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son, e a los que serán de aqui adelante de la dicha Sinagoga de los Toledanos, para que podades facer e hedificar en ella casa de enfermeria, e los otros edificios que quisiéredes, e por bien toviéredes para el uso e aposentamiento de los religiosos e enfermos que en ella quisiéredes aposentar e tener con tanto que non podades vender ni enagenar, trocar ni cambiar en tiempo alguno, ni por alguna manera vos el dicho Comendador e procurador e frayres e Convento del dicho Monasterio la dicha casa e Sinagoga, salvo que finque e permanezca por casa de enfermeria del dicho Monasterio para siempre jamás. E mandamos al Consejo, alcaldes, algua. ciles, regidores, canalleros, escuderos, oficiales e omes buenos de la dicha cibdad de Guadalajara, que vos den e entreguen la posesion de la dicha Sinagoga para que la ayades, e usedes della como de cosa e bienes propios de la dicha horden, e vos defiendan, e amparen en la dicha posesion, e non consientan ni den lugar que por ningunas ni alguna persona, seades desapoderados della, ni sobrello vos molesten, ni quebranten en tiempo alguno, ni por alguna manera. E los unos, ni los otros non fagades ni fagan ende al por alguna manera, sopena de la nuestra merced, e de diez mill maravedis para la nuestra Cámara, á cada uno que lo contrario ficiere. E demás mandamos al ome que vos està nuestra carta mostrare, que vos emplace que parezcades ante nos en la nuestra Corte de do quier que nos seamos, del dia que vos emplazare fasta quince dias primeros siguientes, so la dicha pena so la qual mandamos a qualquier escribano público, que para esto fuere llamado, que de ende al que vos la mostrare, testimonio signado con su signo, porque Nos sepamos en como se cumple nuestro mandado. Dada en la noble cibdad de Za. ragoza a diez dias del mes de Setiembre, año del nacimiento del nuestro Señor Jesuxpto de mille quatrocientos e noventa e dos años. Yo el Rey. Yo la Reyna.

Yo Juan de la Parra, secretario del Rey e de la Reyna nuestros señores la fice escribir por su mandado.»

MANUEL SERRANO Y SÁNZ.

LOS PARTIDOS POLÍTICOS

I

Vivimos políticamente en pleno régimen parlamentario. La monarquia democrática no es un poder único, ni siquiera un poder absorbente, ni menos en el hecho de su existencia y de las prácticas constantes.

Conserva en la constitución todos los atributos históricos; pero comparte el Poder legislativo con el Parlamento; si nombra libremente á los ministros también comparte con ellos el Poder ejecutivo; la inamovilidad judicial afirma el poder de los administradores de la justicia; y más que señor útil de la cosa pública es el rey señor directo; ni libre para cumplir y realizar todas sus voluntades, ni tampoco en la vida ni en la historia irresponsable absolutamente aunque las leyes lo afirmen.

Es hoy el poder monárquico, un verdadero poder moderador; un poder de compensación, el primero y el permanente; pero limitado por las constituciones, no sólo en sus actos públicos, sino hasta en sus actos privados; y siendo la per: sona indiscutible, la institución se discute y se debate a toda hora, en toda ocasión, lugar y momento.

Cánovas del Castillo recordaba á los constituyentes de 1869, la pregunta de Platón:

«¿Estarán los reyes constantemente destinados a hacer le»yes contra los pueblos, y destinados los pueblos a hacer leyes »constantemente contra los reyes?»

No es posible calmar la ambición de los hombres, porque no se mide la ambición ni se llena.

Pero el ciclo de las reformas políticas ha concluido en España. En pocos años hemos legislado para muchos, y el pri. mer propagandista de la democracia en Europa, la palabra más elocuente que ha tocado á rebato contra todas las insti. tuciones históricas, Castelar el único, se ha retirado a la vida privada, mas que orgulloso, satisfecho de las libertades conquistadas en su patria. No queda que hacer nada en nuestra política. No diremos, sin embargo, que nada quede que deshacer a la generación que venga detrás de la generación actual inmediatamente.

En esta labor, los partidos pusieron de su parte la mayor fuerza; las instituciones pusieron la mayor templanza.

Un partido hizo la basa de su existencia y fundó la razón de su poder en avanzar por el camino de la democracia.

Otro partido, impulsado por la necesidad de su misma vida, combatió las reformas, pero las aceptó como mandato de los tiempos.

Y en lo conseguido hasta ahora hemos hecho alto; pues el progreso indefinido para no ser interminente, necesitaria una raza de hombres perfectos.

