con Freire, y nos costó mucho contener el ardor de la tropa. La gente corrió por todas las calles á evitar la muerte que los amenazaba, y empezaron á oirse tiros en distintos parages; á poco rato se había hecho general el partido de la tropa en favor del Rey, y dispersa á su voluntad por las calles, cometieron los escesos en que siempre incurre la soldadesca cuando les falta el freno de la subordinacion, y no tienen quien les contenga y dirija sus acciones. Por tanto, hubo sobradas víctimas, y no faltaron robos, y otros atentados cometidos contra las personas y casas. El General Freire se dirigió al Cuartel General, para dictar las providencias convenientes á fin de restablecer el orden, y yo pasé á la cortadura de San Fernando, donde mi presencia se hizo necesaria, porque llegaron allí noticias de que me habian preso, y esto tenía en alarma la tropa de Marina que guarnece aquel punto. Volví á comer, y yo me trasladé al Cuartel General, de donde salieron distintas patrullas de Oficiales, para restablecer la tranquilidad pública, recogiendo los soldados sueltos, que se habian entregado á toda clase de escesos. A las cinco de la tarde estaba casi en sosiego la Ciudad, y continuó en reposo toda la noche,

por
lo
que seguro

de ella, á las once me retiré á mi casa.

Al amanecer de hoy fuí á bordo del Navío de la insignia, con el obgeto de esplicar mi oficio, dirigido al General Campana, á quien á las ocho y media pasé otro, con motivo de oirse desde el Navío fuego de fusilería en la Ciudad, y haber dado aviso un bote, que se retiró del muelle, que de las murallas hacian fuego a los que se hallaban en aquellas inmediaciones, pero antes de recibir contestacion, salí de dudas por el parte que recibí de mi Ayudante, el Teniente de Navío Don José Medina, y que original incluyo.

Serían las diez de la mañana cuando me entraron aviso de que llegaba un parlamento de la Isla, cuyo objeto y mi contestacion espresa la copia del oficio, que en el acto dirigí al citado General Campana, añadiendole por posdata, que no remitía á los parlamentarios á la Plaza por no comprometer su existencia ó seguridad.

A las once bajé á tierra, y la Ciudad estaba tranquila: pasé al Cuartel General á confirmar al Gobernador y al General Campana, lo que por escrito les había dicho, y á hablar á ambos Gefes sobre las disposiciones que convenía tomarse, para que no se repitan los horrores anteriores, y me han asegurado han dictado, y dictarán cuantas son imaginables, para lograr un fin tan importante, y en que se interesa la humanidad y el reposo de este desgraciado vecindario.

Nada digo á V. E. en cuanto al egército porque supongo lo habrá hecho el General en Gefe. Dios guarde á V. E. muchos años.

JUAN VILLAVICENCIO. Cadiz, 11 de Marzo de 1820. Exmo. Señor Secretario de Estado, é interino

del Despacho de Marina.

N° XV.

Decreto de 3 de Marso que habla de los males públicos.

Desde que la Divina Providencia protegiendo los heroicos esfuerzos con que asombró al Mundo la grande Nacion que cometió á mis paternales cuidados, me restituyó el Trono de las Españas, mi corazon siempre ansioso de la felicidad de mis pueblos, ha querido y deseado con desvelo hallar los medios convenientes de establecer el orden y el buen sistema en todos los ramos de la administracion pública, y cicatrizar las llagas que abrió, y que aun subsisten en el Cuerpo político del Estado, una guerra destructora y cual nunca sufrió semejante. Empero, y por desgracia, las circunstancias de la Europa, las atenciones á nuestras descarriadas Colonias de esas hermosas y vastas posesiones del Nuevo Mundo, de esa parte tan integrante como preciosa de la Monarquía Española; la dificultad, así en desterrar abusos envegecidos y arraigados, como tambien en reprimir innovaciones peligrosas é inmaturas, con que algunos, aunque con loable celo, fomentaron el espíritu de partido, origen de los mayores males en toda Sociedad; y por último, otros incidentes que retardan las mas sabias y premeditadas resoluciones, no han permitido, cual siempre apetecí, disfrutase ya mi corazon del consuelo á que con tantos sacrificios y afanes aspiraba. Convencido igualmente de que es en valde dictar, por buenas que en si sean, providencias aisladas y parciales, que no pueden producir el bien deseado, ha tiempo que preparaba, y meditado había con celo infatigable, el establecimiento de un sistema general, uniforme y arreglado, que combinando todos los intereses, y reconciliando todos los espíritus, pudiese, cual Yo aspiraba á conseguir con medidas saludables y dignas, llevar al alto grado de esplendor y gloria á que es llamada esta respetable y poderosa Monarquía. Y si bien á do quiera que la vista estendía, no pude menos de advertir con dolor, y aun mengua de la Europa entera, que el genio del mal, inquieto y revoltoso, inspirando ideas demagógicas y revolucionarias, hace sentir sus terribles efectos en todas las Naciones, aun las mas ilustradas, obligandolas á recursos fuertes para contener sus progresos, veo tambien con gusto y satisfaccion mia, que en el pueblo Español, siempre fiel y constante, no ha podido tener entrada, á pesar de todos sus esfuerzos y de las instigaciones de algunos pocos seducidos y de otros que siguiendoles, mal de su grado, lo han procurado en vano y sin efecto. Esta fidelidad misma de mi virtuoso pueblo, los sacrificios que por mi Real persona con tal amor y en todas épocas tiene hechos, y oyendo sobre todo mi corazon amante y generoso para con él, me escitan y me animan á mirar por su bien con nuevo anhelo. La organizacion del Egército y de la Armada, que imperiosa y perentoriamente piden las circunstancias; el arreglo de la Real Hacienda, la cual por el trastorno de desorden y efecto de los tiempos adolece en su sistema, sin embargo de cuanto se ha trabajado con notable ardor para remediar los vicios en su administracion, que haciendo sufrir una pesada carga á los pueblos, el Real Erario ni aun con mucho reporta los que estos contribuyen, y ha menester para las atenciones públicas; el entorpecimiento que á pesar de sabias Leyes y dignos Magistrados sufre la administracion de la justicia; la decadencia que esperimentan, y las trabas que detienen los progresos de la Agricultura, del Comercio y de la Industria, que son las tres fuentes de la riqueza pública, todo, todo ha llamado y llama mi paternal atencion en gran manera. Mas para conseguir los altos fines que el bien de mis pueblos

