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HARVARD COLLEGE LIBRARY

MAY 24, 1918

MINOT FUND HOM I HE OLIVART COLLECTION

Esta obra es propiedad del autor.

HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL.

LIBRO TERCERO.

SITUACION DE LOS LIBERALES Y CARLISTAS DEL NORTE.

I.

La causa carlista se hallaba en estos momentos en una de esas crisis que deciden del porvenir. Un acertado movimiento, una idea feliz, podia ser como la espada de Breno.

Perdidas por los liberales una tras otra tantas poblaciones de importancia, mandada retirar la guarnicion de muchas, abandonadas otras á pequeñas fuerzas, y replegado el ejército á Miranda de Ebro, despues de haber sufrido fuertes descalabros que infundieron temor y sobresalto, se hallaban casi todas las Provincias Vascongadas á merced de los carlistas, que se enseñoreaban de ellas, aumentando prosélitos, recogiendo recursos, y acreciendo su prestigio moral de una manera prodigiosa; á la vez que decaia grandemente el de los pueblos donde ni espías se encontraban. Así escribia con razon uno de los jefes liberales en su diario:

a Confieso que en la situacion en que estamos me es casi bochornoso presentarme en poblaciones de algun grado de importancia. El ejército marcha silencioso y tiene todo el aire de vencido. En el semblante de todos está pintado el descontento y en el del general la inquietud y cuidados que naturalmente le devoran.»

En situacion tan favorable para don Carlos, iba el primer movimiento de Zumalacarregui á influir poderosamente en su suerte. Si era acertado,

podria poner al liberal en peligro. Propúsose, y fué feliz el pensamiento, pero se sobrepusieron la ambicion y la intriga, y triunfaron ellas.

Cuando el ejército de la reina estaba agrupado en Miranda de Ebro, dispuesto, lo mismo á penetrar en las provincias, que á internarse en Castilla, cuyos límites pisaba, parecia fuera de duda que los carlistas debian adelantarse prolongando el territorio de su dominacion hasta las avanzadas enemigas, teniendo en jaque á su adversario, pues cuanto más le contuviesen más segura tenian los carlistas la dominacion de las plazas que, como Bilbao, se veian abandonadas, y aisladas en un campo de enemigos.

Así pensaban los carlistas de buena fé, y entendidos. De aquí que, cuando se inició el pensamiento de seguir á Bilbao, un grito de reprobacion salió de entre las filas de los buenos militares.

Perdonennos algunos biógrafos, nuestros amigos, algunos escritores que, con la mejor intencion, con deseos, laudables sin duda, han supuesto, hablando de este suceso, lo que está muy lejos de ser la verdar. Nosotros, que a nadie estamos obligados, la diremos, tal como la ha comprendido nuestro criterio y la juzga nuestra conciencia.

Debemos advertir, que la toma de Bilbao se consideraba por todos como una empresa, si bien nada fácil, nada imposible, y que la cuestion era de ocasion, de oportunidad del sitio. Eraso tenia bloqueada la villa, y aunque no la privaba de subsistencias, las hacia escasear, causando todo género de molestias y pérdidas, como ya hemos visto. Todo esto era ya un triunfo para los carlistas, que dominaban por lo demás en toda la provincia; y con tal seguridad, que mandaba Zumalacarregui a descansar á los batallones navarros y guipuzcoanos, que tanto trabajaron en los dias precedentes, mientras él, infatigable oficiaba á las diputaciones á guerra de Navarra y Guipúzcoa para la saca de mozos en los pueblos recien conquistados ó abandonados por los liberales, con lo cual y los voluntarios se elevó á 750 las plazas de cada'batallon, formandose algunos nuevos y la segunda compañía de artillería y la segunda de zapadores, para lo que bastó el armainento ocupado á los enemigos, pues jefes y oficiales los habia escedentes en las filas y se pasaban contínuamente,

El ejército carlista se presentaba brillante, admirable: aquella juventud robusta, estaba entusiasmada; pero si nada tenia que desear Zumalacarregui respecto á sus soldados, eran grandes sus apuros respecto á recursos, que a medida que aumentaba su gente crecian sus necesidades; no habia numerario, y veian mal los cortesanos que el caudillo que les daba triunfos les pidiera dinero, juzgando que debia sobrarle.

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La cuestion, era, pues, de seguir á Bilbao, ó retroceder á Alava.