Reconocida por lo mismo la eficacia de las agrupaciones políticas en el planteamiento de un régimen amplio y liberal, de una democracia bastante para aquietar los radicalismos, y ya respetada por todos para no sublevar los ánimos con riesgos y peligros que no se han de presentar en el curso normal de los sucesos; afirmados los gobiernos de opinión; subsistentes el sistema representativo y los ministerios de gabinete que tanto como de la confianza de la Corona necesitan para gobernar la confianza del Parlamento; muy joven el régimen de las constituciones y las Cámaras para pensar en otro; pero bastante mozo para defenderse y subsistir; la justificación y la necesidad de los partidos politicos la abonan,

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ol pasado por las conquistas logradas, el presente por las necesidades económicas no satisfechas, y el porvenir que necesitará instrumentos de gobierno, análogos y semejantes.

La opinión pública se impone por su número ó por la calidad de sus exigencias. Las luchas son más enconadas cuando se ventilan los intereses que cuando las plantean las ideas, y ante la diversidad de las soluciones se recomienda mejor la diversidad de los gobiernos que las propongan, que ante la misma explosión de los entusiasmos por una definición de principios y unos preceptos legales más duraderos en lo

po lítico que en lo económico.

Si no existieran los partidos, la lógica los crearía. Y en España más pronto y más en número, ya que para batallar nos pintamos solos, ya que somos para dividirnos como nadie, y para disputar y no entendernos los más fáciles y decididos políticos del Universo.

Suprimidas las agrupaciones políticas, no quedaría más instrumento de gobierno que el Parlamento. Iriamos derechos á una conversión; de la conversión á la oligarquía, de la oligarquía al imperio, del imperio á la dictadura y de la dictadura al absolutismo.

Valdría más ante la confusión del partido único, que gcbernara el mejor, y no todos á un tiempo.

No inspirando diferentes soluciones á muchos, no divididos en grupos bastantes para responder a las reclamaciones del país alternativamente, cada agrupación de las que espontáneamente formadas sucesivamente pudieran gobernarle, iriamos derechos a la confusión y á la revuelta.

No cayó la monarquia de 1868 por sobra de partidos; sino la república de 1873 por falta de ellos. El único que existia, se encontró aislado, se dividió en facciones, y en pocos meses se hizo la campaña suicida de acabar con todo.

Macaulay quiere dos partidos, y debe haber acertado. En España tendría razón, porque hace 20 años que unos ú otros han querido formar un tercero y ninguno lo ha conseguido.

Si faltan buenos gobernantes para dos bandos, ¿cómo no

habían de faltar para tres, para cuatro ó para más partidos?

El Parlamento sustituye á los partidos donde faltan, como ocurrió en Italia, y cuando gobierna principalmente el diputado, gobierna principalmente el cacique.

Es muy distinta cosa gobernar para la nación que gobernar para el distrito. Y el medio de gobernar que nace de una delegación en el régimen representativo, que se recibe de la Corona y se apoya en las Cortes, el medio es el partido, y así lo entendía el ilustre Depretis cuando pronunció su conocida y hermosa frase:

«Hay que gobernar con el partido, pero para el país».

Cuando eran cosa baladí los partidos, el pueblo poco más, y la opinión pública cero, hubo que establecer el Parlamento, y se estableció en Inglaterra la inmunidad parlamentaria para evitar rigores y atropellos de la Corona. Mingluti es, poco partidario de la inmunidad del diputado: nosotros menos; porque quien más la necesita, porque menos se la reconocen los descontentos y los despechados, es la Corona.

La inamovilidad administrativa creó el mal de la burocracia. Porque es responsable, debe la administración ser amovible, y de moverla se encargán los partidos que suelen ventilar las oficinas, y refrescar el personal tan pronto como se encargan del gobierno.

Cierto es que los servicios públicos tienden a la agrupación técnica; pero este principio llevado a una práctica exclusivista sería funesto. La responsabilidad ministerial acabaría donde comenzara la imposición de un personal todo inamovible. Sin libertad para intervenir la organización y el servicio de los centros de la administración general, no puede hacerse culpable al ministro de todas las faltas de los su. bordinados ni de todos sus excesos. Y un criterio medio, una combinación de posibles cesantias y de empleados permanentes, sería la mejor ley de empleados que pudiera imaginar un partido, redactar un gobernante y votar un Parlamento.

La naturaleza, la razón, la historia, la utilidad social, abonan la existencia de los partidos políticos; porque mucho

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