у mi amor reclaman con imperio, procurando el remedio á tantos males, males que unos no han estado en la prevision del Gobierno precaverlos, y que otros son nacidos de las circunstancias pasadas, ora se consideren estas como efectos inevitables del trastorno general, ora como resultado de pasiones viles y encontradas. Tamaña empresa, pues, exige calma y tranquilidad, para que la prudencia y la sabiduría dicten los me. dios conducentes, evitando las agitaciones con que en otros paises hemos visto por desgracia que los enemigos del orden, alucinando con ideas fantásticas, escitaron sensaciones exaltadas, sin dar lugar al justo raciocinio ; y presentando á una falsa luz el sagrado nombre de intereses públicos, promovieron tan solo inmoderados y vehementes deseos con resentimientos de partido, de que en todos tiempos y en todos los paises han sido infelices víctimas los pueblos. Por lo tanto, y bien advertido de tan triste egemplo у malhadada suerte, he visto con placer y regocijo que mis vasallos tranquilos, amantes y obedientes, de mí esperan con ansia los beneficios á que son acreedores por sus virtudes. Y Yo, deseando llevar a cabo mis paternales deseos, he venido en mandar, conformandome con el parecer de mi augusto hermano el Infante Don Carlos, y de la Junta que preside para tratar de los negocios que la tengo confiados, y conviniendo tambien con lo que de antiguo vos me teneis propuesto, que mi Consejo de estado se ocupe inmediatamente, y segun el obgeto de su institucion, en examinar la planta que tuvo en los pasados, y ha tenido en posteriores tiempos, para presentarme la que sea mas conforme en adelante al mejor despacho de los importantes negocios cometidos á sus altas atribuciones, siendo desde luego mi voluntad, que dividido en secciones auxiliares á los Ministerios, me proponga cuantas reformas sean conducentes al bien de la Monarquía. Y para el completo de dichas secciones, que serán siete; á saber, de Estado, Eclesiástica, Legislacion, Hacienda, Guerra, Marina é Industria, me propondreis, á mas de los individuos que en el dia componen el mi Consejo de Estado, sugetos consumados en sus respectivas carreras, y que mereciendo mi confianza, gocen tambien de la mas aventajada opinion pública.

Es igualmente mi voluntad, que hagais prevenir á los Ministerios á que corresponda, que mi Consejo Real y los demas tribunales Superiores segun sus respectivas atribuciones, me consulten y espongan inmediatamente con la santa libertad que es de su obligacion hacerlo, todo lo que util juzguen al bien de mis pueblos en ambos hemisferios, y al lustre y mayor brillo de mi Corona : teniendo presentes las Leyes fundamentales de la Monarquía, y las variaciones que los tiempos y diversas circunstancias exigen en pro y utilidad del Estado, para que bien examinadas me sean propuestas las que convenir puedan, y recibiendo su debida sancion, sean una firme barrera y sosten fuerte contra las ideas perturbadoras del orden; procurando al mismo tiempo cuantas ventajas la ilustracion y benéficas ideas de un buen Gobierno dadole sea proporcionar. A este fin pues, no solo ordeno, como va espresado, que los tribunales Superiores consulten todo lo que crean conveniente al mejor orden de la Monarquía, sino que tambien las Universidades, Corporaciones, y aun cualquiera individuo pueda dirigir, franca, libre y reservadamente sus escritos é ideas al mismo Consejo de Estado, para que las luces y conocimientos de todos y de cada uno contribuyan al bien apetecido. Y vos, de cuyo amor á mi Real Persona é interés por la causa pública estoy tan satisfecho, por muchas y repetidas pruebas, me daréis cuenta por el primer Ministerio, que está á vuestro cargo, de cuanto el mi Consejo de Estado acuerde, consulte ó me proponga para mi Real determinacion.

(Rubricado de la Real mano.)

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Decreto de S. M. de 6 de Marzo de 1820, convocando á Cortes

segun las antiguas Leyes.

El Exmo. Señor Marqués de Mataflorida, Secretario de Estado у

del Despacho Universal de Gracia y Justicia, ha comunicado al Exmo. Señor Duque del Infantado, Presidente del Supremo Consejo de Castilla, la Real orden siguiente. Exmo. Señor, -Con esta fecha se ha dignado el Rey N. S. dirigirme el Decreto siguiente :—Habiendome consultado mi Consejo Real y de Estado, lo conveniente que sería al bien de la Monarquía la celebracion de Cortes, conformandome con su dictamen, por ser con arreglo á la observancia de las Leyes fundamentales que tengo juradas, quiero, que inmediatamente se celebren Cortes, á cuyo fin el Consejo dictará las providencias que estime oportunas para que se realice mi deseo, y sean oidos los Representantes legítimos de los Pueblos, asistidos, con arreglo á aquellas, de las facultades necesarias, de cuyo modo se acordará todo lo que exige el bien general, seguros de que me hallarán pronto á cuanto pida el interés del Estado, y la felicidad de unos pueblos que tantas pruebas me han dado de su lealtad, para cuyo logro me consultará el

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