Los cortesanos de don Carlos, anhelaban, sin vacilar, correr a la capital de Vizcaya, por asentar en ella una córte espléndida, llena de boato, de pompa, de majestad, donde pudieran vestir la librea los que no querian llevar la casaca militar, donde hollaran alfombras los

que

huian de pisar breñas, y de donde pudieran insultar la miseria de los pueblos con su lujo, consumir en opíparos banquetes los recursos necesarios para el pobre rancho del soldado, y leer muellemente recostados el parte de una accion que costase la vida á centenares de valientes, o de un movimiento en que se inutilizasen por el cansancio, el hambre, las nieves ó el calor, las dos terceras partes de los soldados; reservándose, despues de todo, el derecho de criticar el movimiento, de censurar las operaciones de los jefes, y el poco sufrimiento de los voluntarios, procurando, por fin, su desgracia.

Estos eran los hombres que generalmente rodeaban á don Carlos, y decidian su voluntad. Estos los que posponiéndose a todo lo que era razonable, natural, justo y conveniente, querian anteponer sus caprichos interesados y necios, á los pensamientos llenos de desinterés, y de patriotismo de los hombres que arriesgaban su vida, que derramaban su sangre con profusion en los campos de batalla , sosteniéndo á aquellos á fuerza de privaciones.

Cuando se habló de la marcha sobre Bilbao, don Bruno Villarreal, con pleno conocimiento de causa , con prudente consejo, y firme resolucion, manifestó enérgico que era imprudente, antimilitary absurdo tal movimiento, que estaba indicado el de Vitoria, cuya plaza seria tomada fácilmente, y para cuya empresa contaba con un fuerte, el de la Puebla de Arganzon, cuyo gobernador le prometiera entregarle.

Muchos han sentado que Zumalacarregui era del mismo modo de pensar que Villarreal. Si así hubiera sido, habria mostrado mayor oposicion de la que mostró á ir á Bilbao, y habria seguido el consejo de Viilarreal. Uno de sus más autorizados biógrafos, ó el único de los que merecen entero crédito dice que, «en vez de combatir el proyecto, cedió fácilmente al espíritu dominante.» Como tratando de su disculpa, solo se dice luego, acreyendo sin dnda que habiendo presentado su dimision, no debia ser responsable de los sucesos que en adelante tuviesen lugar, puesto que no se le contestaba cosa alguna.»

Un hombre del carácter de Zumalacarregui , un general en jefe que poseia en tan alto grado la confianza de las tropas, no debia ceder á

obrar contra sus convicciones, acometiendo una empresa en que tanto arriesgaba, en que tanta responsabilidad le cabia. La vida de sus soldados, la defensa de su causa, su honor, estaban por cima de toda otra consideracion, de todo poder por soberano que fuese, y el jefe que marchando á Bilbao hablaba varias veces con desconfianza acerca de la operacion que debia comenzar, no debió continuar su ruta al frente del ejército.

O participaba Zumalacarregui de la preocupacion comun, ó fué demasiado débil: de cualquier modo que sea, cometió un error que le cos. tó la vida, y que perjudicó estraordinariamente a su causa.

Hízose creer á don Carlos que en la conquista de Bilbao se cifraba el triunfo del carlismo, porque afianzaba el crédito de su hacienda, siendo una segura garantía para préstamos, un centro de operaciones decisivas, y el puerto seguro de salvacion, el sosten de su trono.

Con la misma facilidad que fué seducido el infante, lo fueron muchos de sus partidarios de buena fé, que llegaron á formar una opinion poderosa. Escaso el pueblo en comparacion del ejército, la opinion de éste y la opinion de la corte eran decisivas.

Otros se contaban que, sin ser cortesanos, deseaban ir á Bilbao, no porque la córte estuviera mejor situada y segura, sino porque siendo villa mercantil y rica esperaban coger rico botin; y tan rico y tan fácil le creyeron, que se vió seguir al ejército una falange de mujeres con sacos para recogerle. Con esta esperanza se gritaba con entusiasmo já Bilbao! Con esta esperanza cantaban alegres los vizcainos al verse encaminados á su querida villa, sin igual para ellos.

Los que veian esta ilusion con amargura, en vano se esforzaban por impedir una marcha deplorable, bajo todos conceptos; en vano presagiaban lo que sucedió despues; en vano tomaban sobre sus hombros la responsabilidad de otros movimientos; nada podia hacerse ya; inútil era su empeño; lo queria asi don Cárlos; era el ejecutor de su voluntad Zumalacarregui; no habia más que obedecer.

El caudillo carlista, con catorce batallones, marchó sobre Bilbao, y Villarreal con algunos otros se quedó observando los movimientos del ejército de la reina, acantonado á orillas del Ebro, que vió con satisfaccion que el enemigo no venia en su busca, y se alentaba á encontrarle.

El tren de batir á Bilbao se componia de cinco cañones, dos obuses y un mortero.

PRIMER SITIO DE BILBAO.

III.

Asentada al Norte de la Península Ibérica entre los 42 y 43.° latitud Norte la provincia de Vizcaya, bañada por el Océano Cantábrico, con

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